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Un Lazarillo en busca de autor

Como las primeras noticias de su existencia provienen de cuatro ediciones simultáneas —impresas en 1554 en lugares tan distantes como Burgos, Medina del Campo, Alcalá de Henares y Amberes—, hay quien piensa que pudo haber existido otra edición más antigua, datada en 1552 ó 1553, que motivó tal alarde editorial. Sea como fuere, lo importante es que el libro causó sensación: circuló de mano en mano y generó tanto debate que en 1559 fue incorporado al índice de libros prohibidos y sólo unos cuantos años más tarde, en 1573, volvería a circular, aunque en una versión convenientemente expurgada que se mantendría hasta el siglo XIX. Era un texto, ciertamente, curioso: consistía en una larga carta que un tal Lázaro, pregonero en Toledo, dirigía a «Vuestra Merced» —una instancia nunca revelada, pero que dado el tratamiento gozaba de una condición social superior a la del firmante— para darle cuenta de un «caso» que estaba dando mucho que hablar en la ciudad —el abarraganamiento de su mujer con  un arcipreste, al que servía como criada— y explicarle con detalle su biografía para dar fe de las circunstancias que, desde su mismo nacimiento a orillas del río Tormes, le habían llevado a ese punto. Todo ello encerraba una dura crítica a la sociedad de su tiempo, fundamentada en una denuncia abierta del falso sentido del honor y de la hipocresía. Apenas había atisbos de dignidad humana en sus páginas, en las que se iba narrando cómo un joven Lázaro entraba a trabajar al servicio de varios amos y conocía la miseria moral en todas sus facetas. Y dentro de ese recorrido por los estamentos sociales del siglo XVI, la iglesia salía especialmente malparada, lo que fue determinante para que sobre el libro —que inició además todo un género literario, el de la novela picaresca, por el que transitarían después con desigual fortuna Mateo Alemán (Guzmán de Alfarache), Francisco de Quevedo (Vida del Buscón don Pablos) o Miguel de Cervantes (Rinconete y Cortadillo)— se cerniese muy pronto la alargada sombra de la inquisición.

"En 1605, fray José de Sigüenza aseguraba que el padre del Lazarillo era Juan de Ortega, quien en 1554 era general de los Jerónimo"

El responsable, que imaginaba lo que se le venía encima, no firmó su texto y la autoría del Lazarillo de Tormes viene siendo desde entonces uno de los enigmas recurrentes de la literatura española. Las atribuciones, de hecho, empezaron a hacerse cuando apenas había transcurrido medio siglo desde su publicación. En 1605, fray José de Sigüenza aseguraba que el padre del Lazarillo era Juan de Ortega, quien en 1554 era general de los Jerónimos, lo que justificaría que el libro hubiese aparecido sin firma. Según Sigüenza, a Ortega le habían hallado en su celda el borrador de la novela «de su propia mano escrito», lo que avalaría sin tapujos su tesis, que también defendería en el siglo XX Marcel Bataillon.

Pero dos años después de que se aventurara esta primera autoría, el flamenco Valerio Andrés Taxandro redactó una especie de inventario de escritores españoles (Catalogus Clarorum Hispaniae Scriptorum) en el que se aseguraba que Diego Hurtado de Mendoza había compuesto «el libro de entretenimiento llamado Lazarillo de Tormes». Esta teoría conocería una suerte paralela a la que atribuía el texto a Ortega cuando, en el año 2010, la paleógrafa Mercedes Agulló encontró en unos papeles de Mendoza una frase —«Un legajo de correcciones hechas para la impresión de Lazarillo y Propaladia»— en la que estaría la ratificación de lo que había aseverado Taxandro. También se dijo que la historia de Lázaro de Tormes y de sus fortunas y adversidades había salido de las plumas del dramaturgo Lope de Rueda —que fue él mismo pregonero en Toledo allá por 1538—, de Pedro de Rúa, de Hernán Núñez, de Francisco Cervantes de Salazar, de Sebastián de Horozco o de Juan Arce de Otálora.

Con todo, la teoría más extendida es la que vincula la novela con el pensamiento erasmista. El erasmismo fue una corriente surgida en el seno del humanismo renacentista al calor de los postulados de Erasmo de Rotterdam. Por resumir —y por ceñirnos a lo que importa a nuestro tema—, sus partidarios criticaban la corrupción del clero, la piedad supersticiosa y los ramales más folclóricos del catolicismo, como el culto a los santos o la veneración de reliquias. Los escritos de Erasmo tuvieron gran influencia en España, donde sus libros empezaron a traducirse en 1516, y entre sus mayores defensores se encontraron los hermanos Juan de Valdés y Alfonso de Valdés.

Monumento al «Lazarillo de Tormes» en Salamanca.

"De todo ello dedujo que el autor del Lazarillo no podía ser otro que Alfonso de Valdés, quien fuera secretario de cartas latinas del emperador Carlos V y descendía de judíos conversos"

Llegados a este punto, hay que traer a colación a la filóloga Rosa Navarro Durán. Fue ella quien dio con una revelación que hasta entonces había pasado inadvertida. Es conocida la frase con la que inicia Lázaro su relato, «Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes […]», pero sólo Navarro Durán reparó en que ese tratamiento de «Vuestra Merced» tenía que referirse a una dama, a la que el protagonista y narrador relataría su situación por extenso, y no a una alta autoridad eclesial, como hasta entonces se había dado por supuesto. También se percató de un error que tenía que tener su origen en la impresión original: el último párrafo de la introducción —en el que Lázaro pasa a hablar en primera persona a sus lectores a dirigirse de manera directa a «Vuestra Merced»— tenía que ser en realidad el primero del libro, dado que no hay explicación lógica para ese cambio de interlocutor. No sería, pues, Lázaro quien habla en esa nota introductoria, sino el propio autor, y el hecho de que el inicio de la novela se colase al final del prólogo parecía indicar que en algún momento se había sustraído una página, probablemente aquélla en la que se especificaba claramente la intencionalidad del Lazarillo, esto es, su denuncia de los mismos males que condenaba el erasmismo. De todo ello dedujo que el autor del Lazarillo no podía ser otro que Alfonso de Valdés, quien fuera secretario de cartas latinas del emperador Carlos V y descendía de judíos conversos. Se basó para ello en el cotejo de los dos diálogos suyos que conocemos —el Diálogo de Mercurio y Carón y el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma—, que tampoco quiso firmar y que presentaban abundantes coincidencias estilísticas con la narración del pícaro del Tormes. Aunque la teoría de Navarro Durán parece fundamentada y sólida, no han dejado de surgir voces críticas que la refutan, entre ellas la de Francisco Rico, el más reputado experto en la materia, quien siempre ha defendido que el Lazarillo no es una novela anónima, sino apócrifa, cuyo firmante verdadero sería el «Lázaro de Tormes» que la narra, por más que podamos creer que se trató de un personaje real o no. Hay que admitir que el anonimato, en cualquier caso, viene a reforzar la leyenda de un libro que fue en su día revolucionario y que, casi cinco siglos después, mantiene intacta toda su frescura. En esa línea parecía moverse el propio Rico cuando, en una entrevista publicada en el ABC en diciembre de 2002, declaraba: «Si no se advierte que el autor real no podía identificarse en la portada, tampoco podrá entenderse la revolucionaria significación del Lazarillo en la historia de la literatura europea».

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