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Shelley Duvall, la musa de los 70 que acabó siendo una mujer destruida

Shelley Duvall, la musa de los 70 que acabó siendo una mujer destruida

“Sindicado”, en lo que a contenidos se refiere y hablando de medios de comunicación, esos mass media que los llamaban los primeros expertos, se dice a aquello —ya sea una tira de viñetas o un espacio televisivo— que se distribuye en múltiples periódicos o cadenas independientes a la vez. Es decir, sindicado es algo que no está atado a una sola empresa periodística, sino que se vende a varias que lo publican, o emiten simultáneamente. Popeye, el marino creado en 1929 por Elzie Crisler Segar que hizo que tantos niños de ayer incluyeran las espinacas en un lugar preponderante de su dieta, fue, en su nacimiento dentro del Thimble Theatre de King Features Syndicate, un ejemplo meridiano de cómic sindicado. En cuanto a espacio televisivo, bien podría valernos uno mucho más reciente: Dr. Phil, uno de esos programas de entrevistas a tumba abierta. Este fue creado por Oprah Winfrey y el psicólogo Phil McGraw en 2002 y distribuido en sindicación por CBS Media Ventures.

Además de coincidir en el procedimiento para llegar a las masas, hay otro nexo entre Popeye y Dr. Phil: Shelley Duvall. Aquella impecable intérprete de Olivia —la novia del marino de los ojos saltones (pop eye) que encontraba su prodigiosa fuerza en la ingestión de espinacas— en la adaptación a la pantalla real de esta historieta, que Robert Altman dirigió en 1980, fue uno de los grandes personajes recreados por una de las actrices más representativas de las chicas de los años 70 en la pantalla estadounidense: Shelley Duvall. Y en una edición de Doctor Phil emitida el 18 de noviembre de 2016, aquella chica, que no quería ser actriz hasta que Robert Altman, fascinado con el encanto personal de Shelley, la convenció para que lo fuera e integrase el reparto de Volar es para los pájaros (1970), mostró a la audiencia de Phil su verdad al desnudo: varios problemas psiquiátricos no atendidos debidamente y un largo retiro en soledad, lejos del mundanal ruido, habían hecho de ella una mujer abandonada, asilvestrada y destruida. Daba miedo verla y, sin embargo, había que mirarla dos veces para reconocer en ella algún gesto de aquella chica de los años 70.

"El plano es memorable. Pero, a decir de algunos comentaristas, el rodaje de El resplandor hizo que su protagonista se plantease por primera vez la continuidad de su actividad interpretativa"

Musa de Altman, incorporar con posterioridad a la Wendy Torrance de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) fue para ella una auténtica tortura. El que ha quedado como su personaje más representativo —su gran papel protagonista, ya que con Altman solo interpretaba roles de reparto en aquellas polifonías suyas, a las que los expertos en mass media llamaban “películas corales”— le suponía estar llorando “doce horas al día durante cinco o seis días a la semana. Y es muy difícil hacerse la histérica durante tanto tiempo”. Jack Nicholson, su compañero en aquel rodaje, aún recuerda cómo se le caía el pelo a Shelley cuando Kubrick la agobiaba con sus exigencias. Sin ir más lejos, el famoso plano del hacha de Jack Torrance (Nicholson), cuando éste comienza a derribar la puerta tras la que se esconden Wendy y el niño, fue repetido más de un centenar de veces: hasta que su actriz le dio la expresión del espanto que el maestro consideró la precisa. Y bien es cierto que el plano es memorable. Pero, a decir de algunos comentaristas, el rodaje de El resplandor —una de las grandes adaptaciones de Stephen King, como es sabido— hizo que su protagonista se plantease por primera vez la continuidad de su actividad interpretativa.

Dr. Phil, como tantos programas de entrevistas en los que alguien destruido intenta exorcizar sus males exponiéndolos a las audiencias —ahítas de esa dudosa satisfacción que provoca el mal ajeno—, ha quedado como una de las emisiones más controvertidas de esta suerte de brutal terapia de grupo que son esta clase de emisiones. Era tanto el deterioro físico de la actriz, que en 2016 ya llevaba trece años totalmente apartada del foco mediático en su rancho de un recóndito rincón de Texas, que prestarse en su estado a semejante escarnio público —pues de eso se trata, al fin y al cabo, Dr. Phil— era la prueba irrefutable de que Shelley Duvall no estaba en sus cabales.

"No consumía estupefacientes. Esa concepción de las drogas como sustancias liberadoras se había quedado en su época. Incluso el hedonismo de la siguiente década se había quedado obsoleto, tenía mala prensa"

Oscuro como la tumba donde yace mi amigo (1968), la última variación sobre el tema de Bajo el volcán (1947), del gran Malcolm Lowry, puede considerarse un espejo. Se trata de la mayor autoinspección, en contra de sí mismo, que haya tenido a bien realizar un escritor o, al menos, que a mí me haya sido dada como lector. Esa emisión de Dr. Phil a la que se prestó aquella inolvidable actriz de los años 70 que fue Shelley Duvall no fue a la zaga a la novela de Lowry en cuanto a la arremetida contra uno mismo. Pero mi dilecto Malcolm ya estaba muerto cuando Margerie, su devota esposa, tras haber retocado el texto cuanto estimó oportuno, dio a la estampa Oscuro como la tumba donde yace mi amigo.

Por el contrario, Shelley Duvall en Dr. Phil estaba viva, y en directo, mostrando un estado de confusión que, de haber sido consciente de lo que estaba pasando, aquella entrevista le hubiera dado el mismo miedo que a Dorian Gray la visión del retrato en que su cuerpo evidenciaba todas las corrupciones de su alma. La venganza del tiempo, como con la protagonista de “Esta noche me emborracho” (1928), el más arrebatado de los tangos de Enrique Santos Discépolo, había sido fiera. Dejando a un lado “la cuarta en el escote, bajo la nuez”, la antigua musa de los años 70 se refería a cosas que solo indicaban que estaba lidiando con temas de salud mental, que corría un grave peligro. No consumía estupefacientes. Esa concepción de las drogas como sustancias liberadoras se había quedado en su época. Incluso el hedonismo de la siguiente década se había quedado obsoleto, tenía mala prensa. Fue una situación sumamente delicada. Antes de que se acabase la emisión, la polémica ya estaba desatada. Fue como cuando la inolvidable Margot Kidder, otra actriz muy de la bohemia de Los Ángeles de los años 70, fue encontrada enajenada por la policía, después de varios días vagando por la calle, sin fundas en los dientes y habiéndose despojado del resto de los accesorios de su belleza.

¿A qué volver a mostrarse en público en semejante estado después de tantos años de retiro?, se preguntaron cuantos aún recordaban a Shelley en su creación de la Pam de Annie Hall (Woody Allen, 1977). ¿A qué salir evidenciando toda una serie de vulnerabilidades en antena? Aquello no era un personaje al que una antigua actriz se hubiera prestado por un dinero. Esa emisión fue el retrato de una mujer destruida para el deleite del paisanaje, esa grey vil, como casi todas, que se complace en semejantes miserias.

"Tras la devastación de aquella entrevista solo volvió a ponerse delante de una cámara para protagonizar, destruida como seguía estando, The Forest Hills, una historia en la que se mezclaba la locura con la licantropía"

Lo de Robert Altman fue una auténtica inspiración. Además de en Volar es para los pájaros y Popeye, colaboró con él en Los vividores (1971), un western sobre un burdel, con canciones de Leonard Cohen; Ladrones como nosotros (1974), una suerte de aventura cínica en la Gran Depresión, la edad de oro de los enemigos públicos; Nashville (1975), un acercamiento a la cuna del country; y Tres mujeres (1977), una cinta alejada de las polifonías comunes a su autor, en la que nos habla de una sororidad de chicas… Tras su experiencia con Kubrick, o acaso por lo estrechamente ligada que estaba a los años 70, la filmografía de la actriz cayó en franca decadencia. Si acaso, aquí mi menda salvaría de la quema Los héroes del tiempo (1981), uno de los primeros delirios de Terry Gilliam.

Tras dedicarse a la producción de cuentos de hadas para la antena, cuando empezó a verse mayor para ponerse delante de los tomavistas, la encantadora Shelley, ya con menos gracia, volvió a interpretar personajes de reparto en cintas como Retrato de una dama (Jane Campion, 1996). En aquellas secuencias recreó a la condesa Gemini. Y poco más cabe decir. En 2002 llegó su total retiro del mundanal ruido.

Tras la devastación de aquella entrevista solo volvió a ponerse delante de una cámara para protagonizar, destruida como seguía estando, The Forest Hills (2023), una historia en la que se mezclaba la locura con la licantropía. Murió en 2024 a consecuencia de la diabetes que padecía. Siempre la recordaré en el cine de Robert Altman, rezumando aquella espontaneidad, aquella desenvoltura, que fue uno de los pilares del encanto de las chicas de los años 70.

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