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Un niño llamado Alex

A veces, el cine proporciona alegrías. Por ejemplo, las diez películas que firmó Alexander Mackendrick (1912-1993) en los ratos que no discutía con sus productores. Persona de indudables virtudes, y ahí están sus películas, no parecen haber figurado entre aquéllas la afabilidad ni la cercanía en el trato.

Una pena: el trato es importante y, para un cineasta, vital, pero no se le pueden pedir peras al olmo. Nacido en Boston, hijo de inmigrantes escoceses, Alex Mackendrick quedó huérfano bien joven, y bien joven se vio remitido a la vieja Escocia de la que habían salido sus padres. Allí se hizo hombre como un escocés, aunque ya nunca consiguiera dejar de ser El Americano (que era lo que decía su documentación).

"Las escrupulosas adaptaciones cinematográficas que hizo Mackendrick han contribuido a mantener vivas ambas historias"

Resultado: cierto “desconcierto vital”, vamos a decir, que parece asomar en, al menos, seis de sus diez películas: en las tres que produjeron los legendarios estudios Ealing, dos de ellas con un Alec Guinness cumbre (1), así como en cierta producción estadounidense que, protagonizada por Tony Curtis y Burt Lancaster, debiera proyectarse en todas las escuelas de interpretación (2). Y, por último, en dos pequeñas producciones (3) basadas en sendas novelas que Mackendrick mimó y respetó como no es habitual.

Estas novelas son Huracán en Jamaica, de Richard Hughes (High Wind in Jamaica, aparecida en 1929 como The Innocent Voyage), y Sammy camina hacia el sur, de W. H. Canaway (Sammy Going South, de 1961). Dos novelas de aventuras que formarían en el subgénero llamado “de iniciación”… si no fuera porque todas las novelas “de aventuras” son, en realidad, “de iniciación”.

"En la pantalla da cuerpo a tan providencial Virgilio un Edward G. Robinson ya anciano, pero aún fuerte y poderoso"

Las escrupulosas adaptaciones cinematográficas que hizo Mackendrick han contribuido a mantener vivas ambas historias. Huracán en Jamaica cuenta la peripecia de unos jovencitos, hijos de colonos ingleses en el Caribe, enviados a la metrópoli a sacudirse el pelo de la dehesa; por desgracia, acaban en manos de unos atolondrados aventureros que, aunque adultos, son igual de inmaduros que ellos. La peligrosa combinación no pasa inadvertida para la musa de la tragedia, siempre dispuesta a enhebrar opuestos, dinamitar certezas y sacar tajada de las contradicciones. ¿Quién es de verdad “adulto” aquí y quién realmente un niño nada más? ¿Quién sujeto agente y quién mero espectador? ¿Quién criminal y quién inocente? Y, sobre todo, ¿quién culpable y quién un buen ciudadano que no ha roto nunca un plato? Ojo al levantar un sombrero y mirar debajo, parece reflexionar Mackendrick, porque nunca sabes si te vas a encontrar un escocés o un bostoniano, diga lo que diga su documentación.

En Sammy camina hacia el sur, novela de intenciones más románticas y menos inquietantes, un matrimonio británico muere en Port Said (Egipto) a causa de un bombardeo en aquellos días en los que Nasser inventaba lo del “tercer mundo” apoyado por el primo soviético zumosol. El matrimonio deja un huérfano de diez años que no tiene más ocurrencia que echarse a andar y cruzar el continente en busca de su tía, la hermana de su madre, que vive en Durban (Sudáfrica). Todo muy británico: es decir, robinsoniano. En el camino, aparte mucho contratiempo, al chiquillo le sale al paso un alter ego de Alan Breck, aquel insumiso que ayudara al señor David Balfour y que aporta el decisivo gramo de sensatez que, en medio del desastre, endereza el rumbo del protagonista, jovencito tan voluntarioso como un tanto alunado. En la pantalla da cuerpo a tan providencial Virgilio un Edward G. Robinson ya anciano, pero aún fuerte y poderoso, que sabe aportar al personaje la calidez y la densidad humana de ese mentor ideal que Mackendrick bien pudo haber añorado toda su vida (4).

En ambas novelas, como en cualquier novela de aventuras que se precie (si no es que todas las novelas son en realidad de aventuras, que esa es otra) los protagonistas logran, aunque de milagro, llegar donde iban. Sólo que una vez allí, como en toda novela de aventuras, nada es como esperaban. Ni como creían: al fin y al cabo, ya no son ellos, porque el viaje los ha convertido (duramente) en otros, en adultos, y ahora su percepción de las cosas también es otra. Hacerse mayor es inevitable, parecen razonar los autores (y Mackendrick en sus adaptaciones), pero evitar que el saldo sea negativo no. De eso, por cierto, va también el celebérrimo relato de aventuras “iniciáticas” titulado Le Petit Prince, cuyo autor nos produce a veces la impresión de no haber sabido nunca acabar de hacerse mayor él mismo.

Pero esa es otra historia, así que lo dejaremos aquí. Son las tantas y mi vecina, viuda del célebre autor de ¿Por qué los británicos no tenemos una lengua romance?, es muy quisquillosa. Buenas noches.

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(1) Whisky a go-go (Whisky Galore! 1949), El hombre del traje blanco (The Man in the White Suit, 1951), El quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955).

(2) Chantaje en Broadway (Sweet Smell of Success, 1957)

(3) Sammy, huida hacia el sur (Sammy Going South, 1963) y Viento en las velas (A High Wind in Jamaica, 1965)

(4) En la foto que ilustra este artículo puede verse a Edward G. Robinson (con barba, a la izquierda) durante un amable cambio de impresiones con Alexander Mackendrick en el rodaje de Sammy, huida hacia el sur.

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