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Semana Negra, una historia personal

Semana Negra, una historia personal

El Ministerio de Cultura ha concedido a la Semana Negra de Gijón la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. El escritor Miguel Barrero, colaborador de Zenda, permanece vinculado al festival desde el año 2004 y repasa en este artículo algunas vivencias relacionadas con un certamen que, en palabras del propio Ministerio, «se ha convertido en un referente de las citas literarias, combinando lo cultural con lo festivo y mezclando la literatura nacional e internacional con la música, el cine o la fotografía.» 

[prólogo]

El 14 de julio de 2017 se fallaban los premios de la Semana Negra y yo andaba por allí porque mi libro La tinta del calamar era uno de los finalistas del Rodolfo Walsh, el galardón destinado a las obras de no ficción de género negro. En los días anteriores había ido sondeando opiniones y tenía la absoluta certeza de que todas las quinielas me daban perdedor. Lejos de desasosegarme, la conclusión me tranquilizaba: no tendría que preparar un discurso de agradecimiento y podía limitarme a observar desde la barrera, poner cara de circunstancias cuando se hiciese público el nombre del agraciado y aplaudir luego y felicitarlo después como si de verdad me alegrara que fuese él, y no yo, quien se llevara la gloria. Contra todo pronóstico, en el acta del jurado el nombre que figuraba era el mío, lo cual me puso muy contento —sería de cínicos negarlo— al tiempo que me procuraba una preocupación nueva: algo tendría que decir cuando me llamaran al estrado, y ni tenía nada preparado ni había tiempo —tampoco bolígrafo, o papel— para esbozar unos apuntes mínimos. Así que, cuando me senté a la mesa junto a los premiados en las otras categorías y los micrófonos apuntaron directamente a mi boca, la memoria fluyó con más rapidez que la razón y me hizo formular una conclusión en la que no había pensado nunca antes: «Yo no sé si me habría puesto a escribir de no haber venido nunca a la Semana Negra.»

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"Hay unas letras enormes en el suelo que componen las palabras Semana y Negra, y el aire huele a una mezcla extraña de gasolina y churros y fritanga"

Es el mes de julio de 1990 y por primera vez mis padres y yo venimos a pasar el verano a Gijón, una ciudad que acaba de consumar, entre atónita y exhausta, un largo proceso de demolición. Hace apenas un mes, Eduardo Chillida acaba de levantar en el Cerro de Santa Catalina su Elogio del horizonte, a modo de invocación optimista a un porvenir que se antoja gaseoso. Salimos a pasear la misma tarde de nuestra llegada y, buscando el mar, damos con un espacio lúgubre y medio ruinoso que no se parece a nada que yo haya conocido antes. Años después, sabré que se trataba de unos astilleros que acababan de quedar abandonados y se levantaban sobre el terreno que hoy ocupa la playa de Poniente. Hay unas letras enormes en el suelo que componen las palabras Semana y Negra, y el aire huele a una mezcla extraña de gasolina y churros y fritanga. Hay por allí mucha gente rara y mi padre, que me lleva de la mano, debe de percibir en mí cierta inquietud, porque se inclina hasta que sus labios rozan mi oído y susurra: «Son escritores.»

Abrazado a Joaquín Sabina (2002).

Durante los días siguientes, pasamos por allí todas las tardes. Descubrimos que el festival tiene su propio periódico, que se llama A Quemarropa, y mi padre va haciéndose con todos los números. Nos sentamos a escuchar varias mesas redondas, vemos cómo se presentan libros, asistimos a conciertos. Una de esas tardes, al llegar a casa, me siento ante el escritorio, cojo la máquina de escribir eléctrica, meto en el rollo un folio y, por primera vez en mi vida, empiezo a escribir lo primero que se me pasa por la cabeza.

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"Sus visitas son tan fugaces, y nuestras conversaciones tan breves, que ni siquiera estoy seguro de que recuerde mi nombre"

Es el verano de 2003 y trabajo como becario en el periódico El Comercio. Me han adscrito al suplemento de verano, que es donde van a parar algunas noticias culturales y todas las que no acaban de encajar en ninguna otra sección. En días alternos pasa junto a mi mesa Ángel de la Calle, que publica en esas mismas páginas una tira cómica. Ángel es dibujante, dirige el A Quemarropa y oficia de segundo hombre importante en la Semana Negra, justo por detrás de su fundador y aún director, el escritor Paco Ignacio Taibo II. Resulta ser también un tipo culto y sarcástico, con un humor entre negro y nigérrimo. Como de vez en cuando me toca dar alguna noticia sobre la Semana Negra, en cuanto me ve me lo comenta:

—Qué guapo eso que escribiste.

O también:

—Para otra vez, fíjate más.

La redacción de «A Quemarropa» al completo (2005).

Sus visitas son tan fugaces, y nuestras conversaciones tan breves, que ni siquiera estoy seguro de que recuerde mi nombre.

La noche del último sábado de la Semana, consigo engañar a Raúl y, mientras el resto de la pandilla trasiega por los bares de copas del centro, él y yo nos acercamos hasta el festival para asistir a la lectura poética de Ángel González y Luis García Montero. La carpa está de bote en bote. Cuando termina el acto, salimos al exterior y veo venir a Ángel entre la multitud. Camina apresurado y cabizbajo, imagino que requerido por algún asunto urgente. Al llegar a mi altura, el azar quiere que levante la vista y me vea.

—Tú eres Miguel, ¿no?

—Sí.

—Pues que sepas que el año que viene te quiero aquí conmigo.

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Está empezando el mes de julio de 2005 y nos han citado para una reunión. Faltan sólo unas jornadas para que empiece la Semana Negra y Ángel quiere que las personas que conformaremos este año la redacción de A Quemarropa nos veamos para conocernos y repartir tareas. Para mí es una época especial porque hace unas semanas salió publicada mi primera novela, aunque apenas se haya enterado nadie. El festival se celebra en el parque de Isabel la Católica, junto a El Molinón, y sus oficinas se ubican en unos bajos del estadio que para tal fin ha cedido el Ayuntamiento. Hay un barullo considerable. A nuestro alrededor se ríe, se grita, se festeja, se discute. Deambula entre los corrillos, aferrado a su cigarrillo y su lata de Coca-Cola, el ubicuo Taibo, que está al tanto de todo mientras finge que no se entera de nada. Al pasar junto a nuestra mesa, se detiene, me mira a los ojos y pregunta:

—Miguelín, ¿es verdad que publicaste una novela?

Me ruborizo. Mi cabeza se agacha y asiente.

—¿Y no piensas presentarla aquí?

Me encojo de hombros. Digo que no lo había pensado. Que no es una novela negra y que no me parece que encaje bien en el festival.

—¡Pero tío! ¿Cómo que no encaja en el festival? ¿En qué otro sitio te han sonreído tantas veces como aquí?

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"Uno de estos días, desde el titular de un periódico alguien cuestionaba por enésima vez la pertinencia de la Semana Negra"

Es el verano de 2007, o 2008, o 2009, y estamos Ángel y yo en el taller de los Morilla, en las profundidades del barrio de El Llano, pasando como podemos una de esas noches toledanas que depara la elaboración del A Quemarropa. Son veladas pródigas en blasfemias e imprecaciones varias, pero también de vez en cuando nos permitimos caer en sentimentalismos. Suele ocurrir a última hora, cuando falta poco para que despunte el alba y nuestros cuerpos comienzan a acusar la fatiga acumulada. Uno de estos días, desde el titular de un periódico alguien cuestionaba por enésima vez la pertinencia de la Semana Negra. Con retórica artificiosa y escasa lucidez, se preguntaba qué pintaban los libros al lado de los churros, cuál era la razón de que se pusiera a una orquesta sinfónica a interpretar a Mozart a la una de la madrugada al lado de unas cuantas atracciones de feria, qué tenían que ver los puestos de artesanía con el debate intelectual.

Escoltando a Ángel González y Luis García Montero (2007).

—Una vez, hace unos años —empezó a contar Ángel con la voz gastada—, estábamos presentando uno de los libros que publicábamos nosotros y que regalábamos a todos los que asistieran a la charla. No recuerdo ya si era el de Leonardo da Vinci, o el del Guernica, da igual, es lo de menos. El caso es que los estaban repartiendo y yo andaba por detrás, sacando ejemplares de las cajas y de repente tenía delante de mí a un niño. Era un niño pobre, lo supe por sus ropas, seguramente el hijo de alguna de las familias que tenían los puestos de los mercadillos. Al principio creí que me estaba mirando, pero de repente me di cuenta de que lo que miraba en realidad era el libro. «¿Quieres uno?», pregunté. «No tengo dinero», respondió. «No hace falta tener dinero», le dije yo, «es gratis.» Entonces sí que me miró, sonrió de una forma que no voy a olvidar nunca, con la boca muy abierta, y dijo: «¿De verdad?». Le tendí el libro, lo cogió y se fue corriendo. Ni las gracias me dio, el cabrón. Pero en ese momento supe que todo esto sirve para algo. Que, por mucho que algunos digan, estamos haciendo lo que tenemos que hacer.

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"Me recuerdo, por ejemplo, caminando con Jorge Semprún junto al puerto deportivo, en dirección a Ponente, o escanciando sidra para Peter Berling en el patio de un colegio"

No sé cuándo y a veces ni siquiera sé bien dónde, porque los recuerdos se entremezclan y se superponen y es difícil encuadrarlos en unas coordenadas físicas y temporales, como también lo es dilucidar si a estas alturas ya se pueden confesar o no. Me recuerdo, por ejemplo, caminando con Jorge Semprún junto al puerto deportivo, en dirección a Ponente, o escanciando sidra para Peter Berling en el patio de un colegio, o comiendo una fabada con José Emilio Pacheco, o escuchando a Ana María Matute confesar que ella sí que creía en las hadas, o riéndome con Rosa Ribas a cuenta de una novela horrorosa que nos habíamos tenido que leer, o compartiendo con Tatiana Goranski una de las ruedas de prensa más surrealistas que he tenido que dar nunca. Me acuerdo también de que escuché a Joaquín Sabina cantar a la guitarra, en absoluta primicia, una canción que sigue inédita, y de la noche en que Lorenzo Rodríguez se metió en el mar de San Lorenzo para salvar a una mujer que intentaba suicidarse, y de cómo convencí a la organización para que invitasen en el último segundo a Milo J. Krmpotic’, y de las conversaciones tenebristas que mantuve con Javier Calvo, y de las risas de Mori cuando le explicaba que esa noche no iba a poder pasarme por el A Quemarropa porque España acababa de ganar el Mundial. Y me acuerdo de Ramón, y de Julián, que, al igual que Mori, ya no están —porque el tango dice que veinte años no es nada, pero treinta empiezan a ser ya unos pocos—, y de lo tristes que nos pusimos cuando nos enteramos de que se había muerto Ángel González, y de cuánto extrañamos a Francisco González Ledesma, y de lo larga y lo corta que se hace al mismo tiempo esa semana de diez días en la que puede ocurrir de todo, hasta que se suspenda la verosimilitud.

Con Ángel de la Calle y Paco Ignacio Taibo (2009).

El último recuerdo es de julio de 2016. Estoy en la terraza del hotel Don Manuel esperando la llegada del coche que trae a Luis Eduardo Aute. No viene solo: lo acompaña Miguel Munárriz, a quien conozco de vistas y de oídas, pero con el que no he hablado nunca hasta hoy. Nos sentamos a tomar algo y se nos suma Fernando Beltrán, que también participa en la lectura poética de esta noche. En un momento dado, Miguel Munárriz se dirige a mí y me dice:

—Oye, estoy en una revista digital que fundamos hace unos meses y que se llama Zenda, ¿la conoces?

—Sí —respondí—. La miro de vez en cuando.

—Tú tienes que escribir ahí.

Un amigo me dijo una vez que en la Semana Negra sólo pasan cosas buenas. Y tenía razón.

[epílogo]

Es el mes de abril de 2020. Desde agosto del año pasado, dirijo la Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular del Ayuntamiento de Gijón. Este día, a estas horas, debería estar en mi despacho, pero estoy en casa muriéndome del asco. Un virus desconocido ha tomado las calles y nos ha puesto la vida patas arriba. En las últimas semanas, mis jornadas transcurren entre divagaciones absurdas, planes imposibles y preguntas para las que no hay respuesta. En plena desazón cotidiana, entra en mi móvil un whatsapp de Ángel de la Calle: «Oye, ¿nos dejas hacer este año la Semana Negra en el Antiguo Instituto?» El Antiguo Instituto es un edificio de trazas neoclásicas que se levanta en el centro de Gijón y acoge las dependencias de la Fundación que dirijo. «¿Tú crees que está la cosa para planteárselo?», le contesto. Él insiste: «Si no la hacemos este año, el festival desaparece.» Debió de parecerle poca presión, porque al cabo de unos segundos añadió: «Tú decides.» No me hice de rogar: «Si la ley lo permite, la hacemos.»

Enseñando a leer a «Samsa» (2010).

Regreso a mi despacho el último lunes de mayo. Al día siguiente tengo la primera reunión con Ángel. Viene con su equipo de confianza —Rafa, Cefe, Helenka— y yo incorporo a Rubén. Nos lamentamos de lo complicado que está todo, de que esta pesadilla parece no tener fin, de que dan ganas de claudicar y rendirse. Entre tanta queja, en un momento de complicidad silenciosa, Ángel y yo nos miramos a los ojos.

—¿Vamos?

—Vamos.

"Cuando Ángel me enseña el lema de esta edición confinada, «A la literatura no la mata un virus», descubro que estoy haciendo lo que tengo que hacer"

Durante todo el mes de junio nos vemos una vez a la semana, extendemos planos, recorremos el edificio de arriba abajo para trazar itinerarios y salvaguardar distancias y garantizar ventilaciones, planteamos todos los problemas que puedan surgir para encontrar las soluciones por anticipado, escucho advertencias que no siempre son bienintencionadas —«mejor suspéndelo», «toda la responsabilidad va a ser tuya», «no vale la pena arriesgarse»— y a las que no hago caso porque soy consciente de que he cruzado un punto a partir del cual ya no hay retorno. La ley abunda en restricciones, pero tampoco prohíbe expresamente nada. Cuando Ángel me enseña el lema de esta edición confinada, «A la literatura no la mata un virus», descubro que estoy haciendo lo que tengo que hacer. Me lo corrobora la alcaldesa cuando, unos días antes del arranque, me reúno con ella para explicarle cómo nos las hemos ingeniado para poner algo de orden en el caos. Sólo sale una palabra de su boca, la única realmente necesaria: «Adelante.»

Departiendo con Alejandro M. Gallo, Juan Madrid, Leandro Pérez, Juan Carlos Galindo y Tatiana Goranski (2017).

La Semana Negra es, en este aciago 2020, el primer festival del mundo que se celebra de manera presencial. Durante diez días, el Antiguo Instituto acogerá casi un centenar de actividades que incluirán mesas redondas, presentaciones, conciertos, exposiciones y debates. A espaldas del edificio se instalará, además, una feria del libro. En todo ese tiempo, con todo ese berenjenal, no se registrará un solo contagio. Pasaré unas cuantas noches sin dormir y perderé algunos kilos, pero constataré que nuestra consigna era correcta: ni a la literatura en particular, ni a la cultura en general, las puede matar un virus. Pero eso lo sabré con el tiempo. Aún son todo incertidumbres cuando el viernes 3 de julio, por primera y única vez en mi vida, me sitúo junto a las autoridades para participar como anfitrión en el corte de la cinta inaugural. No se lo digo a nadie, pero reconozco entre el público al niño que, en aquel julio de 1990, acudió por primera vez a la Semana Negra de la mano de sus padres y luego se puso a escribir su primer párrafo. Cuando se percata de que lo he descubierto, sonríe y me guiña un ojo.

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Paco Gómez Escribano
Paco Gómez Escribano
2 años hace

No es por lo que cuentas, que también, sino por cómo lo cuentas. Me ha parecido genial. Saludos.