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‘The Full Monty’: Hombres de pelo en pecho

‘The Full Monty’: Hombres de pelo en pecho

«Tres acordes y la verdad», es lo que decía Harlan Howard que debía contener una buena canción country. Menos de tres minutos es lo que duraban los temas del rock clásico. Y no más de noventa minutos bien empaquetados es la duración perfecta para una comedia con las ideas claras y que sabe de qué va. No hay dinero. ¿Qué hago para hacer dinero? Hacer strip-tease da dinero. Incluso para los tíos. Pero no tengo cuerpo de stripper. Pues esto es como lo del cuerpo playero: si tienes cuerpo y sabes quitarte la ropa, ya vales para stripper. Échale morro y ya está. Estamos en la Sheffield post-industrial de 1997, pero la trama podría aplicarse a cualquier parte. La película costó 3,5 millones y recaudó más de 250. Se llevó tres nominaciones al Oscar (película: Uberto Pasolini, dirección: Peter Cattaneo y guion original: Simon Beaufoy) y una estatuilla para Anne Dudley gracias a que aquel fue uno de los cuatro únicos años en que hubo Oscar a la «mejor banda sonora de obra musical o comedia», y a pesar de que lo que la gente realmente recuerda de su banda sonora son las canciones para desnudarse ya preexistentes.

[Aviso de destripes con velcro en todo el texto]

La verdad es que, tras la descripción hecha más arriba, esta trama podría haber sido resuelta con un grado de feísmo y explotación del ser humano bastante desagradable (desde luego, a Ken Loach le habría quedado otra película diferente), pero aquí es al revés: es una muestra de vis cómica excelente, donde hasta los momentos sin comedia ayudan a crear una corriente de simpatía que acaba culminando en un final perfecto. Y es que a pesar de venderse como «la comedia más reveladora del año», también incluye reflexiones sobre temas serios como el desempleo, los derechos paternos en casos de divorcio, la depresión, la impotencia, la homosexualidad, la autoestima, el suicidio, la cultura de la clase trabajadora y la masculinidad.

La película comienza con extractos de un documental de 1972, City on the Move, en el que la ciudad inglesa de Sheffield, en el condado norteño de Yorkshire, aparece como se la veía entonces: un polo de desarrollo industrial de gran poderío, debido a sus factorías del metal, que daban empleo a 90.000 personas, cuyos salarios a su vez producían dinero para gastar en el sector servicios (bares, discotecas, restaurantes) y que tenía dos equipos de fútbol de gran tradición. El tono de optimismo casi de anuncio para turistas setenteros suena a veces tan impostado visto desde hoy que parece inventado a propósito para ser el primer chiste de la película, pero no, es un documental real, medio olvidado, cuyos derechos de uso solo costaron 400 libras, que incluso llegó a recuperarse y editarse en DVD tras el éxito del film.

Corte a veinte años más tarde. Gaz (Robert Carlyle) y Dave (Mark Addy, el futuro Robert Baratheon en Juego de tronos) entran en una fábrica abandonada como Pedro por su casa para robar vigas de acero y venderlas por veinte libras. Hace diez años trabajaban en esa misma fábrica, y ahora están en el paro. Gaz está separado y su esposa amenaza con quitarle la custodia compartida del hijo de ambos, de unos doce años, Nathan (William Snape, que luego no hizo carrera como actor) si no paga la manutención atrasada que le debe. No sabemos mucho más de Gaz y de sus circunstancias, pero casi mejor, porque la raya entre ser un buscavidas simpático y un caradura despreciable puede ser bastante fina. A Nathan se le escapará más adelante que Gaz aprendió a coser en la cárcel (lo cual ilustra bastante bien las dos caras del personaje), y lo de andar robando vigas de metal (y llevarse al crío para ayudar) no es la mejor carta de presentación, pero durante toda la película Nathe («Néiz», como lo abrevia Gaz —Gary—) es quien lleva la brújula moral en el bolsillo: al principio odia pasar tiempo con su padre, por esa manera bochornosa que tiene de emplear el tiempo (y de hacérselo emplear a él), pero cuando la cosa se ponga más peliaguda será el propio chico quien lo defienda ante la madre diciendo que por lo menos lo está intentando, y esta vez, al menos, de una manera legal. La madre, por su parte, se ha mudado con su novio nuevo, y no sabemos mucho de ellos, pero parecen cómodamente establecidos, lo cual en esos tiempos (y en estos) probablemente signifique simplemente que los dos tienen un trabajo más bien normalito, y ya. De hecho, ella le llega a ofrecer a Gaz un mierdi-curro de mozo de almacén en el sitio donde trabaja, que Gaz rechaza a pesar de su mala situación, lo cual también ayuda a pintarnos el tipo de hombre que es él: un culo inquieto con iniciativa, pero también con su cierto orgullo, y que desde luego está desesperado por volver a merecerse el cariño de su hijo, y quién sabe si también el de su ex.

Otra cosa que tiene Gaz, y que se extiende al resto de los personajes que se acabarán quedando en bolas ante cuatrocientas mujeres de su barrio, son algunos resabios de machito a la antigua, que muestra por ejemplo con su desdén por los strippers profesionales, los originales, al estilo de los Chippendales, que vienen a actuar una noche a Sheffield, y a los que califica de mariquitas sin pilila, simplemente porque están cachas y se depilan el pecho, y a quienes solo parece respetar cuando se entera de cuánto pueden ganar por noche. En inglés, al decir tacos se le llama «to use industrial language», y aunque eso es una generalización del estilo de pensar que todos los talleres de coches tienen colgados calendarios de tías en pelotas, parte de la construcción de estos personajes va por ahí: el topicazo es que las fábricas, pubs y clubs de trabajadores de la época estaban llenos de tíos que trabajaban duro, físicamente, por un salario abundante pero bien merecido y que luego gastaban rápido en placeres sin gran refinamiento del tipo alcohol, rock, pibas y fútbol. Afortunadamente, esta película seguramente se librará de censuras (o peticiones al respecto) porque dos de sus personajes descubren y exploran su lado homosexual, que Gaz y Dave aceptan, con un único chiste tonto («qué rarita es la gente… juas, he dicho qué rarita es la gente») que refleja lo mucho que les queda por aprender más que la reacción que todo hombre «de verdad» debería tener.

El valor de tener un empleo, y por tanto de saberse útil, tanto para esa «sociedad» abstracta de la que hablan los ideales como para la familia próxima que depende de ti, es uno de los pilares de esta exploración de la masculinidad que abunda por toda la película. Gaz lo necesita para darle a su hijo la infancia que merece, pero también Gerald (Tom Wilkinson), el antiguo capataz de la fábrica, que lleva seis meses mintiendo a la esposa y saliendo de casa trajeado todas las mañanas, solo que para ir al jobcenter en lugar de al laburo. Con Gerald, todo hay que decirlo, los dados van un poco cargados: se lo pinta como un esnob clasista del peor tipo que hay: de los que solo están un peldaño por encima de ti, no en todo lo alto de la escalera, que eso todavía tendría explicación, aunque no disculpa. De todos es el que peor reacciona ante su desempleo, echándose a llorar cuando Gaz y Dave le arruinan una entrevista de trabajo usando sus gnomos de jardín para desconcertarlo, pero no porque así pueda salvar su jubilación ni nada del estilo, sino porque «yo tengo un nivel de vida ya adquirido y vosotros sois todavía unos críos». A pesar de todo, Gerald se redime un tanto porque aprende tesón y resiliencia (sorry) de sus antiguos subalternos y porque en verdad quiere que el embolao en el que se ha dejado meter funcione de verdad, aunque solo sea por el qué dirán, como cualquier jefe de planta que será quien se la cargue ante los jefazos si los curritos a los que supervisa no dan la talla por su culpa.

Gerald es el que peor reacciona en público, pero en la película no deja de haber constantemente ejemplos del grado hasta el que varios personajes se ven afectados en su autoestima por su falta de empleo. Lomper (Steve Huison), el pelirrojo que deja encerrados a Dave, Gaz y Nathan en la fábrica cuando lo de las vigas y que a los pocos días pierde también ese precario empleo de segurata, se nos termina de presentar en pleno intento de suicidio, al que Dave primero ayuda inadvertidamente (le arregla el motor del coche) y luego, dándose cuenta de lo que está pasando de verdad, salva… para luego volver a intentar matarlo cuando el rescatado lo insulta. La escena es de un humor negro irresistible, culminada por lo contento que se pone Lomper por haber hecho unos amigos que estarían dispuestos a ayudarle a quitarse la vida, pero el leitmotiv que la provoca es bien serio, y el suicidio por estas circunstancias es un mal muy presente. De hecho, Lomper, para lo secundario que resulta, tiene un plato bien cargado de temas de alcance: se lo pinta como «no demasiado brillante» («podrías suicidarte tirándote al agua». «No sé nadar». «PUES DE ESO SE TRATA, TOLAI»), tampoco especialmente atractivo (incluso Dave, con todo su profundo problema de autoimagen, se mete con él en esto), tiene a su cargo a su madre casi completamente dependiente (que al morir provoca uno de los momentos más conmovedores de la película) y es uno de los dos que descubre su lado gay. Si unimos a todo esto lo pálido y pelirrojo que es, seguro que en el cole le hicieron bullying a mansalva.

Y hablando de acabar con el ánimo por los suelos, Dave es el que peor lo lleva por dentro: a la presión de tener que desnudarse en público añade la que ya traía de antes con su desempleo y con su exceso de peso, provocando una tormenta perfecta que lo lleva a la falta de libido y a dudar de que su esposa pueda amarlo de verdad, pese a que eso nunca está en duda. Cuando Gerald, veinte años mayor, le confía que él tiene el problema contrario, que teme ponerse palote delante del entregado público femenino (y que a veces hasta ciertos documentales de naturaleza le estimulan el tema), Dave está a punto de echarse a llorar: «Yo soy la persona equivocada para hablar de eso». Tan tocado le deja la experiencia que de verdad parece que, tras por fin aceptar currar de segurata en un supermercado Asda, el alivio por no necesitar ya pasar por el mal trago de tener que despelotarse le llevará a dejar al grupo en la estacada. Y para acabar con este apartado, hay otra escena, que me parece de las más convincentes, que es el breve momento en el que Dave, Gaz, Gerald y Lomper empiezan a hacer un casting para completar el grupo y uno de los que se presenta se da tan mala maña y se lo ve tan humillado que Gaz decide parar la música rápidamente. Es un pequeño toque nada más, pero muy bien vendido.

Los otros dos que se acaban uniendo al grupo son Horse (Paul Barber) y Guy (Hugo Speer). El primero es negro (y el único personaje no blanco de la película), anda camino de los 50, pero quien tuvo retuvo, y a pesar de una cadera un poco estropeada todavía se sabe algunos bailes de su juventud discotequera. Su problema: que lo de hacer un full monty, o sea enseñarlo todo, que es adonde no llegaban los profesionales, no le convence, por considerar que desnudo no da… la talla, llegando al punto de comprarse a toda prisa un cacharro de esos de «inflado rápido» que anuncian en las páginas donde explotan este tipo de inseguridades. Ese no es precisamente el problema de Guy, que es fibroso, depilado y deja boquiabierta a la concurrencia cuando se quita el tanga. Será él además el que se líe con Lomper. Hay un momento en el que el grupo llega a mencionar que de la misma manera en que los tíos critican a las tías por tener el culo así o las tetas asá, lo mismo van a hacer ellas con ellos ahora, y es lógico que alguno se aterrorice.

Pero al fin y al cabo, lo que define una buena comedia son las risas. Aunque en este departamento no hay muchas leyes escritas, y lo que hace reír a uno deja frío a otro, The Full Monty es digna heredera de cumbres británicas como La vida de Brian, con gags de orfebre entre los que cada uno tendrá su favorito. El del intento de suicidio de Lomper es uno de los mejores, pero mi favorito, siendo futbolero, es el del «fuera de juego del Arsenal», en el que los novatos bailarines aprenden a coordinar sus movimientos a base de referencias futbolísticas en vez de ritmo natural («trampa lateral», dice aquí la fallida traducción española, en vez de «offside trap»: «trampa del fuera de juego»). Gaz haciendo su primer intento a los compases de «You Sexy Thing» mientras se le caen las monedas de los bolsillos y se acaba quemando con el puto cigarrillo es otro muy bueno. Y Dave criticando las habilidades como soldadora de Jennifer Beals en Flashdance en lugar de concentrarse en el motivo por el que están viendo la peli tambien tiene lo suyo. La sesión de rayos UVA en casa de Gerald. Gaz y Gerald usando la humillante cinta de vigilancia en la comisaría para comprobar quién se adelanta en la coreo. O, la que suele ser la más popular: cuando los seis miembros del grupo van juntos a sellar el paro, mientras hacen cola suena en la radio «Hot Stuff», de Donna Summer, y casi sin darse cuenta empiezan a ensayar trozos de los pasos de baile moviendo al unísono los pies… y lo que no son los pies. Por cierto, que esta escena estuvo a punto de ser cortada por no parecer muy realista. Pero tan «realista» resultó que incluso el entonces príncipe Carlos de Inglaterra se atrevió, ma non troppo, a remedarla con fines caritativos. Y como colofón está ese momento donde se revela la verdad desnuda, literalmente, tan sorprendente que los extras que hacían del público femenino no sabían que se iba a llegar hasta ese punto (hubo mucho alcohol en el set antes del momento culminante). A los acordes de uno de los temas reina de los números de destape, «You Can Leave Your Hat On» (aunque en la voz de Tom Jones, que también tiene lo suyo), los actores aceptaron hacerlo así a condición de que se rodara una sola vez, y se deja ahí como final perfecto que no merece que se pregunte qué pasó después.

…y luego van y lo cascan. Porque tras haberse adaptado a teatro, a musical y a variaciones locales en Brasil o Australia, justo 26 años más tarde hubo una secuela en forma de miniserie de FX / Hulu / Disney+, con casi todos los personajes iniciales solo que un cuarto de siglo más viejos y nada de desnudos, pero sí con una Sheffield aún más machacada que antes, con multitud de problemas derivados del desempleo, la falta de inversiones (sobre todo en el norte del país), y el vaciamiento del estado y sus responsabilidades. Dentro de seguir siendo una comedia de clase (a veces no) trabajadora, el tono sigue tirando por el gallows humour de la gente que se ríe de sus desgracias por no llorar, pero le falta un toque mágico. Quizá en el fondo era la promesa de las pililas al aire al final de todo lo que hacía funcionar a ese macguffin. Solo que aquí, al final… te enseñan el macguffin.

(La lista de todas las reseñas de este blog, por orden cronológico, puede encontrarse aquí)

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