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‘La vida de Brian’: La mejor comedia… de la Historia

‘La vida de Brian’: La mejor comedia… de la Historia

Nombrada en listas varias como la mejor comedia de la historia, el grupo británico de humoristas Monty Python se guardó muy mucho de dirigir su sátira directamente contra la figura de Jesucristo (en vez de eso el protagonista es el bebé que nació en el pesebre de al lado), pero aún así se tuvieron que enfrentar a protestas, censura y prohibiciones por todo el mundo, cosa que por otra parte les dio más publicidad de la que hubieran conseguido de otra forma. Por ejemplo, cuando se prohibió su exhibición en Oslo, en Suecia se anunciaba como «una película tan graciosa que la han prohibido en Noruega». Aparte de las sátiras más o menos afiladas sobre el cristianismo, el judaísmo y los revolucionarios políticos de boquilla, la película es una sucesión de gags tremendamente inspirados, cada uno de los cuales es por sí solo un capítulo ilustrado del gran libro de la vis cómica inglesa: los reyes magos, el ex leproso, la lapidación, la pintada en latín, el Frente Judaico Popular, un Poncio Pilatos gangoso, su amigo Pijus Magníficus, el amable funcionario de crucifixiones, el regateo en el mercado, el qué han hecho los romanos por nosotros… La lista es tan larga e hilarante como la propia película.

[Aviso de destripes clavados a una cruz en todo el texto]


Analizar una comedia puede ser un poco como explicar un chiste: o lo pillas o no lo pillas, y si lo explicas se pierde la gracia. Aún así, en este ejemplo en concreto hay muchas cosas que saber y en las que fijarse. Los Monty Python han pasado a la historia como la quintaesencia de lo que el resto del mundo llama «humor inglés», etiqueta que unas veces celebra la genialidad de encontrar comedia donde nadie más lo haría y otras constata la perplejidad de hallarse ante una colección de excentricidades sin gracia para otros que vienen a demostrar aquello de que la insularidad británica («El continente, aislado», decía un titular de periódico durante la Segunda Guerra Mundial) debe de ser una filosofía en verdad existente. Y sin embargo, durante gran parte de su carrera, los Monty Python se esforzaron lo indecible por ir contra la corriente de la construcción clásica de chistes y sketches «a la inglesa», intentando evitar el eterno esquema de planteamiento + frase graciosa final (punchline) con risa enlatada, uno la coloca y otro la remata, como en voleibol. El problema es que a veces la gracia de sus números, en búsqueda de esa renovación cómica, se acababa perdiendo, y lo que finalmente quedaba era un aire surrealista que a veces sí era gracioso y otras veces meramente una ida de olla. Así lo demostraron en su programa de televisión Monty Python’s Flying Circus (1969-74), que tiene tantos momentos geniales como fallidos o simplemente bizarros.

Toda esta experimentación no aparece tanto en La vida de Brian, que es una auténtica obra de relojería en cuanto a la construcción del guión y los gags. Claro que también se trataba de un proyecto muy caro y arriesgado, para el que costó encontrar dinero (lo acabó poniendo George Harrison, el componente de los Beatles) y para el que había que jugar sobre seguro cuanto se pudiera. Así, puede considerarse como la obra madura que un maestro artesano es capaz de hacer sólo tras unir a sus dotes naturales la experiencia de años y años. Los Monty ya habían parodiado con gran imaginación las tradiciones artúricas en Los caballeros de la tabla cuadrada (Monty Python and the Holy Grail) y el éxito de dicha película los llevó a intentar el más difícil todavía con el Nuevo Testamento. Incluso se usaron algunos de los decorados y lugares utilizados en Túnez por Franco Zeffirelli en el rodaje de su Jesús de Nazaret el año antes.

Lo primero que se decidió tras una sesión de brainstorming fue no caricaturizar a Jesús directamente. A pesar de no ser religiosos, y por tanto no tener ningún problema ideológico con meterse con Jesucristo si así quisieran, el grupo decidió que la mayoría de las ideas básicas de Jesús eran positivas y decentes y que la parodia debía ir por otro lado. Y así queda demostrado en la película: las dos veces que Jesús aparece son en poses canónicas que cualquier iglesia cristiana bendeciría: la primera es recibiendo pleitesía en el pesebre, y la segunda pronunciando el sermón de las bienaventuranzas. La comedia en esos episodios no se cachondea de Jesús, sino de esos magos tan sabios que se equivocaron de pesebre («Nos ha guiado una estrella». «Os ha guiado una botella», les responde la irreprimible madre de Brian en una impagable versión española), y de la gente que está lejos del sermón, no oye bien lo que dice Jesús, y al final acaba montando la bronca porque usted no sabe con quién está hablando.

La clave del humor de esta película (y de una gran parte de ese llamado «humor inglés», en cualquier otra serie o film) está en reírse de la autoridad. Los ingleses, por toda su imagen de estirados, son unos cachondos natos, y lo primero que les resbala es la gente que se toma demasiado en serio a sí misma: reyes, papas, ministros, policías, inquisidores españoles, burgueses, ricachones, quien sea. Y La vida de Brian es un auténtico catálogo de gente estirada que cree que sabe lo que hace y que está por encima de los demás, y de quien el guión se ríe sin misericordia. Empezamos por ejemplo con los reyes magos, que con toda su sabiduría, van y se equivocan de pesebre. Seguimos con la pareja de judíos de clase alta que cuando alguien entiende mal la bienaventuranza de los pacíficos (peace-makers) y cree haber oído cheese-makers, hace saltar al marido: «Mujer, no hay que entenderlo literalmente: se refiere a cualquier fabricante de productos lácteos». La lapidación es el ejemplo extremo: se trata como si fuese algo entretenido con lo que matar (ejem) el aburrimiento, y la sátira sobre la prohibición de que puedan asistir mujeres es una auténtica mina. Hay toda una industria de barbas falsas alrededor de ella, y la coña suprema es ver a actores hombres haciendo de mujeres que se disfrazan de hombres para ir a tirarle unas piedras a alguien por decir «Jehová». Por cierto, ¿quién acaba lapidado? El rabino. Cuanto más arriba esté el receptor de la burla, más gracia hace.

Luego llegamos al ex leproso, que beneficiado por una curación milagrosa, todavía encuentra motivos de queja, y querría que Jesús le hiciera un poco cojo los fines de semana para poder seguir pidiendo. «Alguna gente nunca está contenta», suspira Brian. «Eso mismo me dijo Jesús», refunfuña el ex leproso, siguiendo a lo suyo. Y así podemos seguir, viendo caer de sus pedestales a los revolucionarios de pacotilla, defendiendo el derecho a parir de alguien que no puede parir y dividiéndose en grupúsculos cada vez más pequeños (alguno de ellos de un solo componente) que acaban odiándose más entre sí que al enemigo común. En este caso, la bala va disparada hacia los grupos de izquierdas de los 70, que entre tanto debate interno dejaron que Margaret Thatcher llegara al poder en el Reino Unido, pero seguro que puede reconocerse este tipo de burocracia revolucionario-palabrera en muchos otros grupos políticos en cualquier país o momento histórico. La culminación de la sátira contra ellos es la inmortal secuencia de «qué han hecho los romanos por nosotros», donde al final no queda nada contra lo que quejarse, excepto las ganas de hacerlo: «¿La paz? ¡Que te folle un pez!» (Que conste que el original dice simplemente: «Peace? Shut up!»)

Los romanos, que a menudo simplemente son testigos de las imbecilidades de los judíos, también se ven mordidos por la sátira. El centurión que corrige la pintada de Brian mete la pata debido a su afán de funcionario quisquilloso en vez de evitar el problema que debiera evitar, y su ineptitud al registrar el cuartel del FPJ es demencial («Hemos encontrado esta cuchara». «Buen trabajo, sargento».) Sin embargo, esto es sólo los mandos intermedios. Subamos al escalón más alto, y veremos a un Poncio Pilatos a quien le patina la erre, causando el deshueve generalizado no ya entre el juderío hostil sino entre sus propios soldados cada vez que abre la boca. ¿Quién puede tomarlo en serio si no puede uno dejar de reírse? Y cuando llega Pijus Magníficus (genial traducción del mucho menos sutil «Biggus Dickus») y le patina la ese («Zalomón y la reina de Zaba. Zezenta y ziete zediciozoz zaduceoz»), aquello es el acabose. Al final, se acaba perdonando la vida de Brian sólo porque su nombre tiene una erre en medio de la que cachondearse. Así se escribe la historia a veces.

Y sí, al final le acaba tocando el turno a los propios cristianos. O no tanto a los cristianos como a la gente que ve promesas y prodigios donde no los hay. La parte en la que Brian se convierte en Mesías es la más perfectamente construida e «ingenierizada» del film: huyendo del registro de los romanos, Brian cae sobre la peana de uno de los muchos profetas que predicen fuego y destrucción en medio de la calle. Para disimular, Brian empieza a soltar un par de las parábolas que usaba Jesús en la Biblia: la de que si las flores y los pájaros no se preocupan porque Dios proveerá, ¿por qué os preocupáis vosotros?, y la de los sirvientes y los talentos. De nuevo, el guión no se está metiendo con las enseñanzas de Jesús para nada, sino con las interpretaciones idiotas que se hacen («¿Qué tendrá en contra de los pájaros este tío?» «¿No sabe cómo se llamaban los criados de su historia? ¡Se lo está inventando sobre la marcha!»).

Entonces, cuando se marchan los soldados romanos, Brian se queda a media frase y se va. Pero la gente, que antes no le prestaba atención, o se mofaba de él, ahora tiene el antojo de oír el final de lo que decía. Brian no tiene nada que decir, porque sólo estaba disimulando, así que intenta hacer mutis por el foro. Y es entonces cuando no puede sacarse a la gente de encima, porque se acaban de encaprichar de él. Que si no habla por algo será, que si será un secreto, que si será el de la vida eterna… En estas, se le cae la calabaza que le habían dado en el rastro y pierde una sandalia en la huida, y ambas cosas se toman como reliquias a las que seguir por sí mismas, ya que pertenecieron al maestro, sin siquiera ponerse de acuerdo sobre lo que pudieran significar. Acabamos de encontrar a un mesías decente («y lo digo yo, que he seguido a varios») y ya hay herejes con opiniones distintas.

La bola es imparable ya. Brian se mete en el hoyo de un ermitaño con voto de silencio, le pisa el pie, el ermitaño habla, y cuando atrae a toda la multitud, ésta empieza a ver milagros por todas partes: el ermitaño «curado» de su mudez, la baya de enebro que lleva toda la vida ahí… Y empiezan a pedirle que les diga qué hacer. «Idos a hacer puñetas», les dice Brian, ya cabreado. Silencio asombrado (lógico: en la versión original les dice nada menos que «Fuck off!»). Pero ni eso funciona. «¿Cómo se hacen las puñetas?», pregunta la solícita muchedumbre (estaría bien saberlo, dicho sea de paso). Y así la cosa continúa hasta que a la mañana siguiente está media ciudad bajo su ventana. Y cuando Brian decide, ya para quitárselos de encima, darles unas enseñanzas valiosas cual rabbí bíblico, el gentío sigue en sus trece. «Debéis pensar por vosotros mismos, sois individuos», a lo que todos responden al unísono: «¡Sí, somos individuos!» «Sois todos diferentes». «¡Sí, somos diferentes!». Incluso cuando uno dice «yo no», lo mandan callar.

¿Todo esto es una parodia del cristianismo? Pues sólo si uno se da por aludido, la verdad. Lo que dice Brian es bien sensato (y hasta cristiano) y lo que se critica es la credulidad extrema, y más que eso, el retorcer la realidad hasta que esta diga lo que tú quieres oír, hasta que coincida con tus ideas preconcebidas. Esto se puede aplicar a movimientos religiosos, políticos, o a las relaciones con familia y allegados. El objeto en este caso es la religión, pero cualquiera que se comporte así y que crea que están satirizándolo en esta película, probablemente merezca creerse que sí, que aluden a él. O ella. Al fin y al cabo, el tema central es el que recogía Umberto Eco en El nombre de la rosa, historia que se centraba en un supuesto libro donde Aristóteles elogiaba la comedia. Y como uno no se ríe de lo que teme, reírse de Dios es perderle miedo, y por tanto perderle respeto, y por tanto con una simple risa se inicia el camino que lleva al ateísmo o la herejía. Y con él la pérdida de poder de la religión organizada. ¿Hay para tanto? Cada uno sabrá.

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