He vuelto a leer el libro de Eric. Algo me espera en el desierto es, cuanto menos, inquietante. Pero también muy esclarecedor. No lo suficiente como para encontrarlo. Me refiero a Eric. Desde que dejamos Ficciópatas apenas lo he visto y siempre se ha mostrado un tanto taciturno. La última vez fue en el Terramur. Lo vi como siempre, salvo por esa mirada. En ella también había algo inquietante, incómodo. Como si, de algún modo, él mismo supiera que iba a emprender un viaje e intuyera las mimbres de ese destino. Puede que Sandra también lo supiera y no dijera nada. No entonces. El otro día, sí. Fue entonces cuando me dijo que lo había perdido ahí dentro, en la mesa de operaciones donde siempre andábamos hurgando con los relatos.
Fue menos raro que todas esas criaturas que se sumaron al festival literario. Ellas estaban allí como parte del atrezo más que como protagonistas de esos mundos que casi les pertenecían, que eran más suyos que nuestros y con los que ellos se sentían más cómodos que nosotros. Que la mayoría, más bien. Hay quienes estamos de lo más confortables ahí dentro, en esas historias llenas de sucesos inexplicables, de anomalías interesantes y paradojas temporales. Puede que fuese en ese instante cuando sucedió. Lo de Eric, me refiero. Lo de que se esfumara. No fue por arte de magia (o sí, quién sabe; en estos eventos pasa de todo lo imaginable), sino más bien algo natural, orgánico. Como si diera un paso hacia el lugar al que pertenecía. Sandra me llamó cuando yo ya había llegado a casa. Era el último recurso. Ya había hablado con todos los que andaban por allí y con su familia. Inés le dijo que lo había visto en un taller en la tercera planta. «Más bien –rectificó–, subiendo las escaleras hacia el taller». No llegó arriba y tampoco descendió hacia el primer piso. Se perdió en algún punto intermedio, puede que entre el séptimo y el decimotercer escalón. Las grietas son cada vez más comunes. Y nadie sabe lo que puede deparar el contacto directo con ellas. Del mismo modo que apenas se sabe nada sobre su duración.
«Somos el fin del mundo». Lo decían Alpha y Beta al unísono, a modo de letanía o plegaría, mientras caminaban entre los muertos con esas máscaras de piel curtida que les habían robado a los no vivos. Era en la última temporada de The Walking Dead. «Somos el fin del mundo». En esa escena, en ese contexto, es una reflexión muy coherente. Casi al mismo tiempo, estaba leyendo a Ocean Vuong, El emperador de Alegría. La muerte parece que ha estado muy presente estos días en mis aficiones. En la novela aparecían dos frases que se me quedaron clavadas. No sé por cuánto tiempo, pero aún las recuerdo antes de que se conviertan en cenizas y el viento del olvido las arrastre hacia quién sabe dónde. «Porque eso es lo que pasa cuando te mueres: el mundo entra», era una de ellas. Es cierto. De algún modo es así. El mundo entra y lo abarca todo. La otra frase era «Siempre pertenecemos a algún sitio, aunque sea a aquello que nos contiene». Dentro del mundo o el mundo dentro de nosotros. Vida y muerte. Alfa y Omega entrelazadas. Estamos dentro y fuera al mismo tiempo, cientos de veces, según algunas teorías de la física cuántica. Puede que a Eric le hubiera sucedido eso: que hubiera entrado o hubiera dejado que ese mundo del otro lado de la grieta entrara en él. Qué sé yo. Parafraseando otra frase de otro libro, «La teoría de todo lo demás» de Dan Schreiber, «debemos grandes logros a quienes creen en ideas raras». Aquí no funciona la navaja de Ockham. La explicación más sencilla no es la correcta. Nada más lejos de la realidad.
Hice un esfuerzo consciente por buscar a mi colega. Lo busqué en su desierto particular, allí donde los símbolos se manifestaban para guiar al protagonista. Lo busqué en sus relatos, desde los más antiguos a los más recientes. Lo busqué en sus palabras verbalizadas en Instagram, en cada quiebro de esas narraciones de voz grave, a veces casi cavernosa y afectada. Terminé buscándolo en el pasado sonoro de nuestro podcast. Lo encontré allí. Entre las pistas de audio, los silencios y las respiraciones. Entre las pausas que usábamos para darnos paso y el sonido de nuestras notas manuscritas. Entre cada latiguillo y las veces en que nos trepábamos con argumentos que terminaban por sorprendernos a ambos. Estaba allí, anclado como un fantasma en la estática, pidiendo ayuda. Edité esos fragmentos y los uní como una suerte de monstruo despiezado musical. «Sácame de aquí», repetía una y otra vez. Tuve que concentrarme para poder entrar a través de la melodía del programa, la misma que había compuesto Leo para nosotros y que, ahora, se manifestaba con un propósito distinto al inicial. Quizá su verdadero leitmotiv, su razón de ser. «No estoy muerto». Decía de cuando en cuando.
Si era cierto que podíamos existir en diversos planos al mismo tiempo, allí estaba la prueba, al menos, de que Eric se encontraba atrapado en uno de ellos. No sé ni cómo ni por qué, solamente cuándo. Dejé que uno de mis otros yo se escindiera de mí, apenas sujeto por un hilo de plata casi invisible, voluble y frágil. Llegué hasta las ondas de ese pasado sonoro y lo encontré. Tiré de él hacia el lugar y el tiempo en el que todo había sucedido, justo antes de que Sandra notara su ausencia y comenzara a preguntar en el edificio. La grieta se cerró tras él una vez la hubo atravesado y siguió subiendo las escaleras hacia su taller literario como si nada hubiera ocurrido. Solo yo, que hice el esfuerzo de rescatarle y lo traje de vuelta, sé la verdad. Quizá él la intuya a través de sus sueños. Qué se yo. Es como si nunca se lo hubiera tragado la grieta. Así y todo, su huella sigue estando en cada episodio de Ficciópatas, en su palabra escrita y sus audioficciones y, si lo escucho muy de seguido, aún puedo oír sus interjecciones susurradas entre nuestros diálogos y argumentos, interpelando ayuda, pidiendo que lo saquen de ahí e insistiendo en que no está muerto. El fantasma de un pasado que fue y que, sin embargo, ya no es.


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