Una mujer de ochenta años, una que cocina unas torrijas de escándalo y que baila el “Chicken Teriyaki” de Rosalía, rememora toda su vida durante las treinta y seis horas que dura la lluvia que cae sobre la ciudad. Tanto tiempo le llevará a reencontrarse con su pasado y a reconciliarse consigo misma.
En este making of Alejandro S. Fernández explica cómo escribió La tía Mari ve llover desde Costa Rica n.º 2 (Gato Mojado).
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La tía Mari llegó sin que nadie pudiera imaginar que se convertiría en una novela. Andaba por entonces con otra, con la que tengo una cuenta pendiente, cuando, en mitad del confinamiento, una editorial importante convocó un concurso de relatos en los que se hubiese vuelto a las calles. No sé por qué, tal vez por la distancia o por la preocupación, me la imaginé volviendo a la plaza a comprarle el pescado a Rosario o los tomates a Ismael, pero me la imaginé recelosa, desconfiada, como si la salida a la calle pudiese contagiarle una enfermedad casi letal para las personas de su edad.
En clases de Literatura intento que los estudiantes aprecien la universalidad de los textos, y no habría continuado escribiendo esta historia si no hubiese creído que sus páginas representan más que la biografía inventada de una señora andaluza. La tía Mari no solo es un personaje creado a partir de una persona real, sino que pretendía que fuera también un reflejo de muchas mujeres de su generación, criadas en la posguerra y educadas para los cuidados ajenos. A partir de las vivencias de la original y de otras inventadas o exageradas, fue surgiendo, como describió Azahara Palomeque, una fábula sobre el paso del tiempo, la importancia de la comunidad, la soledad de los ancianos y las ganas de vivir.
Conforme la historia se iba construyendo, fui notando cómo las lecturas que más me habían marcado influían en el estilo o en el argumento sin que fuera del todo consciente, sino que parecía que confluían elementos distintos de todas ellas para integrarse en una nueva historia. Como quería que tuviese un lenguaje cotidiano, cercano y andaluz, no solo empleé el que ella utiliza o expresiones típicas de Cádiz, sino que la literatura hispanoamericana —especialmente García Márquez, Allende o Esquivel— me permitió encontrar un estilo sencillo y musical. El mismo título es un homenaje al relato Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, de García Márquez, en el que la lluvia, como después en la calle Costa Rica, obliga a la protagonista a enfrentarse a miedos aletargados.
Después de terminarla, creí entender que también había algo de El camino entre tanta ida y venida biográfica, o que sin el final de La campana de cristal a lo mejor el de la tía Mari no podría haber sido tan optimista.
Pero durante el proceso también se colaron otras inspiraciones, como la música o el cine. María José Llergo había sacado Sanación hacía poco y me ayudó para encontrar el tono en algunos momentos, y gracias a Frank Ocean o Rosalía surgió la idea de que la tía Mari hablase en voz alta al final de la novela. Tampoco podría haber expulsado la tía Mari a los franceses, bailando alegrías con todas las mujeres de la familia, sin Audrey Horne y su famoso baile, en una nueva versión gaditana con traje de piconera y con Paco Cepero y la Niña de los Peines sustituyendo a Badalamenti.
Terminé la novela el seis de enero de madrugada. A la mañana siguiente, bajé a una de las pocas copisterías que abrían ese día, imprimí varios ejemplares y los encuaderné. En la comida de Reyes, se lo regalé a mis tíos, a mis padres y a mi tía Mari, que no sabía de dónde venía aquello.
Encontrar editorial fue mucho más difícil de lo que esperaba. Carlos Asensio y Luis Roso me aconsejaron en varias ocasiones y Juan Naranjo fue el que me ayudó a encontrar a Gato Mojado, la editorial que finalmente quiso que la historia de la tía Mari viese la luz. Para la portada, una ilustración de Enrique Schiaffino, envié la imagen de un vestido de mi tía, que ya se había hecho a la idea de que los trapos sucios de la familia iban a salir a la luz, para que apareciese en la portada tendido junto al resto de la ropa. El prólogo es de la poeta María Jesús Fuentes, que no dejó de acompañarme durante toda la búsqueda. Si la novela ya tenía casa, gracias a Javi, mi editor, el resultado cumplía con todas las expectativas.
Desde entonces, la tía Mari ha ido entrando en las casas de los demás, con permiso, claro. A ella costó encontrarle una, pero ahora todos los que la conocen quieren acercarse a visitarla. En muchas presentaciones y en las ferias del libro en las que he participado, me ha emocionado escuchar que el personaje les recuerda a alguien de su familia o que incluso son los lectores quienes se ven reflejados en ella. Parece que, después de varias ediciones y de tanto acercarla a la gente, la tía Mari puede ser una mijita universal.
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Autor: Alejandro Varo. Título: La tía Mari ve llover desde Costa Rica n.º 2. Editorial: Gato mojado. Venta: Todos tus libros.


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