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Trazar un mapa histórico

Trazar un mapa histórico

Empecé a escribir La gran demencia, la novela que ahora sale con Huso editorial, hace cuatro años y medio, en la primavera de 2016. Son muchas las razones que me llevaron a escribir el libro, pero entre ellas destacaría un acontecimiento bastante común entre las personas que entran en la treintena: la toma de conciencia de que soy un sujeto histórico, de que mis pensamientos, mis anhelos, mis frustraciones y mi sistema de valores son productos del movimiento de la historia. Este acontecimiento, naturalmente, vino seguido de dos preguntas que sujetan todo el entramado de la novela: ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Qué hacemos con esa materia histórica que nos fue legada? La gran demencia es mi intento de trazar un mapa histórico que las respondiera.

Para la primera pregunta hay muchísimas respuestas. Se trata de un proceso histórico, en muchos casos un proceso de continua descomposición, larguísimo. Pero escribiendo la novela comprendí que llegamos hasta aquí en gran parte por los movimientos de contracultura de las décadas de 1960 y 1970. Pese a que generó muchos cambios positivos en la sociedad, la revolución contracultural terminó siendo devorada por el mercado y puso a su disposición nuevos patrones de consumo que fortalecieron de modo categórico el aparato social contra el que intentaba oponerse. De esta manera, la utopía de la libertad individual transformó la identidad en algo comerciable, y potenció la idea de que la autoexpresión se podía llevar a cabo por medio de la adquisición de mercancías.

"Finalmente, hay una tercera categoría de personas, menos extendida —los nihilistas—, que busca la destrucción total del mundo"

Para la segunda pregunta llegué a la conclusión de que hay tres posibilidades principales de relacionarse con la materia histórica que nos fue legada, y que la mayoría de las personas en las sociedades occidentales adopta una de estas tres posibilidades en su manera de abordar el mundo. Hay una primera categoría de personas, una gran masa, diría yo, que se adapta a la realidad sin demasiados problemas, sigue los paradigmas sociales y refuerza el aparato ideológico con cada uno de sus actos. Luego viene una segunda categoría de gente más inadaptada, a la que obviamente pertenezco yo, que tiene una relación tensa con el aparato ideológico, con las estructuras familiares, el concepto de realidad y normatividad, y que intenta cambiar la realidad por medio del activismo político o reformularla a través del arte. Finalmente, hay una tercera categoría de personas, menos extendida —los nihilistas—, que busca la destrucción total del mundo. Claro que estas divisiones son esquemáticas y hay mucha circulación entre las distintas categorías que propongo. Mucha gente pasa de una categoría a otra en diferentes periodos de su vida, o incluso en distintos momentos del día. Pero pensar en estas categorías, en estos modos de abordar la realidad histórica me sirvió para construir los tres personajes principales —tres hijos de una familia de clase media— alrededor de los cuales gira toda la trama de la novela.

Después de muchísimas lecturas teóricas, principalmente de los filósofos de la Escuela de FrankfurtDialéctica de la Ilustración, de Adorno y Horkheimer, y La dimensión estética, de Marcuse, son dos libros sin los cuales jamás se habría escrito mi novela—, me surgió la historia de una familia que vivía en Ciudad Satélite, un fraccionamiento residencial a las afueras de la Ciudad de México. Los padres, Romain y Ana Laura, de jóvenes formaron parte de la revolución contracultural, pero ahora están asentados en una vida completamente convencional. Sus tres hijos, Román, Ana Laura y Daniel, son los personajes principales del libro. Cada uno de ellos encaja en una de las tres categorías que antes mencioné y adopta una actitud diferente ante la realidad social que los rodea: Román es un arquitecto exitoso que se adapta a las normas sociales y reproduce la estructura familiar, Ana Laura es una nihilista que consigue un trabajo como cajera en un supermercado e intenta destruirle la vida a la gente a su alrededor por diversión, y Daniel es un fotógrafo que intenta reformular la realidad a través del arte. También hay un grupo de activistas que intenta cambiar la sociedad por medio de protestas y revueltas.

"La gran demencia es un ensayo sobre la naturaleza subversiva del arte en el que Diego, un escritor amigo de Daniel, el protagonista, estaba trabajando antes de suicidarse"

Todo mito del origen es bastante dudoso, pero recuerdo que en la primavera de 2016, poco antes de empezar a escribir el libro, hice un viaje a Nueva York. En el Metropolitan Museum me tropecé con El principio, un cuadro de Max Beckmann que en cierto sentido articuló la estructura de mi libro. El cuadro es un tríptico que trata sobre el desarrollo de la vocación artística en una sociedad que atenta, con su lógica utilitaria y su amor por el positivismo, contra el arte. Ante ese cuadro, que luego terminó siendo una pieza fundamental de la composición de la novela, al grado que figura en una de sus páginas, se me ocurrió que mi historia también tenía que ser un tríptico y que también tenía que preguntarse sobre el papel del arte en nuestra sociedad. Así apareció La gran demencia, el otro gran eje de la trama. La gran demencia es un ensayo sobre la naturaleza subversiva del arte en el que Diego, un escritor amigo de Daniel, el protagonista, estaba trabajando antes de suicidarse. En este ensayo se analiza precisamente El principio, el tríptico de Max Beckmann, en un intento por responder a la pregunta de si el arte puede ser un instrumento de cambio social.

Poco después de ese viaje a Nueva York, inicié el proceso de escritura. Al cabo de unos meses, recibí una beca de la ciudad de Toronto, donde vivo, y pude escribir casi sin distracciones todos los días durante dos años hasta finalizar el primer manuscrito. Luego vinieron el millón de correcciones y las reescrituras. Todo este proceso, además de provocarme un enorme placer estético, me ayudó a articular mis ideas. Ahora pienso que mi novela medita sobre nuestra especie y nuestra sociedad, pero en ningún momento nos prescribe cómo vivir, ni busca moralizar. Faltaría más. Qué sé yo cómo hay que vivir. Solo puedo reflexionar. Como dice uno de los personajes en un punto, citando a Georg Büchner, “todos estamos locos, pero nadie tiene derecho a imponer a otro su propia locura”.

"Mi novela le debe su existencia a Los sonámbulos, la trilogía que Broch escribió en la década de los 1930"

No puedo cerrar este making of sin mencionar a Hermann Broch. Si es cierta esa idea —creo que de Tzvetan Todorov— de que los libros no nacen de la experiencia personal sino de otros libros, mi novela le debe su existencia a Los sonámbulos, la trilogía que Broch escribió en la década de los 1930 sobre la degradación de los valores que sentaron las bases del mundo moderno. Como mi novela, Los sonámbulos está dividida en tres partes y cada una sigue la trayectoria de un personaje que funciona como prototipo histórico. Y también, al igual que en mi novela, las digresiones son una parte fundamental de su estructura. Sin esos pequeños ensayos que intentan reflexionar sobre los procesos históricos que informan el comportamiento de los personajes, y sobre los temas que van surgiendo en la historia, la novela no tendría sentido. Hermann Broch me dio las herramientas para trazar mi mapa histórico. Y ahora, mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de que La gran demencia, además de haberle dado forma a mis preguntas sobre la historia, es mi modo de rendirle tributo a ese escritor que, pese a haber caído un poco en el olvido, es uno de los más geniales de la historia de la literatura.

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Autor: Laury Leite. Título: La gran demencia. Editorial: Huso. Venta: Todostuslibros y Amazon

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