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Que no te quiten la corona, de Yannick Haenel

Que no te quiten la corona, de Yannick Haenel
La editorial Acantilado publica Que no te quiten la corona, de Yannick Haenel, (Rennes, 1967), una novela en la que Jean, el protagonista ha escrito un monumental guión sobre la vida de Herman Melville que, según él, sólo Michael Cimino, el director maldito de El cazador, podría llevar al cine. 
Una historia adictiva de la que Zenda publica el primer capítulo.
EL GAMO BLANCO
En aquella época, yo estaba loco. En la maleta llevaba un guión de setecientas páginas sobre la vida de Melville: Herman Melville, el autor de Moby Dick, el mayor escritor estadounidense de todos los tiempos, aquel que al mandar al capitán Ahab en pos de la ballena blanca provocó un motín de dimensiones colosales y ofreció a través de sus libros torbellinos de profecías a las cuales yo me aferraba desde hacía años; Melville, cuya vida había sido una catástrofe perpetua, que no había hecho más que luchar sin descanso contra la idea del suicidio y que, tras haber vivido las más fabulosas aventuras en los mares del Sur y saboreado las mieles del éxito narrándolas, se había convertido a la literatura, es decir, a una concepción de la palabra como verdad, y había escrito Mardi, que nadie leyó, y luego Pierre o las ambigüedades, que nadie leyó, y luego El estafador y sus disfraces, que nadie leyó, antes de encerrarse los últimos diecinueve años de su vida en una oficina de aduanas de Nueva York y confesarle a su amigo Nathaniel Hawthorne: «Aunque escribiera los Evangelios de este siglo, moriría en la miseria».
Tal vez yo estuviera loco, pero había escrito aquel guión para dar voz a lo que habita en la soledad de un escritor, aun sabiendo perfectamente que algo así no puede representarse: nadie es capaz de atestiguar el pensamiento de otro, por la sencilla razón de que el pensamiento se produce sin testigos, y sin embargo, en mi guión había intentado dar voz precisamente a eso, al pensamiento de Melville, a los habitantes de sus pensamientos.

Esa población de pensamientos es todo un mundo, y ni siquiera los libros escritos y publicados por Melville bastan para dar una idea de la inmensidad que puebla la cabeza de un escritor como él. De hecho, hay una frase de Moby Dick que evoca este desbordamiento: hablando de la ballena, alude al «interior místicamente alveolado de su cabeza». Pues bien, de eso precisamente trataba mi guión: del interior místicamente alveolado de la cabeza de Melville.

Al hablar con los productores me daba cuenta de que no era fácil hacerse una idea clara del tema de mi guión, y tarde o temprano, cuando en la conversación alguno de ellos preguntaba: «Pero ¿de qué va?», me encantaba responder que iba de eso, «del interior místicamente alveolado de la cabeza de Melville».
No sabría decir qué era lo que les provocaba estupefacción, si el término místicamente o el término alveolado. Por supuesto, ningún productor apostaba por el proyecto, pero yo no me desanimaba: cuando uno actúa contra sus propios intereses (cuando uno se sabotea a sí mismo), lo hace siempre por fidelidad a algo más oscuro que en su fuero interno sabe que es cierto. Al fin y al cabo, lo precioso es tan difícil como raro.

Además, en aquella época, yo no pretendía complacer a nadie, ni siquiera buscaba el reconocimiento: lo que buscaba era alguien que no se burlase de mí al oírme hablar del interior místicamente alveolado de una cabeza; alguien que no me mirase como si estuviera loco (aunque lo estuviera); alguien que no pensara en escribir mensajes en el móvil o en su siguiente cita mientras fingía escucharme; alguien que al oír esas palabras, «el interior místicamente alveolado de una cabeza», se contentase con sonreír, bien porque las palabras fueran de su agrado, bien porque entendiera perfectamente de qué iba la cosa. Pero ese alguien, en caso de existir, debía tener también el interior de su cabeza místicamente alveolado.

Total, que yo estaba más solo que la una y The Great Melville a punto de hacer compañía a la inmensa legión de guiones abandonados. En algún lugar existe una estepa cubierta de polvo y huesos, diríase un cielo, diríase la luna, donde se almacenan los guiones exiliados, esperando tal vez, algo mortecinos ya, la mirada de un actor, de una actriz, de un productor, de un director, aunque por regla general su soledad es irrevocable, y el polvo va apagando poco a poco su luz.

 

La mayoría de mis amigos pensaba que el guión era una insensatez. Pensaban que era insensato que dedicara el tiempo a un proyecto tan poco creíble: según ellos, a nadie se le ocurriría hacer una película a partir de un guión como aquél, nadie tendría ganas de ver la vida de un escritor fracasado; aunque, en el fondo, de lo que mis amigos no tenían ganas era de verme fracasar a mí por culpa de aquella historia. Según ellos, lo sensato habría sido escribir un libro sobre Melville, una biografía, por ejemplo, pero no un guión: el guión es la muerte del escritor, me decían; el momento en que los escritores se ponen a fantasear con el cine marca precisamente su muerte como escritores; la ruina, para un escritor, la ruina económica, pero sobre todo la ruina moral, la ruina psíquica, la ruina mental, empieza cuando se le mete en la cabeza la idea de escribir un guión.

Pero yo ya había escrito el guión: no tenía nada que temer. ¿Qué ruina podía inquietarme? Había escrito novelas y seguiría escribiéndolas: tenía miles de ideas de novelas, pero antes quería vivir hasta el final la aventura de aquel guión, confiaba en The Great Melville, quería hablar de la soledad del escritor y del carácter místico de esa soledad, quería dar voz a lo que encierra el interior de una cabeza místicamente alveolada.

La gente, y mis amigos no son una excepción, ve a los escritores como simples narradores de historias, eventualmente como buenos narradores de historias que eventualmente tienen ideas singulares, incluso apasionantes, sobre la vida y la muerte. Pero un tipo con el interior de la cabeza místicamente alveolado suele parecerles una exageración.

Total, que en aquella época todo el mundo pensaba justamente eso: que estaba exagerando. Y yo no hacía nada para convencerles de lo contrario: me mantenía firme en mi idea. Por supuesto que The Great Melville era una película imposible, pero el tema del guión era precisamente lo imposible.

En el fondo, un escritor —un verdadero escritor (Melville, y también Kafka, me decía, o Lowry o Joyce: sí, Melville, Kafka, Lowry y Joyce, exactamente esos cuatro, y repetía sus nombres a mis amigos y a los productores con los que me cruzaba)— es alguien que consagra su vida a lo imposible. Alguien que tiene una experiencia fundamental con la palabra (que encuentra en la palabra una vía hacia lo imposible). Alguien a quien le ocurre algo que sólo sucede en la esfera de lo imposible. Y aunque ese algo sea imposible no por ello deja de ocurrirle: al contrario, le ocurre lo imposible porque su soledad (es decir, su experiencia con la palabra) es tal que pueden suceder ese tipo de cosas inconcebibles, y suceden a través de las frases, a través de los libros que escribe, frases y libros que, aunque parezcan estar hablando de otra cosa, no hacen más que hablar secretamente de eso.

Un escritor, me decía yo, y les decía a mis amigos y a los pocos productores con los que conseguía reunirme para hablarles de The Great Melville, un escritor (Melville, pero también Kafka o Hölderlin, Walser o Beckett, pues iba variando mi lista) es alguien cuya soledad está estrechamente ligada a la verdad y se consagra a ella a cada instante, por mucho que ese instante revele una ligera tribulación, por mucho que esa verdad le resulte esquiva y oscura, por no decir demencial; un escritor es alguien que, aun pasando desapercibido a los ojos del mundo, es capaz de ver en él tanto la belleza como el crimen, y lleva en sí, con humor o desolación, a través de ideas revolucionarias o depresivas, cierto destino del ser.

Tengo que reconocer que, en cuanto pronunciaba las palabras «destino del ser», incluso mis amigos más indulgentes se mostraban desalentados. Sin duda veían en ellas un delirio de presunción, pero ¿acaso hay algo más sencillo (y a la vez más complicado, por supuesto) que el ser? ¿Acaso hay algo más importante que consagrar la vida al ser y procurar que en todo momento nuestra vida dialogue con esa dimensión? A partir de entonces, ya no tenemos simplemente una vida, sino una existencia: por fin existimos.

Yo me decía que un escritor, al menos Melville o Hamsun o Proust o Dostoievski (hago grandes esfuerzos por variar mi lista), es alguien que consigue conjugar la experiencia de la palabra con una experiencia del ser; y que, en el fondo, gracias a ese permanente ponerse a disposición de la palabra—de lo que ocurre cuando escribe—, abre su existencia entera, lo quiera o no, a semejante experiencia.

No importa si dicha experiencia está iluminada por Dios o por la muerte de Dios, si está habitada o desierta, si consiste en dejarse absorber por el tronco de un árbol o por los surcos de la nieve, en abrirse al corazón desmedido de una mujer extraña o en descifrar los signos trazados en la pared, lo relevante es que contiene algo ilimitado que la destina a ser en sí misma un mundo, y a modificar por consiguiente la historia del mundo.

Me perdía un poco con mi demostración, pero no perdía de vista una cosa, la más importante para mí: que a través de Melville se escribía en cierto modo el destino del ser. Y la prueba era que su cabeza estaba místicamente alveolada.

Me acuerdo de una amiga que aseguraba que el absoluto no es más que una ilusión, una manera de «devanarse los sesos», como decía Flaubert (mi amiga solía citar a Flaubert). Para ella, Melville era en realidad un tipo normal—no el santo que yo imaginaba—, con sus rutinas, sus agobios y sus arrebatos: un tipo como cualquiera que simplemente especulaba sobre la existencia de un hueco en la pared. Sin duda estaba en lo cierto, pero a mí me bastaba con aquella especulación, con aquel hueco en la pared, por pequeño que fuera. Me bastaba con pensar que había un hueco en la pared para que la pared dejara de interesarme y todos mis pensamientos se concentraran en el hueco. Quien ha visto un hueco en la pared, o simplemente lo ha imaginado, está condenado a vivir con la idea del hueco en la pared, y resulta imposible vivir con esa idea del hueco en la pared sin dedicarle la vida entera, eso le decía yo a mi amiga, y se lo repetía a la mayoría de mis amigos, y a los productores que fingían interesarse por el guión que yo había titulado The Great Melville.

Entonces, un buen día, escuché una frase de Melville que decía que en este mundo de mentiras la verdad se ve forzada a huir a los bosques como un gamo blanco atemorizado, y pensé en esa película de Michael Cimino que en Francia se conoce como Voyage au bout de l’enfer, pero cuyo 1 tulo original es The Deer Hunter, es decir, ‘el cazador de ciervos’.

En la película, que trata sobre la guerra de Vietnam y donde las largas escenas de ruleta rusa interpretadas por Christopher Walken dan a aquella absurda guerra la dimensión de un suicidio colectivo, el cazador, interpretado por Robert De Niro, persigue un gamo a través de los bosques de Estados Unidos; cuando por fin lo atrapa, cuando lo tiene en el punto de mira, decide no disparar.

Como en ciertas leyendas, como en la historia de san Julián el Hospitalario, en la que el gran ciervo desarma al sacrificador, el gamo al que Robert De Niro perdona la vida en la película de Cimino es el superviviente de un mundo dominado por el crimen, y da fe de una verdad oculta en los bosques, de algo que va más allá de la criminalidad del mundo y que, en cierto modo, le planta cara: la inocencia que se salva de una América enfrascada en su suicidio bélico. Y es que el gamo, al escapar del sacrificio, pone al descubierto precisa-mente aquello que lo amenaza, es decir, el mundo convertido por completo en víctima de un sacrificio.

Aquella tarde me dije: ese gamo es Melville —es Melville-Kafka-Lowry-Joyce o Melville-Hölderlin-Walser-Beckett o bien Melville-Hamsun-Proust-Dostoievski—, es el destino de la literatura, su encarnación mística, tal vez incluso su cabeza alveolada.

Yo iba conduciendo, con la radio encendida, y en France Culture escuché a Tiphaine Samoyault, escritora a la que aprecio, citar la frase de Melville sobre la verdad que se ve forzada a huir a los bosques como un gamo blanco atemorizado. Samoyault explicaba de manera brillante que esta concepción de la verdad se parece a la de los griegos, y a lo que Parménides llamaba alétheia, la verdad como velo-desvelo, como ocultación-desocultación. La verdad no es un concepto inmutable, aparece y desaparece, es una epifanía, sólo existe a través del destello que la hace posible. Estaba absolutamente fascinado por lo que escuchaba y en mi cabeza, con todos esos nombres que no cesan de galopar día y noche, que no cesan de tejer relaciones, de pronto un gamo blanco había empezado a atravesar los kilómetros de bosques en los que se concentran, día y noche, mis pensamientos (mi cabeza es un bosque de nombres propios, de ahí mi cansancio).Al mismo tiempo que pensaba en el gamo que aparece en El cazador de Cimino y que, al detenerse frente a Robert De Niro, parece exponer la verdad misma de la locura de los hombres, pensé en El jinete polaco de Rembrandt, que puede verse en la Frick Collection de Nueva York, sin duda a causa de la blancura atemorizada del caballo parado en mitad de las tinieblas, como si la guerra hubiera quedado suspendida unos instantes y en el lugar de la hecatombe surgiera, en un breve destello, la luz de la verdad.

Pero si empiezo a hablaros de todo lo que se me pasa por la cabeza, si os cuento en detalle todos mis pensamientos, y el cómo y el por qué me vienen, si os hablo de su simultaneidad, esta historia no tendrá fin.

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Autor: Yannick Haenel. Título: Que no te quiten la corona. Editorial: Acantilado. Venta: Todostuslibros y Amazon

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