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Tres besos breves

De aquí a la eternidad (Fred Zinnemann, 1953)

Querido Pablo:

En mi cabeza, este beso se producía en estruendoso technicolor: el azul brillante de las olas golpeaba con fiereza el torso bronceado de Burt Lancaster, la piel blanquísima de Deborah Kerr. Ambos se diluían en un mismo cuerpo durante ese beso estival a todo color, todo marchaba despacio, despacísimo. Me costaba creer que un beso como este —¡casi una iconografía del beso en sí!— no suspendiese el tiempo a su alrededor, pero mi cabeza se equivocaba: yo no conocía la película, sino la idea de la película; yo nunca había visto a esos cuerpos moverse sobre la arena, apenas había reparado una y otra vez en el mismo fotograma congelado. Deborah Kerr enroscada alrededor del cuerpo de Burt Lancaster, vistiendo ella un elegantísimo bañador negro y él un escaso slip del mismo color. Las rocas afiladas y broncíneas a su alrededor, el cielo despejado y puro.

En De aquí a la eternidad, el clásico melodrama bélico de Fred Zinnemann, el romance entre los personajes de Kerr y Lancaster sucede espasmódicamente, en medio de una narración algo trabada que satura al espectador con conflictos abiertos. Se enamoran rápido y su primer beso, ya apasionado, se produce apenas en su segundo encuentro. La secuencia de la playa se sitúa en el centro de la película con malicia: siguiendo el modelo narrativo clásico, Zinnemann ofrece al espectador una breve impresión de lo que podrían ser las cosas si no fuesen, de hecho, lo que son. El beso sobre la arena, el beso central y sacralizado, el beso que yo imaginaba eterno se produce aparatosamente, con ambos tropezando en la orilla el uno sobre el otro, arrullados por una suave ola. El cineasta no se recrea en él, la ola recupera su postura y el plano se corta, la película avanza, el beso termina. Todo sucede, por supuesto, en un implacable blanco y negro. No está presente el azul del mar, tampoco el brillo rojizo del cabello de Deborah Kerr ni el marrón reluciente de las rocas que los rodean. Todo es más prosaico y todo termina. El último beso entre ambos apenas llega a producirse.

***

En mi cabeza, el beso se produce en una noche extraña, los dos hemos bebido un poco, tú llevas un disfraz. Te quito las gafas para besarte sin que se empañen. Estamos en un parque, intuyo cerca la primavera porque los árboles ya no están tan secos, tan abatidos; pienso que es un buen momento para todo esto. Yo me acerco a ti repentinamente porque no sé cómo hacerlo, porque estoy profundamente nervioso y puedo ver el susto en tus ojos mientras nuestros rostros se aproximan —supongo que me muevo despacio para darte tiempo a que te retires de mi trayectoria—. Cuando te beso, mis ojos se cierran y el flujo de imágenes se detiene también en mi cerebro, estoy entregado a este tacto tan extraño, tan ritualista y hermoso. En mi cabeza, durante el beso se encienden las luces, la hierba está más verde que nunca, el mundo se aplana en un alarde de mansedumbre. En este caso, la cuestión se complejiza un poco más: no sé si resulta que no quiero o que no puedo evitarlo, pero mi cabeza vuelve a equivocarse. El beso es breve, cuidadosamente desapasionado; los dos pensamos demasiado acerca de él como para que pueda emular cualquier resto de pureza. Todo esto lo sé ahora, claro, una vez ha pasado el tiempo.

Al pensar en el amor de forma prosaica casi siempre acabo descarrilado, cavilando sobre otras cosas que no sé bien lo que son. Niego con mayor facilidad de la que tengo para afirmar, así que no coloco grandes marcos al amor: lo considero un elemento demasiado expansivo, indomable. No quiero decir el amor es porque no poseo una certeza de ese calibre, desconozco sus colores, sus tiempos y sus soluciones. Me hago una idea más exacta de lo que no es el amor, quizá porque para esas otras cosas sí dispongo de palabras a mi alcance, de definiciones y rigores varios. Pero si el amor está en lo mistérico, en lo inasible, quizá mi cabeza no se equivoque tanto: quizá entonces

el centro de la película de Zinnemann se desprende de ella y cae en mi mente como un fotograma intenso, coloreado con empeño —cada gota de agua azul golpeando los cuerpos fundidos, los cuerpos enamorados—

nuestro beso es una colcha blanca instalada en el cielo a pesar de lo logístico, de las cuestiones pedestres que se empeñan en hacerlo descender a lo común

El título De aquí a la eternidad despierta en mí muchas preguntas, y la más importante concierne siempre al presente, o a la temporalidad a la que se hace referencia al emplear la palabra aquí. Solo una interpretación me convence: es el beso lo que está aquí y mi cabeza tenía razón desde el principio, incluso antes de toparse con el engaño del movimiento, de los planos que se cortan para que la película avance y de las noches que se terminan para que el día siguiente se abra paso. Ese beso solo se mueve desde aquí hacia la eternidad.

***

En mi cabeza, el beso sucede en silencio. El aire huele a la piedra mojada de los cementerios y trae consigo su sigilo, su circunspección, su elegancia para habitar un mundo en el que representan la idea misma de la extinción. El beso no es estrictamente un beso porque los rituales son distintos. Nadie se abalanza sobre nadie en ninguna playa, nadie se acerca lentamente a otro rostro con miedo al rechazo; cada movimiento es un paso adelante y todos los pasos siguen el mismo compás. Los cuerpos no interactúan o lo hacen radicalmente: no hay contacto entre ellos porque no son distinguibles, están el uno al otro enraizados.

Mi cabeza no se equivoca, pero este beso pertenece al futuro.

Con cierta vergüenza por no referirme a ti cuando digo ,

Adrián.

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