Como todas mis historias, Perro Rey surgió por casualidad mientras investigaba. Me encontraba leyendo sobre procesos inquisitoriales cuando descubrí un hecho insólito: juicios contra animales: ratas, burros o vacas, que fueron ajusticiados durante la Edad Media y Moderna. Pero no solo eso: durante los juicios se llegaba a vestir de hombres a cerdos asesinos. Esta idea de dar humanidad a un animal para luego sacrificarlo fue el germen de mi futura novela. Me parecía apasionante la idea de escribir una novela histórica desde el punto de vista de un animal enfrentado a la brutalidad del hombre y, de paso, ver a través de sus ojos perrunos la España del siglo XVI.
Durante su viaje entrará en contacto con figuras históricas como el pirata Francis Drake y el cartógrafo francés Guillaume le Testu, que precisamente se hallaban en el Nuevo Mundo en el mismo momento en el que Perro vive sus aventuras. A su regreso a Europa se topará con las guerras de religión que asolaban Francia. Los hombres, para Perro, se han convertido en criaturas irracionales que se dejan llevar por el fanatismo y la violencia. Perro buscará su propio camino, y ahí es donde se topará con una figura fundamental: Michel de Montaigne, quizá el único sabio de su época con el que un animal parlante hubiera podido dialogar. Montaigne le hablará de cómo llevar una vida acorde a la naturaleza, lejos de la servidumbre. Perro entonces formará su ejército de desheredados, liderando una rebelión como muchas otras que hubo en el siglo XVI, especialmente en Alemania, formadas por campesinos descontentos o por sectas milenaristas, en las que me inspiré. En el caso de Perro, tratará de crear su propia utopía con esos marginados de la sociedad en un valle de Asturias, un hecho que le llevará a enfrentarse con Felipe II, el hombre más poderoso de su tiempo.
Otro aspecto relevante de esta novela es la figura del narrador. Quería que la historia fuera contada por un cronista que fuese también testigo de los hechos. Se trata de un impresor francés seguidor de Perro que está escribiendo un libro sobre él donde incluye también las leyendas, textos y rumores sobre Perro, visto como un demonio y un monstruo. Introduce así tanto lo histórico como el imaginario de la época.
Para escribir la novela tuve que realizar una investigación minuciosa que me llevó tres años, tratando de descubrir cada detalle, cómo luchaba un inca del año 1571, cómo era —y olía— una determinada calle en Valladolid, cómo vestía un cómico de legua, o qué raza de perros eran habituales entonces. De hecho, mi escritura se paraliza hasta que doy con el detalle exacto, lo que me lleva a trabajar en ocasiones con fuentes primarias y archivos que me permiten conocer no solo los hechos sino, por ejemplo, qué cultivaban los encomenderos en sus haciendas del Perú. Son datos que me ayudan también a unir acciones y trazar una ruta, porque más que pensar en tramas, uno a mis personajes con circunstancias y personajes reales.
Esto es lo que hace fascinante este tipo de escritura, el dejarse llevar por lo que te ofrece la Historia, inventando a partir de los huecos que deja esta para así dar forma a una ucronía, a otro pasado posible. Pero, sobre todo, quería dar vida a Perro, convertirle en un personaje real y creíble —espero—, a pesar de su naturaleza fantástica. De hecho, para mí, en cierto modo Perro existió.


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