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Todos los días de una noche

Todos los días de una noche

“El lenguaje de Bobin y la pintura de Uslé nos invitan a mirar hacia dentro. Son como los árboles que crecen en el corazón. Allí están, llenándonos de bosques y de epifanías, de luz rubia”, escribe el editor de esta hermosa edición de La Cama Sol. El poeta francés (Le Creusot, Francia, 1951) y el pintor español (Santander, 1954) dialogan en este libro: una auténtica delicia para los sentidos.

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No le conoces. Apenas. Se llama Christian Bobin. En Francia es un icono de los libreros en todo el país, y para todos un ventas absoluto, un autor estrella de la prestigiosa editorial Gallimard. En España apenas un oleaje, una brisa. Es sin embargo uno de los grandes autores vivos de la literatura mundial. En su país un escritor, un poeta, a la par con los grandísimos estilistas que son Pascal Quignard, Pierre Michon o Annie Ernaux, solo por mencionar los grandes vivos.

Hace unos años publicó La nuit du coeur, traducido y publicado en 2020 por La Cama Sol como La noche del corazón. Y entonces Christian Bobin llega al fin del mundo. El fin del mundo es una abadía. Llega allí una noche de verano. Se queda en una habitación. Tira la cortina de las estrellas. Al día siguiente los vitrales le saltan a la garganta de los ojos. Como un primer amor. El musgo rasga las piedras. La oscuridad y la luz lo acribillan, le entran como espadas hasta lo más hondo del pozo, le entran hasta el corazón, mar adentro. Luego pasan meses y más meses, y allí, debajo de los párpados, los vitrales siguen ardiendo. Queman como montes.

Hay libros que uno nunca olvida. O mejor dicho libros que nunca te olvidan. Regresan hacia ti, como los lobos, como las olas del mar, vienen y se van, siempre diferentes. Hay libros que te quitan el sueño, libros que te devuelven a la vida. Este es uno de ellos. Un libro irrepetible. Grande como una galaxia, infinito como una abadía, lleno de nervios y cartílagos. Un libro que se pone a aletear como una mariposa a cada página que pasa. En el cielo las nubes se arquean, atraviesan los patios de luz, se quedan boquiabiertas, llenándose de aire. Tragan todos los átomos que pueden como si fueran ballenas nadando en alta mar. De eso y de todo lo demás nos habla este libro.

Cuando entras en la lectura de La noche del corazón oyes el susurro de los vitrales. Escuchas cómo las sombras crecen por todas partes. Escuchas el trabajo paciente, sin reposo, del silencio. No hay otra razón para vivir que mirar, escribe Bobin, con toda la intensidad y toda la infancia, esta vida que pasa y nos ignora. El viento raspa los tejados. La luz del día se pega a la falda de las piedras, y allí voltea como un enjambre de abejas alrededor de la colmena. De eso se trata: mirar con los ojos del corazón. Conques es el pueblo donde Bobin ha ido a parar, un pueblo redondo, sin orejas, en el fin del mundo, un pueblo donde se escucha el tintineo de los platos que se están fregando. Sobre las paredes el sol pega su lengua caliente a la piedra. Por todas las calles deja su aliento amarillo.

Alrededor del pueblo están los prados y los montes que se llenan de colores. El día le da brochazos a todo el valle. Arriba está el cielo que se pasea por encima de las flores. Todo aquí nos habla. Los ojos de los ríos no dejan de mirarnos. Las nubes atraviesan el paisaje como ciervos, como un incendio repentino. Entonces la vida se nos llena de lobos y de bosques, se llena de iconos y de reliquias, de obras maestras que nadie firma, de gritos de colores: son pájaros volando por encima del acantilado. Una lluvia de serpientes baila sobre las cornisas de piedra y, de repente, los hombros del alma se quedan desnudos como los de una mujer que atraviesa el verano. En la abadía las preguntas vuelan como los jardines. Resbalan como el musgo. Son mariposas inquietas que saben que todo se acaba. Que solo la nada permanece.

Para acompañar los textos de Bobin, para entrar con ellos, en la abadía, hemos invitado al pintor Juan Uslé. Es una decisión deliberada. Lo evidente hubiera sido acompañarlos de los vitrales en negro y blanco de Pierre Soulages, de ese centenar de vitrales que están en Conques. Pero precisamente la poesía no se acomoda con lo fácil, lo obvio, lo evidente. Las obras de Uslé son vitrales que arden, pájaros que vibran. Ellos también hablan de la eternidad. Del impensable final. Del irrepetible comienzo. Aquí los tienes ante tus ojos. Brillan como ventanas de colores, como si fueran vidrieras, como si fueran espinas de luz, córneas, vértebras, cartílagos. La belleza surge de la nada. Es un poema que no se preocupa de ser leído. Es un cuadro que prodiga delicadeza de enamorada, que se desnuda de cuerpo entero, dejándote vivir para siempre. Incluso cuando has dejado de verlos, cuando piensas que los has olvidado y que ellos te han olvidado, reaparecen con la marea baja de los años, rebosantes de algas y de salitre. Así son los cuadros de Juan Uslé.

El lenguaje de Bobin y la pintura de Uslé nos invitan a mirar hacia dentro. Son como los árboles que crecen en el corazón. Allí están, llenándonos de bosques y de epifanías, de luz rubia. La gran marea del tiempo se lo llevará todo pero ellos se quedarán, como ese gran relámpago que un día han sido, cruzando la vidriera de nuestros ojos. Como las frases de Bobin, los cuadros de Uslé son lentos. Ambos invitan a la lentitud, a dejarse mecer. Lo invisible es una ola. Cuando se precipita sobre el corazón, es el paraíso. Eso hacen las frases y los lienzos de Bobin y de Uslé: precipitan el paraíso que llevamos dentro, abren las puertas de par en par, dejando soplar todo el viento. De golpe subimos todos los peldaños de lo bello. Nos quedamos pasmados, nos llenamos de gracia. Damos las gracias por haber vivido en una de esas frases, en uno de esos lienzos.

Al final de todo está el brillo del infinito. Al final del camino está una abadía que avanza en el día, una bóveda tapizada de ecos. Al final está el viento que se enrosca en la concha de la piedra, la vida que aprieta, la muerte que no suelta. Al final está el crujido de una frase irrepetible, un color que sueña, un trazo que nos despierta. Para ver el mundo moderno, retroceder tres pasos hasta el siglo once. Eso hacen las frases y los lienzos de Bobin y de Uslé. Nos invitan a retroceder, a apoyar nuestras manos sobre la piedra blanca del papel, a mirar a través de los vitrales de colores. Nos invitan a abrir la ventana hacia adentro. Las frases de Bobin escriben en nosotros, en letra pequeña, menuda, como si fueran majestuosas notas de pie de página. Nos invitan a asomarnos a nuestro propio abismo, a quedarnos entre el tren y el andén, antes de que nos escriban una última vez, y nos dejen entonces sin voz ni palabras.

Nos dicen que las más bellas abadías que uno se puede encontrar son los rostros infinitos de un amor, la capilla desnuda de un cuerpo que te alcanza, atravesando ella también todos los siglos. Cuando entras en la lectura el alma se despierta. El libro deja de ser una tumba. Escuchas entonces el ruido de la eternidad caer sobre la losa de las páginas. Por fin puedes ver brillar el silencio. Lo hace sobre las telas de Juan Uslé que se levantan como paredes y lo detienen todo. Como si los colores de la noche le pusieran esposas a los ladrones. Y allí nos quedamos, atrapados, felices de haber vivido un instante, una eternidad, en el corazón de la noche. Cada frase, cada lienzo, es una alegría, es el milagro de la alegría, como la vida misma, como el vientre de una mujer que se abre al que llega y lo engulle, y le da de comer toda su carne.

Y entonces cerramos el libro. Nos vemos tal como somos. Unos animales que salen corriendo hacia el campo abierto. Que saltan de las madrigueras donde se esconden, detrás de los oficios, de las ambiciones, de los tumultos de los días. Nos paramos un instante, leemos las frases, miramos los cuadros, volvemos a saltar hacia fuera, empujando nuestras piernas, como lo hacen los corredores en los estadios. Empujamos con todo lo que podemos, hasta reventar. Tan pronto escuchamos el chasquido seco de la muerte, nos lanzamos sobre la pista con toda nuestra soledad, llevándonos todos los evangelios, todos los días de la noche que un día fuimos. Entonces cerramos el libro pero nos quedan las frases, nos quedan los colores, nos queda entre los dedos ese olor de menta salvaje. Un día, lo sabemos, volveremos a frotar nuestras manos, y entonces nos acordaremos de ese perfume que un día fuimos, del sol que hundía sus clavos en la piedra.

Nos acordaremos de este libro que ahora cerramos. De las sábanas blancas en el azul del cielo. De los vitrales colgando sobre el perchero del aire. Sabemos que vivimos sólo de relámpagos. Una luz, un rostro, y a veces también un libro lleno de frases y de vitrales. No dejes de caminar hacia dentro. La ventana está abierta. Allá está la noche de verano, repleta, redonda, allá está la hoz de una voz, la noche ciega del corazón. Allá está el milagro de una vidriera en el pecho de un hombre o una mujer que ama. Entrar en un libro, como el que entra en el agua del mar, entrar a ritmo lento, dejarse escribir, ser como un niño que acaba de nacer, respirar como una pregunta que no espera respuesta, vivir en un poema de Bobin y en un cuadro de Uslé, y entonces crepitar como una libélula, pellizcar el silencio, a cada página, vivir como un tren que chirría a cada curva, llenarse de días, ser ligero como una abadía que se lanza hacia el cielo.

Para vivir de verdad no necesitamos gran cosa. Solo la corteza de una palabra para conmovernos de vez en cuando. Eso hacen a veces los libros. Eso hace este libro de Bobin. Pasas las páginas. Abres las ventanas de los cuadros. Los ojos tiemblan con todos sus nervios. Si miras bien verás el cielo agacharse y besar la tierra. Verás las piedras talladas, las aguas heladas de la nave, verás la trucha de la luz resbalar entre las manos de los vitrales. Las palabras se escapan, río abajo. No busques atraparlas. Deja que ellas te atrapen y te lleven. Déjate ir. Déjate volver. Mira hacia delante, hacia arriba, hacia adentro, y entonces verás las hierbas levantar la cabeza, verás el sol escribir, a fuego lento, sobre los vitrales. Verás como baja por la pendiente de la calle, y se va andando, sin brújulas ni timón, como lo hace la vida misma.

Y así se va, andando, dejando atrás el cráneo rubio de la abadía brillando al sol. Una abadía bella como un riñón. Bella como la vida que nos golpea y nos despierta. Bella como la vida que nunca muere. Bella como todos los días de una sola noche.

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Autor: Christian Bobin / Juan Uslé. Título: La noche del corazón. Editorial: La Cama Sol. Venta: Todostuslibros

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