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Sobre estar juntos

A medida que las preguntas se acumulan, los conflictos morales se vuelven cada vez más complejos. Estar en paz con uno mismo no es sencillo y puede que lo más recomendable, de cara a esquivar cierto estatismo ético, sea no conseguirlo nunca por completo. He dedicado mucho tiempo a trabajar en el libro que ahora es Árboles frutales (Ed. Dieciséis, 2021) a lo largo de los últimos meses, incluso más a reflexionar acerca de su fundamento. Estoy convencido de la potencia política de un proyecto de estas características, pero me he encontrado dudando con relativa frecuencia acerca de sus cimientos morales, unos cimientos sin los cuales dicho potencial difícilmente podría realizarse. Desestimo hablar aquí del proceso de escritura de este libro. En él están inscritas las circunstancias de todas las personas que han participado en su concepción; una voz no es suficiente para condensar cuarenta voces. Lo único a lo que puedo aspirar es a pensarlo radicalmente, a apuntalar la base sobre lo que todo lo demás está ya edificado.

Conviene comenzar explicando un par de cosas: Árboles frutales nació el pasado mes de marzo de 2020, durante las primeras semanas de confinamiento, en un momento de incertidumbre generalizada en el que todos buscábamos asideros. Es cierto que el armazón logístico del proyecto corrió de mi parte, pero no así su diseño inicial: la idea de poner en común nuestras tensiones personales surgió como un intento conjunto de reestablecer una comunicación quebrada. Ante todo, la vocación era justificar el paso apelmazado de aquellos primeros días. Una tarde, varias conversaciones simultáneas se reunieron en ese punto; un mes y medio después, aquello había fructificado en cuarenta textos escritos por cuarenta personas distintas, una por día, desde el 22 de marzo hasta el 30 de abril. El mecanismo era sencillo: cada mañana se subía un texto al perfil común de Medium, se compartía en Twitter y comenzaba la conversación. Al cerrarse el proyecto, la editorial Dieciséis me contactó para convertirlo en un libro. Y esto es todo lo que cabe decir sobre el camino.

El potencial político de Árboles frutales se revelaba de manera algo evidente. La idea era resemantizar el acto de escritura, desgajarlo del sistema de producción y presentarlo como una vía alternativa, sin propósito especial. En un momento de crisis como el que vivíamos, en el que la interrupción de nuestra costumbre era la menor de las tragedias —los fallecidos aumentaban cada día, miles de personas perdían sus empleos o se veían obligadas a acogerse a ERTEs que descompensaban sus economías domésticas, enfermos de patologías distintas se enfrentaban a un alto grado de desatención médica; cualquier llamada de auxilio por nuestra parte habría sido una frivolidad—, hablar de Árboles frutales suponía asociar la escritura al ejercicio de la levedad, de lo ocioso. La intención era abrir un espacio común en el que estar juntos y estar lo mejor posible. No podíamos pretender hacer nada importante porque, si los lazos entre la literatura y la praxis pública son de por sí débiles en un contexto de posmodernidad, la circunstancia histórica acababa de anularlos por completo.

Así que la primera tensión moral que sobrevino a Árboles frutales fue la siguiente: había que establecer quiénes iban a participar en aquella conversación. En un momento dado, al comienzo del proyecto, estimé la posibilidad de abrir totalmente sus puertas y permitir que todo aquel que así lo deseara pudiese publicar un texto en la plataforma de la que disponíamos. Justifiqué mi decisión de no hacerlo de esa manera en base a un fundamento de orden estético: difuminar los bordes del artefacto en el que Árboles frutales se estaba convirtiendo suponía hacer lo propio con su carácter político. Romper la intimidad de la conversación podía provocar que la conversación se quebrase, que se transformase en un desfile de monólogos simultáneos.

En el mes de abril, superado el ecuador del proyecto, Andrea Gumes me escribió para invitarme a Tardeo, uno de los programas que dirige en Radio Primavera Sound. Durante la conversación que Pablo Caldera, Rosa Berbel y yo mantuvimos con Andrea, ella hizo referencia a la cuestión de la endogamia que recorre la industria cultural y, en concreto, la literaria. Parecía evidente, dada la naturaleza del proyecto, que esta era una problemática central y difícil de esquivar. Todas las personas que participaron en él son, en mayor o menor medida, amigas mías. El último texto del mismo, sin ir más lejos, lo firmó mi propio padre. No me cuesta, sin embargo, sostener ahora la respuesta que balbuceé entonces; sigo creyendo que la asociación entre personas cercanas entre sí para la ejecución de un proyecto común solo se vuelve problemática cuando éstas comparten una característica nuclear: la de ocupar una posición de poder y ejercerlo indiscriminadamente en su propio beneficio —y en perjuicio, claro está, de aquellos sobre los que el poder es ejercido—. Aunque me cueste mucho pensar que nosotros ostentemos ningún poder de esa clase —carecemos, para empezar, de los medios económicos para hacerlo—, sigo pensando que esta cuestión no debe perderse de vista de cara al futuro.

Me he vuelto rígido porque desde un principio consideré que el desarrollo de un proyecto de estas características se fundamentaba sobre una base precaria. Si me pongo estricto, no puedo considerar que Árboles frutales sea una antología, ya que mi labor no ha sido la de un recopilador: el cruce entre las voces está en la genética misma del libro, resulta imposible concebirlo más allá de esos términos. El hecho de que yo no pueda hablar del proceso creativo de cuarenta personas diferentes no implica que no pueda hacerlo acerca del resultado de esa conversación. La voz que mana es una sola, porque la primacía de la comunidad se impone sobre sus individuos aun respetando las diferencias que, por otra parte, posibilitan el diálogo entre ellos. No creo que ningún texto de Árboles frutales pueda arrancarse del contexto que representa el libro. Esto nos sucedió a todos a la vez.

Siento que a lo largo del último año he descansado poco. Dadas las circunstancias, lo más probable es que eso solo me convierta en un ser humano más. De todos modos, ese cansancio acumulado hace que me tiemble la voz al hablar de Árboles frutales. Todas las vueltas que he dado a su alrededor, pensándolo y repensándolo, me han hecho llegar a la conclusión de que este es un proyecto moral abierto. Y de que la cuestión moral es estar juntos. La literatura es un medio más.

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Título: Árboles frutales. Editorial: Dieciséis. Venta: Todos tus libros.

Portada: Iraia Kareaga. Ilustraciones: Paula Viéitez.

Autores: Rosa Berbel, Víctor Soho, Pablo Caldera, Karmele Ustarroz, Clara Nuño, Luis Díaz, Javier de la Morena, Guillermo Marco Remón, Ismael Ramos, Jesús Castro Yáñez, Irati Iturritza Errea, Andrea Bescós, Noah Benalal, Juan Gallego Benot, Adrián Viéitez, Mayte Martín, Marina Téllez, Tania López García, Lola Domínguez Sabater, Laura Villar Gómez, Clara Giménez Lorenzo, Alexandra Sumska, Rubén Ajaú, Adrián Fauro, Elizabeth Duval, Izabella Kuznetsova, Francisco Javier Navarro Prieto, Vicente Monroy, Luis García Luque, María Trapero, Jorge Salanova, Margot Rot, Sara Engra Minaya, Carla Nyman, Andrea Abreu, Celia P., Rodrigo García Marina, Aida González Rossi, Luna Miguel, Juan Carlos Viéitez.

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