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Si Philip Roth fuera mujer

Si Philip Roth fuera mujer

El hombre ha sido un mujeriego. Pero se ha hecho mayor. El deseo, sin embargo, no envejece. La pulsión no se atenúa. La chica, una veinteañera, sale a correr por las mañanas junto al mar. La observa con una punta de lascivia en la mirada. Un día se decide a abordarla. La conversación fluye mejor de lo que esperaba. Parece receptiva. Anota su número de teléfono en un trozo de papel: «ya sabes dónde estoy». Ella guarda el papel dentro del top húmedo de sudor. «Hay algo en usted fuera de lo corriente»: la respuesta de la joven abre una ventana a la esperanza; una esperanza con aroma a voluptuosidad. La joven nunca llamó. Es más, cambió su ruta para no volver a encontrarse con él. Con el señor mayor que la avasalló en su carrera matutina. Abatido por la humillación del rechazo, decide vender el apartamento de Newark y regresar a Nueva York.

La escena pertenece a Elegía (Everyman), de Philip Roth. Escuchaba el otro día a Antonio Muñoz Molina comentar el problema endémico de los autores españoles para literaturizar la propia realidad. Y eso a pesar de que el camino está expedito desde Cervantes. ¿Cómo es posible que Philip Roth pueda escribir de Newark sin sombra de catetismo y no se pueda escribir de Murcia sin parecer provinciano?, se preguntaba el autor jienense. Murcia casi dobla en población a Newark y es, probablemente, lugar más cosmopolita y lozano.

"Invisibles gira en torno a los mismos temas que gustaban —que angustiaban— a Roth: la cercanía de la vejez, la pérdida del atractivo físico, el peso de las malas decisiones"

La escena muestra que, en Newark tanto como en Murcia, en esto de las relaciones —en esto de los acercamientos eróticos, particularmente— resulta fundamental interpretar correctamente las señales. Que la muchacha guardara el papel con el número de teléfono y que admitiera que el hombre le parecía fuera de lo normal no constituía confesión de interés, de atracción de ningún tipo. ¿Y si tu jefe te envía un wasap a las 23:30 horas diciendo «Coñazo de viaje nos espera. Menos mal que voy contigo. Besos» en las vísperas de un viaje de negocios en mutua compañía a China? Ese es el dilema que se le presenta a una de las protagonistas de Invisibles, la última película de Gracia Querejeta.

Invisibles gira en torno a los mismos temas que gustaban —que angustiaban— a Roth: la cercanía de la vejez, la pérdida del atractivo físico, el peso de las malas decisiones a lo largo de una vida. Pero estas cuestiones se abordan ahora, de manera especular, desde el punto de vista femenino. Y si el talento literario del autor norteamericano está fuera de duda, el genio cinematográfico de Gracia Querejeta se revela igualmente punzante. La directora madrileña monta la historia, en un guion escrito a cuatro manos con Santos Mercero, a modo cuasiteatral: tres mujeres en torno a los cincuenta años que quedan los jueves para andar por el parque. Esto es: tres mujeres que han llegado a esa edad aparatosa en que andar es el deporte.

"Si Philip Roth hubiera sido mujer, habría sido Elsa. Si hubiera sido directora de cine, habría rodado Invisibles"

Quien ha recibido el wasap del jefe es Elsa, interpretada por una soberbia Emma Suárez. No es menester, a sus ojos, una gran capacidad interpretativa para dilucidar el auténtico sentido del mensaje: el jefe se le está insinuando. Un elemento contextual es clave para la correcta tarea hermenéutica: el mensaje se envía a las once y media de la noche. Nadie escribe a esa hora si no es con una cierta intención. Elsa necesita que el mensaje constituya una insinuación; lo necesita porque lleva mal estar transitando hacia la invisibilidad. Elsa ha sido guapa, guapísima, los cuellos se han girado a su paso, los hombres han caído rendidos. Pero eso fue hace tiempo. Empieza a hacerse invisible a la mirada viril. Y duele.

El único problema con el personaje de Elsa es que Emma Suárez conserva una suerte de belleza inmarcesible. De esas bellezas que el tiempo no arrasa, sino que cubre con una pátina de dulce melancolía. Decía Muñoz Molina en la charla del otro día que un estudiante le pidió un consejo para ser escritor y le dijo que, si no escribía «icónico» ni «emblemático», iba por buen camino. Emma Suárez fue la actriz icónica de una época en la que aún se apreciaban esos rostros elegantes y cándidos, el aura supraterrenal, los rasgos metafísicos. Fue la actriz emblemática de un director, Julio Medem, que demasiado a menudo hacía dejación de su deber de contar una historia para recitar poesía con las imágenes. La película se acababa atragantando, pero la musa nos mantenía hipnotizados.

La historia con el jefe acaba fatal. A Philip Roth le habría encantado. Si Philip Roth hubiera sido mujer, habría sido Elsa. Si hubiera sido directora de cine, habría rodado Invisibles. Si hubiera sido actriz, habría sido Emma Suárez. Y si no hubiera sido de Newark, habría sido de Murcia, que es mucho más bonita y se come mejor. Dónde va a parar.

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Autor: Philip Roth. Título: Elegía. Editorial: Literatura Random House. Venta: Amazon.

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Dirección: Gracia Querejeta. Guion: Santos Mercero, Gracia Querejeta. Título: InvisiblesAño: 2020. País: España. Música: Federico Jusid. Fotografía: Juan Carlos Gómez. Reparto: Emma Suárez, Adriana Ozores, Nathalie Poza, Blanca Portillo, Fernando Cayo, Pedro Casablanc, Francisca Horcajo. Productora: Nephilim Producciones, Orange Films, RTVE.

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