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Seymour Hersh, tu periodismo es historia

Seymour Hersh, tu periodismo es historia

Memorias del último gran periodista americano. Así han subtitulado los editores el libro que Seymour Hersh entregó a la editorial a falta de un original mejor con el que cumplir su contrato. Seguiremos esperando esa biografía de Dick Cheney (el hombre clave de la historia reciente de EE.UU.) en la que lleva trabajando media vida.

La última gran exclusiva de Hersh es de 2004: el descubrimiento de las torturas practicadas por los soldados americanos en la cárcel de Abu Ghraib en Irak. Pero Hersh es esencialmente un periodista del siglo XX, probablemente el último, como señala el subtítulo de su libro de memorias, recién publicado en España por Península.

"Como todo buen periodista de cualquier época, considera que el periodismo nació cuando él escribió la primera línea en unas condiciones infames"

Para comprobar que es un dinosaurio de otra era sólo hace falta ver las fotos de su escritorio, desbordado por papeles, y su diagnóstico del periodismo de hoy: “Un desastre”. A sus 82 años, le resulta inevitable —como a todos los periodistas veteranos— evocar los buenos tiempos, “sus” buenos tiempos: “Aquella época en la que no había tertulias de ‘expertos’, ni periodistas que “empezaran sus respuestas a todas las preguntas con las dos palabras más mortíferas en el mundo de los medios de comunicación: ‘Creo que’”

Entre las cualidades del periodista millenial no se encuentra la de aprender de sus mayores. Como todo buen periodista de cualquier época, considera que el periodismo nació cuando él escribió la primera línea en unas condiciones infames: nada que ver con las que disfrutaron los que el millenial llama periodistas del “pelotazo”.

Por llevarle la contraria, de estas memorias se pueden extraer valiosas lecciones para el presente. Hersh tiene un lema. Lo aprendió nada más llegar a la profesión en un Chicago, según él, aún muy parecido al que retrata Ben Hecht en Primera plana. Así reza: “Si tu madre te dice que te quiere, contrástalo”.

"Hersh es un obseso de los datos, de la comprobación, de la exactitud. En un momento de sus Memorias, llega a decir que su modelo de trabajo es el de la revista Science"

Los lemas hay que tenerlos siempre presentes, aunque no siempre se puedan cumplir. Así se desprende de la anécdota en la que Hersh cuenta cómo perdió la inocencia periodística. Era editor de una agencia y acababa de editar un artículo en el que un cronista deportivo de prestigio —de los que intercambia entradas por copas— relataba cómo una estrella de hockey se había comportado de forma grosera. Tras acabar su trabajo, baja al bar —en la vida del periodista siempre hay un bar— donde se encuentra fanfarroneando al reportero al que acaba de editar el texto.

—“¿De modo que el hijoputa ese te ha dado con la puerta en las narices?”, le pregunta Hersh para entablar conversación.

—“No. Había llamado al tipo por teléfono y me había colgado”, confesó el fanfarrón.

"El periodista siempre tiene una frustrada vocación docente. Da lecciones aunque no se le pidan"

A Hersh se le cayó el mundo encima. Así lo relata: “Aquella era mi primera noche como editor y ya había dado por buena una noticia que contenía una mentira absoluta: no le había dado un portazo, sino que le había colgado el teléfono. ¿Debía regresar a la oficina y redactar y enviar una rectificación, o debía tomarme una cerveza? (…) Opté por esta segunda opción”.

Pese a lo que pudiera parecer por esta anécdota, Hersh es un obseso de los datos, de la comprobación, de la exactitud. En un momento de sus Memorias, llega a decir que su modelo de trabajo es el de la revista Science, la publicación que concede el certificado de validez a las investigaciones científicas.

El periodista siempre tiene una frustrada vocación docente. Da lecciones aunque no se le pidan. Este incluso llega a bautizar una regla con su propio nombre, “la regla Hersh”, y la explica así: “No empieces nunca una entrevista por los aspectos centrales”. Es decir, traducido a un lenguaje más vulgar, conviene marear y hacer sentir cómodo al entrevistado antes de entrar a matar; si se le pregunta por lo esencial al principio, seguro que se escabulle.”

De todas las enseñanzas que regala Hersh, yo me quedaría con esta, que sí que merecería llevar su nombre: “La lección fundamental del periodismo es leer antes de escribir”. Cuántos disgustos nos ahorraríamos si se cumpliera esta máxima.

"Otra anécdota con Abe Rosenthal revela que el periodismo es tan celoso que acaba por resultar incompatible con la vida privada. Hersh no tiene con quién dejar a sus hijos y los lleva a la redacción"

En las memorias, el periodista describe momentos vividos en las redacciones muy ilustrativos de lo que es esta profesión. Resulta especialmente clarificador de la fidelidad con su medio que antes se pedía al periodista esta entrevista del mítico director del New York Times Abe Rosenthal con un aspirante a formar parte de la redacción. Le dice que quienes trabajen bajo aquella cabecera deben “aprender a amar el periódico”. Y el pretendiente le contesta:

—“Señor Rosenthal, yo no quiero follar con su periódico; solo quiero trabajar en él”.

Hoy, cuando los periodistas se creen su propio medio y su firma es su cabecera, resulta difícil entender aquellas sectas que florecían en las redacciones atestadas de periodistas que llevaban marcado en la frente, o espetado en el sombrero, el nombre de su rotativo.

Otra anécdota con Abe Rosenthal revela que el periodismo es tan celoso que acaba por resultar incompatible con la vida privada. Hersh no tiene con quien dejar a sus hijos y los lleva a la redacción. Llega el director, tuerce el gesto al ver aquel ambiente de guardería, y  le espeta a su redactor:

—“Seymour, ¿qué crees que hubiera ocurrido si en aquel día trascendental de hace dos mil años, la señora de Moisés le hubiera pedido a su marido que se quedara en casa a cuidar de los niños? ¿Crees que las aguas se habrían separado?”

Nunca volvió a llevar a sus hijos a la redacción.

Este director, con el que Hersh mantiene una relación de amor-odio, es el mismo que, cuando se va a ir del New York Times, le niega la excedencia. «Abe —recuerda el reportero— sentía que yo no había querido nunca al periódico, sino que también lo había utilizado.

"Presume de no haber sido nunca invitado a la Casa Blanca y de no haber asistido nunca a un viaje de periodistas"

Hersh tiene un muy buen concepto de sí mismo. Define sus intenciones con sencillez: “Encontrar a personas que no querían ser localizadas era un aspecto básico de lo que yo hacía para ganarme la vida, y a mí se me daba bien”. Eso sí, era celoso como nadie de “sus” temas y no dejaba que nadie se atreviera siquiera a olisquearlos. “No me veía a mí mismo como vendedor de pistas o levantador de liebres. Aquella historia era mía”.

Presume de no haber sido nunca invitado a la Casa Blanca y de no haber asistido nunca a un viaje de periodistas. “Yo era libre para ir a mi aire, como deberían serlo todos los periodistas de investigación”. Por si no quedara suficientemente claro, insiste en que nunca le ha gustado trabajar en equipo y que le costó acostumbrarse a la redacción del Times, única en la que trabajó de forma estable. “Me gustaba ser el mejor, el primero de la manada”

La reputación de Hersh, como la de todos los periodistas que descubren grandes historias, no era buena en la profesión. A lo largo de su carrera ha sido acusado de “ser un periodista kamikaze”, “usar tácticas gansteriles”, “acosar a las fuentes”, «mostrarse agresivo con los testigos”. Por mencionar solo las críticas que podríamos llamar constructivas.

"Los tiempos cambian y las nuevas generaciones acaban por ser desagradecidas con quienes hicieron el primer borrador de su historia"

Pese a todo ello, Hersh también es historia por haber descubierto una infinidad de asuntos de los que sin su trabajo hoy no sabríamos nada. Baste una somera enumeración: la matanza de civiles en la aldea vietnamita de My Lai (acabaría descubriéndose el asesinato de 20.000 civiles por parte del Ejército americano); el intento de varios presidentes de asesinar a mandatarios extranjeros (como Fidel Castro); operaciones interiores de la CIA, que llegó a reunir 100.000 fichas de ciudadanos estadounidenses entre 1964 y 1974; muchos aspectos del Watergate; la cara oculta del Camelot de los Kennedy; las escuchas de Kissinger a medio Washington; la participación de la CIA en el asesinato de Allende y la llegada de Pinochet; las torturas de Abu Ghraib…

Los tiempos cambian y las nuevas generaciones acaban por ser desagradecidas con quienes hicieron el primer borrador de su historia. Hersh fue tachado de “yonqui de Vietnam”, por su insistencia en investigar la guerra sucia de su país en el sudeste asiático. Él mismo lo explica con claridad el destino último —en EE.UU. y aquí— de los periodistas de investigación: “Acaban cansando… Los editores se cansan de artículos difíciles y de reporteros difíciles.”

Admirado Seymour, tienes que asumir, para bien o para mal, que tu periodismo ya es historia.

HUELLAS

Políticos, periodistas y algún artista

Bradlee, Ben. Director de The Washington Post. Hersh le lleva su investigación sobre la matanza de My Lai. “Varios redactores leen el reportaje en silencio. Sólo el director, Ben Bradlee, habla: ‘Maldita sea… Tengo seiscientos periodistas trabajando para mí y esto tiene que venir de fuera. Publícalo. Me huele bien”.

Cheney, Dick. El vicepresidente más poderoso de la historia de Estados Unidos, entre 2001 y 2009. Su biografía es la gran frustración de Hersh, a quien Cheney ha declarado “enemigo de por vida”. Según el periodista, es “el líder de la manada neoconservadora”.

Kissinger, Henry. Secretario de Estado de Nixon y Ford entre 1969 y 1977. “Aquel hombre mentía más que respiraba.”

Lennon, John. En una fiesta, le pidió que le ayudara a conseguir el visado. Se lo habían denegado por izquierdista. Hersh dice que estaba tan centrado en sus propias investigaciones que no reconoció a aquel melenudo hasta mucho después. Finalmente, le consiguió el permiso de residencia.

Nixon, Richard. Hersh recibió un aviso de un hospital contándole que allí se encontraba la mujer del expresidente, tras recibir una paliza de su marido. Tuvo noticia confirmada de que Pat Nixon había sido víctima de maltrato al menos en dos ocasiones más. Nunca lo denunció ni lo publicó, hasta ahora en sus memorias. Así lo explica: “En aquella época, por mi ignorancia, no veía el incidente como un delito”.

Reagan, Ronald. Cuenta Hersh que el presidente-actor no leía. Era inútil pasarle informes y más informes escritos. Sus asistentes de seguridad, desesperados, encontraron una forma de que Reagan estuviera al tanto de la información importante: grabar en vídeo el contenido de los informes de inteligencia y hacer que los viera en un televisor”.

Stone, Oliver. El director hizo viajar a Hersh a Hollywood para que le contara pormenores de la invasión de Panamá (1989), sobre la que pensaba hacer una película. El periodista se explayaba y el cineasta le cortó abruptamente: “No me interesa hablar de eso con usted. Lo que quiero es que me diga si en su opinión estoy siendo investigado por la CIA.”

Woodward, Bob y Bernstein, Carl. Periodistas que descubrieron del escándalo Watergate. “Los dos chicos listos del Washington Post”, en palabras de Hersh, quien, desde el competidor The New York Times, tardó en acceder a investigar el caso. “Mientras Woodward y Bernstein seguían generando titulares sobre el Watergate, yo mantenía mi negativa a participar en una noticia que era de ellos dos. (…) Existía un mundo secreto en Washington y yo quería escribir sobre él”.

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Autor: Seymour Hersh. Título: Reportero: Memorias del último gran periodista americano. Editorial: Península. Venta: AmazonFnac y Casa del Libro.

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