El psicólogo Matthew D. Lieberman revela en este libro que nuestra necesidad de conectarnos con otras personas es aún más fundamental, más básica, que nuestra necesidad de comida o refugio. Debido a esto, nuestro cerebro utiliza su tiempo libre para aprender sobre otras personas y nuestra relación con ellas: cada uno de nosotros ha dedicado diez mil horas a aprender a entender a las personas antes de cumplir diez años.
En Zenda publicamos el arranque de Social. Por qué nuestros cerebros están programados para conectarse (Capitán Swing), de Matthew D. Lieberman.
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Parte I
LOS COMIENZOS
01. ¿Quiénes somos?
Durante más de medio siglo, Irv y Gloria vivieron el sueño americano. Hijos de la Gran Depresión, lograron salir adelante desde orígenes humildes hasta convertirse en figuras destacadas de Atlantic City. Se conocieron cuando apenas eran unos adolescentes y fueron novios formales durante los años del instituto. A él lo admitieron en la Universidad de Duke, pero luego se alistó para servir a su país como piloto naval durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando partió al centro de instrucción, Gloria se fue con él. Se casaron justo después de la guerra y tuvieron dos hijos de la generación del baby boom, que acabaron convirtiéndose en abogados de éxito. Irv construyó con sus propias manos la casa en la que vivieron juntos. Más tarde se interesó por el sector inmobiliario, y Gloria se sumó a la aventura trabajando en la misma oficina. Tenían talento para los negocios y fueron lo bastante astutos como para comprar unos cuantos aparcamientos que se revalorizaron cuando empezó a despegar la industria de los casinos. Eran inseparables. Vivían, trabajaban y se iban de vacaciones juntos.
Mientras la abandonaban uno tras otro, sus amigos se preguntaban qué le habría pasado. A la familia le costaba soportar sus cambios de humor y su comportamiento. La mayoría de las explicaciones que daban los médicos para entender su transformación apuntaban a la neurobiología. ¿Acaso tenía algún tipo de alzhéimer o de demencia? Pero más allá de su creciente pérdida de memoria, no había nada que respaldara realmente ese diagnóstico. Algunos pensaban que la medicación que tomaba para sobrellevar su profundo duelo podía haberle causado daños neurológicos a largo plazo. Gloria, sin embargo, no se hacía ninguna de esas preguntas, sabía lo que le pasaba: habría preferido morir antes que vivir un solo día más sin Irv. Lo sé porque siempre que tenía ocasión me lo decía. Era mi abuela. Se estaba muriendo de pena por dentro. Años después, cuando le pregunté a mi padre qué había provocado un cambio tan radical en ella, me respondió: «Murió en el mismo instante en que murió él. No volvió a tener un solo momento feliz».
A medida que me hacía mayor, veía a mis abuelos como modelos de madurez, un ejemplo de matrimonio fuerte y saludable, y de los beneficios que aporta una compañía duradera. Pasé mis primeros veranos viviendo en la casa que construyó el abuelo Irv. Observaba lo atentos y cariñosos que eran el uno con el otro y cómo se relacionaban con todos los que los rodeaban. Hoy, al igual que Irv y Gloria, mi esposa y yo trabajamos en la misma profesión, en oficinas a apenas seis metros de distancia. Aprendí de mis abuelos que eso es lo que significa ser feliz. ¿Por qué un vínculo capaz de darnos tanta felicidad puede hacernos sentir que la vida ya no vale la pena cuando se rompe o cuando perdemos a un ser querido? ¿Por qué nuestros cerebros han sido diseñados para hacernos sentir tanto dolor ante la pérdida de un ser amado? ¿Podría ser que nuestra capacidad de sufrir tanto dolor sea un defecto de nuestra arquitectura neuronal?
Las investigaciones que mi esposa y yo hemos realizado durante la última década muestran que esta reacción, lejos de ser fortuita, resulta esencial para nuestra supervivencia. Nuestros cerebros evolucionaron para percibir las amenazas a nuestros vínculos sociales casi del mismo modo que perciben el dolor físico. Al activar el mismo circuito neuronal que nos hace sentir dolor, la experiencia del dolor social contribuye a garantizar la supervivencia de nuestros hijos, ayudándolos a mantenerse cerca de sus padres. El vínculo neuronal entre el dolor social y el dolor físico también asegura que la necesidad de conexión social nos acompañe durante toda la vida, al igual que la necesidad de alimento o de calor. Teniendo en cuenta que nuestros cerebros tratan el dolor social y el físico de forma similar, ¿deberíamos, como sociedad, tratar el dolor social de manera diferente? No esperamos que alguien con una pierna rota «simplemente lo supere». Sin embargo, cuando se trata del dolor por una pérdida afectiva, suele ser la reacción habitual. Las investigaciones que yo mismo y otros hemos realizado mediante resonancia magnética funcional (fMRI) muestran que la forma en que experimentamos el dolor social contradice la percepción que tenemos de nosotros mismos. Intuitivamente creemos que el dolor social y el físico son experiencias radicalmente distintas, pero la manera en que nuestro cerebro las procesa sugiere que son mucho más parecidas de lo que imaginamos.
Este libro se centra en tres adaptaciones de nuestro cerebro que nos hacen estar más conectados con el mundo social y ser más capaces de aprovechar estas conexiones para construir grupos y organizaciones más cohesionados. El solapamiento neuronal entre el dolor social y el físico es la primera de ellas, una adaptación que garantiza que nos pasemos la vida buscando establecer vínculos sociales.
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Autor: Matthew D. Lieberman. Título: Social. Por qué nuestros cerebros están programados para conectarse. Traducción: Patricia Teixidor. Editorial: Capitán Swing. Venta: Todos tus libros.


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