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Sobre la intimidad de Julio Camba, por Marino Gómez-Santos

Sobre la intimidad de Julio Camba, por Marino Gómez-Santos

Marino Gómez-Santos combinó el periodismo y la literatura. Asiduo de las principales tertulias, conoció personalmente a los grandes de la cultura española del siglo XX, a muchos de los cuales biografió. En este artículo retrata al tan escurridizo como admirado Julio Camba. Sección coordinada por Juan Carlos Laviana.

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Aquellos amigos que le llamaban Camba no eran demasiados, y probablemente los que le tuteaban pudiesen reunirse con holgura dentro de un ascensor. Julio Camba no había llegado de su Galicia natal para conquistar Madrid con abrazos y hacer gala de simpático oficial de la villa. Por tanto, nada de adulaciones ni actitudes genuflexas con el poderoso ni ataduras laborales ni compromisos sentimentales ni tampoco adaptación a horarios sociales. Como estaba exento de vanidad y «todas las pompas», dijo, «me parecen fúnebres», resolvió marcar su territorio.

Decidido a ser un «ciudadano del mundo», pasó gran parte de su vida como observador en varios países, sin dar una noticia de actualidad, claro, aunque nos descubrió las peculiaridades más sutiles de aquellos donde se asentaba. Porque Camba no era solo un humorista que veía el flanco burlón de las cosas; era, también, un ser asistido de otros dones y saberes como para extraer, de un mismo hecho, diversidad de observaciones siempre sorprendentes. Era, también, un tanto felino en su achaque de jugar con el ovillo de las palabras, hasta lograr la magia de sus paradojas. Escribía unos artículos cortos y muy apretados de concepto. Fue el primer columnista del periodismo español, tanto por su brevedad como por su acento galaicobritánico.

"Los lectores le distinguieron como el más grande periodista del siglo XX. Y por haber proclamado su magisterio, reaccionó como si le hubieran insultado"

Los lectores le distinguieron como el más grande periodista del siglo XX. Y por haber proclamado su magisterio, reaccionó como si le hubieran insultado. Porque Camba consideraba el hecho de escribir como un oficio enojoso —lo que explicaba que sus textos fueran breves— que ejercía por obligación, para ganarse las pesetas necesarias para vivir. El único dinero que obtenía de modo lúdico, hasta producirle morbosidad, era el que ganaba al póquer o al dominó a sus amigos. Por tanto, no buscaba recompensas, usuales en el periodismo de su generación: asignaciones municipales de ama de cría o del «fondo de reptiles», un acta de diputado, un banquete.

Algún trabajo les costaría a sus amigos del Círculo de Bellas Artes obtener su consentimiento para ofrecerle un banquete. Se había publicado la falsa noticia de la muerte de Julio Camba en un diario de Buenos Aires. Muy agobiado debió de encontrarse para aceptar el acto de desagravio, aunque se negó a incurrir en el achaque de la «dialéctica de mantel», que tanto había censurado. Por tanto, finalizado el repertorio de discursos, se levantó para decir simplemente: «Gracias…».

"Por su conversación, nadie, entre los que no le conocieran, percibiría que se encontraban ante un escritor"

No se trataba en su caso de una actitud adusta y antisocial, porque gozó de amistades añejas e incondicionales, del mismo modo que de lectores entusiastas. Unas y otras daban la sensación de que disponían de una tarjeta de admisión, indispensable, como en el Club Puerta de Hierro, donde se selecciona a los socios. Y no obstante este supuesto requisito restrictivo, los amigos proclaman por unanimidad el bondadoso trato de Julio Camba que, sin embargo, mantenía el corazón abroquelado, para no dejar a la intemperie ni su intimidad ni su egoísmo.

A modo de anécdota ilustrativa se recordaba que ni su amigo fraternal Luis Calvo se libró de ser amonestado por Camba cuando, por propia iniciativa, había publicado un artículo sobre la excelente sintaxis de la prosa de La casa de Lúculo. Y así, cuando Calvito llegó a la tertulia del Círculo de Bellas Artes, tan alegre, tan desenfadado, con aquella luz de inteligencia en los ojillos de barbián de los madriles, halló inopinadamente que Julio Camba le salía al paso en actitud arriscada:

—Oye tú, ven aquí. Pero ¿qué es eso de la sintaxis? ¿Quién crees que soy yo? ¡La sintaxis! Hasta aquí podíamos llegar…

Le indignaba que trataran de saltar el cercado de su intimidad. Por su conversación, nadie, entre los que no le conocieran, percibiría que se encontraban ante un escritor; tampoco por la indumentaria de buen burgués.

"Tenía poco dinero, pero no se lamentaba, ni siquiera respondía a las proposiciones editoriales o relacionadas de algún modo con su condición de intelectual, que le llegaban de continuo"

Nunca tuve el propósito de entrevistarle porque no encontraría preguntas que Camba no hubiese considerado un asalto a su intimidad. Sobre todo al recordar la reacción que tuvo con Calvo —y que este sacaba a colación de continuo— cuando le preguntó que cómo escribía y si tachaba mucho. Camba había respondido: «No te consiento que te metas en mis intimidades». Bastaba para no reincidir.

Tenía poco dinero, pero no se lamentaba, ni siquiera respondía a las proposiciones editoriales o relacionadas de algún modo con su condición de intelectual, que le llegaban de continuo. Al hilo viene un hecho que me afecta. En los años cincuenta recibí el encargo de formar un Archivo de la Palabra mediante la lectura de textos grabada por sus autores —Fernández Flórez, Pérez de Ayala, Pemán, entre otros— cuya remuneración resultaba lo suficientemente elevada como para que ninguno hubiera rechazado la propuesta. No desaproveché la oportunidad de proponer a Camba aquella colaboración. Lo encontré, a media tarde, sentado en el hall del Palace, solo y aburrido.

—Se trata únicamente —le dije— de leer uno de tus artículos.

Cuando creí que la cifra asignada iba a decidirle, respondió con indiferencia:

—Lo pensaré.

El torero Domingo Ortega —que había grabado un fragmento de su conferencia del Ateneo de Madrid— me apremiaba para que le insistiese a Camba, que no pasaba un momento favorable como para rechazar aquel dinero. Y volví una y otra vez al hotel, sin que Camba decidiese pensarlo; hasta que hube de renunciar, por agotamiento. Aunque rara era la noche en que no coincidíamos en la tertulia de Lhardy o en la taberna de Ciriaco, nunca aludió al hecho.

Una vez más se confirmaba la creencia de que de haber podido prescindir del dinero que le producían sus artículos, su paso por este mundo estaría muy alejado de la vida literaria.

"Escribo este artículo sobre un tema que Julio Camba hubiera considerado intromisión en su intimidad"

A Camba había que admitirle como era: un ser de independencia mantenida a todo trance. Llegadas las Navidades, sus amigos se planteaban quién de ellos sería capaz de convencerle para que no se quedara solo en el hotel. En esa ocasión también Camba se tomaba tiempo para pensarlo. El librero Berdegué, Domingo Ortega o el escultor Sebastián Miranda, posibles anfitriones, permanecían en vilo hasta la víspera de Nochebuena. sabíamos que Camba estaba secretamente complacido de que se ocuparan de él, pero se resistía a declararlo. Al fin, aceptaba, irónico, mediante una frase de su mejor cosecha, para el caso: «¡Aunque ya sé que me lleváis de guitarrista!».

Algo tenía Camba para que le llevasen en andas sus amigos. El secreto de la fascinación que irradiaba perdura cuarenta años después de su muerte en Los amigos de Julio Camba, dándose la paradoja de que del centenar de comensales que se reúnen en la taberna de Casa Ciriaco, ninguno ha alcanzado a conocerle personalmente, dicen que ni aun Manuel Fraga Iribarne.

Escribo este artículo sobre un tema que Julio Camba hubiera considerado intromisión en su intimidad. Nunca he llegado a comprender cómo una mente tan lúcida como la suya no advertía que él mismo, por el hecho de publicar sus columnas, había perdido su intimidad, a semejanza de aquellas señoritas que para anunciar plumas estilográficas permanecían escribiendo en el escaparate de unos almacenes de Londres.

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Artículo publicado en Diario de León el 26 de diciembre de 2003.

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John P. Herra
John P. Herra
1 día hace

Alabo el gusto de Zenda en romper con esa extendida servidumbre hacia la actualidad. Este artículo sigue siendo de primera.