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Carpe diem

A Luis Cabranes, que me recordó el carpe diem.

Las ambulancias sonando a lo lejos. El silencio sepulcral y las aspas de un helicóptero rompiendo la mañana, la tarde. El no saber —yo no lo sabía— hasta dónde llegaría mi vida, si pasaría aquello, esta terrible pandemia. El hacer un libro, casi febrilmente, sin ninguna garantía de que lo iba a terminar.

Hace unos días le escribía a un amigo de la infancia, y le decía que a mí esto me había hecho reflexionar, que me lo iba a tomar todo de otra manera. Y lo estoy haciendo. Mi amigo me escribió un mensaje diciéndome que el carpe diem había resurgido con fuerza.

“Carpe diem”, tópico de la poesía, de la literatura. “Aprovecha el día, el momento.” O “cosecha el día”. O “abraza el día”. Aparece en una de las odas de Horacio, pero seguro que viene de mucho antes, porque en esta expresión late el ser humano, uno de sus anhelos. Uno de sus temores.

Parece que no lo hacemos, y de ahí el tópico, la exhortación, pero yo apuesto a que todos, de una u otra forma, nos esforzamos por aprovechar “el momento”, “el día”, “la vida”, la que nos haya tocado en suerte.

"La película entera de El club de los poetas muertos, en cierto modo, es un desarrollo de esta primera lección, milenaria, del carpe diem, magníficamente puesta al día por el profesor Keating"

Esta pandemia viene a recordarnos muchas cosas, y muchos de nosotros, también, hemos tenido que sufrir la muerte de seres queridos, más o menos cercanos, siempre queridos. Yo he refrescado la memoria y me he acordado de una película preciosa, El club de los poetas muertos, y la he puesto en mi aparato de vídeo.

El maravilloso profesor Keating el primer día de clase enseña a sus alumnos la lección definitiva: “Carpe diem”. La vida hay que vivirla, lo más que podamos, para que no nos sorprenda la postrer hora con la sensación, el sentimiento o la certeza de que no la hemos vivido. Todos sabemos cómo tenemos que aprovecharla, y yo apuesto a que cada uno de nosotros, en cada momento de nuestra vida, en cada etapa, lo sabemos, y muchos lo hacen.

Todos ahora también, tras estos meses terribles, en los que a la fuerza, a menudo en silencio, hemos aprendido tanto, todos sabemos lo que debemos hacer.

La película entera de El club de los poetas muertos, en cierto modo, es un desarrollo de esta primera lección, milenaria, del carpe diem, magníficamente puesta al día por el profesor Keating. También la tragedia golpea a sus personajes precisamente por querer “aprovechar el día”, por vivir la vida de una forma que merezca la pena, por querer desarrollar sus vidas, sus mentes, sus espíritus, lo mejor que tienen, lo que les hace seres humanos.

Mientras pasaba la jornada, mientras los telediarios hacían recuento de muertos, por la mañana y por la noche, yo procuré aprovechar el tiempo trabajando. Tenía un libro que escribir y estoy acostumbrado a trabajar muchas horas en casa. Para descansar me asomaba a la ventana y hacía fotos a la calle, al Pirulí, a los edificios de mi entorno. Al crepúsculo y al amanecer. Casi todos los días. Algunas de esas fotos las colgué en Facebook con pequeños textos.

"Carpe diem, como diría mi amigo, como cantó Horacio en su oda, como aparece en tantos versos y obras de la literatura"

Procuraba estar despierto, receptivo, aprender lo que la vida pudiera enseñarme en aquel momento, y yo sabía que era mucho. Si sobrevivía en medio de tanta dureza, no me cabía duda de que podía aprender lo que en ningún otro momento de mi vida aprendería. También rezaba. Siempre rezo, no mucho, pero rezo. Pensé que aquél era el momento para rezar, para pedirle a Dios por los enfermos, por los sanitarios que se estaban dando para salvarnos. Yo había leído la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento. Lo que estaba sucediendo me recordaba a las plagas bíblicas, a muchos otros sucesos de la Biblia, y aquello no me gustaba, porque sabía que eran terribles. El lenguaje cambiaba con el tiempo, con los milenios, pero lo terrible tal vez permanecía inalterable a lo largo de la Historia.

Los seres humanos vamos cambiando, y el nombre que les ponemos a las cosas también, pero el drama y la tragedia, nuestros, íntimos, nos siguen golpeando. Ojalá que nos enseñen algo, ¿mucho?, que nos haga más sabios o más fuertes. Prefiero que nos haga más sabios, porque el sabio puede utilizar sabiamente su sabiduría, y al final ser más fuerte que el fuerte. La sabiduría es otra forma de fortaleza, de fuerza, quizá lo mejor. Desde luego es la que más me gusta, la que prefiero.

“Carpe diem”, como diría mi amigo, como cantó Horacio en su oda, como aparece en tantos versos y obras de la literatura, del sentir y la experiencia del hombre, de nuestra vida.

Seamos felices, seamos mejores, realicemos grandes y pequeñas cosas, pero que nos llenen de satisfacción y felicidad, sí, y que hagan más felices a los demás. Que, como los alumnos de El club de los poetas muertos, le saquemos “todo el meollo a la vida”.

Tal vez ésa es la primera enseñanza de esta pandemia del coronavirus, entre muchas otras, y creo que todo lo bueno que se pueda derivar de lo que estamos viviendo —que yo creo que lo hay, y mucho—, todo aquello que podamos aprender, se lo debemos dedicar a los que han muerto, a los que han estado o están gravemente enfermos, y a todos los sanitarios que han sido nuestros ángeles de la guarda en estos días sombríos en los que la esperanza no era una opción, sino una necesidad, un auténtico refugio siempre abierto para darnos cobijo.

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