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Llorar en el cine

Vivre sa vie (Jean-Luc Godard, 1962).

Querido Adrián:

Del libro de Ben Lerner Saliendo de la estación de Atocha solo recuerdo una de las primeras escenas, aquella en la que el protagonista, tras haberse fumado un porro en su terraza de la calle Huertas, entra en el Museo del Prado con un libro de Lorca en el bolsillo, se aproxima a El Descendimiento de Van der Weyden y se encuentra con un hombre que solloza contenidamente ante la magnitud del cuadro; luego su llanto se anuncia progresivamente en las salas contiguas y el desconocido alcanza, frente a El jardín de las delicias, un nivel de éxtasis tal que Lerner solo puede intuir esa expresividad como algo impostado pero verdadero, tan ridículo como envidiable, concluyendo así que el hombre que llora es un artista.

A fuerza de recordar si alguna vez yo he llorado en un museo, he rememorado la anécdota de Lerner. El otoño pasado visité asiduamente el Prado, y creo que solo he logrado emocionarme una vez, sin llegar a la lágrima ni al éxtasis ni al arrebato —ni a nada parecido a lo que Lerner llamaba irónicamente «una experiencia profunda del arte»—. Fue con un cuadro de Zurbarán, y digo con porque no creo que el cuadro fuese lo primordial en la emoción, sino la compañía o el recuerdo de la compañía, es decir, lo que yo insuflé en la imagen; el cuadro precipitó y activó la emoción, que rápidamente se desvinculó de la imagen en sí. Esta idea del arte como acompañamiento catártico es desde luego muy arcaica, pero también lo es la idea del «llanto estético» como elevación y arrobamiento, pues supone pensar que la emoción manifestada con ordinaria exterioridad es de algún modo superior a la emoción no expuesta, privada e íntima. Lo que hace menos frecuente y estrafalario llorar en un museo que llorar en el cine es la sensación de acompañamiento y comunión que aporta el espacio cerrado y oscuro de la sala frente a la vigilancia constante, el discurrir turístico y el valor de exhibición de las imágenes colgadas en la pared.

Detalle de El descendimiento de la cruz (Rogier van der Weyden, 1438 – óleo sobre tabla, Museo del Prado).

Con el vivo recuerdo de Vivre sa vie (Jean Luc-Godard, 1962) en mente, se me ocurre preguntarte hace cuánto que no lloras en el cine. He vuelto a ver la película de Godard recientemente y su imagen más célebre sigue pareciéndome, aparte de bellísima, demasiado evidente y fácil. Pienso que es una película repleta de destellos formales que se ven eclipsados por un —falso— plano contraplano en un cine; un plano que, al juntar las miradas de Falconetti y Karina, se aproxima peligrosamente a la idea de la musa; que posee una belleza tal como para desvincularse completamente de la película y convertirse en postal, en avatar o en fondo de pantalla. Pero de ese llanto limpio de Karina no se puede hablar más: se agota en el juego de luces, y cualquier comentario sobre su rostro sería exagerado e incluso supondría caer en el tertulianismo, ese modo tan particular de “crítica” que resalta de las películas las actrices, y de las actrices, sus rasgos físicos.

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Es curioso el retrato que el cine suele hacer de sus propios espectadores, mostrándolos o bien completamente embelesados, con la boca y los ojos bien abiertos —Cinema Paradiso—, o bien confundidos, como alejados de la realidad —Mes provinciales, Los ilusoso profundamente emocionados. Pocas veces se muestra a aquel espectador que entra, ve la película y se marcha sin que eso suponga una gran aventura ni un “milagro cotidiano”, ni mucho menos le cambie la vida o la percepción del mundo. Quizás por eso, llorar en el cine —no tanto el hecho como todo lo que despliega: frases hechas, imágenes, calificativos— se ha convertido también en un lugar común, y así es normal que algunas películas se clasifiquen con particulares “rombos” de dramatismo: «es muy buena, he llorado», «he salido llorando», «no podía parar de llorar»… La distinción película para llorar / película con la que no lloras es insensata porque homogeniza las emociones y desemboca en una vidriosa confusión entre sentimiento y sentimentalismo, entre lo melodramático y lo lacrimoso, sensibilidad y sensiblería. En una industria tan preparada y perversa como la cinematográfica, esta universalización del sentimiento y búsqueda de la emoción común solo conduce a la elaboración en masa de productos acartonados e indiferenciados en los que los actores se convierten en la única marca distintiva, por lo que para hablar de ellos hay que recurrir, de nuevo, al tertulianismo trivial.

Yo, por supuesto, estoy a favor de que el llanto se haga público, y recuerdo haber llorado de pequeño con historias cursilonas sobre guerras e infancia, como La lengua de las mariposas, Las tortugas también vuelan, La vida es bella o La tumba de las luciérnagas; películas que siguen en mayor medida el mismo patrón y que ahora no me apetece volver a ver. La última vez que lloré en una sala de cine también vino desencadenada, como en el Prado, por la compañía; la película no era ni mucho menos «de llorar».

Un abrazo,

Pablo.

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