Todas las estructuras rotas (Ed. Valparaíso, 2025) es el nuevo poemario de Santiago Galán Álvarez (Toledo, 1989), una obra que propone un desplazamiento sin origen ni destino hacia un estado de existencia suspendida, donde el tiempo —concebido como durée, en términos bergsonianos— abre una fisura constante entre cuerpo y ser.
El cuerpo aparece entonces como una paradoja central. Es cárcel («el pensamiento / conoce ya su débil camino / que en cualquier lugar lo mantiene / atado a los límites del cuerpo»), pero también ese locus amoenus donde encontrar refugio y consuelo («para proseguir necesito / la fuente que desde su esquina / nocturna acallaba el viento»). Galán construye un espacio íntimo donde el contacto físico, el descanso compartido y el deseo configuran una geografía emocional que sostiene al sujeto frente a la intemperie («la espina y la arena / ya oscura que vela / por la intimidad del abrazo»). El cuerpo es límite y, al mismo tiempo, posibilidad de anclaje.
La infancia ya perdida, la dificultad de mirar de frente a la muerte, la conciencia de una fragilidad estructural, tales son —entre otros— los ejes temáticos por los que transita la primera parte. Pues el poemario está dividido en dos bloques separados entre sí por un entreacto, un gesto tomado de las artes escénicas que subraya nuestra condición de espectadores. Y será aquí, en esta fisura, por donde asomen vestigios de una cotidianeidad en suspenso, imperturbable siquiera por la marea del subconsciente. El poema funciona como un espejo que el propio autor, junto con el lector, franquea para descubrir lo familiar, lo insospechado y —por qué no— lo indeseado.
«Hemos enterrado el mapa», continúa el viaje, a ciegas, de ese «yo es otro» en el sentido que le dio Rimbaud, ese desdoblamiento del ser necesario para atisbar el camino. Ahora entramos en un mundo dividido, la torre, como punto de unión entre cielo y tierra, la flor como símbolo de la fugacidad de las cosas. Y, en el centro, el ser, transitando entre luz y oscuridad, en ese «estado de permanente discordia» que nos aísla del mundo y nos hace vulnerables, pues «no hay un punto / de tangencia o área compartida / donde fortalecerse», no hay otra verdad más que «el siempre cierto / mensaje del silencio».
Todo este recorrido converge en una metáfora clave: la de la construcción y su inevitable caída: «asentar conlleva / inclinar el edificio». Las «estructuras rotas» aluden tanto a nuestras debilidades y resistencias como al propio ejercicio literario. El ars poetica que atraviesa el libro se presenta como un proceso continuo de construcción y deconstrucción, donde las palabras funcionan como piezas de una jenga: cada movimiento pone en riesgo el equilibrio, pero también lo redefine.
A diferencia del juego, sin embargo, aquí el poema nunca termina de caer. Se mantiene en pie gracias a una escritura que alterna con precisión calculada la claridad y la indeterminación, abriendo así un espacio de sentido múltiple para quien lee. En ese gesto, Todas las estructuras rotas no ofrece certezas, sino una experiencia: la de permanecer en la grieta, en el temblor, en ese lugar donde el lenguaje aún resiste.
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Autor: Santiago Galán Álvarez. Título: Todas las estructuras rotas. Editorial: Valparaíso. Venta: Todos tus libros.


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