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Sobre Opinión y Verdad

En atardeceres que parecen manipulados por ordenador, separamos con cuidado la basura con el mismo celo con que cada día separamos mil cosas en un universo de selección permanente. Nos pasamos el día eligiendo, contando, seleccionando, separando. La misma mañana que ordenamos los restos y nos preocupamos por el medio ambiente, nos recreamos con crueldad impasible en perseguir a los que han caído del lado del mal.

Bajo este enjambre, contra cuya condición oculta está escrito, este libro ensaya una teología para ateos, donde también cabría cualquier otra creencia. Forzosamente impolítico, se ha intentado un tratado sobre el trasfondo oriental de occidente: una teología feminista de nuestro orden social, escandalosa o disimuladamente masculina. Por su relación privilegiada con el subsuelo, algunos siempre hemos creído en la superioridad ontológica de las mujeres. Al menos, a decir verdad, desde una conversación de hace cinco décadas con un viejo campesino gallego, postrado en su curva final.

"No hay solución al problema de vivir más que atreviéndose a ser ese problema. Esa es la conversión que aquí se defiende: atrévete a ser un peligro, a darle un rostro"

Con incursiones en el estado actual del psiquismo, también ocasionalmente en las ciencias naturales y humanas, las páginas de Lluvia oblicua tantean una investigación sobre la indeterminación real, lo incalculable que nos envuelve. Una incertidumbre presente ante todo cuando la flecha da en el blanco, no tanto cuando erramos y podemos quejarnos. El vértigo de lo absoluto está en el mediodía de los fenómenos, no en una penumbra que esté al otro lado, más allá de ellos.

No hay solución al problema de vivir más que atreviéndose a ser ese problema. Esa es la conversión que aquí se defiende: atrévete a ser un peligro, a darle un rostro. En los bordes de nuestra ortodoxia, a contrapelo del esencialismo social que nos apremia, el presente libro defiende la obligación carnal, ética y política de resistir en una paradójica alta indefinición, la misma que cierto arte de vivir logra en algunas de sus figuras desnudas. Es también el arte del amor, el de la entrega y la seducción que nos invitan a existir, bajo el nombre propio, en la forma de un ser cualquiera entre los seres. Por eso se dice que la verdad de la belleza no fuerza nada, ni siquiera elige; se limita a dejar ser. Atrévete a ser lo que eras.

¿Hay otra tarea? El hombre no es lo que pensamos; menos todavía la mujer. Que las consecuencias antropológicas y políticas de volver a defender esto sean un escándalo, o bien algo perfectamente asumible, hasta ingenuo, es algo que se ha de dejar al criterio de lectores inevitablemente distintos. Como también hay que dejar en el aire que la apuesta por la hermandad humana, un amor al que le cuesta decir su nombre, sea algo moral y vitalmente obligatorio, la materia prima de cualquier filosofía mundana. Bajo la conminación constante a ser alguien, el amor a lo desconocido sin amigos nos permite entendernos, comprender la vida de otro modo.

"No hay minoría colectiva, por exquisita que sea, capaz de visibilizar la universal fragilidad de cada ser"

Para los que echamos de menos la tierra y también la humanidad, la belleza es la única justificación posible de un mundo para siempre injusto. No obstante, el orden estético en el que vivimos, consumando la normalización del llamado primer mundo con un diseño incesante de escenarios, objetos y personas, odia el impacto perturbador de una belleza que siempre ha tenido la convulsión de la verdad. Si nosotros, elegidos por el bienestar, estamos obsesionados con el entretenimiento es porque no nos tenemos. No soportamos la existencia, el tiempo muerto donde habla la inocencia de su verdad mortal. No toleramos la tierra, ese suelo común que nada sabe de nuestra tranquilizadora teoría de la evolución. La manida muerte de Dios, el paso de lo absoluto a un estado inconsciente o larvario, ha supuesto también una nueva soledad que no puede encontrar consuelo en las identidades servidas a domicilio, socialmente reconocibles. No hay minoría colectiva, por exquisita que sea, capaz de visibilizar la universal fragilidad de cada ser. Toda nuestra industria de la agonía, gestionando con indiferencia el sufrimiento de los otros, nace de una primera aversión al reto singular de cada ser.

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Autor: Ignacio Castro Rey. Título: La lluvia oblicua (Opinión y verdad en la sociedad del conocimiento). Editorial: Pre-Textos. Venta: Amazon

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