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Un viaje hacia el «futuro pasado»

El laberinto de la crisis global, económica, sanitaria, política, de valores y expectativas, nos angustia día a día y parece no tener salida. ¿Cómo encontrar una guía certera? ¿Dónde están las voces autorizadas que nos orientan? ¿Tiene sentido buscar las claves del presente y el futuro en el pasado? El libro de David Hernández de la Fuente reflexiona sobre los motivos, símbolos, ideas y metáforas clásicas que pueden servirnos hoy de orientación; en lo colectivo, para vivir mejor en la sociedad; en lo individual, para ser más felices ante las dificultades, la enfermedad o la muerte.

Zenda publica la introducción que ha escrito el autor a El hilo de oro.

Vivimos un momento complicado, marcado por la crisis económica, sanitaria, política, de valores y de expectativas que está asolando el mundo. El capitalismo global y tecnológico no ha dado una respuesta satisfactoria a amplios sectores de la población. Hay una nueva cerrazón que busca la diferencia entre grupos y facciones, por razones identitarias o económicas. La crisis del sistema económico y de gobierno democrático —personificada acaso en el descrédito de sus actores principales, tanto políticos como empresarios— ha llegado a un punto sin precedentes entre nosotros. Es de sobra conocida la situación en la que nos hallamos y los problemas y desafíos a los que nos enfrentamos en este comienzo del siglo XXI, y es difícil recurrir a una guía segura para afrontar cada reto o acaso a un portulano que informe, siquiera tentativamente, de los posibles refugios donde guarecerse, mientras pasa la tormenta, hasta que llegue el momento de emprender una nueva singladura.

Hay también una crisis de liderazgo, qué duda cabe, y de modelos para imitar en este momento. Se puede hablar de la falta de un modelo de autoridad —o auctoritas, para emplear la palabra latina—, de una figura o grupo de personas con reputación imparcial, intachable, serena y fiable, que se erija en baluarte, faro o emblema para nuestros tiempos convulsos, nuestra generación azacaneada por la duda. En un mundo de inestabilidad, de pantallas que nos agreden con demandas continuas de inmediatez, de redes sociales que reclaman una opinión o censuran la tímidamente expresada, si no se alinea con algún frente, qué faltos estamos de amparo y de seguridad.

Después de lo dicho sería una gran presunción pedir que presten atención a lo que este libro tiene que decir. Pero quiero subrayar que no lo hace solo por su cuenta, sino sobre todo invocando voces más autorizadas que puedan servirnos a todos en busca de consejo, guía y ayuda. Por mis actividades profesionales he vivido siempre en la frontera entre el futuro y el pasado, entre aulas llenas de juventud y lecturas de viejos maestros en obras clásicas, entre narrativas vivaces, actuales y a la moda y antiguas creaciones míticas, entre casos del día a día, de la crónica jurídica, política o periodística y paradigmas modélicos de la historia antigua. Todo eso me ha dado en pensar que los clásicos son nuestra única posibilidad ahora. Que como siempre, como en cada crisis, hemos de volver a sus viejas ideas —de éxito probado— si queremos guiarnos por el laberinto de nuestro tiempo y afrontar con serenidad los titulares de la prensa y las convulsiones de la economía, la política o la sanidad.

Hay un antiguo motivo mítico que sirve de título e inspiración a este libro: el del hilo de oro. Por una parte, un tema arquetípico de la narrativa mitológica es el del viejo hilo de Ariadna, sabia guía de los héroes. Todos necesitamos un mentor —concepto también clásico y odiseico— que nos sirva de orientación antes de emprender su misión. En el laberinto de Dédalo, Teseo aprovecha la ayuda mágica de una auxiliar femenina que tejerá su escapada tras cumplir su gran hazaña. Pero además del mito, también la filosofía ha utilizado el símil del hilo, como se ve en las Leyes de Platón (654a), donde aparece la imagen del ser humano como una marioneta manejada al albur de diversos impulsos, simbolizados por hilos, muchos de ellos duros, inflexibles y perniciosos. Pero no así el de oro, que «siempre conviene seguir y no abandonar en absoluto». Es este un motivo siempre presente en el mito, el cuento maravilloso y el folklore universal, el de la cuerda, el hilo o el tendón que enlaza al hombre con los dioses, con los mentores mágicos o con la providencia. Eso serán los clásicos en lo que sigue: el vínculo con la mejor parte de nosotros mismos, la esencia de nuestra cultura, que es lo único que puede guiarnos cabalmente en medio de la gran ordalía.

Y es que lo clásico tiene futuro, parafraseando el título de un conocido libro de Salvatore Settis, y lo sigue mostrando generación tras generación. Incluso hoy, pese al aparente descrédito y postergación que sufren las humanidades en nuestra sociedad y en nuestros planes de estudios, si tuviésemos que juzgar por las novedades que, año tras año, se siguen publicando sobre las antiguas Grecia y Roma, constataríamos el interés que sigue suscitando el mundo clásico, en el que reconocemos invariablemente el origen de nuestra cultura. Es un eterno retorno: desde la idea de ciudadanía a las artes o los géneros literarios, seguimos mirándonos en los modelos clásicos como en un espejo familiar. Su vigencia se constata cada día, incluso en nuestras actuales circunstancias excepcionales: son textos casi oraculares, de consulta siempre pertinente. Merece la pena detenerse a pensar en los clásicos como aquellos textos que nunca nos terminan de decir lo que tienen que decir, como escribía Italo Calvino en Por qué leer los clásicos. Allí el escritor italiano apuntaba una serie de intentos de definición de los clásicos por el efecto que provocan en los lectores, entre otras cosas. En nuestros días, tras la crisis del coronavirus, se podría proponer incluso una nueva definición, más a la moda: «clásico es aquel libro con el que uno podría confinarse con plenas garantías». Habrá muchas otras en cada momento histórico que, por muy excepcional que sea, necesitará siempre reconsiderar y redefinir el concepto de clasicismo para encontrar las claves que permitan seguir evolucionando desde nuestra identidad. Y precisamente por eso en momentos de crisis procede defender más que nunca un regreso a nuestros clásicos como guía en la zozobra cotidiana.

Se puede hablar así de una «actualidad de lo clásico», entre otras variaciones de un oxímoron que expresa la curiosa virtud de actualización de estos antiguos conocidos. Nuestra familiaridad con ellos trasciende la metáfora patrimonial de la «herencia» y el «legado» o la metafísica de su «pervivencia» e «inmortalidad». Se esboza en un quiasmo que nos lleva acompañando al menos los últimos cien años desde que fundadores de la conciencia europea moderna, como Nietzsche y Freud —mientras salían a la luz las viejas Troya, Micenas o Cnoso, esas «Grecias antes de Grecia»—, revisitaran a los clásicos buscando un «nuevo comienzo»: seguramente entonces se opera la más vital y asombrosa transformación de nuestra relación con los clásicos, la que los/nos cambia para siempre, cuando, más allá de simples modelos de imitación o subversión, devienen materia viva en junturas tan interesantes como «tradición clásica», «antigüedad tardía», «actualidad clásica», «futuro pasado» o «modernidad arcaica».

Precisamente ahora que el valor de lo actual ha caído un tanto es preciso reivindicar lo más perdurable, lo que ha sido definido clásico: pero no solo en cuanto a ideales estéticos o poéticos, sino también, como se defiende en estas páginas, como una guía privilegiada para vivir mejor como individuos y en comunidad en momentos excepcionales. Quizá solamente el regreso a la noción de polis, entendida como comunidad de ciudadanos, la noción que pudo ofrecer el marco histórico preciso para que naciera la política, pueda ofrecer ideas de regeneración: la suma de todas las actividades que se asocian al gobierno participativo de una sociedad, en un marco geográfico y cultural dado, regida por el debate público racional y constructivo entre aquellos partidos o individuos que ostentaban o pretendían la responsabilidad de gestionar la cosa pública. Como en la política antigua, habría que intentar hallar la inspiración de la vida en comunidad en la búsqueda de un punto medio armónico capaz de lograr el bien común, en la autoridad ética de los que se dedicaban a ello desinteresadamente y en el ideal de concordia ciudadana. Los griegos inventaron el arte político, el imperio de la ley, la participación cívica y los medios de control al ejercicio del poder: la democracia ateniense, con todas sus limitaciones, fue la experiencia más rica de la antigüedad en este sentido. La comunidad era la ley y fuente de toda autoridad, y esta se respetaba gracias a la conciencia de la responsabilidad colectiva del ciudadano en un marco superior a lo individual y cuya salvaguarda era sagrada. Esta práctica, por otro lado, se vio acompañada de una progresiva teorización por maestros que aún hoy tienen mucho que decir, como Platón o Aristóteles.

Con ese espíritu emprendemos la interrogación acerca de lo que los textos y las actitudes de los antiguos griegos y romanos tienen que decirnos sobre nuestros problemas, expectativas, anhelos y perplejidades en el mundo actual. El presente libro se divide en nueve capítulos que intentan hacer ver la vigencia de ese aparente oxímoron que supone la actualidad del mundo clásico, analizando de forma parcial, y a través de casos puntuales, la repercusión de las ideas de los antiguos autores para nuestra sociedad. Así se abordan problemas y fenómenos actuales que pueden encontrar punto de comparación con la antigüedad.

En una primera parte, «Entender al otro», la mirada de los clásicos se dirige al panorama político, internacional sobre todo, en busca de la tolerancia y la coexistencia de la diversidad: los autores clásicos pueden iluminar algunos de nuestros principales conflictos: desde el populismo al choque de civilizaciones. En el segundo capítulo, «¿El fin de la historia?», se examinan las ideas y motivos literarios sobre el fin de la civilización que siguen rondando nuestra época a partir de los antiguos mitos y obras que las trataron y de las que somos herederos. Una tercera sección sobre «Lo colectivo» se centra específicamente en la comparación de la democracia actual con la democracia antigua al hilo de diversos temas actuales que han tensionado el actual sistema democrático. Los regímenes participativos en la antigüedad tuvieron que afrontar crisis excepcionales semejantes y pueden servirnos de referencia. La cuarta parte, bajo el título «Metáfora y política», es el eje central del libro y propone examinar el ejemplo de las metáforas clásicas referentes al Estado y al gobierno que tenemos tan interiorizadas desde nuestros clásicos y que aún hoy rigen el discurso y la acción de nuestros gobernantes y permiten comprenderlos mejor. «El lado oscuro», en quinto lugar, es una sección dedicada a la violencia, al terror y a la injusticia, buscando respuestas en la historia del pensamiento a su permanencia. El capítulo sexto, escrito al hilo de la crisis del coronavirus, bajo el título «Epidemia y control social» aborda este tema clásico de la historia antigua desde Tucídides que ha cobrado gran relevancia hoy día, sobre todo en lo que ha afectado a la vida en nuestras comunidades democráticas. La sección titulada «El individuo», en séptimo lugar, se centra en los modelos que podemos extraer de las figuras de los héroes y heroínas del mundo del mito y la literatura clásica para la experiencia vital de nuestros días. «Fiesta y rito», en el capítulo octavo, es una sección dedicada a algunos aspectos parciales de la sociedad actual que muestran ecos de la antigüedad. Finalmente, la última parte, titulada «La vejez y la muerte», aborda algunas ideas sobre el fin de la vida humana desde la perspectiva de los antiguos.

Como se ve, este libro invoca a los clásicos y se dirige a la vez al colectivo y al individuo para proponer ciertos modelos de la antigüedad que pueden ser útiles para dirigir nuestros pasos en el mundo actual. Pero ¿tiene sentido buscar el futuro en el pasado, parafraseando a Koselleck? Aún hoy seguimos a vueltas con la paradoja del «futuro de lo clásico», pues la idea de buscar las claves del porvenir, tanto individual como colectivo, en las obras simbólicas de la antigüedad es otro viejo motivo de la literatura clásica, que en cierto modo desempeña un papel casi oracular. Nuestra propuesta es, en fin, buscar una suerte de hilo conductor para nuestras vidas en esos libros del pasado, que no en vano han supuesto la educación literaria y sentimental de todos nosotros, como si todo estuviera ya escrito en ellos. Los grandes textos de los autores clásicos, como decía Borges, se leen «como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término»: toda historia relevante está ya contenida en un número cerrado de obras clave de la antigüedad con un carácter primordial que impregna toda nuestra relación con las literaturas griega y latina. Es sabido que las dos grandes obras señeras de la cultura clásica, la homérica y la virgiliana, tuvieron desde antiguo —y en el caso de Virgilio hasta la Edad Moderna— fama de ser proféticas. Ahí reside otra redefinición moderna de lo clásico en momentos de incertidumbre como los actuales: «Los clásicos son libros que se pueden consultar para saber qué es lo que va a pasar y cómo se puede vivirlo sabiamente». Sabemos que existieron oráculos de bibliomancia —se echaban dados para adivinar el futuro en los pasajes sorteados de la Ilíada o de la Eneida— y que, en cierto modo, esta adivinación simboliza el largo recorrido de estas obras en la historia de nuestra cultura. Ahí está nuestro hilo áureo, la guía profética o el mentor. Ariadna, Circe, la Sibila o la mano de Virgilio en el camino, como en el de Dante. Con la idea de que los clásicos encierran las claves del presente y las del futuro en sus líneas inspiradas emprendamos, pues, este viaje hacia el «futuro pasado».

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Autor: David Hernández de la Fuente. Título: El hilo de oro. Editorial: Ariel. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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