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Sibila Pedroche y el ala de la alondra aureolada…

Sibila Pedroche y el ala de la alondra aureolada…

Aúllo de admiración ante cada lienzo de Joan Miró. Ningún otro criminal tan impune. Ningún otro timador tan galardonado. Ningún otro mixtificador tan cotizado.

Mi devoción por tamaño chafalmejas sólo la supera la que profeso hacia Lolo, el asno propiedad de Frédéric Gérard —dueño del cabaré Le Lapin Agile de Montparnasse— que ganó el Salón de Independientes de París, en 1910, gracias al cuadro Et le soleil s’endormit sur l’Adriatique (Y el sol se durmió sobre el Adriático). El pollino pergeñó dicho lienzo a golpes de pincel atado a su cola, la cual agitaba vivaz, mientras su dueño lo engolosinaba con trozos de zanahoria.

El urdidor de esa trola, Roland Dorgelès, periodista y escritor satírico, creó además a un ficticio pintor, Joachim-Raphaël Boronali, a quién propaló a los cuatro vientos como “el culmen del excesivismo”. Cuando el óleo se alzó con los 400 francos del premio, Dorgelès descubrió el pastel aportando pruebas y fotos, mientras jurado y críticos de arte silbaban mirando al techo.

Mujer pájaro

Mujer con un bonito sombrero

Miró jamás se amarró una sedera al príapo —sus más acérrimos detractores sostienen que, muy al contrario, pergeñaba sus creaciones con el culo—, pero debe aceptarse que las ejecutó cual si le salieran del nabo (en su acepción académica de “tronco o cola de las caballerías”).

"Fiel a tales principios, Joan Miró dedicó sus días al asesinato y la violación sin tregua del arte plástico"

Más aún, salvo a los compradores de sus cuadros, el genio nunca engañó a nadie. Desde la década de los 30, reiteró en numerosas entrevistas su abominación de los métodos tradicionales de pintura. En sus propias y acertadas palabras: “deseo matarlos, asesinarlos o violarlos” [Miró ou l’enfance de l’art. Cahiers d’Art. Années 7 et 8. París].

Fiel a tales principios, Joan Miró dedicó sus días al asesinato y la violación sin tregua del arte plástico. Es más, lo incendió, lo estupró, y hasta lo masacró. Así lo prueba su sutilísima Pintura sobre fondo blanco para la celda de un solitario III (lo cual implica que antes hizo otras dos ¡olé ahí sus güevos!). Una tela donde sólo una raya negra, oblicua y chunga, recorre el lienzo en diagonal.

Lolo pintando a golpe de rabo su cuadro ganador

Dicho engendro me evoca un pasaje de la novela de Miguel Albandoz La cultura para el que la digiera (Quorum Editores, 2014). Albandoz, un cachondo integral de Vitoria, amén de periodista de RNE y escritor humorístico, reflexiona por los ojos de su protagonista sobre una obra titulada In the florin by the flower, indexada como “obra cumbre del neodeconstructivismo postnihilista”. Tal sarga (“una pared blanca con un sarpullido de gotelé verde, aplicado por el albañil más tacaño del gremio”), la creó Yoel Andrú, un pintamonas para el que la esencia de sus cuadros “no se halla en la superficie del lienzo, sino en la profundidad de la mente de quien los contempla”.

El prota de la novela concluye que “Al Andrú, con un bote de pintura le llega para novecientos cuadros” y considera de paso: “Si ahora me saco un moco y lo pego en cualquier rincón del cuadro, nadie notaría la diferencia. Y los entendidos, esos que lo contemplan con más detenimiento y luego sonríen con aire de superioridad, seguirían con el mismo cuento sin percatarse de que estarían admirando mi moco seco”.

Tales frases vienen a cuento, pues Joan Miró tuvo el don artístico de la aquiescencia. Así lo desvela Pierre Loeb en su Voyages à travers la peinture (Viajes a través de la pintura. Bordas, Paris, 1946). Loeb, quien fuera galerista del barcelonés, refiere el hermetismo del artista, mientras comentan uno de sus cuadros:

“—¿Es un caballo, verdad?

—Sí, sí.

—¡Ah, no! Es un pájaro

—Sí, sí.

Así responde Miró, siempre cortés, cuando se le pide una explicación. Sabe muy bien qué ha hecho, pero estima cuando menos inútil toda discusión en este nivel.”

¡Astuta estrategia! Si no sé qué narices he pintado, cómo voy a contradecirte.

"Más que hacerlo famoso, la crítica parisina brindó coartada a los torcidos anhelos de Miró: ganar pasta por cuanto perpetrase"

Lo anterior no fue óbice para que el genio, disidente de los nefandos usos pictóricos tradicionales, alentara una práctica aberrante: cobrar todos sus lienzos cual si fueran obras maestras. Más que hacerlo famoso (en sus primeras exposiciones en España lo ponían a caer de un Lolo y no endilgó ni un solo lienzo), la crítica parisina brindó coartada a los torcidos anhelos de Miró: ganar pasta por cuanto perpetrase. Y recuerden, esa caterva también había jaleado a un sol durmiéndose sobre el Adriático.

Pese a tales afanes, Léonce Rosenberg, primer marchante del pintor, le sugirió trocear en fragmentos su tela La masía, pues no vendía rien de rien. Así, adujo, alguien podría interesarse en comprar un cacho de huerta, la noria, o alguno de los borricos que aparecían en el óleo (Lolo había dejado honda huella en la pintura de entonces).

Hombre y mujer delante de un montón de excrementos

El artista se negó, y por suerte para él —que practicaba el boxeo como vía hacia una superior dimensión espiritual— conoció a otro acérrimo de tal deporte: Ernest Hemingway. El escritor norteamericano, algo sonado ya y capaz de beberse de un tirón el Mar Muerto, decidió ayudar a su espárrin adquiriendo el cuadro. Privilegio que, cuentan, se disputaría a los dados con el poeta Evan Shipman.

"Son varios los lienzos que invitan a ahondar en la impagable trayectoria criminal de Joan Miró. Aunque su mayor hito sea acaso Pintura (Estrella Azul), por el que se pagaron 29 millones de euros"

A este tenor hay versiones contradictorias. Ciertos eruditos afirman que ganó el escritor. Otros sostienen lo contrario, justificando así que se viera obligado a comprarlo. El profesor Alex Fernández de Castro (La Masía, un Miró para Mrs. Hemingway. Servicio de Publicaciones. Universidad de Valencia) zanja el tema, relatando que ambos literatos partieron a buscar por bares y tascas a John Dos Passos, para que éste ayudase a Hemingway en el pago, pues el precio final triplicaba las ganancias mensuales del estadounidense. Tras tan afortunado lance, el catalán, en su infinita sabiduría, halló el modo de tangar al personal, ciencia que sublimaría en las siguientes décadas.

Mujer con un bonito sombrero; Mujer pájaro y estrella (Homenaje a Picasso); u Hombre y mujer delante de un montón de excrementos son varios de los lienzos que invitan a ahondar en la impagable trayectoria criminal de Joan Miró. Aunque su mayor hito sea acaso Pintura (Estrella Azul), por el que se pagaron 29 millones de euros.

Pintura sobre fondo blanco para la celda de un solitario

"Si se fijan, junto a la Sibila Pedroche oteando el amanecer de Tokio, figura la aclamada obra mironiana El ala de la alondra aureolada de azul de oro llega al corazón de la amapola adormilada sobre el prado engalanado de diamantes"

Finalmente, un ejemplo práctico. El combo que antecede estas líneas muestra una foto de la más rutilante sibila en la España actual, Cristina Pedroche, difundida en su cuenta de Instagram. Para los millones de lectores hispanoamericanos, que tan fiel y devotamente me ignoran, aclaro: la señora Pedroche es una conocida panelista televisiva y modelo española, cuya trayectoria profesional observa cierta tendencia a mostrarse sin doblez alguna… ni prácticamente tela encima.

Dado el espléndido palmito de doña Cristina, tal hábito le ha granjeado gran predicamento y deparado envidiosas críticas. Si se fijan, junto a la Sibila Pedroche oteando el amanecer de Tokio, figura la aclamada obra mironiana El ala de la alondra aureolada de azul de oro llega al corazón de la amapola adormilada sobre el prado engalanado de diamantes. Apuesto a que todos, con independencia de su orientación sexual, habrán reparado antes que nada en el óleo de Joan Miró.

¡Ah, el infinito poder del genio!