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Últimos días en Berlín, de Paloma Sánchez-Garnica

Últimos días en Berlín, de Paloma Sánchez-Garnica

Cuando Yuri Santacruz asistió al nombramiento como canciller de Adolf Hitler, no podía imaginar lo mucho que cambiaría su vida en Berlín. Había llegado allí unos meses atrás, después de haber huido, junto con parte de su familia, de San Petersburgo, asfixiados por una revolución que los había dejado sin nada. A Yuri también lo privó de su madre y su hermano pequeño, a quienes las autoridades rusas no permitieron la salida del país.

Ya en Berlín, su sentido de la justicia lo impulsará a defender a un joven comunista agredido por las tropas de asalto de Hitler. Ese día, además, conocerá a su gran amor, Claudia. Su vida dará un giro inesperado, y la que hasta entonces había sido su máxima prioridad, buscar a su madre y a su hermano, será sustituida por otra más urgente en esos tiempos convulsos: seguir con vida.

Zenda adelanta las primeras páginas de Últimos días en Berlín, de Paloma Sánchez-Garnica, novela finalista del Premio Planeta 2021.

***

Berlín, 30 de enero de 1933

Obedeciendo a una ley irrevocable, la historia
niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer
en sus inicios los grandes movimientos que
determinan su época.

STEFAN ZWEIG, El mundo de ayer. Memorias de un europeo

A pesar del aire gélido de aquel atardecer, Yuri Santacruz decidió salir a la calle. Su casera, la señora Metzger, había oído la noticia en la radio: se había organizado un desfile de antorchas para celebrar el nombramiento de Adolf Hitler como nuevo canciller de Alemania. No quería perdérselo. Por recomendación de la señora Metzger, se abrigó y bajó las escaleras a toda prisa. Nada más salir del portal, el frío traspasó el recio chaquetón aún abierto. Aterido, abrochó los botones, se puso los guantes de piel que le había regalado su hermana Katia por Navidad y ajustó al cuello la bufanda que le había tejido la vieja Sveta. Del cielo plomizo se desprendía aguanieve que se le posaba en las mejillas. Se caló el sombrero y avanzó con paso rápido por Friedrichstrasse. De muchas ventanas y fachadas colgaban banderolas de color rojo rotuladas por el negro de las retorcidas esvásticas. Al llegar al bulevar de Unter den Linden ralentizó el paso, pasmado ante el espectáculo.

En el horizonte nocturno en el que destacaba el ático de la Puerta de Brandeburgo se vislumbraba el fulgor de cientos de teas, que se movían al son de la marcha. A medida que Yuri se acercaba a Pariser Platz, crecía una multitud desordenada ávida de presenciar aquel cortejo. Las chispas de las antorchas crepitaban en el aire helado. Impresionaba el crujir de las botas que rompían la nieve del suelo con paso sincronizado al compás del redoble de los tambores y de las potentes voces que entonaban el Horst Wessel Lied, canto patriótico del Partido Nacionalsocialista que acabaría por relegar al himno oficial de Alemania en la época que empezaba a fraguarse en ese mismo instante. El avance de centenares de hombres ataviados con el uniforme pardo de las milicias nazis parecía una serpiente llameante que se deslizaba lenta e implacable bajo los arcos de la Puerta de Brandeburgo, cruzaba Pariser Platz y giraba por Wilhelmstrasse para pasar ante la cancillería, en cuyo balcón saludaba un Hitler envanecido. Eran las SA, las famosas tropas de asalto, cuyo número y apabullante presencia habían aumentado en los últimos tiempos de forma alarmante, infiltrados cada vez con más ímpetu en la vida privada de los ciudadanos, empleados en amedrentar y proscribir cualquier disidencia política, atajando cualquier crítica al partido liderado por Hitler.

Yuri observaba atónito aquella masa humana que se movía ante sus ojos en hileras de a seis, enarbolando cada uno de ellos una antorcha y formando centelladas de luz en el gris de los adoquines y sombras inquietantes sobre las fachadas de los edificios, como una sutil amenaza. Se fue abriendo paso a empujones entre la multitud de mujeres alemanas, madres, hermanas y esposas de los hombres y muchachos que desfilaban marciales por el centro de la calle, a quienes jaleaban con ardoroso ímpetu y el brazo en alto agitando lo que tenían a mano —pañuelos, bufandas, banderolas—, contagiadas de una especie de histerismo que se extendía como un tóxico imperceptible. Otros, como él, eran simples espectadores que asistían a semejante puesta en escena con gestos de cautela, recelosos, sorprendidos.

Era tanto el fervor de los que contemplaban el desfile, que no parecían sentir el frío punzante; Yuri, en cambio, se veía obligado a moverse sin descanso para no congelarse. Sumergido en aquella multitud, se sintió apabullado ante la magnífica celebración de lo que se consideraba un triunfo de Alemania. Le fue difícil no dejarse arrastrar por aquella euforia colectiva, por la sensación de que algo importante estaba ocurriendo.

Después de más de una hora de caminar de un lado a otro, decidió regresar a casa. Se alejó de las arengas y el ruido y avanzó despacio por calles cada vez más solitarias. Cuando ya enfilaba la suya, oyó a su espalda una mezcla de voces, insultos y gritos de auxilio. Se detuvo y se dio la vuelta para saber qué pasaba y quién clamaba ayuda. A unos cincuenta metros, media docena de hombres uniformados de pardo golpeaba y pateaba sin piedad a alguien ya derribado en el suelo, que intentaba protegerse encogido sobre sí mismo. Al llegar a Berlín le habían aconsejado que, por su propia seguridad, se mantuviera al margen. Permaneció inmóvil durante unos segundos, indeciso, espantado de ser testigo del salvaje apaleamiento de un indefenso. Estaba a pocos metros de su portal e hizo amago de continuar su camino y seguir el consejo de alejarse, de no meterse en líos, pero aquellos gritos llegaban implacables hasta su conciencia. Apretó los puños en el interior de sus guantes, tensó la mandíbula y dio un paso, y luego otro y otro más, y sin darse cuenta estaba corriendo hacia el grupo.

—¡Eh, eh, parad de una vez! —gritó en un alemán perfecto cuando ya estaba muy cerca—. ¿Qué hacéis? ¡Dejadlo en paz!

Se quedó a un par de metros como si con su mera presencia pudiese llegar a amedrentar a aquellos energúmenos. Solo uno de los agresores interrumpió su afán; el resto no hizo siquiera amago de parar su ensañamiento sobre el cuerpo encogido y en tensión de su víctima.

El que se había detenido se le encaró desafiante, los brazos en jarras, las piernas abiertas, la barbilla alta, el pecho hinchado, altanero.

—¿Y a ti qué coño te importa? Lárgate de aquí si no quieres recibir tú también.

Todos iban con la abrigada camisa parda, la corbata a juego, el brazalete rojo con la cruz gamada ceñido al brazo izquierdo, los correajes de cuero cruzados al pecho, el pantalón bombacho, el quepis calado y unas rudas botas negras que cubrían la pantorrilla, como los que había visto desfilar hacía unos minutos, dedicados estos a la despiadada caza de una presa factible.

—Sois muchos contra uno solo. —Yuri trató de mantener un tono de tranquilidad y que no se notase el miedo que lo acogotaba—. No es muy valiente por vuestra parte, ¿no crees?

—Lárgate, te he dicho —insistió el camisa parda—. No es asunto tuyo.

Sin pararse a pensarlo, dejándose llevar por el instinto moral de su conciencia, con un movimiento rápido e inesperado, Yuri sorteó con habilidad aquel muro humano y se fue hacia el grupo con la intención de apartarlos del agredido. Empujó a unos y otros hasta que logró llegar al chico, que no dejaba de chillar de espanto. Procuró protegerlo a base de empellones hasta que lo derribaron; entonces fue él quien empezó a recibir patadas y golpes con porras de caucho que caían contra su espalda como una lluvia de piedras. Se cubrió la cabeza con los brazos y encogió el cuerpo replegando las piernas en su regazo a la espera de que aquello terminase en algún momento. De repente, por encima de aquel infierno de golpes, se alzó una voz femenina.

—¡Basta ya! ¡Dejadlo! ¡Parad! Estáis locos… ¡Los vais a matar!

—¡La que faltaba! —bramó uno de ellos—. Vete de aquí. Esto no es para mujeres.

—Te he dicho que pares. ¡Ya basta! —gritó la recién llegada.

Al no conseguir nada, cambió el tono y buscó convencer—: Hoy es un día de fiesta, Franz. Esto no toca. —La chica cogió del brazo al que se había encarado con Yuri, instándolo a que detuviera los golpes—. Hazme caso, llévate a tus chicos a celebrarlo y deja en paz a estos desgraciados.

El camisa parda arrugó el ceño, apretó la mandíbula, se volvió hacia el grupo y habló impostando autoridad.

—Está bien. Por hoy hemos terminado con esta basura.

La agresión remitió y se hizo un silencio roto tan solo por el resollar de los atacantes cansados de propinar golpes. Yuri levantó la cabeza para mirar a la mujer que los había salvado; llevaba un gorro de lana gris bien calado y el amplio cuello del abrigo le cubría hasta las mejillas. Los ojos de ella se clavaron en los de Yuri, apenas unos segundos hasta que alguien con voz bronca quebró la magia de aquella mirada de un verde casi transparente.

—Aquí no se ha terminado nada —dijo el más corpulento de todos, enfrentándose de forma chulesca con el que parecía el cabecilla. El habla gangosa y su caminar tambaleante evidenciaban la borrachera—. A mí no me da órdenes una mujer.

—Te las doy yo, que soy tu superior. Y te ordeno que te vayas a casa a dormir la mona, que por hoy ya has bebido bastante.

El aludido tenía el aspecto de un oso, no solo por el color del uniforme sino por el cuerpo grande, la cabeza cuadrada hundida en el tronco casi sin cuello.

—Me iré cuando a mí me dé la gana. A este le tenía yo ganas y esta vez no se me escapa. Dicho esto, le propinó una fuerte patada en la cara al chico, que aulló dolorido y se arrastró por el asfalto como un animalillo asustado.

El que actuaba como cabecilla se fue hacia él a pesar de que el otro lo doblaba en volumen y le sacaba media cabeza de altura.

—He dicho que se acabó la fiesta —lo conminó agarrándolo del brazo.

Encarados ambos, el jefe tuvo que alzar la vista para enfrentar sus ojos. El oso inflaba tanto el pecho que hacía tensar la tela de su camisa hasta el extremo. Forcejearon, se empujaron entre gritos e insultos. Los demás permanecían alerta, pero ninguno se atrevía a intervenir. De pronto, alguien dio la voz de alarma.

—¡Cuidado, Franz, lleva una navaja!

Advertido el jefe y descubierta el arma que el oso sujetaba en la mano derecha, aprovechó la descoordinación de movimientos por efecto del alcohol y se la arrebató con habilidad. Acto seguido, en una acción inmediata y casi inconsciente fruto de la rabia, el jefe alzó la mano y hundió la navaja en la papada del díscolo.

—¡No!

Al grito de impotencia de la chica le siguió un estremecedor silencio. Durante unos segundos eternos los dos hombres permanecieron unidos en un mortal abrazo, aferrado el oso al cuerpo del jefe. Se separó al fin llevándose las manos al cuello, con una mueca consternada de horror al sentir el amarre de la muerte. Se tambaleó, trastabilló y se desplomó golpeando la cabeza contra el borde de la acera, un golpe seco que sonó terriblemente hueco. La imagen pareció congelarse, detenida en el tiempo, todos quietos, mudos, el único movimiento eran las vaharadas blanquecinas que formaba en el aire el aliento de los otros, jadeantes de frío, de esfuerzo y de consternación.

El caído quedó inerte, los ojos abiertos, la boca torcida. Una sombra oscura se deslizó lentamente desde su cuello, tiñendo de rojo la albura de la nieve recién caída. El jefe lo observaba con el rostro desencajado, perplejo por lo que acababa de hacer. Se miró la mano en la que todavía empuñaba el pequeño estilete que goteaba sangre fresca, y lo soltó como si le hubiera ocasionado un calambre. No dejaba de mirarse la mano abierta, ensangrentada, temblona.

El resto seguía sin reaccionar, sobrecogido por la macabra escena. El primero que se movió fue el chico víctima del ataque, a quien los agresores daban la espalda. Se levantó sigiloso y, sin quitar la vista del grupo, cogió a Yuri por el brazo y lo ayudó a incorporarse; con un gesto le indicó que corriera. Antes de hacerlo, Yuri miró a la chica. Sus ojos se cruzaron de nuevo. Luego echó a correr.

—Hijos de puta —clamó rabioso el chico que lo precedía en la carrera—. Son como animales salvajes.

Al acercarse al portal, Yuri ralentizó la marcha mientras buscaba las llaves en su bolsillo. Se detuvo al llegar frente a la entrada, nervioso. El chico también se detuvo.

—¿Vives aquí? —le preguntó como si le extrañase.

Yuri asintió al tiempo que trataba de introducir la llave en la cerradura. El otro dio varios pasos alejándose de él, sin dejar de mirarlo; se puso la mano en la frente a modo de saludo militar y le dijo con una amplia sonrisa en el rostro:

—Gracias, amigo, te debo una.

De inmediato, echó a correr con una velocidad extraordinaria. Yuri se dio la vuelta hacia el grupo que ya empezaba a dispersarse. La mano le temblaba tanto que no atinaba con la llave. Sentía un doloroso latido en las sienes y el labio le escocía como si tuviera una tea candente en su interior. Notó el sabor pastoso de la sangre. Por fin abrió, entró en el portal y se precipitó escaleras arriba. Se metió en su buhardilla con el corazón a punto de estallarle en el pecho. Pegó la espalda en la pared y se dejó caer hasta quedar sentado en el suelo, jadeante. Le faltaba el aire, como si el oxígeno no llegase a sus pulmones, sentía que se ahogaba. Se quitó los guantes, se despojó de la bufanda igual que si lo hiciera de una soga al cuello, pero seguía sintiendo una presión insoportable.

Se levantó y, con paso vacilante, se acercó hasta una de las mansardas, abrió el cristal y sacó medio cuerpo al exterior buscando aire que respirar. Lo hizo a bocanadas, con el ansia que le imponía el latido del corazón. Cuando se calmó, volvió a sentarse en el suelo, junto a la ventana abierta. Temblaba de frío. O tal vez era de miedo, el miedo que lo acompañaba siempre desde hacía doce años.

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Autora: Paloma Sánchez-Garnica. Título: Últimos días en Berlín. Editorial: Planeta. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Foto: Arduino Vannucchi.

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