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To Sir, With Love, o el legado del maestro

To Sir, With Love, o el legado del maestro

Corría el año 1910 cuando don Francisco Giner de los Ríos fundó la Residencia de Estudiantes de Madrid con un objetivo: forjar el carácter de su alumnado y enseñarles a pensar, evitando, a ser posible, que se convirtieran en marionetas o, peor aún, en títeres de la sociedad que comenzaba a imperar. Sin embargo Giner, pese a fundarla, nunca dirigió la Residencia. Para dicha tarea nombró a su pupilo Alberto Jiménez Fraud. De hecho, cuando todavía se estaban colocando las primeras piedras del edificio, como quien vislumbra la silueta, el ramaje e incluso la robustez del tronco que ha de emerger de la semilla recién sembrada, Giner miró con dulzura a su aprendiz, que aún tenía sus dudas respecto a la tarea que su maestro le iba a encomendar y, sin miramientos, le indicó: “Tú dirigirás este centro. Prepárate a conciencia, porque debe ser el faro de la educación española”. Jiménez Fraud tragó saliva y, a pesar de la responsabilidad que suponía su nombramiento como director, aceptó el reto porque sabía que si algo poseía su maestro era la capacidad de adelantarse a su tiempo. Así era Giner, un visionario, un hombre a quien los dogmas no le caían bien, que abogaba por una Institución Libre de Enseñanza donde se impartieran clases al aire libre para avivar el espíritu curioso de los niños; para que vieran, tocasen, olieran y se preguntasen por sí mismos; para que entendieran el trasfondo de todo lo que hacían; y, principalmente, para poner el conocimiento que tenían los profesores y maestros al servicio de los niños, su alumnado, de quienes dependía el verdadero cambio.

"El gran Ortega embelesaba a la audiencia con su voz grave y rotunda cada vez que declamaba o sentenciaba una nueva enseñanza"

Poco a poco la Residencia fue ganando fama, y personajes tan ilustres y respetados como Gilbert Keith Chesterton, H. G. Wells, Paul Valéry, Eugenio d’Ors, Einstein, Marie Curie, Marinetti, Unamuno u Ortega y Gasset, entre otros, no dudaron en pasearse por sus jardines, dar clases o impartir alguna que otra conferencia que sirviera de experiencia litúrgica y sensorial a los alumnos. Así sucedía con el gran Ortega, que embelesaba a la audiencia con su voz grave y rotunda cada vez que declamaba o sentenciaba una nueva enseñanza. “No seáis piedra quieta y fría, sed antorcha abrasadora”, dijo en una de sus conferencias, ante la mirada de no más de ciento cincuenta adolescentes que jamás pudieron olvidar la frase con la que Ortega terminó su ponencia. Se les quedó grabada a fuego en su alma, como siempre pasa cuando un maestro habla y el alumno que le ha reconocido centra su atención y sus sentidos en todas y cada una de sus palabras.

"El personaje de Poitier, el profesor Mark Thackeray, hace lo mismo que hiciera Ortega en su día: despertar almas, avivar conciencias, enseñar y, lo más importante, hacer pensar a los alumnos"

A raíz del fallecimiento de Sidney Poitier el pasado 7 de enero, una de las interpretaciones más citada y recordada por los espectadores y usuarios en redes sociales fue la de Poitier en la película To Sir, With Love (Rebelión en las aulas). En ella el personaje de Poitier, el profesor Mark Thackeray, hace lo mismo que hiciera Ortega en su día: despertar almas, avivar conciencias, enseñar y, lo más importante, hacer pensar a los alumnos. “Vuestra obligación es cambiar el mundo”, afirma Thackeray en un momento dado del metraje, en su intento por hacer que dicho cambio se convierta en una realidad y un presente del que él pueda ser testigo, tal y como quiso en su día también Giner. Y en este sentido, sobra decir que de su sueño y de su idea, llamada “residencia”, salieron los más grandes artistas, poetas y escritores que formaron parte de la Generación del 27. Muchos de ellos, por suerte, llevaron a la práctica el consejo de Ortega, siendo portadores de antorchas con su arte, su escritura o su poesía, siendo claro ejemplo del cambio y convirtiendo el centro de Giner en el faro educativo, cultural y artístico de aquella España. Donde, quizá, en alguna ocasión uno de los profesores encarnó la figura del profesor Thackeray o del aún más querido y siempre recordado profesor Keating, interpretado por Robin Williams en El club de los poetas muertos. Quién sabe: a lo mejor escuchándole ese alumno tímido que encarnaba la figura del gran poeta sintió en una clase, o al final de una conferencia, el impulso de alzarse sobre su pupitre tambaleante y declamar con voz clara y firme el verso de Whitman que decía «¡oh capitán, mi capitán!» antes de verle marchar. Al fin y al cabo, el legado del verdadero maestro es la enseñanza que deja y que a su vez es eterna. Como la Residencia, como Giner, como Ortega y Gasset, la Generación del 27, Williams o Poitier.

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Ricarrob
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3 ddís hace

Enseñar a pensar. ¿Por qué se habla últimamente tanto de este tema? Quizás porque nos preocupa aquello de lo que carecemos. Cuarenta años de adoctrinamiento eclesiastico-falangista para que, el panorama, ahora, sea aún peor. Adoctrinamiento ideológico es lo que impera impidiendo el acceso a las herramientas (historia, filosofía) que enseñan a pensar, sobre el presente y sobre el pasado, sin falsas memorias. Pensar siempre ha sido peligrosísimo para los totalitarios. Robots manipulables es lo que se quiere conseguir, ideologizados de izquierdismos utópicos y de buenismos absurdos, deconstructores de TODO. Mentes impresionables ante los eslóganes y los «relatos» elaborados en las factorías del marketing político. Luciferinos dirigentes de departamentos de búsqueda permanente de esos eslóganes que serán repetidos y repetidos hasta el vómito. Mefistofélicos políticos que buscan la perpetua permanencia en el poder por medio del dominio de las mentes y que propagan un relativismo de TODO excepto de su poder que es absoluto. Opongámonos. Aprendamos a pensar. Pongamos TODO en cuestión. Rechacemos cualquier eslógan. Enseñemos a pensar: crítica, lógica, ética, verdad, belleza…