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Teodora, la crisálida de Bizancio

Sostenía mi admirado amigo y paisano, el escritor Emilio Lara, en estas mismas páginas, que la atenta lectura en nuestra juventud de las biografías más impactantes de la historia solía sobrecogernos, al leerlas por la mezcla de miserias, penurias, codicias y hechos berlanguianos de realismo mágico que encerraban. Sin embargo, estos mismos acontecimientos se convertirían con el tiempo en las tramas que hoy componen nuestras novelas.

Por eso amo a esos personajes y a los novelistas “gigantes”, como Robert Graves, Margerite Yourcenar, Mujica Láinez, Gore Vidal, Umberto Eco o Alejo Carpentier, que como ladrones de guante blanco han robado del polvo de la historia sus vidas y las han interpretado con sus ojos mágicos de inventores de tramas con la creatividad e intuición que los caracterizaba.

"Teodora, “Don de Dios”, ha sido presentada a lo largo de la historia como paradigma del feminismo en el mismo límite entre la edad antigua y la media"

Este ha sido el propósito que me ha conducido a escribir mi última novela, sobre el que fuera el gran mito erótico del siglo VI: Teodora de Bizancio, símbolo eterno de la resistencia combativa de la mujer en la historia. Fue una aventajada vanguardista para su época, y se presentó como alternativa al poder omnímodo de los hombres, hasta tal punto que, mil años antes de Maquiavelo, entendió que para alcanzar y mantenerse en el trono imperial cualquier medio estaba justificado.

Teodora, “Don de Dios”, ha sido presentada a lo largo de la historia como paradigma del feminismo en el mismo límite entre la edad antigua y la media. Sin embargo, nunca se vio asociada a la voluntad de someter a los hombres a la misma subyugación que las mujeres sufrían en la civilización romana, ni fue abanderada de un feminismo radical con la mochila cargada de odio al patriarcado y con una capacidad de tergiversación de los derechos de las mujeres que hoy se defiende.

En la Nueva Roma de Bizancio la mujer sufría experiencias cotidianas de marginalidad, desigualdad y opresión, y es Teodora, esposa del emperador Justiniano, quien concibe una forma nueva de entender el poder como instrumento para cambiar su mundo y el de las féminas, que pasan a tener los mismos derechos que los hombres.

"Se unió a otras dos mujeres de belleza incontestable e inteligencia sutil, como Macedonia la cortesana y Antonina, mujer de Belisario, para cambiar la cara del Imperio"

De esta forma, como aconteciera con las posteriores salonnières de la Revolución Francesa —las esposas y amantes de los grandes próceres revolucionarios—, se unió a otras dos mujeres de belleza incontestable e inteligencia sutil, como Macedonia la cortesana y Antonina, mujer de Belisario, para cambiar la cara del Imperio y sus leyes sobre la mujer. Y así, asemejándose a Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Evita Perón o Gloria Steinem, consiguió sus sueños sin mirar si era o no mujer, adquirió la independencia económica necesaria para ascender al poder, y controló su propio cuerpo —no sus amantes—, para conseguir su único propósito: ascender al trono imperial de Roma, que, gracias a su impresionante y eficaz gestión, duró diez siglos más.

Teodora, una joven no muy alta, de tez pálida, de figura perfecta, ojazos negros inquisitivos, extraordinaria belleza e inteligencia poco común, provenía de una extracción muy humilde y ejerció la prostitución bajo los fornices —arcos— del gran hipódromo, junto a su madre y sus hermanas, para poder subsistir. Era hija de un domador de osos, y transitó como los gusanos de seda que muchos cuidamos en nuestra infancia, por las etapas de huevo, capullo, imago, crisálida y mariposa, para desde el más infecto burdel de Bizancio ser considerada primero patricia romana, luego princesa consorte y finalmente ascender a la púrpura imperial.

De ahí que mi novela se titule: Teodora, la crisálida de Bizancio.

Fue una pacificadora tenaz, aunque también una gobernante de firmeza implacable, un mito femenino universal que tuvo su propia leyenda negra, dictada por un escritor, Procopio de Cesárea, que escribió con la hiel de la envidia como tinta una historia calumniosa, por el solo hecho de que Teodora era una mujer. Rigió la Roma de Oriente con la anuencia de su esposo Justiniano, un pusilánime dedicado a sus teologías, que sin ella no se hubiera mantenido en el trono ni tan siquiera un lustro.

"Teodora, la crisálida, es una creación literaria en la que también puede entenderse lo que era el imperio bizantino, la mentalidad de la época y la política del momento"

Como aseguraba Dostoievski, yo no juzgo a mis personajes, solo se los presento al lector, y que sea él quien lo haga. Coloco a Teodora y a un atractivo elenco de personajes verídicos y figurados en situaciones admirables e increíbles a veces. Con esta novela el lector conocerá a Justiniano, a Narsés, a Juan de Capadocia y a Belisario. Asistirá a la inauguración de Santa Sofía, a las disputas entre los dos bandos irreconciliables, los azules y verdes en el hipódromo, al periplo de Teodora por África, abandonada en el desierto y madre de una hija que le será sustraída por unas monjas monofisitas. Viajará a Gades, Alejandría, el Líbano, Antioquía y Bizancio, y descubrirá la vida de la corte imperial en la ciudad más singular de Oriente, Bizancio, donde convivían los dioses paganos y el cristianismo y sus herejías al mismo tiempo.

Teodora, la crisálida, es una creación literaria en la que también puede entenderse lo que era el imperio bizantino, la mentalidad de la época y la política del momento. Pero mi objetivo, como el de todo novelista, es escribir una historia que emocione, entretenga y estremezca al lector. Para ello les propongo esta atractiva trama narrada y escrita por un amigo vital para Teodora, el hispano Flavio Aureliano Nasica, un eunuco de palacio hecho esclavo y emasculado por los piratas tingitanos, que recala en Bizancio y acompaña a la emperatriz en su portentosa vida, una existencia llena de pasión, que bien pudiera convertirse en modelo de la mujer actual.

Y como aseguraba Elena Poniatowska, escritora, periodista y activista, las mujeres han sido las grandes olvidadas en la historia y la literatura, y la mejor forma de rescatarlas de la fugacidad y del olvido es escribir sobre ellas.

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Autor: Jesús Maeso de la Torre. Título: Teodora, la crisálida de Bizancio. Editorial: Harper Collins. Venta: Todostuslibros y Amazon

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