Hay actos que demuestran que los seres humanos somos más intuitivos de lo que creemos y más profundos de lo que aparentamos. A veces tornamos lo orgánico en pura mística y lo que a simple vista podría parecer frívolo o ligero lo convertimos en tradición, en mitología. Un ejemplo perfecto es el concierto de Año Nuevo de Viena. En cierto momento de la historia el concierto dejó de ser un simple divertimento de la sociedad vienesa, algo local, y se convirtió en un evento mundial con el que damos la bienvenida al nuevo año.
Desde hace ochenta y cinco años, la sociedad vienesa se reúne el 1 de enero para recibir el año con los valses de la familia Strauss en sala dorada del Musikverein. Y aunque el pasado no se puede borrar, no importa que en la Alemania nazi el concierto se usara como propaganda. Porque ya sabemos cuántas creaciones artísticas, literarias, filosóficas y estéticas fueron saqueadas y malversadas por esos enfermos mentales. Ya sabemos que eso no dice nada de la música en sí, ni del concierto en sí, que solo dice algo de los nazis. Porque después de la guerra, después de que el horror fue vencido, el concierto se desvinculó de sus orígenes políticos y se convirtió en un símbolo de esperanza, alegría y renovación.
Mi fascinación, mi obsesión, por los Strauss está relacionada directamente con la película 2001: Una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick. Esta película es, si no la única, una de las pocas películas de ciencia ficción en la que el futuro no está regido por el desastre, el caos y la desesperanza, sino por el orden y el progreso. Es una de las pocas cintas, también la primera, en la que el tema de fondo es una teleología. Kubrick vislumbra un universo regido por un orden superior que desde la incógnita orquesta la creación de vida. La clave es la palabra orden.
Porque detrás de lo visible, de la misma historia universal, que a simple vista parece transcurrir sin propósito ni dirección, Kubrick vislumbra la imagen del universo pocas veces vista en el cine o en cualquier otra obra de ciencia ficción. Una imagen donde la negrura, el vacío y el frío inconmensurables que traspasan el espacio interestelar desaparecen y el universo se nos presenta como un lugar lleno. Lleno de música, de orden, de propósito, de calma. El espacio, el infinito, siempre árido, desolado y terriblemente inhumano es, en 2001, un lugar apacible. Su oscuridad ya no es precipicio y lobreguez sin límites, sino simplemente oscuridad natural, noche. Una noche mansa y acogedora, como lo es la noche que llega después de un día de sol.
Kubrick transmuta lo inabarcable, lo impenetrable y lo convierte en hogar. Nos pone en contacto directo con la eternidad, con el misterio que nos rodea. Convierte las incógnitas en anhelo espiritual. Nos saca de la temporalidad terrestre para mostrarnos una realidad que olvidamos demasiado a menudo: que estamos inmersos en un universo del que desconocemos casi todo, que lo ilimitado nos rodea a todas horas y que a poco que saquemos la cabeza de nuestro estrecho horizonte la vista se pierde en un espacio misterioso que también es nuestra casa. ¿Y cómo lo hace? Añadiendo a las imágenes de una nave espacial que gira en la inmensidad la música de Strauss. ¿Por qué esa música en concreto? ¿Qué simbolizan los valses de Strauss? ¿Qué es un vals?
Según el diccionario un vals es “un baile de origen alemán que ejecutan las parejas con movimiento giratorio y de traslación”. ¿No es exactamente esto lo que hacen los planetas? ¿Ejecutar un movimiento rotatorio y de traslación? La visión de Kubrick, transformada en imágenes nos dice: “¡Mirad! El universo entero danza, el infinito es una ceremonia”. Y entonces descubrimos que lo que nos parecía vacío, inhóspito e inabarcable es solamente una forma más de mirar, porque solo con que a nuestra observación le añadamos El Danubio azul todo queda transformado.
Este hecho, casi imperceptible, pone de manifiesto lo que Kant formuló con claridad al subrayar la importancia de la subjetividad: que nuestra experiencia del mundo no es inmediata ni neutra, sino que depende de la forma en que el sujeto humano organiza lo que percibe. No accedemos a la realidad tal como es en sí misma, sino siempre tal como aparece bajo las formas y conceptos que nuestra mente aporta. El mundo no se nos ofrece como algo dado de una vez por todas, sino como una realidad configurada por la subjetividad. Por eso, sin que nada cambie fuera, todo puede transformarse cuando cambia la forma de mirar. Este ejemplo ilustra de manera elocuente la centralidad del sujeto en la constitución del mundo que conocemos.
Hay además pocas imágenes más bellas, más esperanzadoras que ese vals cósmico. Si Pascal hubiera visto 2001, no se habría sentido tan horrorizado por la insondable negrura de los espacios siderales.
El hecho de que el mundo, al menos parte de él, haya instaurado como tradición empezar el año nuevo con un concierto de valses tiene sin duda que ver con lo que esa música nos trasmite. Compartimos inconsciente, o quizá conscientemente, la teleología que Kubrick propuso. Cuando el primer día del año escuchamos esa música celeste, animosa y alegre, esa melodía que nos contagia su plenitud y vitalidad, aspiramos, invocamos y nos hacemos uno con ese Orden Divino que Kubrick sospechó. Cuando al comienzo de un nuevo año, insignificante dentro del calendario de la eternidad, pero tan relevante dentro de nuestra porción de actualidad, nos entregamos al anhelo que llevan implícito los valses, renovamos el pacto que hicimos un año atrás, que para estas fechas siempre hemos olvidado. Porque es cierto que a medida que el año transcurre, vamos perdiendo el eco de esas notas mágicas, y con ellas, su promesa de plenitud vitalicia.
Propongo como experimento escuchar el Danubio Azul o ver el principio de 2001: Una odisea en el espacio, en cualquier momento del año y comprobar cómo se renueva su efecto esperanzador. Esto solo funciona si se hace con atención, dejando que nos invada su perfume sideral, su energía perpetua. El experimento nos recuerda que, aunque el tiempo pase para otros, es decir, para nosotros, los sentimientos que provoca esa música son tan nuevos como el día en que los sentimos por primera vez. Es decir, nos invita a comprender que la alegría, la esperanza y la grandeza de espíritu nunca envejecen, que somos nosotros los que las hacemos palidecer, quienes las cargamos de una senectud adulterada fruto de nuestro propio envejecimiento y desánimo. Nuestra temporalidad, a pesar de ser ínfima, cuando se lo propone, es capaz de eclipsar incluso lo imperecedero. O así lo creemos, porque como digo, todo depende de los ojos con que miremos las cosas. Somos creadores de realidades y responsables de sus mutaciones.
No he dicho nada nuevo, la música, como ya sabían los griegos, es sanadora. Lo “nuevo”, que también olvidamos, es lo que Kant descubrió: que somos constitutivos de nuestro mundo interior. No creamos el mundo, pero sí la forma en que se nos da.
Cuando el mundo se oscurece y las hebras que forman el entramado del orden parecen disolverse, no hay nada más saludable que escuchar los valses de la familia Strauss. Con Kant o sin él, esas melodías mantienen intactas todas sus propiedades terapéuticas a través del tiempo. Son bálsamo para el alma, son recordatorio, son premonición. Pero sobre todo son anhelo, afán de armonía, de abundancia, de esperanza, de luminosidad, de expansión. Nos urgen a recordar no solo cómo debe ser el mundo, si no nosotros mismos.
Feliz 2026.


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