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The Game: El juego como vida y la vida como juego

The Game: El juego como vida y la vida como juego

“Nada es verdad ni mentira, todo es según el cristal con que se mira”. El refrán, sabio refrán castellano, sirve como hilo de Ariadna, como pórtico para quien quiera aventurarse en las fascinantes, inquietantes imágenes, en la laberíntica trama que ofrece The Game, el muy brillante thriller de sabor hitchcockiano perpetrado por David Fincher, un muy conspicuo cultivador (Seven, Zodiac) de los meandros de la condición humana, sus motivaciones y la oscuridad de la conciencia.

El centro narrativo y dramático de la película reside en el éxito formulado de manera capitalista, pero también de lo que oculta y, tratándose de aquella raíz de progenie hitchcockiana, de lo que nos negamos a confesar incluso a nosotros mismos, los traumas del pasado. Sigo pensando que el Dr. Sigmund Freud es el guionista oculto de buena parte del cine clásico, y posclásico, norteamericano. Nicholas Van Orton (sólo podía ser un Michael Douglas en la cresta de la ola) es un exitoso banquero y un ser humano despreciable. Exmarido y casi exhermano, porque la relación con Conrad (Sean Penn), su hermano menor, es de dimisión. Un bandarra de vida inútil y despreciable. Nicholas vive con el recuerdo lacerante, obsesivo, de la imagen de su padre suicidándose al arrojarse desde el techo de la casa familiar al cumplir 48 años. Conrad aprovecha esa fecha y le regala a Nicholas un vale para que participe en un juego que ofrece una misteriosa compañía, la Consumer Recreation Services (CRS). Conrad no da muchos detalles, pero promete a su hermano que le cambiará la vida. El banquero duda, oye a otros colegas hablar del juego y cómo lo disfrutaron, pero se niegan a dar detalles. Nicholas acepta el reto, pasa por las oficinas de CRS, supera diversos exámenes y recibe la respuesta de que su solicitud ha sido rechazada. Esa noche, al llegar a su casa, Nicholas encuentra a un payaso de tamaño real tirado en el suelo, justo en la misma posición en la que yacía el cuerpo de su padre suicidado. Cuando enciende la televisión, un locutor le advierte de que el juego ya ha comenzado, está siendo monitorizado y deberá seguir las instrucciones que irá recibiendo. Hasta ahí les puedo contar.

"Acción y reflexión. Peligro físico y enajenación mental. Un mix de Con la muerte en los talones y Extraños en un tren"

Lo que sigue es un laberinto o un vertiginoso descenso a los infiernos, o una precitada aventura de la que uno no puede escapar, o una pesadilla, o un sueño hipnótico inducido por un hábil terapeuta. Lo malo es que quizás Nicholas esté jugando con una trama de otro, pero su vida está en juego y el juego, parece, es real. Claro, así las cosas, Nicholas lo que hace es vivir atrapado kafkianamente en un desafío, juego o no, en el que juega o muere, vive o pierde. Una atractiva camarera, Christine (Deborah Kara Unger, fascinante, ¿qué fue de esta chica?), puede serlo o, como la seductora Eve Kendall (Eva Marie Saint) en Con la muerte en los talones, ser otra cosa, un personaje de la CRS o un anzuelo para que Nicholas se despeñe por los abismos de la locura. Incluso su hermano, ¡ay, Conrad!, puede que no le haya hecho un regalo o que éste sea envenenado. El guión, excelente, de John D. Brancato y Michael Ferris, de los que desconozco todo, funciona con la precisión de un mecanismo perfecto. Acción y reflexión. Peligro físico y enajenación mental. Un mix de Con la muerte en los talones y Extraños en un tren.

David Fincher maneja ese material con absoluta maestría. Domina el tempo, el implacable ritmo, la dirección de actores y actrices, la espectacular dimensión visual de escenarios y acción. Fincher comprende que lo que está contando en The Game es una reflexión sobre el éxito y el fracaso como seres humanos. La idea de juego, como magistralmente la usa Arturo Pérez-Reverte en El problema final, narrador-lector, va más allá, es una apuesta de vida, una parábola sobre lo aleatorio de nuestra existencia, sobre la necesidad de aceptar esa idea o como, Karen Blixen, alias Isak Dinesen, proclamaba rememorando lo que Plutarco contaba que Pompeyo dijo a sus marineros sicilianos que se negaban a embarcar, navigare necesse est, vivere non necesse.

***

The Game (1997). Producida por Steve Golin y Ceán Chaffin. Dirigida por David Fincher. Guión de John D. Brancato y Michael Ferris. Director de fotografía, Harris Savides, en technicolor y Panavisión Super. Música de Howard Shore. Montaje, James Haygood. Diseñador de producción, Jeffrey Beecroft. Dirección de arte, Jim Muraami y Steve Saklad. Interpretada por Michael Douglas, Sean Penn, Deborah Kara Unger, James Rebhorn, Peter Donat, Carroll Baker, Anna Katerina, Armin Mueller-Stahl, Charles Martinet. Duración: 128 minutos.

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