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Selección de relatos del concurso historias de superación (y II)

Historias de superación en Zenda

Más de trescientas #historiasdesuperación participan en nuestro concurso, patrocinado por Iberdrola y dotado con 3.000 euros en premios. Este jueves, 1 de diciembre, anunciaremos los nombres del ganador y del finalista. Y ahora presentamos una selección con los veinte relatos que optan a los premios.

Como actividad paralela al concurso, cinco escritores han participado en Zenda escribiendo historias de superación.

Historias de superación en Zenda

El orden en el que aparece este selección es aleatorio. Bajo estas líneas reproducimos las diez últimas de las veinte #historiasdesuperación seleccionadas.

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No hay peros que valgan

Por Jorge Monolío Arqué

El concurso, su melodía y los aplausos, más que comenzar, estaban. Surgían. Para Lucía era siempre así.

En el centro del escenario, los focos proyectaron dos conos de luz sobre la figura del presentador. Éste abrió los brazos y, con una sonrisa que descubría la hilera superior de dientes y parte de las rosadas encías, dijo:

– Damas y caballeros, sean bienvenidos a…

– ¡No hay peros que valgan! – contestaron las voces del público al unísono.

– Hoy tenemos a una concursante especial. ¡Adelante!

Y Lucía se dejó guiar por una sensación de deja vu:

– Me llamo Lucía Marquínez. Tengo veintinueve años y dirijo una empresa de cosméticos. Tengo un perro, Max, una gata, Luna, y estoy felizmente casada con…

Una alarma ensordecedora irrumpió en el plató. Duró sólo un segundo, lo suficiente para que Lucía, al igual que algunos asistentes, diera un respingo sobre el asiento. Delante, el presentador, con el índice apoyado sobre los labios, chasqueaba la lengua al tiempo que negaba con la cabeza.

– Mujer, otra vez empezamos con mal pie.

– Pero…

El hombre se giró de un salto hacia el público, el cual reaccionó como una orquesta ante su director:

– ¡No hay peros que valgan!

A continuación, el presentador le preguntó a Lucía si deseaba continuar, y ella, con la boca tan pequeña que su voz se hizo un hilo, contestó:

– Sí.

– ¡Magnífico! – gritó el presentador y los aplausos surgieron -. Calmemos el ambiente. Vayamos a algo agradable – el movimiento de su sonrisa le llenó el rostro de arrugas, sobre todo en torno a los ojos -. Háblanos de tu trabajo.

Y Lucía sacó pecho y empezó:

– En Lumar producimos cosméticos faciales de origen vegetal. Cien por cien solidarios con el medioambiente. Le estamos – sonriente, imitó unas comillas con un gesto de los dedos – cambiando la cara al mercado del maquillaje. De hecho, si me permiten la modestia – otra sonrisa -, he recibido el galardón a la empresaria más influyente por debajo de los treinta años.

Un enorme oooohhh de admiración surgió de las gradas del público.

– Muchas gracias – dijo Lucía inclinando la cabeza y llevándose la mano al pecho -. Tengo una primicia para ustedes: la semana que viene saldrá nuestra línea de gafas de sol…

– ¡Alto, alto, alto! – el presentador hizo movimientos cortantes con los brazos -. ¿Soy el único que ve algo extraño? – se giró hacia el público, repitió la pregunta y los asistentes asintieron -. Hay algo extraño. Desde luego.

Lucía, perdida, veía cómo el presentador se acercaba hacia ella. Despacio. Con la mano extendida.

– Dinos, Lucía…

La proximidad de aquella mano le erizó la piel, sobre todo por la espalda, donde un escalofrío culebreó hasta convertirse en un zumbido dentro de su cabeza. De nuevo esa sensación de miedo congelante.

– … ¿es que hay alguien…

El pulgar, tan cerca de su ojo izquierdo, era una mancha desenfocada de color carne.

– … que te quita…

El tacto de la carne… Había olvidado que podía ser apacible. El pulgar del presentador hizo un barrido en arco bajo el párpado, descubriendo una mancha violácea en la piel.

– …la luz de tus ojos?

Del lacrimal de aquel mismo ojo brotó un brillo. Tímido. El silencio que llenaba el concurso punzaba como miradas tras la nuca.

– ¿Esto…? – Lucía tragó – ¿Esto cuándo lo emiten?

El presentador, frente a ella, se inclinó ligeramente al tiempo que por detrás de sus hombros descendían dos pantallas.

– ¿Es que ahora te va a importar lo que digan tus conocidos?

Y las pantallas se encendieron y en cada uno de ellos surgió un recuerdo. El primero de hacía más de un año. Bárbara, amiga desde la infancia, mientras tomaba café en una terraza céntrica, decía:

– ¿Que qué me parece? A mí la gente que sonríe tanto… No sé, me da que ocultan algo.

En el monitor contiguo, su hermana pequeña, Laura, manteniendo una sonrisa que parecía pesarle sobre las comisuras, decía:

– ¡Claro que me alegro! Lo que pasa es que me hace gracia esa idea de que el matrimonio soluciona, por arte de magia, todos los problemas. Pero si vosotros os queréis…

Las lágrimas de Lucía salieron una detrás de otra. Conocían el camino. Discurrían por su piel dejando una hilera húmeda a su paso, borrando maquillaje y revelando más tonos violáceos, algunos de ellos demasiado oscuros.

– No puedo más… No puedo más…

El presentador se arrodilló junto a ella, sacó un pañuelo blanco de tela y se lo puso en sus temblorosas manos.

– Lo has hecho muy bien – le dijo en tono conciliador -. Has sido valiente. Aquí está tu recompensa. No olvides dar ejemplo.

Al fondo surgió un teléfono. Ya no había público, ni presentador. Estaba en su casa, en esa postura fetal a la que su cuerpo se había acostumbrado. Pero era la primera vez que se veía capaz de separar las manos de las rodillas, incorporarse, descolgar el teléfono y marcar el número que tantas veces le había rondado la cabeza.

Y así lo hizo. 016. Al segundo tono surgió una voz al otro lado:

– Teléfono contra el maltrato. Queremos ayudarle.

Y Lucía empezó a liberarse palabra a palabra:

– Muchas gracias…

***

12

Ante el espejo

Por Leyre Hualde Ballaz

La ducha, la puerta del frigorífico, la cucharilla con la que revuelve el café, la voz del locutor desgranando las noticas que dan pie a un nuevo día. ‘Enseguida se irá a trabajar’, piensa mientras se tapa con la colcha queriendo hundirse en ese mundo calentito y acogedor. Sin embargo, la tensión no le deja descansar. En cuanto la puerta del apartamento se cierra, ella se levanta. Todavía dolorida se dirige al cuarto de baño, temiendo el momento en que vea su cara reflejada en el espejo.

Pero allí está. Es ella. Sus ojos negros se ven más oscuros y, sobre todo, más cansados. Tratando de no pensar, revuelve en su neceser hasta que encuentra el corrector. ‘Una buena capa de pintura es lo que necesitarías’, piensa para sí misma. ‘No vas a engañar a nadie’, dice su yo más crítico, ese que cada vez grita más a pesar de sus esfuerzos por acallarlo.

Se ha dejado el móvil en la habitación y no quiere salir del baño por si acaso su hijo ya está despierto. Da igual, se sabe de memoria el tutorial de youtube que le enseñó a maquillarse de tal forma que las huellas de los golpes desaparecieran de su rostro casi por completo. Últimamente ha recurrido a él en demasiadas ocasiones.

“Si aplicas un color más oscuro que tu tono de piel puedes cubrir cualquier imperfección”. Mientras extiende la base de maquillaje por su cara, su mente empieza a rebelarse. ‘¿Qué imperfección tengo que tapar: que se me hiciera tarde tomando algo con mis amigas? No es culpa mía que se acabara la batería del móvil y no recibiera sus llamadas. ¿O sí?’. Siempre había dicho de sí misma que era una persona con las ideas claras. ‘Y ahora no sabes ni por dónde te da el aire, estás completamente perdida’, se critica ante el espejo.

“Si tienes un moratón porque has sido empujada contra la mesa del salón puedes aplicar capa sobre capa hasta que no se note”, continúa el vídeo. No fue la mesa sino el marco de la puerta lo que quedó marcado en su rostro, desde la frente hasta el pómulo. La bolsa de hielo que se colocó antes de meterse a la cama hizo efecto y ya no tiene la zona inflamada, aunque tan solo acariciarla hace que apriete los dientes del dolor.

“No digo que no duela, pero intenta hacerlo lo mejor que puedas”. Claro que el contacto de la brocha, que debería ser suave, duele. Pero más duelen los gritos, los desprecios, los silencios, los golpes… y la insistencia de esa voz que le dice que ya basta, que ha aguantado bastante, que su hijo no se merece una familia así ni ella a un hombre que no le respeta. La voz, al principio, era un susurro; sin embargo, ahora llena cada milímetro de su cuerpo y no hay manera de silenciarla.

“Tendrás que poner corrector alrededor y encima de los cortes causados por el reloj o los anillos”. ‘Por eso no tengo que preocuparme… esta vez’, reflexiona con amargura mientras pone un poco de colorete en sus mejillas. Aún recuerda el escozor en el labio partido hace varios meses por un puñetazo. Ni en sus peores sueños habría pensado que la alianza que deslizó ilusionada en el dedo de su marido hace tantos años fuera a servir para eso… ‘¿Cómo he llegado hasta aquí?’, se pregunta jugueteando con su anillo de casada, que de repente parece quemar.

“Si tienes marcas en el cuello, puedes usar tu pelo para cubrirlas; si no es suficientemente largo, con una bufanda vale’. No tiene marcas en el cuello ni ninguna intención de salir a la calle; se maquilla tan solo para dar el desayuno a su hijo y fingir que todo va bien. ‘Es solo media hora, luego me vuelvo a la cama’, se anima mientras termina de arreglarse.

El espejo le devuelve su imagen y, con ella, un pensamiento que le da de lleno en la boca del estómago y le duele más que cualquier moratón: se sabe de memoria un vídeo de youtube que explica a las mujeres cómo pintarse para ocultar los golpes. ‘¿Cómo has caído tan bajo? ¿por qué has llegado al fondo?, pregunta a su reflejo aferrándose al lavabo con las manos temblorosas. Y en esos ojos negros, los de esa mujer, los suyos, lee una respuesta: ‘Para tomar impulso’.

***

13

Manos de novicia y puños de acero 

Por Ignacio Hernández-Ranera

Apagué el móvil mientras notaba mi tabique nasal ardiendo como la central de Chernobyl al meterme la última raya de coca del año 2009. Estaba en el cuarto de baño de la casa de los horrores. Noche del 31 de diciembre de 2009. Era ese un buen lugar para mí. Un espacio ínfimo donde el inductor de todas mis adicciones tenía vetado el paso. Era precisamente ese hecho lo que me proporcionaba una sensación de aislamiento y tranquilidad únicas. Alentadoras. Necesarias para drogarme en paz.

Increíble lo que pueden hacer tres metros cuadrados en la vida de una mujer muerta en vida.

Recogí turulo, tarjeta de crédito, ansiedad y euforia y lo guardé todo en mi bolso de pinturas. Limpié los restos de farlopa que mi nariz no había sido capaz de aspirar con la palma de la mano y los pasé por el labio roto del último guantazo, buscando con ello una anestesia fugaz y un alivio inmediato que reconocía. Me lavé los restos lo mejor que pude y finalmente repasé los orificios nasales asegurándome que no quedara nada a la vista. Un tic que alguien que consume adquiere con el tiempo, sea necesario o no. Estoy lista. Ya puedo salir.

Llevaba tres años metiéndome cocaína. Cinco de casada. Cuatro de humillaciones y dos de hostias día sí y día también.

Con esta parte de mi historia cualquiera podría pensar que al entrar en el salón me encontraría a Charles Manson presidiendo la mesa, con cuchillo de carnicero presto a dar rienda suelta a su naturaleza y ojos inyectados en sangre con esvástica tatuada en la frente. Lo que me encuentro cuando entro en el salón es a un cabrón de metro sesenta con manos de novicia y puños de acero. Un reprimido sexual y machista de nacimiento que me sonríe cuando percibe el aroma que deja la droga en mi sentido común. Sabe que esnifo porque él me enganchó. Le gusta que me drogue porque piensa que así soy más dócil. La fórmula es sencilla: poner en práctica cualquier método de sometimiento. Lo que me encuentro es a un mierda que no tiene ni media hostia pero que vive seguro de sus convicciones: soy suya. Punto. Y tiene razón.

Mi experiencia encajando puñetazos, patadas, tortazos con la mano abierta, con el dorso, con la palma abierta, con el cinturón, con un libro, con el móvil, con un mechero y así largos etcéteras, consiguen borrar la falsa seguridad que aporta la cocaína y me vuelve, (otra vez), vulnerable.

Cuando entro en el salón mi corazón comienza con sus taquicardias diarias mientras mi sangre busca acomodo fluyendo como una catarata a través de todas y cada una de mis arterias. Mis piernas flaquean y la bola de acero que unos diez minutos al día parece no existir, resurge de entre mis entrañas alojándose en mi garganta. Es esa bola de acero la que me impide masticar y la que confiere a mi tono de voz un timbre aflautado de puro terror y sometimiento.

Bola de acero, dos rayas de coca, pavor y sometimiento nos sentamos todos justo enfrente de él. Me mira sabiendo lo que me espera y yo le miro temiendo el dolor que produce una hostia en un labio roto que hace veinticuatro horas recibió dos. Sé que esta noche pasará porque lleva pasando lo mismo todas y cada una de las 730 noches en las que me utiliza como saco de entreno. Dos años. Hoy cumplimos dos años de maltrato físico.

Pero todavía no es medianoche y eso supone que en realidad todavía no es nuestro infame aniversario. Restan apenas cinco minutos, es cierto, pero siendo purista todavía no hace dos años y a mí eso me vale. Todavía no tiene nada que celebrar, ¿Habrá tiempo? Se me cruza esa pregunta cuando veo su mirada dirigida al lugar donde DEBE estar siempre mi teléfono móvil. Será por la costumbre. Será esa forma de vivir hecha a una forma de vida inhumana lo que bloquea mi mente y hace que olvide que en mi mano derecha tengo agarrado el teléfono móvil con el que entré al cuarto de baño.  El teléfono móvil no está donde DEBE estar siempre porque me lo llevé al cuarto de baño mientras él abría la tercera botella de vino. Él ahora lo sabe y creo que se ha dado cuenta demasiado pronto. Pero es un hecho. Ya está. No puedo hacer más. Creo. Él ahora lo sabe. Continúo sentada sosteniendo su mirada mientras mis manos permanecen apoyadas en mis piernas. Mi teléfono móvil no para de vibrar. No voy a atenderlo. Mientras le miro y siento la vibración del móvil sobre mi muslo derecho, su metro sesenta me parecen dos metros y sus manos de novicia las observo como dos cuchillos de caza preparados para destripar algo, siendo ese algo yo.

Sus labios se aprietan y sus puños se cierran. Según mi dilatada experiencia quedan aproximadamente diez segundos para que se levante, me agarre del pelo y me lleve arrastras a cualquier ángulo de la casa donde yo no me pueda mover y él sí lo pueda hacer con la soltura y profesionalidad que lo hace un maltratador.

En ese instante ya he contado diez vibraciones del teléfono móvil. La señal. Impulsándome con la agilidad que da la reciente ingestión de cocaína, llego a la puerta de entrada a la casa sin ser consciente de haberlo hecho. Mientras, él, con mucha experiencia en persecuciones domésticas, me agarra del brazo derecho y me quita el teléfono móvil mientras yo con la mano izquierda quito el cerrojo y abro la puerta.

Cuando entra la policía él sigue inmóvil mirando la pantalla del teléfono con el número 016 marcado.

El más bajo de los cuatro policías que se llevan al mierda de metro sesenta me mira con una mezcla de pena y alegría y me desea un “Feliz Año Nuevo”.

    “Feliz Año Nuevo”, respondo.

***

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Cien días para ser mujer

Por María

Calle empedrada, sedienta de vida, inundada de miedo, solo habitada por el eco sordo de los pasos acelerados de esas piernas que tratan de ocultarse tras una falda que le es una puerta al abismo. Un empujón a la culpa, un azote de la realidad, una ventana a la sucia sociedad. Una lágrima cae a destiempo sobre el último adoquín, una mano busca temblorosa la fría llave, otra empuja la puerta. Mil ojos es el resultado de su miedo, mil ojos es en lo que han derivado sus brillantes pupilas. Atraviesa el marco de la puerta, está a salvo. Deja su espalda escurrirse por la fría madera, la dilatada madera, la madera que ahora le sabe a la mejor de las murallas medievales. Se siente torre de piedra implacable, esclavo liberado, gato acariciado, bebé amamantado. Suspira suavemente, como si el ruido de su respiración pudiera interrumpir el sueño en el que han caído sus miedos. Suspira con suavidad mientras dos lágrimas recorren sus maquilladas mejillas. Las lágrimas de la victoria, y de la rabia: una mujer ha llegado a casa.

Con los pies sobre la mesa, enfundada en su mejor pijama, recuerda que hace rato que no oye ruido en la habitación de sus padres. Todo quedó en silencio tras un golpe seco, se habrá caído algo de la mesa, pensó. Y pensó bien, lo que nunca llegó a imaginar qué es lo que había caído. ¿De dónde caen los miedos? ¿Dónde reposan los golpes? Había caído la fuerza, la valentía, la feminidad, el silencio, la voz, las lágrimas, la risa. Había caído una vida. Había caído una mujer, y con ella, toda una marea. Se habían paralizado en ese momento los mares, el tiempo, la luna. El sol se había apagado, los pájaros habían dejado de cantar, las flores se habían cerrado.

Soltando la taza de café que atesoraba entre sus manos, elevó la vista hasta el reloj de cuco que llevaba, según le habían dicho, cincuenta años marcando el devenir de la vida en aquel salón. Un silencio atronador se movía al ritmo de su pecho acelerado, un pecho que contenía un corazón que latía tan fuerte que podría haberse confundido hasta con una bomba. Un corazón que parecía estallar, y detenerse por segundos. Tratando de no hacer más ruido que aquel inevitable latir, caminó en puntillas hasta el final del pasillo, y posó sus perforadas orejas en la fría puerta gris de la habitación de sus padres. Cualquier moral hubiera dicho que no se oía nada, pero ella sabía que sí. Ella sabía cómo sonaba el miedo, ella sabía cómo hablaba el silencio, ella sabía cómo hablaba la culpa, ella sabía cómo gritaba el silencio de una mujer acorralada. Empujó la puerta con todas sus fuerzas, las mismas que se encendieron cuando sus ojos alcanzaron a contemplar erigía ante ella. Una revolución viva en cada poro de su piel. Un instinto de lucha, de fuego, de vida. Aquel rastro de sangre fue la mecha que prendió su pecho. Aquel rastro de sangre era la voz de cada una de sus noches acelerando el paso para evitar ser la culpable de su propia violación. Aquel rastro de sangre no se llevaría una vida, salvaría muchas.

Corrió hasta el cuerpo tembloroso de su madre y le besó la ardiente mejilla llena de sal. Lanzó una mirada de odio a aquel ser que nada de hombre, ni de persona tenía. No podía gritarle, no podía hacer nada contra él: todas sus fuerzas se concentraron en salvar a su madre, y con ello, al resto de mujeres que malvivían en aquel infierno. Ya no había silencio, ya no había miedo. Todo, por sorprendente que pudiera parecer, había pasado. No había nada solucionado, pero habían dado el mayor de los pasos que se pueden dar en estos casos: desvelar. Acabar con el silencio en el que se forjan cada uno de los golpes, cada palabra hiriente, cada herida, cada reproche. Acabar con cada pisada sobre las curvas femeninas, contra el sexo siempre fuerte.

Se llenó de calidez la celeste habitación de hospital cuando se oyeron voces acompasadas a través de la ventana. Voces femeninas. Voces de vida. Voces de una sociedad que buscaba el cambio, la evolución, la salvación. Voces de personas más humanas, y conscientes de que una mujer son todas, y que nada tiene que ver la debilidad con el sexo. Que nadie es más que nadie, pero que una mujer no es menos que el resto. Fijó los ojos en su madre, mientras las pupilas de ambas titilaban a la vez. No les hizo falta pronunciar palabra para comunicarse. Sin despegar los labios más que para esbozar una sonrisa, se abrazaron con una energía capaz de sostener un mundo que parecía hacer añicos.

Cien días son muchos, o pocos, según para qué y por qué. Cien días fue lo que tardó su madre en recuperarse de aquella brutal paliza, aquella última paliza. Cien días de duro resurgir, cien días para tomar voz, para atar de nuevo sus cuerdas vocales. Cien días para colocar las alas en sus tobillos. Cien días en los que se tornó primavera, cien días en los que nada pudo detenerla en su intensa idea de ser pólvora, de arder. Con las manos vivas, los ojos cargados de verdad, y el pecho lleno de amor, se lanzó a la vida como mujer, como humana, como madre, como hija.

Con las manos atadas a las de su hija, a las del resto de mujeres, volvió a la vida. Cien días de cicatrización abrieron las puertas a toda una vida de amor, siempre propio.

***

15

En el cuarto

Por Rana Shalott 

Hay una voz en la intimidad de mi cuarto, junto a mi almohada, que me dice lo que debo aprender, que no responda, que me calle, que no piense. Me susurra todo esto antes de dormir y me augura para el día siguiente lo mismo de siempre: que no salga, que no cante, que no mire otros ojos cuando llamen a la puerta ni haga caso a las vecinas. Mientras el sueño le vence concluye que me ama, que soy suya y de nadie más.

Me levanto pesada, densa, como si el mundo me hinchara la carne y me pudriera la sangre en lugar de nutrirme. Pienso que la vida no puede reducirse a esto y sin embargo dentro de mi cabeza resuenan las palabras ásperas y las siento reptar a lo largo de mis piernas, entre los muslos. Me abrasan mientras ascienden, me arde el estómago. Me queman. Me queman. Dejan agujeros negros.

Hay un infinito delante de mí, una eternidad que no cesa, es imposible. Esa gran nada me doblega y algo en mí se resiste porque puede ser Eva sin costilla de Adán. Sé que no lo necesito, sin embargo la voz insiste en que muera, que muera despacio pero nunca antes de hacerle la cena.

Ensaya un gesto amable, una caricia que no deseo y me habla de promesas y de amor y no estoy loca cuando veo deshacerse esas palabras entre sus labios y caer desmenuzadas como un trozo de pan duro, tan seco, que ni las alimañas acuden.

Hay un espejo en el que me miro todas las mañanas envejecida y sin ganas y no puedo creer que esa imagen se trate de mí. Hable de mí.

Desesperada rompo el cristal y dejo que los trozos siembren el suelo. Que hagan cosecha.

Abro la puerta. Y salgo. Convertida en MUJER.

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16

Cuadernos

Por Octavia Blume

El día que él le dijo que le iba a reventar la cabeza con el televisor, Marina hizo lo de siempre. Abrió el pequeño cuaderno del que no se separaba, anotó la fecha, al lado el insulto -¡puta!- y luego el motivo: el café se había quedado frío. Marina era ordenada y hacía listas de cosas: la compra, los libros que quería leer, las humillaciones de él. Antes de casarse, los cuadernos habían sido de colores -recordaba haber tenido uno de flores pequeñas- y los usaba para anotar las ideas que se le ocurrían cuando viajaba, las exposiciones de arte a las que le gustaba ir e incluso hasta para darse ánimos si la tarde se le presentaba un poco gris: «venga, Marina, que la vida es bella». Un día, el primero que él la despreció, Marina tuvo la impresión de que sus palabras se quedaban suspendidas por el cuarto así que se le ocurrió que si las escribía en su cuaderno podría esconderlas entre las listas del resto de cosas. Y así se acostumbró a hacerlo. Conforme los insultos se volvieron más agrios los cuadernos empezaron a ser de colores más oscuros y cuando vino la primera amenaza, Marina inauguró un cuaderno negro, pequeño, para poder llevarlo siempre en el bolsillo de la bata, ahora que ya salía menos desde el día que él la cogió por el cuello y le dijo me perteneces. Marina no se engañaba y sabía muy bien que ella era una víctima pero también pensaba que, en cierto modo, se había dejado hacer: a veces pasaban estas cosas con el amor.

Él había creado una jaula invisible para ella y dentro Marina se sentía desprotegida. «Yo cuidaré de ti, mi pichón», le había dicho. Eso fue cuando la empujó por las escaleras durante una discusión. Tan arrepentido estaba –le dijo- que no quiso llevarla al hospital para que nadie se interpusiera entre ellos y él pudiera cuidarla como se merecía. Marina se había hecho un esguince en la muñeca de la mano derecha así que esa vez no pudo apuntar nada en el cuaderno.  Aprendió a callar para no irritarlo cuando llegaba a casa del trabajo y como el dolor de la muñeca se hizo crónico, lo aprovechaba para llorar. Alguna mañana, si durante el desayuno escuchaba una noticia de un hombre que había matado a su mujer, Marina pensaba «un día la siguiente voy a ser yo» y, mientras daba un bocado a la tostada con mermelada de fresa, metía la otra mano en el bolsillo de la bata, se sujetaba fuerte al cuaderno y se repetía sin hablar, al mismo tiempo que lo decía la radio, «el teléfono 016 no deja rastro en la factura». Pero solo pensar en hacer esa llamada la dejaba sin respiración, como si le faltase el oxígeno, lo mismo que les pasaba a los montañeros que escalaban el Himalaya. Así lo había anotado en el cuaderno negro el día que lo vio en un documental a la hora de la siesta. En alguna ocasión, cada vez menos, para qué engañarse, él estaba de buen humor y Marina se decía «¿ves, tontita, todo va a ir bien?» y entonces guardaba el cuaderno durante unos días.

Lo que ocurrió el día que él le dijo te voy a matar fue precisamente que Marina no tenía el cuaderno en el bolsillo. Había salido a hacer la compra y él la llamó al móvil. Los gritos y los insultos se le quedaron flotando dentro de su cabeza y acabaron instalándose en algún sitio donde ella había conservado, sin saberlo, el último pedazo de dignidad: le quedaba poca pero aún estaba intacta. Esto la pilló por sorpresa y tuvo que sentarse a tomar aire en un banco.  Hacía frío y como empezó a dolerle la muñeca, se puso a llorar. Subió a casa, abrió la caja donde había ocultado el cuaderno y se dio cuenta de que había allí muchos más de los que ella recordaba. ¿Cómo era eso posible? Volcó la caja sobre el sofá y empezó a repasarlos uno a uno, despacio primero y luego tan rápido que casi arrancaba las hojas. Todo estaba allí, desde el principio. La mano le seguía doliendo pero ahora Marina ya no lloraba. De repente, se detuvo al ver el cuaderno de flores pequeñas. Lo abrió y leyó los títulos de películas que ya no recordaba, las recetas de platos exóticos que nunca había llegado a hacer y los teléfonos de amigas a las que había dejado de llamar. En la última página había escrito: «Marina, vete, vete antes de que sea demasiado tarde». Se levantó, se puso derecha, metió todos sus cuadernos en una bolsa de plástico y salió de la casa dando un portazo.

***

17

Un día de sol

Por Karin Monteiro-Zwahlen

Estoy sentada en el banco de piedra frente a mi casa. El sol de la tarde me abrasa el cuerpo mientras estoy merendando. De repente veo a mi padre bajar las estrechas escaleras que llevan de la carretera principal a nuestro barrio. Gesticula, se tambalea. Se dirige directamente hacia mí, pero en su borrachera no me ve. Noto el impulso de salir corriendo. Sin embargo, me quedo quieta como los adoquines de la calle. No quiero huir más. No quiero esconderme más. Ya soy mujer. Y como si lanzara los dados de mi suerte tiro la monda del plátano que he estado comiendo en uno de los peldaños. Asustada por mi propia hazaña me reclino rápidamente buscando el abrigo del muro. Le escucho refunfuñar entre los dientes mientras llega. Ahora ya está tan cerca que me alcanza su mal olor. Su sombra casi me toca. Parece reconocerme. No respiro.

En este momento pisa la monda, resbala y cae de espaldas. Veo su cara de sorpresa. Escucho la maldición que me lanza por el aire. Luego sigue rodando por las escaleras hasta golpear con la cabeza fuertemente contra una farola. Permanece inmóvil.

El tiempo se para. Me envuelve un repentino silencio en el que no escucho nada más que mi propio corazón. Me siento como si el golpe seco contra farola hubiera despedazado todo lo que he sido hasta ahora. Vuelvo a sentir el sol en mi piel y veo centellear el granito de la piedra donde estoy sentada. Respiro como si nunca antes hubiera respirado. Desde el mar se levanta una brisa que me desgreña suavemente el pelo. En el aire chilla una gaviota, sus alas blancas surcan el cielo al exhibir sus acrobacias magníficas. Presiento un mundo que me está esperando. Me levanto y voy a casa. Mamá y yo dormiremos tranquilas esta noche.

***

18

Golpes de realidad

Por Antonio Mbile

Somalia. 1983. Una mañana cualquiera de domingo. Aisha corría en dirección a casa de su amiga Selma. Cerca de la choza advirtió un extraño ruido que provenía de la cocina. Era Selma quien gritaba a causa de un dolor indescriptible. Cuando Aisha llegó a la puerta la negaron el acceso. Sólo había mujeres. Una de ellas, su madre Najma, la hizo retroceder. No convenía que Aisha supiera lo que sucedía porque ella sería la siguiente. La prohibieron temporalmente visitar a su amiga, pero al cabo de un mes Selma falleció: pésimas condiciones higiénicas, heridas mal cicatrizadas y una infección letal facilitaron el exitus… Cinco años tenía Aisha; Selma seis. Y murió sin despedirse de su «hermana de otra madre» –así llamaba Selma a Aisha–. Sin ser muy consciente, Aisha acababa de recibir su primer golpe de realidad. La muerte de Selma la marcó profundamente, pero era sólo el primero de muchos golpes.

En otra mañana de domingo, Najma pidió a su hija que trajera unas cuchillas que la propia Aisha había ido a comprar la tarde anterior, también por encargo de su madre. En la cocina estaban Najma, dos madrastras de Aisha, su abuela Fathia y una curandera. Aisha iba a darle las cuchillas a Najma, pero ésta, con un gesto, indicó que se las entregara a la curandera. Antes de poder advertir los semblantes serios, Aisha estaba encima de un agujero hecho en el suelo de barro inmovilizada por sus ‘tres madres’, su abuela la forzaba a abrirse de piernas mientras la curandera, cual cirujana reputada, se disponía a mutilarla el clítoris practicando una infibulación (escisión del clítoris, amputación de labios menores y parte de los mayores, y sellado de vagina mediante sutura, dejando un diminuto orificio para la salida de orina y flujo menstrual). El cuerpecito de Aisha era un poema: músculos tensos, corazón acelerado, ojitos cerrados a cal y canto, como si así pudiera atenuarse el dolor. Apenas podía gritar; tenía un trapo metido en la boca.
                —Mujer verdadera no exterioriza dolor— la decían.
Aisha estaba cubierta de sangre y lágrimas. Pudiérase decir que la imagen simbolizaba siglos de perversa tradición. En pocos meses Aisha había perdido a su amiga y, casi, cualquier posibilidad de sentir placer sexual. Tras la ablación Aisha se sintió desprotegida, indefensa. Jamás volvió a ser una niña.

1991. Guerra civil somalí. Padre y hermanos se alistaron. Aisha y Najma cruzaron la frontera con Kenia huyendo de la violencia. Hambre, sed, noches a la intemperie… Durante un año madre e hija sortearon duras adversidades. Llegaron a Nairobi, donde Najma –ayudada por Aisha, que ya contaba catorce años– trabajó de vendedora a cambio de cobijo. Un día, en el mercadillo, tuvieron que atender a una madre, Akeng, y su hija, Meyeé. Akeng quedó impactada por la delgadez de Aisha; ésta tenía la edad de su hija y guardaba con ella cierto parecido. Las clientas volvieron más veces al puesto de Najma. Aisha y Meyeé iniciaron una amistad y, al conocer su historia, Akeng empatizó con la situación de Najma. Akeng era esposa del embajador de Guinea Ecuatorial en Kenia, y semanas después de conocerla, ofreció a Najma un trabajo de criada: techo, alimento, jornal… ¡Allāhu Akbar!

Dos años conviviendo permitieron la transmisión de unas costumbres y el cuestionamiento de otras, entre guineanas y somalís. De Meyeé, Aisha aprendió lectura y escritura. Y, por vez primera, asistió al colegio. Ese año, el embajador fue reubicado, y Akeng intercedió por Najma y Aisha, que también viajaron. El nuevo destino era una Sudáfrica en trasformación: el Apartheid recién moría, Madiba era presidente… y Aisha contaba dieciséis.

En Sudáfrica Aisha siguió estudiando. Desarrolló gran voracidad lectora y una incipiente conciencia social. También empezó a sentirse atraída por los chicos, pero era tímida, casi miedosa. Cierto día, donde estudiaba, alguien cambió su vida: Ángela Davis, activista afroamericana, dio una conferencia sobre educación, feminismo y lucha. Aisha quedó impresionada por su sabiduría.
                —Quiero ser como ella— se dijo.
Acabada la charla, Aisha saludó a su heroína; ésta correspondió regalándola un libro: Women, Race & Class; y dedicándola una cita: “ser mujer ya es una desventaja en esta sociedad siempre machista; imagina ser mujer y ser negra. Ahora haz un esfuerzo mayor, cierra los ojos y piensa, ser mujer, ser negra y ser comunista…” Para Aisha, las palabras resumían sentimientos propios que ella no sabía expresar.

A los treinta, Aisha estudió Filosofía en Johannesburgo. Ahí conoció a un estudiante cinco años menor. Se enamoraron; o eso creyó ella. El amor duró lo que la paciencia del muchacho. Él quería sexo. Ella también. Pero el miedo y los dolores que ella sentía cuando lo intentaban hacían imposible el coito.  
                —Experiencia placentera para todos; martirio insoportable para mí— se decía.
Llegó a odiar el sexo y, a veces, a los hombres. Una vez, sollozando, hija recriminó a madre por lo sufrido cuando niña. 
                —Estabas ahí. ¿Porqué permitiste que me cortaran?— Preguntó Aisha.
                —Tradición. — Contestó Najma.
               —También a mí me cortaron… Y con tanto que nos quitaron, ni los colonos pudieron eliminar esa tradición. — Continuó Najma.
                —Es doloroso. Cruel. Muchas niñas mueren… Selma ¿recuerdas?— Rebatió Aisha.
               —Sí. Una pena. Tampoco yo lo apoyo. Verás, en mi época las mujeres no estudiábamos, sólo obedecíamos. Ningún hombre quería una mujer no cortada. Ningún padre quería una hija no cortada. Significaba deshonra. — Explicó Najma.
                —Entiendo. Pero una tradición no es buena porque lleve siglos practicándose. También la esclavitud duró mucho y no por eso fue algo bueno. Y menos para nosotros. — Sentenció Aisha.

2016. Aisha ha vuelto a Somalia. Es profesora de Filosofía y dirige una asociación que lucha contra la Mutilación Genital Femenina. Habla a mujeres jóvenes de educación, feminismo y lucha. En contra tiene a gran parte de su comunidad; a favor, experiencia, libros, determinación… y a Najma.

Una vez, una joven le preguntó:
                 — ¿De qué sirve tu lucha?
Aisha contestó citando a Galeano:
                — “Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar en mundo”.

***

19

Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

Por María Requena Espada

Amrita es la pequeña y la única niña de la familia, a la que todos adoran. Sus seis hermanos velan por ella como si fuera una joya preciosa. Viste los mejores saris de Nueva Delhi y su madre la adorna de tal manera que se asemeja a una muñeca de carne y hueso. Sin embargo, si pudiera, luciría siempre su sencillo sari azul bordeado de color azafrán.
Amrita sueña con estudiar y tener la misma vida que sus hermanos. Ellos hacen planes sobre el futuro, las universidades a las que irán y los países que conocerán. “¡Yo seré médico!¡Y quiero ir al mar!”, clama a sus catorce años mientras los demás no pueden evitar esbozar sonrisas sin significado para ella.

Amrita protesta: “¡No pienso casarme, papá!” Él no la escucha. Hace tiempo que ha cerrado el trato con una familia tan bien posicionada como la suya, cuyo hijo de veintiocho años está trabajando en Londres y volverá a la India convertido en un reputado abogado. “¿Qué importa que no os conozcáis?”, dice el padre. A sus dieciocho primaveras siente que se ahoga. No quiere esa existencia. “¡Me escaparé!”, decide mientras la madre le enseña, uno tras otro, catálogos donde elegir los mejores saris de novia. ¡Será la envidia del país, saldrá en las revistas, será la boda del año!

Amrita no puede creer lo que está escuchando: “¡Si es una niña, abortarás!”, le grita su marido. Tiene su cara a apenas un centímetro; ha podido sentir su saliva en la mejilla. El hombre da un portazo dejándola otro día más encerrada en una jaula… Una prisión hermosa repleta de seda, maderas que desprenden un intenso aroma, sirvientes cansados, suelos casi transparentes… de la que no puede salir sin compañía. Ahora es una mujer de veinte años y una frase resuena en su cabeza: “¡Nunca dejaré que hagas daño a mi hija!”
Amrita le acuna, le canta, le cuenta los dedos de las manos, le acaricia el rostro desconocido hasta entonces. Narayan es un niño débil, le cuesta extraer la leche del pecho de su madre. Apenas ha cogido peso desde que nació, tras un parto complicado debido a las secuelas del aborto. Por eso le ha llamado Narayan, “valiente”. Tiene que ser valeroso, fuerte, y ella le ayudará a conseguirlo. A sus veinticuatro años cree que, quizás, su vida comience a cobrar sentido.

Amrita no puede levantarse de la cama. No soporta los dolores; el esposo concertado ha vuelto a destrozarle el cuerpo y el alma. Es su cuarenta cumpleaños. Narayan le acerca la tarta a la cama y le canta en un susurro: “Cumpleaños feliz, mamá…” No se parece en nada a su padre, ni siquiera a ella, y eso la tranquiliza. Sólo quiere que consiga sus propios deseos, que nadie dirija su vida…

Amrita se descalza. Se queda inmóvil ante la orilla y deja que las olas le acaricien los pies. Poco a poco se adentra en el mar que empapa su sencillo sari. A los cincuenta y dos años es una viuda que no sabe nadar, solo chapotea en el agua; quizás así lo hubiera hecho si, siendo una niña, hubiera conocido el mar, el océano mar. No sabe cómo pero puede flotar; se extiende totalmente boca arriba y deja que el mar la acune. El sari parece tirar hacia el fondo, pero ella se resiste… “¡Mamá!” Es Narayan. Ve como su hijo, convertido en un adulto, agita un brazo desde la orilla. Pero es incapaz de moverse… Un poco más, solo un poco más rodeada de mar… “¡Abuela!” Es Uma…

Amrita sale del agua con el sari azul bordeado de color azafrán pegado al cuerpo, como si formara parte de ella. Coge a la pequeña de la mano. Caminan por la orilla mientras su nieta salta sobre las olas. “Uma, y tú, ¿qué quieres ser de mayor?”

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20

Incendio

Por Ramón Molleda

Apenas tenía quince años cuando la conocí. Dentro de las tierras del amo ocupábamos una pequeña parcela cercana al río, a pocos metros de los alambres de la finca. Nuestra labor básica era abastecer de leña seca la chimenea del señor. Por eso mi casa materna almacenaba troncos por todas las esquinas y por eso puedo decir que había calidez y buen olor en nuestro hogar -pero también sequedad y falta de espacio y falta de padre. Era fácil rasgarse ropa y carne con las astillas.

Cada día, mientras partía la leña, escuchaba la misma melodía en mi cabeza. Obedecía a mis movimientos: alzar el hacha, dejarla caer, partir; del mismo modo que un trueno que se transforma en aguacero y golpea los charcos. Alzas de nuevo el hacha, cae sin remedio, el leño se parte en dos, regresa la lluvia cada vez más fina y los charcos hipnóticos, la calma.

En aquellos años, al faltarme padre y palabras, la hiedra se apoderaba de mi lengua confundiéndola con un muro. Mi madre insistía en que hablase con ella, aseguraba que aquella chica era la persona más hermosa que yo escucharía nunca en las tierras del amo. Ellas, sus voces, fueron las que me hicieron mujer.

Así fue. Lo fue. Lo es.

Apenas tenía quince años cuando la conocí y cada mañana que me despierto aquí me apetece estar con ella. Rompo los muros para dormir a su lado. Lucho cada segundo contra el amo tiránico que quemó la casa de mi madre.

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