Imagen de portada: Adoración de los Magos, de Andrea Mantegna
No había amanecido aún cuando aquellos tres estudiosos emprendieron el camino. Siempre al oeste, decidieron cruzar las viejas fronteras del mundo conocido buscando, como los héroes clásicos, un nuevo mar. Ellos ya conocían las orillas de las dos Arabias, las del mar de coral y las de las arenas de la ruta de la seda; habían visto en los viejos pergaminos las sentencias de la sabiduría levantadas sobre siete pilares; habían coronado a reyes futuros y contribuido al asesinato de otros tantos monarcas del pasado y finalmente y en el más riguroso secreto, habían logrado conjugar el movimiento de las estrellas de donde extrajeron un único conocimiento: “Cuando un hombre sirve a dos señores, es mejor para él ofender al más poderoso”. Por eso decidieron llevar al nuevo monarca el peor de los regalos: un triple presente de odio. El Oro, símbolo de los reyes, para levantar la envidia de los rivales; el Incienso de los templos, para enemistarlo con los dioses del Panteón; las lágrimas de Mirra para recordarle, como a los emperadores de Roma, su inevitable condición de carne mortal. Pero pronto descubrieron que el poder de este reyecito era intrascendente. Ni siquiera le interesaba el mar, lugar de origen del mundo y la literatura, pues él, indolente, había pasado su vida caminando sobre las aguas de un lago. Todo eso lo iban descubriendo en su largo camino estos tres estudiosos que hacía tiempo habían olvidado su condición de sabios para volverse aventureros del primer gran tour de la Antigüedad. Ya no recordaban al niño rey y sobrevivían cambiando por monedas de cobre el oro, el incienso y la mirra para poder alimentar a sus viejos camellos. Al fin, una noche de primavera, acamparon en un monte de olivos cerca de Jerusalén. Un hombre condenado a muerte flanqueado por dos mercenarios del Sanedrín se acercó a ellos, extendió la mano y les entregó una carta que brillaba como una estrella misteriosa:
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Artículo publicado en ABC, el 04/01/2024


Resulta sorprendente que mientras el evangelio de Lucas cuenta que el Niño fue visitado por personas humildes de los alrededores, el de Mateo no dice nada de éstos y habla de la llegada de unos magos de Oriente, son muy escasos y ambiguos. Lo es porque Mateo es más purista israelí de los evangelistas y cuesta creer que declare que el Niño fue visitado por despreciables gentiles y no diga que lo fue por miembros del (hasta entonces) pueblo elegido si no fuera porque está contando, sencillamente, los hechos.
Hay bastantes referencias a los magos en autores de la Antigüedad. Casi todas apuntan a que eran una especie de sabios seguidores de Zaratustra y guardianes y transmisores del Avesta. Tenían conocimientos de matemáticas y astronomía, como todas las personas ilustradas de aquel tiempo en todo Oriente, pero eran enemigos de la magia y la astrología de los egipcios y mesopotámicos. Los magos de Persia creían, como los israelitas, en la llegada de una especie de rey que vencería al mal y a la muerte, al parecer por el contacto con ellos tras el levantamiento del destierro de los judíos con la conquista de Babilonia por Ciro I el Grande. Que eran de muy lejos cae por su propio peso por las preguntas que demostraban un total desconocimiento de la realidad política de la Palestina romana: “¿Dónde está el rey de los judíos?”. Estas preguntas, el porte distinguido de la caravana de los magos y la misteriosa estrella que también llevó a los pastores de la zona a la borda de Belén debieron provocar un alboroto importante, más cuando los magos ofrecieron oro (ofrenda de reyes) e incienso (ofrenda de dioses) a un Niño y, en sospecha de lo que pasaba por la mente de Herodes, se volvieron por otra ruta y nunca más se supo.
Se puede poner en duda la existencia de los magos de Persia, como se puede dudar de la existencia de Cristóbal Colón. Lo que a mí me parece más oscuro, por la falta de datos, es la famosa estrella. Hay una lista de fenómenos astronómicos que supuestamente habían sucedido en el nacimiento de personajes históricos, pero las características de la estrella que nos dan los evangelistas se salen de lo conocido.
Hasta aquí podemos llegar sólo con la razón, lo cual no quiere decir que no podamos seguir con otros instrumentos del alma humana, pero eso son caminos particulares, de poca luz y mucha oscuridad, por los que pocos se aventuran.