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La tierra y el desamor

As I Was Moving Ahead Occasionally I Saw Brief Glimpses of Beauty, de Jonas Mekas.

a pesar de tus ojos escribir
salir a la calle
decir algo que valga la pena

preludio bélico/aviso/boletín informativo

quiero que el *periodismo* sea un campo de minas

***

PRIMERA PARTE: AL ESTE, DE NOCHE

Guardadas en la decimotercera carpeta del archivador, contando desde atrás hacia adelante: ahí están todas y cada una de las cartas que me escribiste. Primero las rompí, lo confieso. Las deshice a conciencia, buscando quizá apagar tu voz desmenuzando la palabra escrita. Al terminar, recogí los pedazos y los guardé. Con el paso del tiempo he ido reconstruyendo nuestro pasado, palabra a palabra, trocito a trocito. Largas tiras de cinta adhesiva y un mundo de plástico que ha convertido tus cartas en objetos irrompibles. Pasó mi oportunidad de triturar tu recuerdo. Ahí estás ahora. En la decimotercera carpeta del archivador, contando desde atrás hacia adelante.

ahora el invierno me acompaña por otra ciudad camino solo
otro barrio otros vecinos bares perros que no conocen mi nombre

Salgo a la superficie. Sostengo Nosotros, tierra de nadie, de Juan Domingo Aguilar. «Premio Andaluz de Poesía Villa de Peligros», dice su portada. La contraportada especifica organismos burocráticos: Ayuntamiento de Peligros; Diputación de Granada.

Todo esto sucede en el presente. Está sucediendo ahora. Paseo ahora por las calles, observo ahora el archivador, leo ahora Nosotros, tierra de nadie, de Juan Domingo Aguilar. Esto es el presente: un árbol de cenizas. Una arquitectura ruinosa, como de otro tiempo. ¿Cómo sentirían el tránsito del tiempo las personas que vivieron la construcción de las cosas? La nostalgia tuvo que ser un descubrimiento tardío. Ahora es lo único que queda. Como si todas las cosas vividas estuviesen ya detrás de nosotros.

De izquierda a derecha se desplaza el mundo, como un parabrisas arrastrando la masa acuática. Primero recoge, después deposita. Juan Domingo Aguilar no utiliza los signos de puntuación para dejar respirar a la música.

***

leo los poemas con la taza en la mano la misma taza exactamente la misma que utilizaste tú algunas veces la utilizaste con tranquilidad cotidiana dijiste mira sirvo la leche mira acaricio la taza observa atento observa mi mano se extiende sobre el asa atento no pierdas detalle cinco arrugas en cada falange el color como de un libro antiguo mis manos son libros que sólo vas a poder leer durante un tiempo determinado después ya sabes después el olvido el olvido diario cada día más borroso más difuso el recuerdo de mi mano hasta una mañana hasta esta mañana la misma taza la misma asa el mismo lugar ningún recuerdo todo vacío todo todo todo todo

***

SEGUNDA PARTE: AL OESTE, DE DÍA

El mundo se desplaza de izquierda a derecha, acompasando el paso del tiempo como el mismo sol. ¿Quién osaría hablar de los días desconocidos? Yo no he vivido todos esos días, me digo: a mí sólo me definen los días que he vivido. Aterriza, quizá, la genealogía de los días. La eterna historia que contaba papá. «El bisabuelo se escondió durante días en un barril en el frente hasta que cesó el peligro. El bisabuelo sobrevivió escondido en un barril». Quién sabe: madera contraída por el frío, frágil, a punto de quebrarse. La resistencia de esa madera, de pronto, se alza como el único motivo de mi existencia. El bisabuelo escondido en un barril, esperando que ninguna bala atravesase la madera, que ninguna bala impidiese el nacimiento de sus hijos, de sus nietos, de mi padre, mi nacimiento.

no quiero que mis hijos
sean mis fantasmas

Juan Domingo Aguilar gira los términos, no disocia memoria íntima y memoria histórica, piensa quizá que el espíritu de la historia es el mismo para ambos casos, que la escritura es insalvable, que somos los besos perdidos y el miedo de nuestros antepasados a no conseguir alcanzar la muerte habiendo vivido lo suficiente. Todos nacemos en esa carrera, en ese sudor. De repente, un bombardeo de imágenes en 35 mm.: mamá sonriendo, joven, con un vestido azul en la playa; los abuelos de la mano, jóvenes, paseando por la ciudad; papá siendo un niño, entre los coches, con un jersey de lana y la raya al medio; el otro abuelo en el campo, mirando a cámara, con una gorra roja y arando la tierra; los primos inquietos, sobre la mesa, escogiendo las manzanas más verdes. Escribe el poeta: «quizás la poesía sea solo eso / viejas historias que proyectamos sobre un papel».

De nuevo el bisabuelo escondido en el barril: no tengo imágenes para eso, apenas memoria de su rostro viejo, encogido sobre una enorme butaca como un trono en medio de la sala de estar, queriendo gritar pero susurrando: «¡Campeón!» Y si no tengo imágenes, ¿cómo puede eso definirme? Si yo no viví aquellos días fríos, en la víspera del terror, en pleno enfrentamiento estepario, si yo no sé nada sobre eso, ¿cómo puede ser posible que mi existencia dependa de ese momento? Pienso, agitado, que si una bala hubiese asesinado a mi bisabuelo no habría podido conocerte. No te habrías ido. No habría roto tus cartas y no las habría reconstruido. No te habría olvidado sin querer hacerlo.

TERCERA PARTE: EN MEDIO, TIERRA DE NADIE

Me pregunto qué podría existir entre el presente y el pasado. Quizá un instante imposible de felicidad.

los platos rotos
no hace falta fregarlos más

A corto plazo, el pasado y el presente son presente.

A largo plazo, el pasado y el presente son pasado.

La poesía, la palabra, las imágenes. ¿Dónde las esculpimos? ¿En qué tiempo posible?

Regreso a las cartas que me escribiste, reconstruidas con precisión escultórica —y eso que a mí, ya sabes, me tiemblan las manos—. Tú dices, literalmente: «Creo que esto que estamos construyendo es lo más hermoso que he conseguido hacer jamás. Me daría mucha pena perderlo; no puedo permitírmelo». Pienso acerca de quién puede estar diciéndome ahora estas palabras. El hecho de que estén ahí, así escritas, ¿no las valida acaso para cualquier momento de lectura? La palabra es una puerta de acceso, un instante suspendido.

Nosotros, tierra de nadie, titula su poemario Juan Domingo Aguilar. Y en medio de la guerra y sus llantos, en ese instante mínimo de desconcierto, de espera, de vigilia, se cuela para prolongarlo eternamente.

***

en el bosque todos los árboles son el mismo árbol

¿de quién es esta tierra?


nuestra les digo


de nadie

Me acerco a un árbol, lo abrazo. Abrazo a mi bisabuelo. Te abrazo a ti.

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Autor: Juan Domingo Aguilar. TítuloNosotros, tierra de nadieEditorial: Diputación de Granada. VentaAmazonCasa del libro.

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