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Un viaje interior

Aunque la labor periodística de Marta del Riego Anta ha sido muy importante hasta el momento, sabemos que su obra literaria —centrada sobre todo en tres novelas: Sólo los tontos creen en el amor (2010), Sendero de frío y amor (2013) y la que hoy comento, Mi nombre es Sena (Harper Collins, 2016)— se ha desarrollado y se desarrolla también a través de otros géneros literarios, como el cuento o la poesía. A veces, en los periódicos o semanarios de su tierra leonesa descubrimos también esas pequeñas joyas que son sus artículos breves, traspasados de ingenio y humor.

Supone, pues, de entrada un reto escribir en seis años tres novelas. Sólo lo puede hacer una persona que posee una vocación firme para la palabra, pero también una técnica literaria, una agilidad y una precisión expresivas que no siempre se dan en quien se prodiga o excede con la escritura.

"En este relato hay claridad acrecentada por los diálogos escuetos y sabrosos, traspasados de humor o de leves ráfagas cultas"

Una novela no es para desvelarla en un comentario, sino para leerla y disfrutarla; por ello, me ceñiré a trazar aquí algunas líneas generales que la lectura de este libro me sugiere. En primer lugar, algo que yo aprecio mucho en la literatura: la fusión entre vida y obra. El escritor no es sólo un mero fabulador, sino una persona que metamorfosea la realidad partiendo de su propia vida, de su experiencia exterior e interior. De esta manera, se fundamenta y enriquece mucho más lo escrito.

Unas veces, esta fusión entre vida y obra se puede mostrar de manera muy evidente, como en las dos novelas anteriores, en las que las riberas, pueblos y su ciudad natal (La Bañeza) son el ámbito del relato. En la nueva novela, Mi nombre es Sena, Marta nos lleva, por el contrario, lejos de su tierra, a Alemania; pero no por ello deja de romper con sus raíces, bien a través de la comunicación con algún familiar —como la abuela Nilda— o con ese cierre del libro, que, a modo de resolución de la trama, supone el regreso al origen de la protagonista, dejando atrás su ajetreada vida. De nuevo, pues, en la autora, esa apuesta por lo seguro y primordial: por la fuerza de la tierra.

No hay que olvidar tampoco que la protagonista de este libro es una mujer muy independiente, intrépida, valiente, para con la vida y hacia las dos atracciones amorosas y desencantadas que siente. Se crea así lo que Santiago Roncagliolo reconoce como un “triángulo amoroso” a través del viaje por varios países y con situaciones peligrosas en algunos momentos. Aunque, en realidad, cabría hablar de un cuadrilátero amoroso a la vista de los cuatro protagonistas primordiales de la narración: Sena, Franz, Yuri e Irina.

Quizás estas relaciones tumultuosas y traspasadas de dudas no llevan a la protagonista de la novela sino a un viaje interior que supone el lento, progresivo y difícil conocimiento de sí misma, a la búsqueda de la salida de los sucesivos laberintos o muros que van surgiendo al paso de su vida.

Pero no hay buen contenido en un relato sin buena forma literaria y en Marta del Riego Anta ésta es, como hemos dicho, muy ágil, está sobrecargada de imaginación, es muy clara (claridad acrecentada por los diálogos escuetos y sabrosos, traspasados de humor o de leves ráfagas cultas (lago de Wansee, donde se suicidara el romántico Kleist y su amada), Ingeborg Bachmann, la Biblia, Las mil y una noches

"Junto a la perfección e ingenio de los diálogos escuetos, brilla a veces la rotundidad de algunos capítulos"

La atmósfera es cosmopolita, pero a veces una sola palabra (“currita”), o un villancico cantado en Berlín, devuelven de continuo a la protagonista al origen. También la presencia frecuente de los diminutivos (“primita”, “pobrecita”, “camina”); o de los localismos aprendidos en aquella tierra y en aquella obra que fue su primera novela (“te mancaste”, “no te jeringa”, vestir “como una pobre”, “agarrar por bajo”).

Estamos por ello ante una novela entretenida en cada página, traspasada de fogonazos de cotidianidad, de descripciones y diálogos que no entran en “filosofías” ni en ideologías. El libro es sin más un espejo en el que la realidad dinámica y vibrante se refleja. Y se reflejan también los “retratos” de los distintos personajes, a los que la autora “psicoanaliza” contemplando un solo gesto del rostro, de las manos, de los pies. No hay en el libro presencia de “filosofías” o de ideologías, aunque a veces se nos sorprende con frases que denotan un pensar: “La soledad, si no te enloquece, te hace increíblemente fuerte”.

La presencia de Yuri, judío ruso, conduce a la autora al tema de Israel, a la realidad actual, a Jerusalén y a sus tres religiones. Tel Aviv, la luz fogosa de Oriente Medio, desean ser el mito o la utopía para la pareja, pero lo que se impone en su vivir es Alemania, con las lluvias y grisuras de Berlín, Hamburgo o Bremen. La realidad es también dura por la presencia de mafias y mafiosos, que desemboca en las dos caídas físicas que Sena sufre: la de un caballo al que le han disparado y cuando es arrojada violentamente de un coche.

Junto a la perfección e ingenio de los diálogos escuetos, brilla a veces la rotundidad de algunos capítulos, como aquel en el que la protagonista es interrogada por la policía. El desenlace del libro es liberador para la protagonista, emotivo e incluso atmosféricamente muy poético: esa huída que supone el retorno al origen, a los cantos rodados y al rumor del río de la infancia, al huerto y a los frutos del final del verano, a los pinares. Sólo ese origen liberará a la protagonista del libro de la turbulencia de los hechos y de las confusiones y asaltos del mal.

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Título: Mi nombre es Sena. Autora: Marta del Riego. Editorial. Harper Collins. Edición: Papel y kindle