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Todo lo que ganamos cuando lo perdimos todo, de Eduardo Verdú

Todo lo que ganamos cuando lo perdimos todo, de Eduardo Verdú

Todo lo que ganamos cuando lo perdimos todo es la historia de un hombre que firmó su sentencia de muerte con la intención de no cumplirla. La fuga de Eigendorf, el Beckenbauer del Este, es una lucha por triunfar en el fútbol occidental y por lograr el sueño irrenunciable de ser feliz con su mujer y su hija en Occidente. A continuación, os ofrecemos un fragmento del libro. 

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Informe de observación n.º I, 21/03/1979. Berlín oriental

A las 18.30, una mujer sale del portal número 3 de Zechlinerstrasse (blusa azul, pantalones marrón oscuro, zapatos marrones, pelo rubio, aproximadamente 1,70 de estatura, de unos 25 años). Se para a saludar al conductor de un coche Lada con matrícula IX 51-79 conducido por un hombre (30-35 años, pelo entre gris y castaño claro). Tras un minuto de conversación, el coche prosigue. El agente que me acompaña reconoce a la mujer como el objetivo a observar.

Ella se dirige a pie por la avenida Lenin y al final de la calle gira a la derecha por Weissensee. Tuvimos entonces la sensación de que la sospechosa se daba cuenta de que estaba siendo vigilada. Bajé del coche y la seguí a pie. Tras recorrer unos 100 metros, comenzó a mirar a su alrededor con frecuencia. Después de otros 100 metros, se detuvo a conversar con un teniente del Ministerio del Interior, probablemente del Departamento de Bomberos. Me oculté detrás de un camión para no ser visto. Pasados 5 minutos, cruzó a Oberleut, anduvo unos 20 metros y empezó a correr en dirección opuesta. Cruzó la avenida Lenin hacia Herzbergstrasse. Volvió la cabeza en todas las direcciones, nerviosa, y, una vez en la calle, se detuvo en la parada del autobús. En este momento dejé el testigo de la observación a otros compañeros a los que di la localización exacta del objetivo, quien, a los 15 minutos, subió a un autobús en dirección a Normannenstrasse.

La mujer bajó del autobús en Scheffelstrasse y se dirigió a una lavandería junto al portal número 5. A los 10 minutos abandonó la lavandería y se metió en el portal número 5. Nuestra observación se prolongó hasta las 20.00. Puesto que el objetivo tardaba en salir del edificio, un compañero volvió a hacer guardia en el punto de origen, el número 3 de Zechlinerstrasse, al que llegó la mujer en un taxi a las 20.15. Entró en el portal.

Gabi no abre la puerta de su casa con las llaves. Carga con el paquete de la lavandería, así que llama al timbre. A través de la chata puerta de madera clara oye los pasos y los gritos de su hija. Sonríe.

—Ya está aquí mamá —anuncia antes de que abra su amiga Carola.

Sandy se abraza a las rodillas de su madre haciéndola tambalearse; Carola enseguida le coge el paquete de las manos para liberárselas en caso de caer al suelo.

—¿Se ha portado bien? —pregunta Gabi, tomando a Sandy en brazos.

—Uy, como me salga una niña así de buena, ¡voy a tener seis!

Ralf, el novio de Carola, está viendo la televisión. Saluda a Gabi sin levantarse del sofá y le dice:

—Cuando quieras, venimos otra vez a cuidar a Sandy, no te creas que voy a muchas casas con televisión y, encima, en color.

Carola ayuda a Gabi a ordenar en los cajones del dormitorio la ropa de la lavandería.

—La falda negra y la blusa verde déjalas encima de la cama, que me las voy a poner esta noche. Y el vestidito blanco es para Sandy.

—¿A qué hora llega Lutz? —pregunta Carola.

—En una hora y media —responde Gabi—. Uf…, no sé si me va a dar tiempo a todo: poner una lavadora, darle de cenar a la niña, cocinar, ducharme…

—Si te puedo ayudar en algo…

—No, no, gracias, si bastante habéis hecho ya cuidando un rato a Sandy.

Gabi considera contarle a su amiga el incidente de esta tarde. Está prácticamente segura de que la han seguido, aunque no comprende por qué. Sin embargo, desecha la idea. Por un lado, no quiere darle importancia; esta noche regresa Lutz y ahora prefiere centrarse en la ilusión de volver a verlo. Por otro, está Sandy en la habitación. Sólo tiene dos años y medio, pero es lista y percibirá el tono de preocupación de su madre. Y hay un tercer motivo para obviar la conversación con Carola: Ralf. Gabi no se fía de él. En realidad no tiene nada que ocultar, ella no ha hecho nada incorrecto para ser espiada, pero hay ciertas cosas que, por si acaso, es mejor silenciar.

—Me temo que no le fue bien a Lutz ayer —comenta Ralf desde el salón—. Cuatro a uno, menuda paliza.

—No nos fue bien a nadie —puntualiza Gabi, algo dolida.

—Sí, ya, un palo para la gloria del fútbol socialista. Pero nos levantaremos con el puño en alto —dice Ralf en un tono sarcásticamente patriótico.

—Yo sólo espero que Lutz no esté muy hundido —le susurra Gabi a Carola.

—Era la primera vez que jugaban en el Oeste, ¿no?

—Sí, y se fueron con una presión enorme, los pobres. Ahora me dan miedo las consecuencias. Han perdido, pero la culpa no es suya, no jugaron mal del todo. Lo que no se puede es responsabilizar a unos chicos de la defensa de un país, de un sistema político. Es una locura.

—Tienes razón —contesta Carola—, deberían estar sobre todo pendientes de no ensuciarse mucho la ropa.

—¡Anda, idos ya, que tendréis que cenar vosotros también! —ríe Gabi.

La pareja besa a la niña, quien pregunta que por qué se van. Carola se enternece y le da un abrazo. Ralf pasa su enorme mano por la coronilla dorada de Sandy, luego besa a Gabi y se despiden.

—Tengo hambre —gime la pequeña.

Gabi prepara rápidamente unas salchichas que corta en rodajas muy pequeñas. Mira el reloj: apenas queda una hora hasta que regrese Lutz. Sandy protesta pidiendo arroz, pero Gabi no tiene tiempo de cambiar el menú, así que, a pesar de los llantos, consigue que su hija se coma las salchichas. «Conque seis como ésta…», piensa.

Ya en la habitación, con Sandy en la cama, Gaby acelera la historia de los tres osos, pasa las páginas del cuento sin apenas dejar que su hija contemple los dibujos. La niña sostiene con una mano el biberón y con la otra juega con su coleta. Poco a poco se le van cerrando los ojos. Gabi vuelve a mirar el reloj.

—… pero el osito pequeño…

—El osito pequeño vivió muy feliz —la interrumpe Gabi—. Hala, a dormir, que es tardísimo y tienes que descansar mucho para poder jugar mañana con papá.

—¿Cuándo viene? —Cuando tú estés durmiendo, que ya es muy de noche.

—Quiero que venga ya.

—Está de camino, cariño, pero tú tienes que dormir.

—¿Me ha traído el pájaro rojo?

—Pues no sé, pero seguramente sí; si te dijo que te lo traería, pues te lo habrá traído.

—Sí, un pájaro rojo…

—Claro, mi amor. Venga, acábate el biberón.

Gabi arropa a Sandy con unas sábanas estampadas con pájaros de diferentes tonalidades. La niña ha aprendido los colores con esos dibujos. Cada noche, antes de acostarla, Lutz repasa con ella las siluetas, y Sandy, al llegar al color rojo, siempre dice: «Es mi favorito. Quiero un pájaro rojo».

Una vez la niña ya se ha dormido, Gabi comienza a cocinar las albóndigas. Sabe que Lutz las espera. Mientras bulle la olla, aprovecha para darse una ducha. Deja que el agua caiga por su largo pelo rubio. Al tiempo que acaricia su piel con la esponja, lamenta no haber perdido los kilos sumados durante el embarazo. Apenas tiene veintidós años, los mismos que su marido, pero compara secretamente su figura con la de Carola y detecta la diferencia marcada por Sandy. La barriga continúa flácida y algo abultada, y las estrías de la cintura no han desaparecido. Todavía no se identifica con sus muslos engrosados. Sabe que sigue siendo atractiva, hoy la ha piropeado el chico de la lavandería. Sus ojos negros aún brillan sin el marco de las arrugas, y sus pechos pequeños han sobrevivido a los estragos de la lactancia.

Se contempla desnuda ante el espejo. Quiere tener más hijos, así que es pronto para suspiros. Si pretende perder algo de peso, ha de cuidar más la dieta, y las albóndigas no son, desde luego, un gran comienzo, reflexiona. El trabajo en la guardería la mantiene permanentemente activa, pero considera que no estaría de más hacer algo de ejercicio para fortalecer las zonas más afectadas.

Ha notado en Lutz la disminución del deseo desde que nació Sandy. Se siente responsable. No sólo su cuerpo se ha deteriorado, sino que se ha dedicado menos a la pareja. No pensó que un hijo fuera así de absorbente; la ocupación de una madre es muy diferente a la de una cuidadora de guardería, y no importa cuánto te describan el trabajo que conlleva la maternidad, no se sabe hasta que se afronta. Confió en que su juventud, el copioso sueldo de Lutz y la cantidad de tiempo libre que regala el fútbol les facilitaría las tareas paternales y, a la vez, les permitiría conservar su espacio amoroso. Una esfera de intimidad que, además, debía ser minuciosamente restañada tras una infidelidad de Lutz que Gabi acabó perdonando.

Se casaron hace cuatro años. En la foto de la boda que preside el aparador, ella mira a la cámara con una sonrisa de labios apretados. Sobre el velo derramado por ambos lados de la cara luce una corona de flores blancas, y Gabi, pletórica, sostiene por los tallos un inmenso ramo de rosas rojas. Recuerda perfectamente los colores a pesar de que la instantánea es en blanco y negro. Detrás está Lutz, más alto que ella, agarrándola de la cintura y observándola embelesado. Él luce una gigantesca pajarita de lunares y una camisa blanca mientras una flor en la solapa ilumina su traje oscuro.

Ella se ve guapa con la falda negra y la blusa verde. Se recoge el pelo, va a la cocina, apaga el fuego y remueve las albóndigas perfumando la casa. Se asoma al cuarto de Sandy y verifica que duerme. Son las diez de la noche, Lutz llegará en cualquier momento.

Tiende la lavadora y se enciende un cigarrillo, luego abre la ventana para dejar escapar el aroma del tabaco. Mira a la calle. Puede oler su propio perfume al tiempo que contempla cómo el humo sobrevuela la calle Zechliner velándose en la noche por donde pronto planeará la primavera. Piensa en mañana, ya jueves, en las tareas pendientes en la guardería, en qué cocinará y, sin querer, también empieza a reflexionar sobre su vida, sobre la suerte de tener a Sandy, sobre lo afortunada que debe sentirse por haber formado una familia junto al chico de su vida. A pesar del 4- 1.

Abandona su ensoñación cuando comienza a tener frío. Cierra la ventana, se sacude la ceniza de la falda y remueve de nuevo las albóndigas. Le asalta un hambre voraz ya a las once de la noche, y entonces se preocupa. Piensa que el autobús ha podido sufrir alguna avería o quizá haya sido retenido más tiempo del estipulado en la frontera. Tapa a Sandy, la casa se ha quedado destemplada. Enciende la tele. Un reportaje sobre las vacaciones comunales en el Báltico la distrae, pero sólo intermitentemente, pues de vez en cuando consulta la hora. Se impacienta. Padece por las albóndigas, se levanta para ir a la cocina y coger un poco de pan y un pepinillo, luego vuelve a sentarse en el sofá.

Son ya las doce de la noche cuando suena el timbre. Se incorpora de un salto, se alisa la falda, se humedece los labios con la lengua, se asegura de que el moño sigue incólume y abre la puerta con una sonrisa. El gesto se le trunca al encontrarse con dos hombres alineados el uno al lado del otro como jugadores de futbolín.

—¿Es usted la señora Eigendorf? —pregunta el de la derecha, alto y delgado, con un abrigo gris gastado y un flequillo con trasquilones.

—Sí.

—Somos del Ministerio para la Seguridad del Estado —interviene el otro hombre moviendo su bigote de revolucionario centroamericano—. Su marido no ha regresado de Kaiserslautern con el resto del equipo, así que nos vemos obligados a pedirle que nos acompañe a Keibelstrasse.

Gabi se paraliza. Primero pregunta dónde está Lutz y luego explica a los agentes que no sabe nada. Las palabras se tropiezan en su boca.

—Por favor, acompáñenos —le ruega el más alto.

Gabi les cuenta que tiene una niña pequeña durmiendo en la habitación y que no puede dejarla sola. Los dos funcionarios se miran contrariados sin saber qué hacer.

—Espere —dice el alto.

Gabi oye cómo baja presuroso las escaleras del edificio. El hombre embigotado permanece en su posición inalterado, dejando vacante el espacio que ocupaba su compañero. No mira a Gabi. Fija su mirada en el techo bajo del rellano, escruta el marco de la puerta y no dice nada. Al poco tiempo regresa su pareja, probablemente tras hablar por radio con algún superior. Gabi siente entonces debilidad en las piernas. No ha cenado y está cansada; la confusión y la sorpresa acaban de nublarla.

—No se preocupe, ahora viene una funcionaria del ministerio para encargarse de la niña mientras a usted se le toma declaración.

Gabi los mira incrédula, nerviosa y agotada.

—Nosotros esperaremos en el coche —concluye el más alto de los dos agentes de la Stasi.

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Sinopsis de Todo lo que ganamos cuando lo perdimos todo, de Eduardo Verdú

En 1979 el aclamado futbolista Lutz Eigendorf lo abandona todo, a su mujer, Gabi, a su hija de dos años, Sandy, su trabajo y su patria, la Alemania comunista, en busca de libertad. La huida de la estrella del Dynamo de Berlín supone un duro golpe para el sistema socialista y para Erich Mielke, presidente del equipo y, además, jefe de la Stasi, el servicio de inteligencia. El jugador intenta reunir a su familia al oeste del muro, pero Gabi y Sandy no pueden respirar sin que lo sepa el servicio secreto más eficaz del mundo, que las somete a interminables interrogatorios y a un férreo acoso.

¿Sabía Eigendorf que con su fuga ponía en riesgo su vida y condenaba la de su familia?

Gabi, aunque se debate entre el amor y el odio a su marido, no deja de escribirle cartas que él nunca recibe y que ella a veces ni siquiera envía. Mientras tanto, Eigendorf lucha por triunfar en el fútbol occidental y por lograr el sueño irrenunciable de ser feliz con su mujer y su hija en occidente.

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Autor: Eduardo Verdú. TítuloTodo lo que ganamos cuando lo perdimos todoEditorial: Plaza & Janés. VentaAmazonFnac y Casa del libro