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Un libro imprescindible. O el pedazo de animal que habita en nosotros

Un libro imprescindible. O el pedazo de animal que habita en nosotros

El ser humano es una bestia. Un animal autodenominado, en un derroche de inmodestia, homo sapiens. Ignoramos si en formulaciones anteriores, cuando no era todavía sapiens, el tal homo fue igual de borrico. No hay pruebas concluyentes, pero sí sabemos que, hace muchos años, uno llamado Daniel puso en marcha un tema de estudio en el que nadie había caído antes: las distintas formas, técnicas y protocolos discurridos por el ser humano para dar muerte: para darse muerte.

Lo de matar gente con arte ha dado mucho de sí. En 1968 Daniel Sueiro publicaba El arte de matar, que no se refería al arte que planteara Thomas De Quincey en El asesinato entendido como una de las bellas artes (1829), sino a algo más concreto.

La pena de muerte.

"La Cultura, así, con mayúscula, hace temible a la especie humana: la acumulación de saberes comunicables, el hecho de que lo aprendido por un solo individuo sea susceptible de resultar útil a otros"

El arte de matar es una indagación entomológica emprendida con mentalidad de mercero o ferretero que da lugar a un catálogo de fechas, lugares, motivos y procedimientos que no saca conclusiones y tiene vocación de exhaustividad: esto es TODO lo que hay sobre la pena capital. Y punto.

Se me ocurren muchos motivos para emprender semejante trabajo, pero si me meto ahí se acaba el artículo. Homo homini lupus, dijo el latino, quizá Hobbes, y llevaba razón.

Según un antropólogo cenizo, la humana es la especie más peligrosa de la “Creación” (o de la “Evolución”, que para el caso es lo mismo) porque posee el arma definitiva, más letal que los más espantosos venenos, garras, picos, aguijones y colmillos desarrollados por la “Evolución” (o creados por la “Creación”) y más dañina que las más eficaces adaptaciones (o creaciones), defensivas o agresivas, que haya visto el planeta en cinco o seis mil millones de años.

La Cultura.

"Sueiro, periodista y escritor coruñés fallecido en 1986, fue un firme partidario de la abolición radical de la pena de muerte; su texto, un poco reportaje, un poco sociología, está atravesado por una cínica y suave ironía"

La Cultura, así, con mayúscula, hace temible a la especie (in)humana: la acumulación de saberes (comunicables), el hecho de que lo aprendido por un solo individuo sea susceptible de resultar útil a otros nacidos incluso después de la desaparición del primero. En puridad, la memoria de la especie. Una condensación práctica de todo lo aprendido, visto, descubierto y probado milenio a milenio por todas las personas del planeta a lo largo del tiempo. Como en una carrera de relevos, no importa un individuo en un tramo dado, sino un equipo en el conjunto de la carrera. Así, por ejemplo, las intuiciones del inglés Edward Jenner sirvieron al médico español Francisco Javier Balmis para organizar la primera campaña masiva de vacunación y después al francés Louis Pasteur para definir el principio científico de la vacuna. Un tobogán de emociones que va de 1796 a 1885, casi cien años de vertiginoso recorrido que culminaron cuando Joseph Meister se libró “milagrosamente” de morir por la rabia. Pero la aventura no acaba ahí: a partir de los microorganismos definidos por Pasteur, su colega inglés Joseph Lister acabó con el rosario de muerte que, desde tiempo inmemorial, acompañaba los partos. Y lo hizo “sólo” sistematizando los principios de la desinfección. Un folio. Ya en pleno siglo XX, Alexander Fleming describió el concepto “antibiótico” y puso en escena la penicilina, uno de los grandes y decisivos inventos (no la materia: su uso) de los muchos que jalonan el siglo XX.

Del mismo modo, el conjunto de técnicas y rituales encaminados a convertir la muerte de los malos en un calvario y en un espectáculo (edificante) ha sido conservado, mejorado y acrecentado por generaciones de aplicados especialistas y forma parte también, siniestra y estremecedora, del acervo cultural de la humanidad al lado de las sinfonías de Beethoven, la técnica del puente colgante o las recetas de las abuelas.

"Fanatismos, los justos. Si Sueiro fue capaz de escribir sin ponerse estupendo, lo menos que podemos hacer nosotros es leerlo sin hacer tonterías"

No hace falta añadir que Sueiro, periodista y escritor coruñés fallecido en 1986, fue un firme partidario de la abolición radical de la pena de muerte; su texto, un poco reportaje, un poco sociología, está atravesado por una cínica y suave ironía, digamos que “gallega”, que facilita la distancia emotiva que requiere el tema, una distancia que debió imponerse a sí mismo para trabajar sin alterarse y que constituye parte importante del atractivo de este trabajo. De paso, ayuda también al lector a transitar sin demasiados descalabros por un asunto tan inquietante, por decirlo de manera suave, como para tambalear ciertas idealizaciones: la lectura de La pena de muerte de Sueiro podría contribuir a que gente sensible, poco formada y/o con problemas personales perdiese la fe en su propia especie, que es como perder la fe en uno mismo, e incluso que asumiera maximalismos ridículos, inoportunos y peligrosos.

Fanatismos, los justos. Si Sueiro fue capaz de escribir sin ponerse estupendo, lo menos que podemos hacer nosotros es leerlo sin hacer tonterías.

Desde su primera aparición en la primitiva Alfaguara de hace más de cincuenta años, esta ejemplar investigación no ha dejado de publicarse con el título de La pena de muerte; después de décadas en el catálogo de Alianza, hoy se encuentra disponible en una pequeña editorial, Dado Ediciones. Si la van a leer, recuerden: contiene material inflamable.

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Autor: Daniel Sueiro. Título: La pena de muerte: Ceremonial, historia, procedimientos. Editorial: Dado Ediciones. Venta: Todos tus librosAmazon.

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