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Soledad Miranda, Sublime Soledad

Soledad Miranda, Sublime Soledad

Más allá del minucioso estudio y memorizado de cuanto a la creación fílmica se refiere, la cinefilia también pasa por coger un pico y una pala e irse en busca del cementerio de Sad Hill. Hablamos de un territorio mítico, aquel donde, en 1966, Sergio Leone localizó el duelo final entre el bueno (Clint Eastwood), el feo (Eli Wallach) y el malo (Lee Van Cleef). Los amantes del spaghetti western supieron encontrarlo entre los términos de Contreras y Santo Domingo de Silos. Siendo ambos municipios burgaleses, se antoja bastante acertado llamar “wéstern mediterráneo” a un género que, si bien de origen italiano, tuvo en España su escenario más frecuente.

No obstante, hoy vengo a descubrirme ante el afán de los voluntarios de la Asociación Cultural Sad Hill. En octubre de 2015, mediante sus esfuerzos y una campaña de crowdfunding recuperaron el empedrado original, que cuarenta y nueve años antes habían dispuesto Carlo Simi (diseñador de producción) y el resto de los colaboradores de Leone.

"La joven intérprete andaluza puede que haya quedado como la musa más cosmopolita del cine de terror de comienzos de los años 70"

Ya en febrero de 2019, después de cuatro años, consiguieron colocar las cinco mil tumbas fotografiadas por el legendario realizador en la secuencia final de El bueno, el feo y el malo. Guiados por tan noble empresa, los fines de semana fue a cavar a Burgos gente de Francia, Italia y otros países extranjeros. Esta proeza de la arqueología cinéfila inspiró el documental Desenterrando Sad Hill (Guillermo de Oliveira, 2017). En sus secuencias, los mismísimos Clint Eastwood y Ennio Morricone dedican un caluroso saludo a los cinéfilos arqueólogos, quienes desenterraron el decorado donde ellos trabajaron medio siglo antes. Si el gran Sergio Leone no hubiera muerto en 1989, estoy seguro de que se hubiera dirigido a estos adoradores de su película en los mismos términos.

Cualquier amante del cine queda profundamente conmovido ante el homenaje que De Oliveira rinde a los que están locos por la gran pantalla. Ahora bien, no es para menos la emoción que transmite Vítor Gomes en el mirador del Castillo de San Jorge (Lisboa) puesto a cantar a la memoria de Soledad Miranda, «Help Me Make It Through The Night», la vieja y entrañable pieza de Kris Kristofferson. Lo hace en una de las secuencias más emotivas de Soledad Miranda, una flor en el desierto (Pepe Flores, Francisco Millán, 2015), el documental con el que Canal Sur y la Junta de Andalucía quisieron rendir un tributo a esta malograda actriz sevillana, muerta en la plenitud de su belleza, cuando sólo contaba veintisiete años, pero ya era una de las musas meridianas del cine europeo de miedo. La inglesa Barbara Steele reinaba en el gótico italiano, la polaca Ingrid Pitt en las propuestas de la Hammer, la máxima expresión del género en el Reino Unido; y Soledad Miranda en el fantaterror español.

Ahora bien, habida cuenta de que —además de en su celebrado Drácula de 1970— Jesús Franco la moldeó para esa inquietud que tanto gusta sentir en algunas de sus producciones extranjeras —la liechtensteiniana rodada en francés y ambientada en Croacia Les cauchemars naissent la nuit (1970) o El diablo que vino de Akasawa (1971), alemana aunque localizada en España y Portugal—, la joven intérprete andaluza puede que haya quedado como la musa más cosmopolita del cine de terror de comienzos de los años 70, una de sus etapas de mayor esplendor. Lástima que, en un final tan prematuro como trágico, Soledad Miranda fuese a perder la vida en un accidente automovilístico, acaecido el dieciocho de agosto de 1970, cuando el coche que conducía su marido, José Manuel Simões, se estrelló contra un camión en la carretera que lleva de Lisboa a Cascais.

"No hay duda de que su temprana desaparición contribuyó a su mitificación"

De modo que se dio el caso de que, cuando se estrenaron la mayor parte de sus cintas de terror, Susan Korda —seudónimo de la actriz en esas producciones— ya estaba muerta. Ojalá nunca hubiera ocurrido. Pero no hay duda de que su temprana desaparición contribuyó a su mitificación. Amy Brown, una actriz tejana que destaca entre las admiradoras de su colega sevillana, pues ha creado la página web que hasta la fecha conserva el mejor fondo documental sobre la finada —soledadmiranda.com— bajo el título de Sublime Soledad, se pregunta en una de las entradas del blog lo distintas que hubieran podido ser las cosas si Vítor Gomes se hubiese atrevido a confesar sus sentimientos a la joven andaluza y ella le hubiera dicho que sí.

Brown, albacea motu proprio de nuestra compatriota, señala que coincidieron por primera y última vez en el mismo rodaje que Soledad conoció a su marido, la coproducción luso-española Los gatos negros (José Luis Monter, 1964), de la que Vítor era el protagonista, siendo, además, el vocalista de la banda que daba título al film, una de las formaciones señeras del rock & roll portugués. Se prendó de ella durante el rodaje y en esas copas que suelen tomarse los del cine tras la filmación. De haber puesto, al declararse a ella, el mismo sentimiento con el que la evoca medio siglo después en el mirador del Castillo de San Jorge, al entonar a capella «Help Me Make It Through The Night», quién sabe si la Sublime Soledad no hubiera detenido su carrera en aquel enamorado que cantaba rock & roll. Todo hubiera sido entonces como en una de aquellas cintas musicales, al servicio de Elvis o las primeras formaciones que dio El ritmo del Diablo, entre las que debemos enmarcar Los gatos negros. Pero lo que hay es lo que fue. ¡Larga vida al rock & roll!

Sobrina de Paquita Rico, Soledad Miranda nació en Sevilla, en 1943, con el nombre de Soledad Rendón. Quienes la conocieron de pequeña dicen que era tan guapa que “tenía la cara como una medalla”. En la España de entonces no era raro que los niños trabajasen, y la futura reina del fantaterror patrio empezó a hacerlo cuando apenas tenía ocho años. Ya entonces se hizo notar en las galas juveniles de la Feria de Sevilla y en el Teatro San Fernando.

"Para fotos de sus comienzos las que la presentan como la novia de El Cordobés"

Trasladada a Madrid en 1960, con el nombre de Soledad Miranda se estrenó en el cine de la mano de Jesús Franco. Incorporaba a la reina consorte de Brandemburgo, un personaje episódico de La reina del Tabarín. Pero aún faltaban diez años para que este realizador madrileño moldease esa imagen de la actriz que la convirtió en una musa del fantaterror autóctono. En los comienzos de su carrera, siendo aún una incipiente starlette, se prodigó como intérprete de reparto en peplums que, al igual que los westerns, los italianos rodaban en España. Verbigracia, Ursus (Carlo Campogalliani, 1961).

Mucho más insólita fue El valle de las espadas, adaptación hispano-estadounidense de El poema de Fernán González debida a Javier Setó. Surgida al socaire del aplauso cosechado por El Cid (1961), la libre adaptación de Anthony Mann del Cantar de Mio Cid —el gran éxito de las producciones españolas de Samuel Bronston—, El valle de las espadas contaba entre sus intérpretes con Frankie Avalon dando vida a Jerifán y Broderick Crawford incorporando a don Sancho. Aún se guardan algunas fotos de las recepciones ofrecidas con motivo de aquel rodaje que muestran a Soledad Miranda con algunos de ellos.

Pero para fotos de sus comienzos las que la presentan como la novia de El Cordobés. Incluso hay instantáneas que la muestran en las revistas de la época, aparentemente en la capilla, presta a rezarle a la Virgen de los toreros, mientras el suyo se desempeña en el ruedo. Manuel Benítez siempre negó la relación.

Aunque también es cierto que, cuando protagonizó para Rafael Gil la segunda versión de Currito de la Cruz (1965), Soledad, al igual que Marisol —no faltan concomitancias entre ellas—, ya era esa chica que, con su atractivo y su encanto personal, tenía a todos los técnicos y actores enamorados. Entre los filmes que habían jalonado su filmografía, destacaba Eva 63 (1963), una comedia de Pedro Lazaga sobre unas amigas que comparten un apartamento en la madrileña Plaza de Oriente, y Fuego (1964). Si en aquélla fue la mejor representación de las chicas de la modernidad de la época, ésta supuso un primer acercamiento al cine de terror.

"Lástima que, en la actualidad, sea prácticamente imposible ver una copia en condiciones y en español de El sonido de la muerte"

Esa modernidad, que irradiaba en su imagen de entonces, fue la que llevó a Soledad a Portugal. Allí, además de Los gatos negros, rodó un cortometraje turístico en el que su futuro marido —al parecer piloto automovilístico— la lleva en coche por la misma carretera que en 1970 habría de ser la última para la actriz. En fin: aún quedaban cuatro años de dicha, previos a la fatalidad.

En ese tiempo, Soledad Miranda coprotagonizó Playa de Formentor (Germán Lorente, 1965), hizo algo de televisión e incluso intervino en La familia y uno más (Fernando Palacios, 1965). Pero sus admiradores prefieren recordarla en El sonido de la muerte (José Antonio Nieves Conde, 1966). En el rodaje de esta última, Soledad Miranda coincidió con Ingrid Pitt. “Era muy divertida y profesional. A veces resultaba algo temperamental. Pero ¿quién no lo era entonces?”, la recordaba la reina de la Hammer. “A las dos nos gustaba mucho el flamenco y fuimos juntas a varios tablaos”.

Excuso decir lo que el encuentro entre dos de las musas más queridas del cine de terror supone para los aficionados al género. Lástima que, en la actualidad, sea prácticamente imposible ver una copia en condiciones y en español de El sonido de la muerte. Las que circulan en Internet son de baja calidad y están dobladas al inglés. Bien distinto es el caso de los títulos que protagonizó para Jesús Franco, comercializados en excelentes DVDs. Estas grabaciones han posibilitado que la actriz siga siendo una de las más admiradas internacionalmente.

"De la chica moderna, más o menos yeyé que había sido hasta entonces, no quedó nada cuando el tío Jess le corrigió desde el nombre hasta el peinado"

Cuando volvieron a trabajar juntos, Franco le cambió la imagen totalmente. De la chica moderna, más o menos yeyé que había sido hasta entonces, no quedó nada cuando el tío Jess le corrigió desde el nombre hasta el peinado y la convirtió en el más sensual de los súcubos que pueblan su cine. A mitad de camino entre las protagonistas del Marqués de Sade, las de Bram Stoker y las de Sheridan Le Fanu, con Susan Korda como musa, Franco —además de las ya citadas— realizó las producciones alemanas Sie tötete in Ekstase (1971), y Vampyros Lesbos (1971), sin olvidar Eugénie (1973), otra película liechtensteiniana. Medio siglo después, junto a algunos títulos de Jean Rollin —La violación de la vampira (1967), La vampiresa desnuda (1970), Réquiem por un vampiro (1973)— se han convertido en clásicos del softcore de terror. Ya en su momento, el productor alemán Artur Brauner —uno de los más destacados del cine de géneros europeo—, consciente del potencial de la joven actriz, se disponía a firmarle un ventajoso contrato cuando la sublime Soledad se estrelló.

Sevilla ha dado su nombre a una calle. Las vecinas que la conocieron, cada nueva Semana Santa, esperan con avidez que Canal Sur vuelva a reponer a Currito de la Cruz para volver a ver a su dulce actriz.

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