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Tatuaje, de Andrés Berlanga

Tatuaje, de Andrés Berlanga

De inviernos heladores y veranos templados, en «Labros, en el antiguo Señorío de Molina de Aragón, muy cerca de donde la provincia de Guadalajara toca con las de Soria y Zaragoza», nació Andrés Berlanga. En 1941.

En su novela La Gaznápira (1984), espléndida, léanla, contó la manera de hablar y ser de su pueblo natal, que prefirió llamar Monchel en esas páginas, en siete capítulos, que prefirió también llamar «relatorias». Luego volvemos a esta palabra.

La novela, un prodigio verbal, de dichos y expresiones, con tono de humor socarrón, abarca una historia de treinta y dos años seccionados, desde 1949 a 1981. Desde cuando su protagonista capital, Sara Agudo, tiene apenas nueve y ve con el alma abierta desplegarse el mundo y, antes de irse a Madrid, a probar si es posible saborear la vida en otra parte, ve morir a Elías el Herrero, el que empezó a decirle «Gaznápira», porque se quedada embobada con cualquier cosa y parecía casi no enterarse. «Tan embobada lo escuchabas siempre…», se averigua en los primeros párrafos de un narrador que se dirige a Sara en segunda persona y va encajando piezas del pasado para mirar si el futuro sigue en blanco. Conforme agoniza Monchel, conocemos la historia ascendente de Sara. Más que la crónica de un pueblo de esa España vaciada, abandonada, perdida, La Gaznápira es el cuadro de una generación. La elegía, incluso.

Ocho editoriales la rechazaron, hasta que, tras dos años de peregrinajes, Noguer la publicó. Uno de los encargados de examinar originales, un señor apellidado Benet, muy entrado en edad, se pasó la noche leyéndola. «Al parecer, se enamoró de la novela», decía Andrés Berlanga. A las ocho de la mañana telefonearon al autor para fijar una reunión inmediata. A pesar de la modesta difusión, fue un éxito de ventas —once reimpresiones en menos de una década— y los críticos destacaron sus méritos artísticos y lo que reflejaba. Don Manuel Seco analizó con pormenores esta novela de Berlanga, más algún cuento, en una edición minuciosa, que agranda el valor del libro. Dirigida por Pablo Menasanch, la Escuela de Teatro de Cabanillas hizo una primera adaptación a la escena con el título de Yo me voy, el alma no». Y a punto estuvo de ser largometraje.

Berlanga había escrito antes otra novela, Pólvora mojada, que en 1970 estuvo cerca del pódium en las candidatas al Nadal. Salió en 1972, aunque cercenada por la censura franquista. Narra, centrada en cuatro universitarios de diferentes extracciones y temperamentos y en cuatro días de 1969, la agitación estudiantil en el último tramo del régimen: planean un atentado contra un edificio del campus. También habla de amores y traiciones. Y de marrullerías y sometimientos del oficio de periodista de esa época, entre otras historias. Hace dos años apareció una edición íntegra y con comentarios que anotó el propio autor, a quien se le puede adivinar en trazos de dos personajes y en su penetrante capacidad de observación y su buen oído.

Pero antes, en 1967, reunió en Barrunto unos cuentos que llamaron la atención a una especialista pionera en el estudio del cuento en España, la hispanista suiza Erna Brandenberger. El redondo «Cibeles, cinco tarde», «Diez días desde dentro» y otros demostraban la pericia lingüística de aquel joven narrador y su inspiración sutil para fraguar historias y formas de ser.

Pasaron dos décadas hasta que Berlanga reunió diecinueve relatos en Del más acá, donde acontecimientos corrientes —una excursión, un bingo, una boda…— seguían explorando con humor y con el afecto de la sabiduría la naturaleza humana y la sociedad.

En 2013 regresó a la literatura con otro volumen de cuentos, Sucesos, su último libro publicado. Cincuenta y dos narraciones de apenas un folio inspiradas en noticias desperdigadas en las crónicas de los periódicos. Con humor, ingrediente constante en la narrativa berlanguiana, esos casos muestran irónicamente el presente social y su panorama de corrupción, de mentira, de afecto, más los contornos éticos borrados y cuánto se le puede perdonar todavía al género humano.

En un excelente artículo, Pedro Aguilar recogía qué significaba relatoria en Ladros, el pueblo de Berlanga: «el relato de un hecho real contado con aire de ficción, impregnado de resonancias imaginativas y literarias». Relatorias vienen a ser estos Sucesos. «Tatuaje» es uno.

Escritor, periodista, siete años profesor de la Escuela de Periodismo de Madrid, Andrés Berlanga Agudo colaboró en el diario Ya y en la Agencia Logos. Fue durante cuarenta años, desde 1974, impulsor de la cultura en España desde la dirección de comunicación de la Fundación Juan March, donde editó además el boletín literario Saber Leer. Se casó con la también escritora Enriqueta Antolín, Kety.

Como escribe Raúl Conde Suárez, Andrés Berlanga «falleció el 10 de febrero de 2018 en Madrid, como consecuencia del cáncer de hígado que le descubrieron tras su ingreso en la unidad de cuidados paliativos del hospital de La Paz». Lo retrata así: «Tenía la expresión de un sabio, la escritura de un virtuoso y la bonhomía de las gentes de tierra adentro».

Cuando le descubrieron el cáncer, el propio Berlanga lo comunicó en un mensaje de móvil a familiares y amigos con el ruego de que no le llamaran ni lo visitaran.

En «Tatuaje» asoman elementos de relato policiaco, humor negro, cierto suspense y un buen rodaje de crítica social. En esta narración que llega casi a las quinientas palabras —habrá quien arrugue el gesto por esta extensión— compuesto en 2013 aparece un coche y una pegatina en la parte de atrás. En ocasiones, símbolos identitarios cuando las matrículas y no se matriculan los coches con las letras de las provincias: el toro de Osborne diseñado por el portuense Manolo Prieto, el ruc catalán, la oveja latxa… Aquí un dibujo pegado en el retrovisor del Audi es una de las claves.

El inicio, impresionante, directo: «El extranjero en bañador entra muy nervioso en la ferretería…». Con una acción ya en marcha. La retórica lo denomina in medias res. Conquista la atención desde el primer instante. Vendrán después los antecedentes, los personajes y cómo se ha desembocado en esa situación, retrocediendo. Pero en «Tatuaje» los hechos siguen. El narrador de esta relatoria de Berlanga juega con las focalizaciones: con qué mirada y qué testimonio hace avanzar el relato. Y el registro de idioma de diferentes modos y de variados interlocutores. Además de criticar prejuicios sociales y las desconfianzas, de confirmar las engañosas apariencias, el extraño recorrido que a veces traza la justicia… La inseguridad, la violencia, las consecuencias psicológicas de los actos delictivos… Nuestra vulnerabilidad.

Juan Gamba, actor, cuentacuentos y narrador oral, hijo de Andrés y de Kety, ha recordado —también con el corazón en los escenarios— que su padre tarareaba, sobre todo desde la muerte de la esposa, una de las canciones preferidas de esa familia, el «Te recuerdo, Amanda» de Víctor Jara. Sabían desde dentro que «La vida es eterna en cinco minutos».

Les sugiero que lean la obra de Andrés Berlanga. Sus cinco libros recuerdan cinco eternidades.

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Tatuaje

El extranjero en bañador entra muy nervioso e la ferretería, compra por señas un punzón, se dirige sigiloso hasta un Audi metalizado granate aparcado en el paseo marítimo y delicadamente, como quien pone inyecciones a un bebé, pincha una a una las cuatro ruedas, que dejan escapar cuatro bufiditos como cuatro suspiros. El coche desinflado tiene matrícula española abollada, las puertas tuneadas una pegatina con un caracol en el retrovisor, muy polvoriento pero oliendo aún a nuevo. Después el turista se sienta ensimismado en un banco cercano: aguarda, no hace nada, salvo roerse una uña compulsivamente. Hasta que ha llegado la Policía.

El sargento cree que el turista sufre un trastorno transitorio. El poli no entiende lo que farfulla, ni lo que ocurre: el Audi no puede ser suyo, como da a entender, porque lleva matrícula española y, además, ¿por qué iba a pinchar su propio coche? El turista parece belga, pero no habla francés. Un barrendero informa al sargento de que ya le había resultado a él muy pero que muy sospechosa la manera con la que el turista iba remirando los coches por las cuatro calles del pueblo. «Yo le seguí con disimulo —declara—. Cuando encontró este Audi y vio la pegatina esa con el caracol, noté que se le demudó la color: se metió en la ferretería y ya ve…».

Parece que se llama Johan y que hace diez días aterrizó con su mujer en este pueblecito perdido del sur de Alicante. En el hotel donde se alojan le confirman al poli que ciertamente el coche no puede ser suyo: la pareja llegó en avión desde Gante. «No, señor; en el hotel no han dado ningún síntoma de rarezas, son unos clientes amabilísimos, dijeron que venían en busca de paz, para reponerse de un susto, un asalto o algo parecido. Ella lleva el brazo en cabestrillo y son muy discretos y dejan buenas propinas».

Johan le indica al sargento dónde ha dejado a su mujer y le da a entender que él no piensa moverse del banco. A la esposa la encuentran en la playa, bastante inquieta. El sargento le chapurrea en francés que su marido ha sufrido un ataque de locura y la ha emprendido a cuchilladas con un coche. La mujer grita histérica, ríe triunfalmente. El sargento pide refuerzos, con dos camisas de fuerza. Tras conseguir calmarla, ella cuenta que su marido estaba tumbado en la toalla, boca abajo, cuando entre los tobillos de los bañistas que paseaban por la playa creyó reconocer el tatuaje visto y no visto del hombre que les atracó a punta de pistola en Bélgica y les robó el Audi metalizado granate, recién estrenado.

La espera termina cuando alguien se acerca a recoger el Audi y el sargento no le pide la documentación sino que le enseñe el tobillo. Asoma el tatuaje de un caracol, lo detiene y así termina una historia que ha sucedido tal cual. ■

En Sucesos, Salamanca, Amarú Ediciones, 2013, pp. 101-102

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