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Patente de corso de Arturo Pérez-Reverte

Alguna vez les habré comentado que leer libros modifica el paisaje. Al menos, la visión que uno tiene de ese paisaje. Cuando una lectura previa afina la mirada, los lugares relacionados con lo que leíste adquieren dimensiones diferentes, pues lectura y vida se combinan de modo agradable. Con el cine también ocurre, pero menos; aunque también, como digo. Hay lugares a los que las películas vistas antes de visitarlos, como Monument Valley, el Village de Nueva York, el Pont des Arts o la plaza del Kremlin, dan un encanto especial. Que pueden emocionar, incluso, cuando te sitúas ante ellos. Pero en mi caso –tal vez porque lo que soy es un lector que accidentalmente hace otras cosas–, películas aparte, lo que de verdad me calienta son los lugares sobre los que antes leí. Buscar en ellos el rastro, aunque sea remoto o casi imperceptible, de los libros amados. De los que dejan marca profunda o intenso recuerdo.Pensaba en eso hace poco, sentado en la terraza del hotel Bauer de Venecia, quizás uno de los restaurantes con la vista más bonita del mundo. Estaba comiendo cuando llegó una pareja, de cuyo comportamiento y comentarios deduje que era la primera vez que estaban allí. Admiraron con un wonderful y un so nice el panorama de la boca del Gran Canal, hicieron las fotos de rigor y luego se pasaron la comida en silencio, sin levantar la vista, absorto cada uno en su teléfono móvil. Habían cumplido con el lugar y sus ritos, y podían regresar a Internet –no me digan ustedes que tal vez para consultar sobre lo que estaban viendo, que me parto–. Y eso fue todo. No tenían nada que conversar ni decirse sobre el hotel, ni sobre Thomas Mann, ni sobre Peggy Guggenheim, que vivió enfrente, ni eran capaces de acechar en los gondoleros que con guasa veneciana pasaban cantando Ciao, Venezia a los que antaño remaban –y a veces no sólo remaban– para el barón Corvo o Lord Byron. Ya tenían la foto y se limitaban a pasar por allí.

Me acordé entonces de don Francisco de Quevedo, hombre leído y viajado, y de aquel soneto suyo que empieza: Buscas a Roma en Roma, ¡oh peregrino! / y en Roma misma a Roma no la hallas. Y concluí que era cierto y lo sigue siendo; si a Roma no vas con Roma ya hecha tuya, hay poco que rascar. Viajar a Londres sin Dickens, a Madrid sin Galdós, a Buenos Aires sin Borges, e incluso –metamos también el cine en esto– a Nueva York sin Woody Allen o a Nápoles sin Vittorio de Sica, es pasear de la forma más tonta; seguir la rutina de la foto obligatoria sin mirar hacia atrás antes o después de que te la hagan. Sin puñetera idea de lo que convierte esa foto en necesaria, o importante. Ser, en fin, como aquel fulano al que hace años, en los foros imperiales romanos, vi volverse hacia sus acompañantes muy serio, muy doctoral, muy informado, y decirles con todo su cuajo: «Se nota que es una ciudad devastada por el tiempo».

Son los libros –y las películas, vale, pero sobre todo los libros– los que nos dan ese valor añadido. Esa dimensión. Ir a cualquier lugar del mundo, o de la vida, con lecturas previas sobre lo que uno va a encontrar, permite encararlo todo con más inteligencia, con más placer o aprovechamiento. Sin lecturas que preparen la aventura del conocimiento unido al placer –o al dolor– de la experiencia, somos incapaces de interpretar el paisaje y hacerlo de verdad nuestro. Huérfanos de referencias, nos pasearemos por él pisoteándolo torpemente, ensuciándolo, llenándolo con estólidos rebaños que sólo buscan la foto para poder decir «estuve allí», sin que ese allí tenga otro sentido que el prescrito por la agencia de viajes. Haciéndolo, además, imposible para otros que sí lo merecen.

Porque, por suerte, los que sí lo merecen también existen. El mismo día en Venecia, paseando al atardecer por los Zattere junto al canal de la Giudecca, vi a una pareja de chicos sentados en el suelo, cerca de la punta de la Aduana. Ella era morena y él rubio. Tenían esa belleza al mismo tiempo fresca y tibia de la juventud, y había dos mochilas en el suelo –una llevaba cosida una bandera canadiense–. Estaban hombro con hombro, apoyados el uno en el otro, y cada cual leía un libro. Aún había luz. El libro de la chica no pude verlo bien. El del chico tenía una portada azul con letras grandes, y me pareció que era The Golden Fleece, de Robert Graves. El vellocino de oro. Y estaban allí los dos, ensimismados en el mejor de los mundos, nutriéndose la vida. Ajenos a la nave inmensa, al monstruoso crucero que lentamente pasaba en ese momento por el canal, con una multitud asomada a las cubiertas donde centelleaban centenares de flashes de teléfonos móviles y cámaras fotográficas.

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Publicado el 10 de febrero de 2019 en XL Semanal.

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