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La belleza del mundo

La belleza del mundo

El más bello discurso jamás ofrecido por un escritor resulta ser un discurso contra la escritura. Y, de retruque, contra la lectura. ¿Paradójico? ¿O simplemente revelador? Todo lector de obras de ficción se plantea antes o después la cuestión: ¿no resultaría más provechoso sumergirse en un ensayo, en un libro de texto, en un mapa histórico? ¿Qué saco en claro con leer una historia inventada para la ocasión, meramente imaginada, pura ensoñación? Largo tiempo llevan los filósofos preguntándose si es posible aprender algo de cuentos y novelas. Platón tenía tan claro que la literatura deforma el espíritu que los literatos quedan proscritos de su ciudad ideal.

El lector enfrenta la cuestión con ánimo lúgubre, recapacitando sobre el lucro cesante de todas esas horas invertidas en ficciones ajenas. ¡Cuánto podría haber aprendido de haberse decantado por manuales de académico rigor y no por relatos de falsedad confesa! Con más razón aún que el lector se plantea la cuestión el autor, que ha consagrado no momentos y días, sino su vida toda a las fantasmagorías de la ficción.

"Nos han vendido que las novelas nos permiten vivir muchas vidas, nos abren ventanas a lejanos horizontes, nos trasportan en el espacio y en el tiempo"

Nadie ha escrito sobre estos escrúpulos como Miguel Delibes, en el más bello —y honrado y taciturno— discurso de un autor recogiendo un premio. El Cervantes de 1993, en este caso. «Pasé la vida disfrazándome de otros, imaginando ingenuamente que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía mi vida más rica y variada. Disfrazarse era el juego mágico del hombre, que se entregaba fruitivamente a la creación sin advertir cuánta de su propia sustancia se le iba en cada desdoblamiento. La vida, en realidad, no se ampliaba con los disfraces; antes, al contrario, dejaba de vivirse, se convertía en una entelequia, cuya única realidad era el cambio sucesivo de personajes. Pero este derroche de la propia vida en función de otros no tenía una compensación en tiempo; es decir, cuando yo vivía por otro, cuando vivía una vida ajena a la mía, no se me paraba el reloj, el tiempo seguía fluyendo inexorablemente sin yo percatarme».

Nos han vendido que las novelas nos permiten vivir muchas vidas, nos abren ventanas a lejanos horizontes, nos trasportan en el espacio y en el tiempo. ¿Falaces eslóganes publicitarios de editoriales ávidas por colocar su producto; pomposos lemas del gestor cultural de turno? Algo hay de falaz y pomposo, sí, ma non troppo. ¿No es cierto que se ha asomado usted, como yo, a los vericuetos tan enfermizos como fascinantes de la mente de un joven homicida de San Petersburgo? ¿Acaso no ha surcado las revoltosas aguas de Nueva Inglaterra en pos de la ballena blanca? ¿No se ha transformado usted en la adúltera esposa de un médico de la Francia bucólica? ¿Me dirá que no le han movido tales historias a reflexión tan profunda como toda la metafísica kantiana?

"Borges denostaba a aquellos que andan tras significados ocultos en la escritura"

Y, reflexiones aparte, ¿no es verdad que el objetivo al leer fue siempre el placer más que el aprendizaje? Borges denostaba a aquellos que andan tras significados ocultos en la escritura y no se limitan a abandonarse en el texto. «Hay gente», decía, «que no tiene ningún sentido literario. Creen, por consiguiente, que, si algo literario les gusta, tienen que buscar razones ocultas. Por ejemplo, en lugar de decir: “Bueno, esto me gusta porque es una poesía muy bella, o porque es un cuento que sigo con interés y me olvido de mí mismo para pensar en los personajes”, piensan que todo está lleno de verdades a medias, motivaciones o símbolos. Me dicen: “Sí, nos gustó tu relato, ¿pero, qué quieres decir con él? (…) Les gusta pensar que los escritores siempre apuntan a algo determinado, que la literatura es como una especie de Fábulas de Esopo». 

Preguntan a Manuel Vilas en una entrevista por qué escribir poesía. La respuesta, en forma de nueva pregunta, sonó inapelable: Y con la belleza del mundo, ¿qué hacemos?

"¿Importa mucho si no es aprendizaje lo que extraemos de Dickens, de Rulfo, de Kafka?"

¿Y si ni los eslóganes fueran falaces del todo ni los lemas mera pompa? «La novela», afirma una escritora, personaje de una novela de Coetzee, «es el intento por comprender el destino humano caso por caso». Dado que la ciencia solo puede aproximarse a la verdad mediante burdas generalizaciones, tal vez tenga poco que decir sobre la complejidad de la criatura humana. O tal vez tenga mucho que decir, pero no sea eso lo mollar. Tal vez sea la literatura, avanzando caso por caso, un intento más promisorio de comprensión de tan proceloso terreno. Y, en todo caso, ¿importa mucho si no es aprendizaje lo que extraemos de Dickens, de Rulfo, de Kafka?

Avisados nos tienen los autores de los libros sapienciales de las Sagradas Escrituras de que la sabiduría es ruta segura hacia la tribulación. Y, en todo caso, con la complejidad humana, con las vidas y los mundos posibles, con la belleza del mundo, ¿qué hacemos?

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