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Herman Mankiewicz, el guionista sediento

Herman Mankiewicz, el guionista sediento

Hay un cartel publicitario muy codiciado entre los coleccionistas. Está fechado en 1910 y muestra una imagen polisémica. Se trata del anuncio de una fábrica de anisados que operó en Constantina (Sevilla) bajo el nombre de José Prieto Vargas, y llama la atención de quien lo observa por su sinceridad. En una primera apreciación, muestra a una pareja de damiselas con gorguera, ataviadas y alegres como si estuvieran disfrutando de una mascarada. Están sentadas a una mesa, bebiendo los licores anunciados en unas copas de cristal. Tras ellas, una pared blanca enmarcada entre un par de columnas.

Si se mira una segunda vez, una ilusión óptica convierte la alegre escena en una de esas calaveras que devuelven la mirada a quien la observa, ese símbolo inequívoco de la Parca que nos advierte de un peligro de muerte. Las cabezas de las jóvenes se tornan las cuencas vacías de los ojos; las copas de cristal delimitan el maxilar superior como restos de dientes; la mesa, el inferior… Resulta en verdad sorprendente que el anuncio de una destilería advierta con tanta valentía y acierto de los peligros del alcohol.

"Incluso en un lugar como Hollywood Herman Mankiewicz llegó a ser un alcohólico molesto"

De las múltiples formas con las que la autodestrucción se le ofrece al ser humano, puede que la dipsomanía sea la más peligrosa. Pero también una de las más atractivas para los escritores del pasado. Desde la absenta de Montmartre, que dicen inspiraba a Baudelaire, hasta el mezcal de Malcolm Lowry, pasando por una serie interminable de referencias, hay toda una leyenda en torno al alcohol. Su mitificación, precisamente, es lo que le hace tan peligroso. Por lo demás, su mecánica no difiere mucho de la del resto de las adicciones. Al principio, mientras la botella te seduce, todo es dicha y placer. Básicamente, una euforia desmedida. Después, cuando llega esa noche en que “una copa es demasiado y cien no son suficientes” —como tan sabiamente definió el alcoholismo Eric Clapton—, el borracho se da cuenta de que molesta incluso en el bar donde le han servido hasta dejarle en el estado en que se encuentra.

Herman J Mankiewicz, uno de los grandes guionistas del Hollywood clásico, debió de sentirse así en las cenas a las que le invitaban Jack Warner y William Randolph Hearst. Se presentaba en sus mansiones tras el centenar de copas, y el propio Mankiewicz advertía —en esos momentos de lucidez que ofrecen todas las demencias para que el alienado también sea consciente del triste tipejo en que se ha convertido— cómo la agudeza de su ingenio se tornaba en salidas de tono e inconveniencias.

Ciudadano Kane

En los tiempos de este primer Mankiewicz —el realizador Joseph L. fue su hermano pequeño— los magnates de aquel Hollywood clásico —como los del resto del mundo y de las cosas— se vestían ex profeso y semi de gala cuando tenían invitados a cenar en su residencia. Al ver llegar a alguno en las condiciones en las que se presentaba Mank, como al parecer le llamaba Marion Davis, en el mejor de los casos le sugerían que durmiera la mona en una de las habitaciones hasta estar en condiciones de sentarse junto al resto de los invitados. Pero también podía ser que mandasen a la servidumbre echar a patadas al borracho. Y lo peor de todo, que el invitado ebrio hasta el borde del delirio se diera a uno de esos soliloquios etílicos en lo que cuanto se dice es tan cierto como molesto escucharlo. Toda una perorata de un apestado.

"De nada le sirvieron las curas de desintoxicación a las que fue sometido. Murió prematuramente, cuando sólo contaba cincuenta y cinco años"

Deben de ser pocos los lugares en el mundo, y no muchos más los momentos en la historia, donde haya habido tanta condescendencia, tanta manga ancha con el alcoholismo como en el Hollywood clásico. Pero incluso allí, Herman Mankiewicz llegó a ser un alcohólico tan molesto como cualquier dipsómano acaba siéndolo hasta en el mismo bar donde se ha emborrachado. De nada le sirvieron las curas de desintoxicación a las que fue sometido. Murió prematuramente, cuando sólo contaba cincuenta y cinco años, a consecuencia de una infección renal, producto de su alcoholismo. No sólo dejó tras de sí algunos de los mejores libretos rodados por realizadores de la altura de Joseph von Sternberg y Tod Browning, también llevó a Hollywood a varios de sus grandes libretistas. Así, cuando era el jefe de guionistas de la Paramount, contrató ni más ni menos que a Ben Hecht, otro de los grandes del libreto del Hollywood clásico, a sabiendas de que Hecht —autor o coautor de los argumentos o guiones de Scarface (Howard Hawks, 1932), Encadenados (Alfred Hitchcock, 1946), El beso de la muerte (Henry Hathaway, 1947) y un largo etcétera de clásicos— podría quitarle mucho trabajo. Un gesto incontestable de bondad, que resulta chocante frente a la anécdota por la que de un tiempo a esta parte se viene recordando a Mank: su disputa con Orson Welles por la autoría del guión de Ciudadano Kane (1941) desde que este libreto fue distinguido con el Oscar correspondiente.

Benjamin Ross ya se refirió al asunto en RKO 261 (1999), un telefilme que conoció distribución en la cartelera cinematográfica de aquella temporada, tema sobre el que David Fincher volvió el año pasado en Mank, cinta nominada a diez categorías en la próxima entrega de los Oscars, que ha devuelto la figura del guionista a la actualidad cuando ese olvido, que se reserva a los borrachos al dejar de molestar, parecía haber caído inexorable sobre su memoria. La historia del cine no le estudia como se merece. Han sido los cinéfilos quienes han resuelto que gran parte de esa agudeza, de ese humor incisivo del Hollywood de los años 30 y 40, se debe a este borracho que convenció para que escribieran para la pantalla a los mejores de sus antiguos compañeros en las redacciones, con el mismo desinterés con que ayudó a tantos alemanes que llegaron a Estados Unidos huyendo de los nazis.

Mank, película

Hijo de un profesor de origen alemán, Herman Mankiewicz nació en Nueva York en 1897. Letraherido desde las primeras noticias que se tienen de él, aún era un niño cuando encontró refugio en la lectura y en la escritura, su forma de pensar y de expresarse. Ya entonces era bueno con las letras, aunque a su padre todo le parecía poco. Graduado en la Universidad de Columbia de su ciudad natal, cuando aún estudiaba en sus aulas se inició en el periodismo estudiantil. En la prensa profesional se estrenó como reportero en el New York Tribune. Tras su paso por el ejército, vivió esa etapa parisina, que se diría preceptiva, de todos los escritores estadounidenses de su generación. En el caso de Mankiewicz se prolongó entre 1919 y 1920, mientras estuvo empleado como director del servicio de noticias de la Cruz Roja Americana en la capital francesa.

"Cuando los nazis tomaron el poder, Goebbels personalmente advirtió a la Metro que todas las películas en las que su nombre apareciese acreditado no serían distribuidas en Alemania"

Tras un regreso a Estados Unidos en el que conoció a su esposa, la también periodista Sara Aaronson, la compañera de su vida, Mank regresó a Europa para mandar algunas críticas teatrales desde Berlín. Pero el destino del joven periodista, como el de tantos otros grandes reporteros, estaba en escribir para el cine. Regresó a América llevándole el gabinete de prensa a la bailarina Isadora Duncan.

Otra vez en su país, el nombre de Herman Mankiewicz figura en las mismas publicaciones que los de Dorothy Parker y Robert Sherwood. De hecho, Mankiewicz será un miembro prominente del Algonquin Round Table, un lobby —que hoy diríamos— que acostumbraba a convertir sus almuerzos en el hotel Algonquin de Nueva York en auténticos duelos de ingenio. En ellos celebraban las columnas que publicaban los periodistas del grupo, entre los comentarios jocosos de los actores y comediantes. Harpo Marx era uno de estos últimos. El futuro guionista, que también habría de ser el productor de varios títulos de los hermanos Marx —Pistoleros de agua dulce (Norman Z. McLeod, 1931), Plumas de caballo (Mcleod, 1932), Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933)— debió de trabar amistad con Harpo en aquellas veladas.

El Mago de Oz

Personalmente, Herman Mankiewicz llegó a Hollywood en 1926. Walter Wanger, que habría de ser el mítico productor de La diligencia (John Ford, 1939), Perversidad (Fritz Lang, 1945) o Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963), por aquel entonces era el director general de la Paramount. Admirador de los artículos de Mankiewicz, le sugirió que escribiera para el cine. Su primer argumento fue el de La sangre manda (1926), uno de esos arrebatados melodramas de Tod Browning sobre un pirata, (Singapur Joe) incorporado por Lon Chaney, quien confía la educación de su hija a un sacerdote.

"Hay quien sostiene que el Rosebud, el trineo que evoca Kane (Welles) en su lecho de muerte, fue una bicicleta que le robaron a Mankiewicz cuando era un niño"

El mismo año que escribió los intertítulos de la primera versión de Los caballeros las prefieren rubias (Malcolm St. Clair, 1928), colaboró por primera vez con Von Sternberg en La última orden, aunque muchos de aquellos primeros argumentos, diálogos e incluso guiones completos, según la costumbre de la época, no los firma. Sí lo hace en Amor siniestro (James Cruze, 1928), una de las primeras denuncias contra el Ku Klux Klan. Ya desde los comienzos de su filmografía, Mankiewicz se posicionó claramente en contra de las organizaciones racistas y violentas. Tanto fue así que, cuando los nazis tomaron el poder, Goebbels personalmente advirtió a la Metro —el estudio que entonces empleaba al escritor— que todas las películas en las que su nombre apareciese acreditado no serían distribuidas en Alemania. Puede que sea esa la causa de que Mankiewicz no aparezca en los créditos de El mago de Oz (Victor Fleming, 1939), pese a que esté documentada su autoría de la secuencia en blanco y negro y de la primera sinopsis de la película.

Lo que no acaba de estar claro es quién puso más en el libreto de Ciudadano Kane. Hay quien sostiene que el Rosebud, el trineo que evoca Kane (Welles) en su lecho de muerte, fue una bicicleta que le robaron a Mankiewicz cuando era un niño. Otros apuntan que ese Rosebud era el nombre que Hearst —de quien Kane es trasunto— daba a lo más íntimo de Marion Davies. En cualquier caso, puede que la disputa no fuera tanta como ahora se pinta.

Herman Mankiewicz siguió bebiendo y escribiendo películas hasta que el cinco de marzo de 1953 llegó su hora y echó el último trago. Antes había tenido tiempo de alumbrar, entre otros muchos títulos, Un secreto de mujer (1949), segunda realización del gran Nicholas Ray, que también habría de ser la última producción de Mankiewicz.

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