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Un caballo blanco con un fisquito pintorriadito namás apenas

Un caballo blanco con un fisquito pintorriadito namás apenas

Pajaritos preñados no es la profesora que te dejará atrás si no aprendes la tabla de multiplicar del nueve para la próxima clase, sino ese nativo que no tiene ni idea de español y del que toca aprender inglés a través de conversaciones, gestos y tanto esfuerzo que, de puro agotamiento, volverás a casa diciendo jelou en un acento que ni entenderá el nativo ni entenderá tu madre, pero que demuestra que algo, un fisco, se te ha quedao.

Andrea Abreu no mastica a conciencia la trama, la forma ni el vocabulario de su nueva novela para después regurgitarlo en forma de plasta a las bocas de sus lectores y que estos se sientan más cerca de Canarias. Desde la primera página, deja claro cómo quiere contar su historia y exige al lector que esté atento, que aprenda de la mano del Higo Pico, La Macha, Chachiraxi, El Churrero y demás vecinos cuáles son las reglas de ese mundo tinerfeño que no sale en las postales, cuáles son sus símbolos, sus palabras, sus formas de soñar, de afrentarse y de trasponer cuando se presenta como la única solución posible a una vida que no da tregua.

Los pajaritos preñados provienen de las mentes de los dos protagonistas: El Tiznado y Cathaysa, padre e hija, uno rebautizado con un mote que es testimonio del maltrato sufrido a manos de la madre; una bautizada como María Cathaysa, María por obligación del cura y Cathaysa por los guanchitos, pobrecitos.

"Los años que los separan, la diferencia de género, así como la posibilidad de que una pueda verse reflejada en el otro, son elementos fundamentales para comprender las situaciones que viven y sufren"

El Tiznado está escrito con una ternura sincera que convierte al lector en cómplice de sus sueños y actos, de sus pensamientos más esperanzadores y los más oscuros. Un hombre maltratado por la vida, que avanza convencido de que Dios lo tiene todo planeado y que cada paso que da está predefinido por una fuerza superior, ya sea el divino o el mismísimo Destino. El Tiznado sabe interpretar los símbolos, los malos presagios, sabe pedir ayuda a las brujentas y distinguir qué le hace mal y qué bien, pero su mente y su alma están tan aferradas al fatalismo que todo acaba mezclándose hasta que el negro y el blanco se intercambian y amenazan con torcer sus pasos.

Cathaysa vive su juventud aferrada a su deseo de ir de fiesta en fiesta sin enfrentarse a la vida, de disfrutar sus dieciséis recién cumplidos, de ser eternamente hermosa, sensual, deseada y amada, sobre todo por su padre querido. El Tiznado es el modelo a seguir de Cathaysa, ese hombre que sueña, que cuenta historias, que encuentra tesoros en la chatarra y que le puso un nombre guanche porque ellos vienen de los guanchitos, pobrecitos. Es una joven llena de vitalidad que detesta a la loca de su madre, Engracia, que se encoge ante las habladurías de las ancianas, que se siente atraída por esos caleteros que traen bronca con sus motos y que se endrogan en los cuartos de baño de los bares.

El Tiznado y Cathaysa se entrelazan, dialogan y luchan en sus corazones contra conflictos, si no iguales, sí semejantes. Los años que los separan, la diferencia de género, así como la posibilidad de que una pueda verse reflejada en el otro, son elementos fundamentales para comprender las situaciones que viven y sufren y las decisiones que toman o se creen obligados a tomar.

Como ya ocurría en Panza de burro, Andrea Abreu no tiene miedo de hablar de la sexualidad, de los abusos, de la violencia y de cómo todo ello conforma la vida de una persona hasta transformarla en lo que es y en cómo procesa conceptos como el amor o la propia existencia.

"Con cada afirmación, un momento de incertidumbre, pues el lector sabe que tanto Cathaysa como El Tiznado guardan secretos que ninguno se atreve a traducir en palabras"

Así pues, la identidad te la otorgan los otros: «Siempre que Cathaysa necesitaba sentir que seguía existiendo, le bastaba con buscar al primo con los ojos». Todo lo que uno puede ofrecer se basa en su sexo: «[…] porque de las partes nacía todo lo que él podía dar, de aquella tranca como mazaroca millo nacía todo lo él pensaba que podía dar». Y el amor es enamoriscarse al principio y gritarse después: «Eso era el amor, eso era lo que Cathaysa sabía de los hombres y las mujeres que andaban siempre juntos: que no había que quererse para aguantarse, que no había que respetarse, que más bien había que faltarse al respeto hasta perder idea de lo que era respetar a una persona».

Y con cada afirmación, un momento de incertidumbre, pues el lector sabe que tanto Cathaysa como El Tiznado guardan secretos que ninguno se atreve a traducir en palabras. ¿El amor es restregarse con La Macha o con El Higo Pico? ¿El caballo blanco con un fisco negro namás no es en realidad gris? ¿El perro que muerde y desgarra y lo tortura a uno durante toda la noche es un disfraz del Diablo?

Pajaritos preñados no puede reseñarse con justicia sin tener en cuenta la obra en su conjunto. Por desgracia, las reseñas deben evitar los destripamientos si no quieren espantar a los lectores, por lo que solo queda decir que quien se anime a adentrarse en esta obra, debe prepararse para pensar y hablar como El Tiznado, Cathaysa y el resto de personajes, para pasar los días bajo la panza de burro y para soñar con una luz que guíe a los ermitaños en un camino plagado de bichos carreteros.

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Autora: Andrea Abreu. Título: Pajaritos preñados. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.

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