Reeditar poesía es una rareza, una apuesta a contracorriente. Los poemarios no suelen tener segunda oportunidad: el siguiente título del poeta viene a sustituir al anterior, a desplazarlo. Que una editorial decida volver a poner en circulación una obra de hace una década es apostar por la idea de que ese libro tenía algo que decir entonces y sigue sin haberse agotado. La reedición de Canal en Letraversal, en septiembre de 2026, apunta a que algo se está moviendo en cómo se piensa el catálogo de poesía: menos obsesión por la novedad constante, más disposición a cuidar lo que ya existe.
No he dejado de reescribirlo desde entonces.
Javier Fernández (Córdoba, 1972) es escritor y editor. Ya había explorado la dimensión visual del libro en Casa abierta (2000) y Cero absoluto (2005). Con Canal obtuvo el XXIII Premio Ricardo Molina y la publicación por Hiperión en 2016. Diez años después, Letraversal le da una segunda vida: un rescate que devuelve el poemario a las librerías, un ejemplar que ahora dialoga con las ilustraciones de Aitor Saraiba. Fernández también coordina el Laboratorio Cultural Ucopoética de la Universidad de Córdoba.
El poemario gira en torno al fallecimiento del niño Miguel, ahogado a los cinco años en un canal, en marzo de 1975. El libro se construye como una narración fragmentaria: sesenta textos numerados y una coda. Su hermano, el yo poético, tenía entonces tres años y entra en la historia ya en el segundo fragmento: «Estoy presente en la oración. Digo: “mi hermano”». A partir de ahí, reconstruye lo ocurrido con testimonios polifónicos: el niño que lo vio caer, el padre que esperó junto al cauce hasta ver aparecer las botas en el barro y la madre que, según ella, sabía dónde estaba su hijo antes de que lo encontraran. Después, se sigue el rastro de la tragedia durante décadas: las frases que la madre tiene que escuchar en el supermercado, la hermana pequeña, la separación de los padres y los sueños sobre Miguel. Ninguna versión encaja del todo, familia y vecinos se contradicen, y nadie posee una verdad absoluta.
El dolor de Canal también es visible en sus páginas. En su artículo sobre la primera edición en Impossibilia, Vicente Luis Mora observó que el duelo se percibe en la propia maquetación de la página: el texto baja por una columna estrecha rodeada de márgenes blancos, como una zanja o un cauce tipográfico donde las palabras avanzan encajonadas y secas.
No es una mujer limpiando una lápida,
sino una madre bañando a su hijo.
Javier Fernández
A ese cauce tipográfico y a los testimonios familiares se suman los dibujos de Aitor Saraiba. Lejos de decorar las páginas, su trazo retoma el impulso del niño que se muestra en el fragmento 4, donde el psicólogo del jardín de infancia percibe cambios en sus dibujos: donde antes había sol, ahora hay nubarrones.
Ese dique que el texto y el dibujo sostienen durante sesenta fragmentos se rompe en la coda. En «Dirección prohibida» desaparece por completo la puntuación; las frases se precipitan en tromba, como si el agua arrastrara el lenguaje a toda velocidad. A lo largo de la historia, el narrador es el niño al que mandan de vuelta a casa (Me marché a casa, fragmento 9) y que imagina lo que habría hecho de haber ido (me habría arrojado tras él, fragmento 16). En la coda, en cambio, la casa arde, el jardín se inunda y, al ver flotar un tronco con la forma de Miguel, por fin reacciona: «me lanzo al agua y nado hacia mi hermano». Parece no llegar a tiempo. El libro se corta en seco con un «se me está escurriendo», sin punto de cierre, donde se escapan a la vez el cuerpo en el agua, la frase y la posibilidad misma de un punto final.
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Autor: Javier Fernández. Título: Canal. Editorial: Letraversal. Venta: Todos tus libros.



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