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Trance, de Alan Pauls

Quien suscribe esta reseña reconoce una animadversión natural a los ensayos de alabanza de la experiencia lectora. Soy un fóbico natural a las campañas de lectura y al biempensantismo de la que me parece —tras el insuperable “no te dolerá”— la mentira más repetida del mundo: que leer nos hace mejores. Siempre he creído que la relación con la lectura es esencialmente onanista, que leer muy bien puede hacernos más desdichados de lo que veníamos de fábrica y que el placer es tan privado y aleatorio como difícilmente comunicable. Se puede, por supuesto, ser perfectamente feliz sin leer una sola línea en toda la vida. Y me atrevería a decir que se puede ser también perfectamente sabio sin abrir un libro, sabio en el sentido más radical de la palabra, no en el erudito. Tal vez por esa razón, y a pesar de lo mal predispuesto que estaba ante un ensayo autobiográfico sobre la lectura, he tenido que desafilar mis dientes y caer rendido ante esta pequeña joya de Alan Pauls.

"Proust decía que no se lee con el mismo cuerpo con el que se vive"

Al final, y lo mire por donde uno lo mire, no hay nada más convincente que hablar a pecho descubierto del amor. Del amor de uno, del amor irrenunciable, ése en el que hemos encontrado, también, la propia identidad. Si tiene sentido hablar de la lectura sólo lo tiene en esos términos, y ésos son los que elige Pauls. El lector natural de este argentino que es sin discusión uno de los mejores estilistas vivos en lengua castellana, verá que este libro podría considerarse un apéndice —escrito en el mismo tono privado y a la vez, extrañamente distante y analítico— de su trilogía argentina de los 70 compuesta por Historia del llanto, Historia del pelo e Historia del dinero. Podría titularse Historia de la lectura y ser, en los mismos términos, el cierre de esa fantástica serie, un libro de Pauls sobre Pauls, que es al fin y al cabo su tema favorito. Porque ¿quién dijo que la coquetería está reñida con la buena literatura y hasta con la muy buena? ¿No es al fin la misma literatura un enorme gesto coqueto? Pauls proves it.

"No puedo estar más de acuerdo con el autor cuando defiende que la lectura es la última práctica anacrónica que nos queda"

No puedo estar más de acuerdo con el autor cuando defiende que la lectura es la última práctica anacrónica que nos queda. “Leer» —dice— «es someterse a un imperio extinto: el imperio de lo lineal”, un imperio en el que es imposible tomar atajos sin exponerse a perder por completo la comprensión. La lectura de Pauls está llena de monstruos, de libros irrenunciables (y no siempre canónicos), de intentos de seducción a través de la lectura, y aunque atribuye al vicio de leer cualidades que no comparto mucho, como el voluntarismo, por ejemplo, o la idea de que todo gran lector es un lector precoz (yo mismo pertenezco a una raza de lectores más común de lo que se cree: la de los “conversos tardíos”), todo lo que relata Pauls tiene eso que Henry James llamaba “solidez de especificación”, esa chispa que rescata a los libros de la especulación infructuosa y los conecta radicalmente con la vida. El libro de Pauls es interesante porque relata una experiencia cuya verdad no se pone en cuestión, y también porque asume que ese anacronismo de la lectura puede tener, por qué no, un final. No se lamenta —como habría hecho alguien con menos talento— de que nadie lea ya Moby Dick pero sí deja en suspenso la pregunta de en qué nos convertiremos cuando llegue el momento en que ya no nos sea posible leerlo, cuando sea entre intolerable o inaudito ese gesto de trance (y aquí el título es un verdadero disparo en la diana) con el que decidimos no levantar la mirada, seguir leyendo, abandonarnos y abandonar. Proust decía que no se lee con el mismo cuerpo con el que se vive. Este libro de Pauls es una buena demostración de que ese otro cuerpo nos es menos nuestro que el que se alimenta de carne.

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Autor: Alan Pauls. Título: Trance. Editorial: Editorial Ampersand. Venta: Amazon

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