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Tiempo de leer La montaña mágica

Tiempo de leer La montaña mágica

En efecto, La montaña mágica es la lectura perfecta; lo que ahora toca tener entre las manos; el bálsamo que aliviará nuestra reclusión forzosa. Descarten ustedes lo obvio: esos textos que llevan la palabra “peste”, bien en el título —Camus, Defoe, London—, bien —Manzoni, Boccaccio— como parte de la trama. En la novela de Thomas Mann van a encontrar el libro ideal para este confinamiento. No por nada un esclarecido catedrático de medicina, ya jubilado, recomendaba La montaña mágica a sus alumnos por encima de muchos tratados de la especialidad…

No desconocemos, claro, la fama de ladrillo que tiene esta obra, en parte por las dimensiones —mil páginas en cualquier edición que se precie—; en parte por los excursos y las digresiones filosófico-políticas que el autor introduce, muy a sabiendas, suponemos, de lo que con ello ralentiza la narración. Ni que pasa por ser uno de esos libros que todos dicen haber leído, pero en realidad pocos terminan, tal cual el Ulises de Joyce o El hombre sin atributos de Musil.

"En las cuarentenas, como en la física einsteniana, el espacio y el tiempo se vuelven inseparables, forman un todo"

Abandonemos esas absurdas disquisiciones. Si usted quiere repudiar a Thomas Mann, ahí tiene los cuatro tomos de José y sus hermanos que —estos sí— quizá lo merezcan. Pero La montaña mágica es número fijo en cualquier listado de las novelas más importantes del siglo XX, aunque aquí y ahora no la recomendemos por sus valores literarios (que también), sino porque mezcla estupendamente con algo tan insólito y extravagante como la situación que ahora nos está tocando vivir. Veamos:

El tiempo. En las cuarentenas, como en la física einsteniana, el espacio y el tiempo se vuelven inseparables, forman un todo. Incluso uno diría —aunque depende de los caracteres— que en una reclusión como la presente, más que la limitación de espacios, lo que peor se lleva es no saber cuándo ésta va a concluir. Y La montaña mágica, respecto a la administración mental del tiempo, es todo un manual de buenas prácticas: Settembrini, paciente del sanatorio y personaje fundamental en la novela, pregunta cortésmente al protagonista, Hans Castorp, recién llegado a visitar a un primo, por la duración de su estancia. Y cuando éste le informa de que serán tres semanas, responde:

¡Tres semanas! ¿No resulta un poco impertinente decir “vengo para pasar tres semanas y luego me marcho”? Nosotros no conocemos esa medida del tiempo llamada «semana». Permítame, señor, que se lo diga. Nuestra unidad temporal más pequeña es el mes.

Esta sentencia es de inmediata aplicación cuando uno oye a nuestros gobernantes lo del “estado de alarma” y que va a durar quince días; algo que ni ellos mismos se creen. Como a Settembrini, ese plazo nos parece impertinente porque todos sabemos que va a ser más amplio. Para nosotros, también, la unidad temporal más pequeña debería ser el mes. Y en otro momento de la novela, aludiendo a un asunto del pasado, el primo de Castorp dice:

Ocurrió recientemente, hace poco más o menos ocho semanas…

Ocho semanas equivalía a recientemente en aquel sanatorio alpino… ¿No es este el sentido del tiempo que, por nuestra salud mental, nos convendría tener ahora?

"¿Alguien puede dudar de que, como en el caso de Castorp, estábamos equivocados?"

El porvenir: Ya algo hemos dado a entender del argumento, que —hasta donde se pueden resumir mil páginas en un par de frases— es éste: un joven ingeniero, Hans Castorp, va a visitar a su primo, internado en un sanatorio para enfermedades pulmonares suizo. De una manera inesperada pero inevitable, más por pasividad e indolencia que por voluntad, terminará quedándose allí siete años, saliendo solo para incorporarse como soldado a la guerra donde, previsiblemente, morirá. Pues bien, la segunda gran enseñanza que, a un siglo de su publicación, nos regala esta obra maestra, aparece precisamente en las primeras líneas del texto, cuando el protagonista no se había puesto todavía en camino:

Hans Castorp no se tomaba este viaje particularmente en serio, ni dejaba que afectase a sus planteamientos vitales. Antes bien, pensaba hacerlo rápidamente y regresar a su casa siendo el mismo que había partido, reanudando su vida exactamente en el mismo punto en el que había tenido que abandonarla.

Cuando esto empezó, todos miramos el horizonte con resignación y quizá un punto de temor, pero completamente seguros de que el virus solo resultaría un transitorio, aunque molesto, paréntesis. Pocos días después, ¿alguien puede dudar de que, como en el caso de Castorp, estábamos equivocados? Porque ni uno a uno, ni como sociedad, seremos capaces de reanudar nuestra vida exactamente en el mismo punto en el que habíamos tenido que abandonarla.

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Nota: hay dos versiones en castellano de La montaña mágica. La de toda la vida es la de Mario Verdaguer, publicada por multitud de editoriales desde los años 30. La reciente es la traducción de Isabel García Adánez para la editorial Edhasa en 2005. Ambas son buenas, pero la de Verdaguer, según dicen los que conocen la lengua alemana, consigue reflejar mucho mejor el estilo de Mann.

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