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¿Todos los bosques el bosque?

¿Todos los bosques el bosque?

Tomaré para empezar esta reseña una cita de un autor no demasiado conocido (aunque el lector que tiene este texto ante los ojos ya sabe quién es):

“Lo que llamamos yo es el último actor invitado en una fila india de diversos yoes que se dan la mano para cruzar la selva oscura de la experiencia… y el primero de la cola en abrirse paso por su diabólico ramaje hasta el esperado encuentro con otro yo posterior.”

"Para ese lector de Handke que ya lo conoce de anteriores paseos, La segunda espada no se diferenciará gran cosa de La ladrona de fruta, de La gran caída o del Ensayo sobre el loco de las setas"

Los lectores de Peter Handke ya saben a qué se atienen cuando leen cualquiera de sus libros, especialmente los escritos en los últimos quince o veinte años: largos y parsimoniosos paseos por los alrededores de su casa, allá en “la bahía de nadie”, donde siempre hay algo nuevo que mirar; descripciones de cosas que parecen descubiertas por primera vez, y ante las cuales emerge la voz de la conciencia para poner a prueba la seguridad del narrador ante lo que considera “real” —una técnica similar a la que empleaba Cela y que éste tomó de Hemingway; Handke ha llegado a ella sin pasar ni por Hemingway ni por Cela: mera necesidad surgida de una verdadera duda, de un verdadero “no ser él” (o no todo el tiempo)—; la palabra, por así decir (¿por qué “por así decir”?), convertida en la luminaria del camino y a la vez en el mismo bosque caminado. Para ese lector de Handke que ya lo conoce de anteriores paseos, La segunda espada no se diferenciará gran cosa de La ladrona de fruta, de La gran caída o del Ensayo sobre el loco de las setas, los últimos libros suyos publicados en España (en Alemania tiene muchos otros: allí jamás hay un “último libro de Peter Handke”, siempre hay uno más). Pero, como suele decirse en estos casos, nada más lejos de la verdad: existe una diferencia profunda, incluso sustancial, que guarda relación con la primera frase de la ¿novela?, ¿divagación?, ¿meditación?, de la que voy a hablar aquí, y también con la cita que abre esta reseña.

Antes de proseguir, ¿qué es lo que cuenta La segunda espada? Cuenta exactamente lo que acabamos de contar: el relato de un paseo largo y parsimonioso, con las sempiternas dudas sobre el ser y el estar, un recurrir a algunos tópicos del lenguaje (“por así decir”, “pongamos que”, o “dicho de otro modo”) como bastones de paseo, y el encantador método, un poco de dibujos animados, en el que Handke es un discreto especialista: pintar el bosque con las palabras, y, todavía mientras está siendo pintado, colarse por él. En teoría, el narrador —un “yo” de Handke, pero no Handke, o no él en la medida en que Handke sea un único “yo”— quiere vengarse de una mujer, una periodista vecina, la “malhechora que es una de las del otro lado del río”, por haber calumniado años atrás a su madre. Así que se pone en marcha, después de tantos años, para cumplir su misión, la (así llamada) “Expedición Venganza”:

Y lo que a mí me había llevado al “¡matar!”, eso fue aquella vez que, en un artículo de periódico referido a mí, leí de pasada, en el recuerdo como en una oración subordinada, que mi madre había sido una entre los millones de habitantes de la antigua gran “monarquía danubiana” para los que la incorporación del empequeñecido país en el “Reich alemán” había sido motivo de celebración; según el artículo, mi madre había dado gritos de júbilo, es decir, había sido una militante, un miembro del partido nacionalsocialista. (…) También se veía un montaje fotográfico con la imagen muy ampliada de la cabeza de mi madre, que entonces tenía diecisiete años, inserta en una masa de gente que vociferaba heil-o-lo-que-fuera en la Heldenplatz o donde fuera.

"Los personajes de Handke viven en esa suerte de realidad suspendida, de hueco entre posibilidades, y todo cuanto experimentan sucede en el ínterin de esa indefinición"

Hace muchos años, cuando vivía sin casa fija, como una taciturna estrella de las letras europeas, Handke escribió una breve divagación (con sus paseos mucho más comedidos) en la que ponía de manifiesto su apego a las transformaciones. Apego y una certeza de que la transformación es una compañera caprichosa, que puede llegar como imagen reflejada en un espejo o como la voz que interrumpe al narrador, para contradecirlo (“me contradigo / yo me transformo”), en sus tanteos con lo llamado real. Aquel libro era El chino del dolor, que, como La segunda espada, y en general todos los libros de Handke, comienza por un pretexto: hoy es la venganza, entonces (1983) era el golpe accidental que el narrador propinaba a un paseante y la mirada que éste le lanzaba tirado en el suelo, encarnada en un solo ojo: “Es de color castaño oscuro, ni maligno ni rabioso, ni lleno de odio ni vengativo, en absoluto, sino solamente inexorable; y parece tener el propósito de hacerme imposible, no ante los demás, sino ante mí mismo.” Era un reflejo de “la mirada de otro golpeado —a quien, pese a todo, ni siquiera llegué a alcanzar de lleno—, que me ha dicho a lo largo de los años: Ahora te conozco, ahora sé qué tipo de persona eres, y tú me las pagarás”. Los personajes de Handke viven en esa suerte de realidad suspendida, de hueco entre posibilidades, y todo cuanto experimentan sucede en el ínterin de esa indefinición. La mirada cambia al sujeto, ya sea la mirada propia o la ajena, o incluso una mirada fantasma, la de algo que no necesariamente está ahí. Cuando, por ejemplo, el narrador de El chino del dolor, bajo un cielo color “violeta español”, quiere saber lo que la mujer amada piensa de él, recibe, de hecho, esta respuesta: “Pareces no estar presente del todo y por ello irradias un descontento seguro. Te encuentro como desamparado. Te deseo, pero no confío en ti. Eres culpable de algo: no de un robo —porque si no te hubieras convertido en un corredor—. Se te puede notar que te encuentras fuera de la ley habitual y que este estado es una especie de sufrimiento. No confío en ti y confío en ti”. Una vez más: contradicción.

En todo esto me estoy deteniendo porque de La segunda espada no hay ninguna historia que contar —una maravillosa tradición europea; véase Guillermo de Poitiers—, de modo que podemos tranquilamente detenernos en la forma. De hecho, quien quiera contar a Handke tiene que empezar (y terminar) por ahí. Todo es forma.

"En La segunda espada, así como en El año que pasé en la bahía de nadie, la transformación comienza también con la primera frase"

Las “anécdotas” con las que se inicia cada novela de Handke son, precisamente, las moldeadoras de la forma, entendida como el instante en que tiene lugar la transformación. El momento de la sensación verdadera (aún en tercera persona) persigue a un individuo que vive como “asesino” tras haber soñado que mataba a un “inocente”. El año que pasé en la bahía de nadie (primera persona) nos deja ver a ese mismo individuo diez años después, “en medio de la abolición de las costumbres”, desde una nueva serenidad; y aquí todo se vuelve más explícito: “Sólo una vez en mi vida”, explica para empezar, “he experimentado hasta ahora la transformación”. El miedo del portero al penalty es el relato de un hombre que abandona su trabajo al no haber comprendido un gesto de su jefe, una premisa que es puro Wittgenstein; y desde ese instante —por medio de una técnica descriptiva que parece que nos sienta como encima de su hombro— el hombre se enfrenta al laberinto de los gestos, a los posibles significados de lo que se alza ante sí no como un “mundo” sino como un paisaje sígnico, un espectáculo de iconos. El miedo del portero al penalty, por cierto, siempre se ha considerado un título enigmático, cuando a decir verdad lo explica todo: cada cosa que ocurre —la pérdida de noción de “lo real”, el asesinato a lo Althusser de la pobre taquillera— ocurre, como la posibilidad del gol o la parada, en el lapso de las expectativas (tal y como, en una ocasión, el propio Handke dijo: “Pero yo sólo vivo de los intersticios”).

En La segunda espada, así como en El año que pasé en la bahía de nadie, la transformación (o su anuncio) comienza también con la primera frase: “¡Así que esta es la cara de un vengador!”. Pero no sólo es la cara: también —o más bien sobre todo— es la mirada. Aunque el paseo por el bosque sea el mismo, todo lo cambia la mirada, el efecto sobre ella de una nueva transformación. El bosque visto por el “loco de las setas” no es el mismo que mira “el hombre del que se va a hablar aquí” (La gran caída), a pesar de tratarse del mismo bosque: y así como el Quijote no es el mismo libro si sus palabras se leen al trasluz de Cervantes o de Pierre Menard (“técnica de atribuciones erróneas”), el bosque no es el mismo si lo mira el vengador o el actor transformado por una noche de tormenta. Qué diferentes, por ejemplo, el individuo benévolo que recorre los bosques recolectando cosas “como un arte” y ese mismo individuo vestido de obrero, en quien de pronto cabe imaginar la conciencia de un asesino que ayudará a cumplir una venganza.

"No tenía que ver con todo lo anterior, sólo era una notita de algo que había visto y nada más. Pero al releerla hace un momento me he dicho: ¿No tiene que ver? ¿Cómo que no?"

Un juego con el que puede entretenerse el lector de largo recorrido de Peter Handke es el de las metalecturas: en la página 60 hay una alusión velada (en verdad todas son alusiones veladas) a El momento de la sensación verdadera. En la página 120, una, casi invisible, a La doctrina del Sainte-Victoire. En otras páginas —no diré cuáles por si algún colega lector quiere buscarlas por sí mismo— hay indirectas a un artículo escrito en 1973 (ese que empieza diciendo: “Hasta hace pocos años miraba únicamente el suelo”) y al título del libro que recoge ese artículo: Cuando desear todavía era útil (frase, por lo demás, con la que se inicia el cuento “El rey sapo o Enrique el Férreo” de los hermanos Grimm).

Por cierto: todo esto lo escribí, como anotaciones garabateadas, durante un paseo por la montaña. Cuando abrí el cuadernito por última vez una racha de viento se llevó volando una de las flores prensadas que suelo guardar entre sus páginas. Perseguí aquella florecita con verdadero miedo a perderla (mi esposa la había recogido unos años atrás, en un bosque en las afueras de París), y sentí un gran alivio cuando me volví a hacer con ella. La última de las anotaciones que escribí esa mañana al mirar el río desde el valle dice así: “Una niña lanza una ramita al río y corre a la barandilla para tratar de verla desde allí entre los remolinos de la espuma.” No tenía que ver con todo lo anterior, sólo era una notita de algo que había visto y nada más. Pero al releerla hace un momento me he dicho: ¿No tiene que ver? ¿Cómo que no?

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Título: La segunda espada: Una historia de mayo. Autor: Peter Handke. Traductora: Anna Montané Forasté. Editorial: Alianza. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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