El domingo 1 de febrero viajamos en tren de Barcelona a Madrid para votar en las elecciones presidenciales de Costa Rica. El consulado donde ejerceríamos nuestro derecho está ubicado en la calle Ríos Rosas, 54, cuya entrada ostenta una placa que indica que allí vivió Camilo José Cela entre 1949 y 1954, justo donde escribió La colmena.
“Debido al estado actual del sistema ferroviario tendremos entre una hora y media a dos horas de retraso. Habrá treinta y siete restricciones de velocidad en las que llegaremos a recorrer tramos de hasta doce kilómetros a una velocidad promedio de ochenta kilómetros por hora. Pedimos disculpas”.
La información frecuente y actualizada fue la norma del viaje, lo que nos daba cierta tranquilidad y la sensación de que el conductor estaba bien atento a todo lo que debía hacerse. Además, una voz femenina robótica anunciaba cuántos minutos acumulados llevábamos de retraso y las pantallas colgadas del techo del pasillo en todo momento reportaban la velocidad en tiempo real.
Como si no fuese suficiente la incertidumbre de viajar en tren estos días por los múltiples incidentes ocurridos y el caos de los Rodalies, nos enteramos de que tanto el domingo como el lunes se esperaba mal clima en Madrid. Los cielos ya estaban encapotados e íbamos a una velocidad que en algunos tramos superaba los doscientos kilómetros por hora. Sin embargo, al llegar a Zaragoza, el conductor informó:
“A partir de esta estación y hasta Madrid circularemos a una velocidad máxima de ciento sesenta kilómetros por hora debido al estado actual de la infraestructura. La limitación impuesta por el Administrador de Infraestructura Ferroviaria hará que nuestro trayecto se alargue de la hora y veinte, que normalmente toma entre Zaragoza y Madrid, hasta aproximadamente tres horas. Por lo tanto, se estima que nuestra llegada a Madrid-Puerta de Atocha será alrededor de la una y media de esta tarde. En los tramos de ochenta kilómetros por hora podremos encontrarnos con tráfico delante y la hora de llegada se podría alargar mucho más. Esperemos que no sea el caso. Les informaré debidamente. Nada más les pido disculpas por las molestias que esta situación les pueda ocasionar, pero necesito que entiendan que es por su seguridad y la de todos”.
***
El Madrid al que llegamos, comparado con el de la posguerra retratado sin piedad en la novela La colmena, era una ciudad del futuro. Pero un futuro algo distópico, porque no vimos ningún tren en movimiento en la estación de Atocha; solo el empuje del nuestro hasta que se detuvo. La aparición del tren fue fantasmal en medio de la bruma, la lluvia y los cielos grises. Tras casi cinco horas de viaje estábamos aliviados de poder estirar las piernas. Caminamos hasta la entrada del metro dentro de la estación. La línea 1 estaba atiborrada de gente, lo que a nuestros ojos ignorantes de la dinámica madrileña nos parecía inexplicable: ver un tren repleto como un día laboral a una hora pico.
Luego nos dirigimos al hotel que reservamos por una noche en Chamberí a un precio asequible. Al instalarnos nos pareció que había pocos huéspedes, y tal vez por ello, sin pedirlo, nos dieron una habitación un poco más grande que la económica que habíamos reservado. Sacamos los dos paraguas. Tal como lo anunciado, caía lluvia y el viento empezaba a coger brío. El Ayuntamiento de Madrid había emitido una alerta amarilla hasta el mediodía del lunes y habían cerrado El Retiro y ocho parques de la ciudad. Las recientes borrascas Joseph y Kristin daban paso a la continuidad del mal clima; la siguiente borrasca, Leonardo, se aproximaba. Tomamos de nuevo la línea 1, que seguía repleta de cuerpos apretujados. Descendimos en la estación Ríos Rosas.
***
Desde que mi derecho a votar en elecciones venezolanas libres fue conculcado para favorecer la continuidad del régimen chavista instaurado en el país y, tras la sucesión de manipulaciones y fraudes electorales, me propuse siempre votar en las elecciones de la democracia costarricense que, junto a la uruguaya, son las más longevas y consolidadas de América Latina. Además, sentimos una conexión afectiva con el país y su gente. Vivir en Tiquicia fue ganar una segunda patria. Una patria tan singular que San José, su capital, fue una de las primeras ciudades del mundo con un alumbrado eléctrico público (1884); que abolió el ejército en 1948; que cuenta con uno de los astronautas de la NASA con más misiones al espacio (Frankling Chang) y un Premio Nobel de la Paz (Óscar Arias); aunado a que cuenta con una de las cinco zonas azules del mundo con habitantes de más de 100 años; y que forma parte de la OCDE, una agrupación de treinta y ocho países más que todo desarrollados.
El sistema de balances y contrapesos democráticos de Costa Rica es un ejemplo para el mundo. No obstante, la presente administración del presidente Rodrigo Chaves se ha caracterizado por una retórica que debilita la tradicional separación de poderes, además de ser un mandatario controvertido y que se sitúa en el espectro de la extrema derecha. Con su verbo encendido, que ha calado en sectores populares y en algún sector empresarial, ha propiciado la fractura de la sociedad; una clásica fórmula populista. Debido a que los períodos presidenciales en ese país son de cuatro años y no puede optarse a la reelección, el presidente Chaves logró entronar una candidata de su partido, Laura Fernández, quien fuese su segunda Ministra de la Presidencia. Es decir: se trataba de la continuidad del chavismo costarricense (qué ironía que sea la misma palabra adoptada para denotar al movimiento político-ideológico creado por Hugo Chávez). Esa era mi visión y la del noventa por ciento de nuestros amigos y conocidos en Costa Rica. Como contrapeso, la sumatoria de los principales partidos de oposición intentaría impedir que Laura Fernández —puntera de sobra en las encuestas, por el efecto Chaves— lograra más del cuarenta por ciento de los votos, para de esta manera ir a una segunda vuelta en dos meses con su rival más cercano.
La bandera azul, blanco y roja (modelada a partir de la francesa, solo que con los colores horizontales y un escudo que representa a las siete provincias) ondulaba flamante en el consulado, y un grupo de personas, que ya habían votado, estaba instalado en la acera departiendo sonrisas y miradas de esperanza. Cuando vivimos en San José durante cinco años, votábamos en un centro electoral ubicado en una escuelita cerca de la casa. Meses atrás logramos hacer las gestiones en el consulado honorario de Costa Rica en Barcelona para el cambio de residencia electoral; así que descargamos de la página del Tribunal Supremo de Elecciones el comprobante de que tanto mi mujer como yo votaríamos en el consulado de Madrid. A ambos nos asignaron la misma mesa de votación.
El célebre libro de Carlos Luis Fallas, Mamita Yunai (1941), precursor del Nuevo Periodismo, dice:
“El jueves 8 de febrero, a las seis de la mañana, estaba yo acomodándome en el tren local de La Estrella. Por todo equipaje llevaba dos bolsas de papel de las de a diez céntimos, y, dentro de ellas, ropa interior, un foco, una cajita con la máquina de afeitar, un paquete de cigarrillos, el cepillo y la pasta; además, y bien envueltas, mis credenciales de fiscal y mi cédula de identidad, una Ley de Elecciones y unos cuantos folletos y hojas sueltas”.
En este caso no se trataba de un lugar remoto del interior del país a donde se dirigía el personaje central de Mamita Yunai, sino que estábamos en la capital de España. Entonces, una fiscal electoral nos indicó dónde estaba nuestra mesa. El proceso fue rápido. A los costarricenses votantes en los distintos consulados del mundo solo se les permite elegir al presidente; la conformación de la asamblea legislativa es un derecho que solo puede ser ejercido en suelo tico. El procedimiento fue ágil y los funcionarios dentro del recinto estaban serios. La caja de cartón, detrás de la que uno se oculta para marcar con una X al candidato de preferencia, es pequeña con el fin de que los testigos de mesa se percaten si alguien toma una fotografía de su voto.
Al salir de las oficinas consulares nos instalamos en un amplio pasillo de entrada del edificio, en el que se había congregado un grupo de personas que ya habían votado. Un hombre con una guitarra se disponía a entonar canciones costarricenses emblemáticas, tales como “Soy Tico” o “La Patriótica”, que es como “La Marsellesa”, es decir, como un segundo himno nacional. La gente se posicionó en semicírculo frente al músico, conocido como Madrigal: compositor, saxofonista, cantante y productor que, casualmente, vive en Barcelona. Nosotros estábamos de espalda al músico y al semicírculo de personas sonrientes y ojos brillosos. El ánimo sentimental y nostálgico se impuso. Varios videos circularon y uno de ellos se tornó viral en Costa Rica. Como estábamos detrás del cantante, aparecemos mi mujer y yo al fondo. Así que nos empezaron a contactar algunos amigos para decirnos que nos habían visto. Nos mandaban notas de agradecimiento: “Mil gracias por el esfuerzo que hicieron y por ser parte de nosotros”, seguido de muchos corazones.
***
Cumplida la labor cívica, hicimos una caminata larguísima gracias a una tregua del clima. Nos impactaba que la calefacción estuviese tan fuerte en cualquier sitio que entráramos, lo que provocaba que saliéramos disparados ante la insoportable potencia térmica.
Al final de la tarde arremetió de nuevo el temporal y, sobre todo, el viento fuerte. Desde la ventana de la habitación veíamos la lluvia, tan gruesa por momentos que parecía granizo. Nos parecía simbólico que esto ocurriera en Madrid, pues en Costa Rica la lluvia cae todas las tardes durante ocho meses seguidos de invierno, que en realidad es la temporada lluviosa. La cantidad de agua que bendice a ese país de tan solo 51.180 kilómetros cuadrados contribuye a que tenga el seis por ciento de la biodiversidad mundial.
Costa Rica está delimitada por la costa del océano Atlántico y el mar Caribe. Por sus muchos microclimas, selvas tropicales, bosques nubosos y volcanes (el Irazú llega a tener una altitud de 3.432 msnm) goza de medio millón de especies de flora y fauna. Los seguidores del presidente Chaves se autodenominan jaguares a partir de su modelo de economía jaguar, en el que las cifras económicas —en estadística buena apariencia— no se corresponden con la realidad de las personas obligadas a migrar al sector informal de la economía; la plata no alcanza hasta fin de mes. El presidente Chaves apareció ese día burlándose de sus opositores con muecas grotescas porque estos le gritaban “Fuera Chaves” al llegar al centro de votación. A mí me daba escalofríos constatar que fonéticamente sonaba igual que los “Fuera Chávez” pregonados durante años de marchas de la derrota venezolana. En tanto y cuanto el primer boletín electoral lo emite el Tribunal Supremo de Elecciones entre las ocho y las nueve de la noche, luego de que las urnas electorales cierren a las seis de la tarde, y debido a la diferencia de huso horario de siete horas, veríamos los resultados apenas nos levantáramos.
***
A las cinco de la mañana abrí los ojos —tal como suelo hacer en Barcelona, para hacer algunos ejercicios y luego sentarme a escribir—. La noche había sido silenciosa, no había rastro de huéspedes alojados en cuartos circundantes. Lo que sí predominó fue el golpeteo de la lluvia contra la puerta de vidrio de un minúsculo balcón. No quise ver los resultados hasta que tuviera un café en la mano. Mi mujer dormía. Me lavé la cara, me cepillé los dientes, encendí el hervidor de agua y le agregué dos sobres de café instantáneo que había en una pequeña bandeja. Luego indago en las redes: la candidata del gobierno había ganado de forma contundente en primera vuelta. La oposición democrática aglutinada había sido derrotada. Estaba sin palabras: no podía creer el efecto nocivo de la retórica populista de extrema derecha en un pueblo, cierto que cansado de políticos tradicionales y de algunos privilegios absurdos, tales como las desorbitadas pensiones de los funcionarios públicos. Pero acaso un pueblo inconsciente de la espada que se hundía en su propio cuerpo. Costa Rica se veía a sí misma fracturada, como lo fue en su momento la sociedad venezolana luego del triunfo electoral de Hugo Chávez. Para colmo, Laura Fernández en su discurso de victoria afirmó: “Nos toca edificar la Tercera República”. Y yo, que vengo del futuro (como nos decían los cubanos cuando llegó el chavismo al poder), relacionaba tanto esta proclama de la nueva presidenta con la que Hugo Chávez pronunció en 1999 sobre crear una Quinta República en Venezuela. Los venezolanos sabemos muy bien lo que ello significa: asamblea constituyente, disolución de los poderes, reelección indefinida, reescritura de la Constitución.
Además, ¿acaso la gente no se daba cuenta de que la moneda nacional —el colón— estaba sobreapreciada y de que había mermado considerablemente el turismo, su fuente principal de ingresos, que ello había convertido a un país de por sí caro en uno muy caro para visitar y que, además, había perjudicado a la agricultura y al sector exportador en beneficio del sector importador? ¿Se olvidaba la gente que la inseguridad se ha convertido en un problema público que hasta ha ocasionado alertas de seguridad de viaje de Estados Unidos y de Canadá? ¿No sabían que en los últimos tres años de esta administración habían ocurrido más homicidios anuales que en toda la historia del país (superior a 17 por cada 100.000 habitantes), y de que el narcotráfico había convertido a Costa Rica en un paraíso y fuente de ajustes de cuentas entre bandas de narcomenudeo? Por su parte, Sergio Ramírez, escritor y expolítico nicaragüense, Premio Cervantes 2017, exiliado en Madrid, lo había dicho en su columna del 31 de enero en El País, titulada “La bukelización de Costa Rica”. Bukele había realizado una visita a la nación dos meses antes para colocar, junto al presidente Chaves —ambos mandatarios vestidos simbólicamente con pantalón marrón claro y camisa azul clara— la primera piedra de una mega cárcel copiada de la temida y controvertida CECOT (Centro de Confinamiento del Terrorismo) en San Salvador.
El consuelo que quedaba era que de cincuenta y siete diputados que integrarán la Asamblea Legislativa para el período 2026-2030, el partido de Rodrigo-Chaves / Laura Fernández obtuvo treinta y un escaños, mientras que la oposición unificada veintiséis. Ello, en teoría, impedirá que el partido de gobierno, el PPSO, imponga las reformas más radicales, al no contar con los cuarenta votos requeridos. Digo en teoría porque, aunque Hugo Chávez estuvo impedido constitucionalmente, de igual manera impuso todas las reformas que quiso mediante decretos, triquiñuelas legales y fraudes.
La lluvia afuera persistía y el paisaje madrileño asemejaba a un bosque nuboso de concreto. Aunque seguía vigente la alerta amarilla intentaríamos, de todo modos, caminar hasta Gran Vía, dar unas vueltas, pero el viento doblaba los paraguas y el frío arremetía, así que decidimos regresar a la habitación. Mientras tanto, las voces del otro lado del Atlántico se habían hundido en la tristeza y la decepción.
***
El hotel nos permitió hacer la salida a la una de la tarde. Como seguía lloviendo, comimos algo cerca y luego esperamos en el lobby hasta que llegara la hora de dirigirnos a Atocha. Me puse a leer noticias cuando de pronto tropecé con una información de ese mismo día, lunes 2 de febrero: “Adif pide a Renfe, Iryo y Ouigo que retiren sus servicios de última hora en el trayecto Madrid-Barcelona para dar más tiempo a sus revisiones… La operadora pública retira tres AVE para facilitar labores de mantenimiento”. De inmediato pensé: ¿afectaría a nuestro tren AVE de regreso? Revisé los correos electrónicos y, de hecho, pude ver que había recibido la siguiente nota de Renfe:
“Hola Pedro Alejandro. Derivado de las limitaciones temporales de velocidad en la infraestructura, tu tren AVE 0371 circulará acoplado al AVE 03173, por lo que su recorrido podría verse modificado”.
Nuestro tren había sido cambiado para uno que saldría más tarde. A esto se agregaba que, a pesar de que nuestro boleto era de trayecto directo, el nuevo tren al que nos acoplarían haría paradas en Guadalajara, Calatayud, Zaragoza, Lleida Pirineus y Camp de Tarragona. Es curiosa la coincidencia de que el sistema de ferrocarriles que sirve al área metropolitana de San José utiliza los antiguos trenes Apolo de Renfe, fabricados entre 1983 y 1984 y que llegaron al país en 2009 tras ser reconstruidos. Es notorio que en la capital del país centroamericano se reportan entre cincuenta a cien incidentes anuales, la mayoría atribuibles a errores humanos de los conductores al no respetar la señalización en los cruces, además de la carencia de barreras indicativas en algunos puntos, lo que se presta a mucha confusión. El 20 de enero, dos días después del incidente de Adamuz, uno de esos trenes chocó en la zona de Tibás, San José, contra un tráiler.
Asimilaba la noticia cuando trabajadores en el lobby del hotel empezaron a aplicar un pegamento extra fuerte para alfombras en la escalera que va hacia el ascensor y se me trancó un poco la respiración. Cogí el paraguas y salí a tomar aire para distender los alveolos pulmonares contraídos por el efecto del potente químico. Me senté en una pequeña plaza frente al hotel, donde el viento arremetía con intermitencia. Pensaba en el resultado electoral en Costa Rica y me consolaba haber cumplido con mi conciencia.
Esperamos una hora y media más en el lobby del hotel y luego tomamos la línea 1 del metro que, como el día anterior, seguía llena de gente; parecía una colmena en movimiento. ¿Era solo esta línea o Madrid tenía ahora mucha mayor aglomeración de gente en general? En el lobby habíamos oído a unos estadounidenses que hablaban con un corredor de bienes raíces con la firme intención de comprar un piso y mudarse a España. La gente que iba en el vagón, contrario a estos dos potenciales compradores, se notaba agobiada, tal vez por las faenas de trabajo cotidianas, que dejaban marcas en los rostros.
Nos dirigimos a la pantalla de información en el nivel 1 de la estación de Atocha, que mostraba tanto los trenes cancelados como los trenes enganchados a otros trenes. Con la convicción de escribir esta crónica accidentada me acerco a tomar fotos de las pantallas con tachaduras visuales en las horas correspondientes a diversos destinos que sufrieron cancelaciones o fueron reubicados en un rango de tiempo entre las cuatro y media y las cinco: Barcelona-Sants, Almería, Málaga María Zambrano, Sevilla Santa Justa. Los trenes del corredor de Adamuz estaban sencillamente cancelados: Cádiz, Sevilla, Málaga. Me acerco un poco más para grabar un video del cintillo que giraba como si mostrara la fluctuación del valor de una acción de la bolsa de valores: “Cancelado: viajeros reubicados en AVE 003173 de las 17:27”.
En ese instante, una mujer rubia se me acerca y me pregunta si mi tren había sido cancelado o reubicado. Le respondo que sí, las dos cosas. Entonces vuelve a preguntar si eso me afecta, a lo que le respondo de nuevo que sí. Luego veo que saca un micrófono de TV3, la televisora de Catalunya, que tenía debajo de su cartera. No sé si era porque estábamos en Madrid, pero me habló en castellano y me preguntó si no me importaría contar mi caso. En eso aparece un camarógrafo con su equipo colocado al hombro y me pide que nos movamos hacia el lado contrario de las pantallas. Al girar observo que llega un caballero vestido de azul con el logotipo de Adif en su chaqueta. La reportera y el camarógrafo conversan serios con él, negocian, y luego nos dicen que no podemos filmar: que no quieren que se hagan reportajes. Entonces nos pregunta si nos importa hacerlo fuera de esa zona y, como teníamos bastante tiempo, no nos importó. Mi mujer y yo avanzamos con ellos hasta cruzar una puerta y nos colocamos en un área relativamente solitaria. Les conté lo del retraso del día anterior con Iryo y de la cancelación, cambio y retraso de salida de hoy anunciada por Renfe, más la incertidumbre de cuánto tiempo duraría el trayecto hasta Barcelona.
El 9, 10 y 11 de febrero se llevaría a cabo una huelga convocada por el sector ferroviario, lo que supondría la cancelación de hasta trescientos cincuenta trenes de alta velocidad de Renfe, Iryo y Ouigo. Los sindicatos reivindican un cambio estructural en la seguridad del sistema ferroviario español, tras los accidentes de Adamuz y el de Rodalies en Gelida, en el que, como se sabe, murió el maquinista y hubo treinta y siete heridos, al desprenderse un muro de la vía por efectos de la lluvia acumulada.
Mostramos los boletos y pasamos el control de seguridad para ingresar a una sala de espera bastante vacía en comparación con regresos anteriores: sin duda, la crisis ferroviaria dejaba huella.
Me puse a dar vueltas. Recuerdo que esta zona de la estación estaba en remodelación. El Relay fue un refugio, con sus libros adecuadamente clasificados. Luego nos sentamos a esperar y cuando mencionan por los parlantes a los pasajeros del tren con destino a Barcelona, la gente se levanta y se empieza a mover pero la decepción es inmediata cuando la voz agrega: “En su oportuno momento les estaremos informando de hora y vía”; lo que quería decir que saldría aún con más retraso. Una pareja de señores mayores al lado nuestro venía de Sevilla y había tenido que hacer periplos para llegar, dada la cancelación de su tren: tomar un autobús, hacer varios cambios, luego un taxi hasta que finalmente llegaron a Atocha. Ellos eran pasajeros del AVE 003173. El señor me dice que esos trenes pesan 500 toneladas; que si me puedo imaginar lo que es semejante peso sobre una vías sin el adecuado mantenimiento.
De pronto se oye la voz de un hombre que grita: “¡Pasajeros con destino a Barcelona, favor dirigirse a las puertas de salida 1, 2 y 3!”; nada de anunciarlo por parlantes. Al instante, la gente corrió desaforada hacia las puertas como si estuvieran repartiendo alimentos en un campo de concentración. Nosotros nos colocamos en la fila de la puerta número 1, pero cuando ven nuestros boletos nos piden que pasemos con la compañera de la puerta número 2. Ocurría que, como habíamos pedido un coche silencio (nada más perturbador que la costumbre de algunos pasajeros de hablar por el móvil como si estuvieran en sus casas o despachos) y, como habían hecho el acoplamientos de los dos trenes, nos habían cambiado de asientos. Nos entregaron lo que parecían dos pequeños tiquetes rectangulares de papel firme de color gris y reborde morado, como las entradas de un concierto de los de antes.
Descendimos la escalera e hicimos una larga caminata por el andén, pasamos todos los vagones de ambos trenes enganchados, ahora unificados bajo la sigla AVE 003173. Nuestro vagón era el primero, el que tiene el pico de martín pescador.
Admito que me entró un frío en el estómago. Me vinieron a la mente imágenes del accidente de Adamuz, en el que tres vagones se habían descarrilado por una rotura previa en una zona de soldadura, según las conclusiones de los expertos. Pasada esta asociación mental, nos ubicamos en nuestros puestos y el tren inició el trayecto, persignada mediante.
A los diez minutos el tren se detuvo en seco. Irónicamente, había en ese punto geográfico una suerte de caseta o pequeño depósito de Adif al lado de mi ventana. Luego de esperar un rato, avanzó de nuevo y a los dieciséis minutos se detuvo otra vez. Pensamos lo peor: si esto iba a seguir así llegaríamos pasado mañana. Además, como parece ser la norma en Madrid no escatimar en poner las calefacciones a toda mecha en casi todos los sitios —creando una sensación inversa a la de una ciudad como Panamá (calle caliente, interiores fríos)—, empecé a sentirme mal. Me fui despojando de prendas hasta quedarme solo con una camiseta. Aun así sudaba. Hasta que pasó un empleado del tren que se dirigía hacia la cabina del conductor. Le rogué que bajaran la calefacción. Fue entonces cuando luego de un rato, dejamos de sentirnos como un pollo a l’ast, tan solicitados los domingos en Barcelona.
Nuestra ruta era diferente, dado que incluía varias paradas. Al llegar a la estación de Guadalajara sentimos un avance. Tal como nos había dicho el operador de Iryio el día anterior pero a la inversa, el trayecto con mayores problemas fue el tramo Madrid-Zaragoza. Y cito al operador de ayer porque, muy al contrario, el operador de Renfe no llegó a abrir la boca para dar anuncio alguno sino hasta cuatro horas más tarde de haber iniciado el trayecto. Aquí que, dominado por una vasta brevedad, informó que llevábamos una hora y media de retraso. Para mayor desinformación, al contrario de las pantallas del tren de Iryo, que arrojaban información constante, las del tren de Renfe estaban apagadas.
Solo se podía divisar la velocidad del desplazamiento mediante unas letras luminosas y números algo distantes, cerca de la puerta del conductor. Me parecía inaudito que, con la situación ferroviaria actual reinara el silencio, por no decir la censura o, mejor dicho, la autocensura. ¿O es que acaso no era censura sino desgano o falta de empatía con los pasajeros? En resumen, íbamos a la buena de Dios con nombre de operario de ferrocarriles. Solo un poco antes de llegar a Barcelona el conductor habló por segunda vez para anunciar que llegaríamos con dos horas de retraso.
Durante el trayecto, agradecíamos estar en un coche silencio en el que la gente respetó su definición pero ello, sumado al mutismo del operador, la negritud de las pantallas de los televisores y la oscuridad de la noche cerrada invernal afuera de la ventanas casi todo el trayecto, nos hacían sentir que vivíamos una suerte de apagón informativo. Leí un libro, escuché música y navegué por X. En una de esas me detuve en un tuit de un tal Benito Arruñada (economista, profesor de organización de empresas en la Universidad Pompeu Fabra): “No se quejen. El AVE entre Madrid y Barcelona ahora tarda 5 horas. Mucho menos que con Franco”. En lo que leí ese mensaje me acordé del resultado electoral y el temor ante la deriva autoritaria que ahora se imponía en el bonito y democrático país de Costa Rica. No cabe duda, son tiempos de borrascas.




Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: