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Trabajos de amor

En la presentación en Barcelona de su última novela, La naturaleza de los dioses (Literatura Random House), António Lobo Antunes aclaró su personal modo de ver el mundo: “Amor y amistad es lo más importante en la vida. Lo demás es una mierda”. Echémosle, pues, las culpas y las alegrías de cuanto nos pasa a las travesuras del pequeño Cupido. No cabe otro dios en la vida del último de los grandes en lengua portuguesa, pero tampoco en la producción de la centenaria Iris Murdoch (Dublín, 1919—Oxford, 1999), y esta traducción inédita de Monjas y soldados (1980) lo confirma con creces.

"Un cuarto de siglo después, insiste en cuestionarse qué es eso de estar enamorado, y qué precio ha de pagarse por tamaño desplante a los dioses, por tanta insolencia desmedida: pasar del significado al sentido, de entender que se está vivo a tener un propósito para vivir"

La novela observa, a modo de plegaria a ese dios juguetón, una distribución estructural en forma de novena, como si el mismo hecho de leer ya fuera un modo de meditación, al menos la que pudiera haber acometido la ex monja Anne Cavidge, personaje fundamental en la urdimbre de esta novela, que enlaza la dicción tradicional de la creación de historias con algunas reinvenciones de lugares comunes —dejando así de serlo— ciertamente destacables.

Como sucedía en Bajo la red (1954), Murdoch se pregunta en estos nueve capítulos, entre otras cuestiones de diversa índole, por la condición del enamoramiento. En aquella primera novela, la escritora irlandesa todavía no lo había dicho todo. Un cuarto de siglo después, insiste en cuestionarse qué es eso de estar enamorado, y qué precio ha de pagarse por tamaño desplante a los dioses, por tanta insolencia desmedida: pasar del significado al sentido, de entender que se está vivo a tener un propósito para vivir. Ese matiz lo pagarán las monjas y los soldados, esto es, aquellos para los que el amor no tiene reservadas las alegrías mundanas: servir a Dios y al Ejército tiene esos peajes. En cambio, los enamorados comprarán con su pasión un boleto en el tiovivo de la inmortalidad. Se lo dice Guy al Conde en una de sus lacónicas pero profundas conversaciones, ya en los estertores de la existencia del primero: “Aquel que vive en el presente es quien vive eternamente.” Lo expresa el mismo Guy, que sabe que le quedan escasas semanas de vida debido al cáncer galopante que le azota. No podrá impedir dejar a su futura viuda Gertrude a merced de los vaivenes del corazón y de unos cuantos pretendientes, cual Penélope londinense (la Odisea será una de sus últimas lecturas del marido moribundo). Suerte de la aparición sorprendente de Anne, la mejor amiga de Gertrude en la universidad, que ha dejado la congregación en la que había pasado tres lustros para afrontar el reto que le depara la vida extramuros del convento de clausura.

"No es que haya pasado de moda, es que se ha hecho tan difícil manejar tantos ingredientes y ajustarlos a lo que se nos cuenta que la escritora acaba convertida en ejemplar extraño, peculiar y hasta insólito"

El argumento no difiere en exceso de aquellas novelas del corazón, pero tras el cierre de esa quinta parte del relato que resigue los últimos días en la vida postrada del cultísimo Guy Openshaw en la antesala de su muerte, la novela narra con elegante estilo y poderosa estructura las andanzas de los pretendientes de Gertrude, más acaudalada si cabe tras el fallecimiento de su marido, ocurrido a finales de la década de los setenta. Desfilan la rareza moral de Pete El Conde, enamorado perpetuo de la viuda y amiga, el respetable Moses, el exitoso Manfred y el joven pintor fracasado Tim Reede, a quien volverá a dar el sí quiero la hasta entonces desdichada Gertrude. Entrar en las peripecias amorosas conduciría, sin duda, a destripar la novela, que guarda en su propia progresión sorpresas que sirven de motor a la lectura entrecortada, matizada, superpuesta, de la historia. Es mejor así.

Iris Murdoch supo siempre congeniar sus aptitudes filosóficas con el ajuste de ideas dentro de una novela. En monjas y soldados vuelve a ofrecer su maestría para alternar farsa y melodrama, simbolismo sobresaliente (rocas, torrentes, mareas, lecturas —El corazón de Midlothian, Sentido y Sensibilidad, Guerra y paz…— y realismo decimonónico, con apuntes morales de hondo calado. Todo ello envuelto en un estilo que tiene visos de anticuado cuando en realidad se muestra con una factura que entra de lleno en la rareza. No es que haya pasado de moda, es que se ha hecho tan difícil manejar tantos ingredientes y ajustarlos a lo que se nos cuenta que la escritora acaba convertida en ejemplar extraño, peculiar y hasta insólito. En un momento del relato se dice que las novelas ofrecen materiales heterogéneos que hay que saber disponer, mientras que en otra ocasión, el personaje de Gertrude exige que le ordenen los acontecimientos para de ese modo hacerse una idea cabal de lo que le cuentan: “No me lo estás contando en orden.” Todo lo contrario a la historia del acoso y derribo de la deseada Gertrude.

"Asimismo, la observación de las peculiaridades geográficas de los personajes, que alguien considerará ofensivas por la generalización, hace tiempo que desapareció del relato contemporáneo"

Si ha de catalogarse de excesivo tanto giro argumental, tanta vuelta de tuerca, tanto diálogo, es porque así lo exige la anécdota. Y cuando pide anticipaciones, retrospecciones y superposiciones en cascada caleidoscópica, ahí están, solventando la sensación de información superflua con altas dosis reflexivas o, simplemente, con frases soberbias, que se intercalan con el uso de la tercera persona, aquí con tendencia objetivista (las selectas notas al pie de los traductores socorren en numerosas ocasiones y desvelan una prosa que pide la participación de un lector avezado). El riesgo, que a veces se roce lo melifluo: “Gertrude le había dicho que solo eran necesarios cuatro segundos para cambiar el mundo. A Anne le bastaba con dos: solo tenía que salvar el espacio que los separaba (casi un metro en aquel momento, mientras hablaba con él) y todo en el universo sería diferente.”

Asimismo, la observación de las peculiaridades geográficas de los personajes, que alguien considerará ofensivas por la generalización, hace tiempo que desapareció del relato contemporáneo. Ya nadie habla de las narices vascas, o de la frente despejada cordobesa, o de la amplitud torácica del andino, pero ahí andan, como una muestra más que imprime carácter a las acciones. Personajes que beben jerez a primera hora de la mañana y que afrontan la tarde tras un whisky que entona al tiempo que nos recuerda en qué latitudes se desenvuelven los personajes.

"El mundo siempre está dispuesto a redimirnos a la menor oportunidad. Habrá que confiar. Y si el universo decepciona, siempre nos quedará la Murdoch"

Amar es una actividad, ya lo sabes. Es como un empleo”, le dice Gertrude a su amiga Anne cuando ésta no acaba de entender algunas de las decisiones que está tomando respecto al principal pretendiente que corteja a la viuda. ¿Frivolidad? ¿Evidencia? ¿Constatación? ¿Sabiduría? Digamos que el amor —la amistad entraría de un modo natural en esta categoría— requiere alimento, un trasiego de horas en jornada partida y a tiempo completo. Sus frutos se recogen a fin de mes, y luego vuelta a empezar, siempre con Shakespeare en un fondo de teselas. En Monjas y soldados se recuerda La Tempestad, pero a nuestro fines valdrá la pena recuperar los versos de Noche de Reyes (I, 1), cuando Orsino reprocha a Cupido en presencia del caballero Curio, enmascarando en sus palabras la elocuencia del Bardo inglés, aquello de “Amor, estás tan lleno / de ensueños que eres pura fantasía.” Tragicómica fantasía en la que unos acaban emparejados y otros descabezados, que es lo que ocurre cuando tus ilusiones se desvanecen como acuarelas en un torrente que conduce al estuario donde se remansa la desdicha de los desconsolados.

Que el tiempo todo lo cura, viene a decirnos la novela, y que no queda otra que “resistirse a la desesperación”, a pesar de los celos, los rumores esparcidos a caballo entre Francia y Londres, a la sazón escenarios de la acción, y la lucha moral por el qué dirán. Al final, todo se sabe. ¿Y qué?, parece ser la respuesta que ofrece Monjas y soldados. Así, no queda otra que colgar los hábitos y dejar las armas. El mundo siempre está dispuesto a redimirnos a la menor oportunidad. Habrá que confiar. Y si el universo decepciona, siempre nos quedará la Murdoch. Ánimo.

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Autora: Iris Murdoch. Título: Monjas y soldados. Traducción: Mar Gutiérrez Ortiz y Joaquín Gutiérrez Calderón. Editorial: Impedimenta. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

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