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Una mañana en el Jardín del Alma

Una mañana en el Jardín del Alma

Mauricio Wiesenthal rebosa alegría de vivir. No pasa el tiempo por él, sino que él lo atraviesa cual templo egregio, con su apariencia de un actor clásico que imanta lo que de verdadero se va conservando en el juego de apariencias, sin importar las modas, sin importar de qué se disfrace el elenco. Mauricio siempre busca sus propios afluentes allí donde va, pues el buen gusto no conoce procedencias, carencias, o majestuosidades. Subyace en los detalles, que son, precisamente, los que nutren su inmensa prosa, como inmensa ha sido y es su vida aventurera, hecha de un ingrediente especial: las ganas.

Tengo el placer de disfrutar de años de amistad con don Mauricio, un espléndido escritor, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, y gran retratista de nuestra Historia. Junto a este peregrino de letras y mundos he viajado a la Luz de vísperas (Edhasa, 2008), por La Hispanibundia (Acantilado, 2018), en el Oriente Express (Acantilado, 2020), con las Reinas del Mar (Acantilado, 2024), y siempre por el necesario Derecho a disentir (Acantilado, 2021). Pronto conoceré al Maestro de amor (Acantilado, 2026). Hoy me he querido reunir con él para charlar simplemente sobre la vida, como preámbulo a esta última joya que nos regala a sus lectores. Abro el telón. El escenario es tuyo, maestro.

*****

—Querido Mauricio, encantada de tenerte de nuevo en Zenda. ¿Estás emocionado con la inminente salida de tu última obra? ¿Qué nos vamos a encontrar allí? 

"Mis maestros me enseñaron que la vida burguesa, segura y muy aposentada, es insalubre para cualquier trabajo artístico"

—A mis años la palabra “última” me hace sonreír, querida amiga. Cuando comencé a escribir este libro era un adolescente, y no me imaginaba que tardaría más de sesenta años en trabajarlo, vivirlo y documentar sus escenarios y sus personajes; o sea, crearlo. Muchas veces lo más importante para un escritor es tener aliento para “sostener” la creación de una obra en el tiempo. Y eso es difícil en esta época en que se vive demasiado deprisa y la gran industria se nutre de la multiplicación y la explotación, exigencias terribles para el arte, ya que éste se basa en la singularidad, en la originalidad y en la creación de belleza sin otro propósito que la autenticidad. Este libro me ha acompañado casi toda mi vida, y el primer manuscrito tenía quemaduras y manchas de humo porque lo salvé de un incendio en una de mis casas. Otra versión se me perdió con maletín en un apeadero del Bagdad Bahn. En la inquietud de perderlo de nuevo le fui haciendo copias que iba destruyendo según me arrepentía de ellas. Y llegué incluso a editar diez ejemplares en Altafulla, una pequeña editorial artesanal, que había creado el sabio Josep Molí con Maria Àngels Mercader, extraordinaria mujer que ha sido el alma de tantas iniciativas culturales en Barcelona. Molí trabajaba en la imprenta leyendo, diseñando, maquetando y corrigiendo los textos como un cajista antiguo o un grabador del renacimiento. Si continué este libro y no me rendí fue porque él —poco antes de morir— me dijo: “Es de lo más maravilloso y hondo que he impreso y leído en mi vida. Es como un códice mágico que tendría que estar en la biblioteca de un monasterio”. “En el Tibet —le respondí bromeando— ya estaría destruido por la Revolución Cultural”. Recuerdo el brillo de sus ojos cansados y miopes, y el abrazo que nos dimos como hermanos de oficio, ya faltos de fuerzas. Me emociona pensar que le he sobrevivido para poder entregar este raro libro a mi editora Sandra Ollo y publicarlo en Acantilado. Mis maestros me enseñaron que la vida burguesa, segura y muy aposentada, es insalubre para cualquier trabajo artístico, y sabe Dios que me propuse vivir alerta y libre, y no me han faltado andanzas para romancear mis historias y mis memorias. “El Maestro de Amor” (así nombro al personaje de este nuevo libro que publicará Acantilado en octubre) comienza su vida dirigiéndose a su padre y diciéndole: “Padre, tú seguiste tu vocación en busca de la fortuna y la seguridad, y yo debo seguir mi camino en busca de la pobreza y la aventura”. Esta decisión marcó también mi vida, porque sigo estando convencido de que para ser escritor hay que comenzar por labrarse una vida propia y arriesgarse, sin miedo, a volar en el trapecio sin red, como ha sido siempre mi anhelo. Nunca quise ser un repetidor de relatos ajenos ¡Más difícil todavía!, como aprendí en la vida de circo.

—El camino en busca de la pobreza y la aventura ha merecido sin duda la pena… 

—He trabajado mucho y duro para costearme la cara escuela de iniciación, de experiencia, de riesgo y de aventura. Y esa vida me regaló, a cambio, la inspiración de mi obra, me permitió viajar ejerciendo mil oficios y me regaló las historias que conté y los personajes que conocí o recreé. Muchos actores y escritores tenemos en común esa iniciación en los caminos, en la bohemia y en una vida de alquiler, de café y fonda, o de carromato. Cambié mil veces de domicilio, a menudo en apartamentos arrendados, y cuando me empeñaba y me encerraba en alguna pequeña propiedad las circunstancias y mi economía me forzaban a renunciar y me ponían nuevamente en la calle. Buena parte de mis libros están escritos en un travelling incansable, cuando me mudaba de casa en casa, entre hoteles y barcos, estaciones, trenes y diferentes países, siempre al capricho del viento, de mis escenarios y de mis personajes. Cuando algún comentarista de mi obra busca en ella “mensaje” me hace sonreír, porque no creo que nadie pueda presentar más ni mejores credenciales de “mensajero”. Cambié de casa y de meridiano, haciendo mil trabajos para ser mi propio “mecenas”, y cuenta que, dados mis gustos y mis delirios estéticos, patrocinarme me ha costado muy caro. Como desde joven he detestado la literatura realista y naturalista tuve que picar mucha piedra para buscar y costearme paisajes fantásticos, escenarios singulares e interiores que a menudo alquilaba baratos para restaurarlos y decorarlos yo mismo con esmero. Un samovar aquí, un abanico allá, una vitrina apolillada que me regalaba un párroco en una iglesia ortodoxa y —colgada en la pared— una alfombra que había comprado en un mercado ambulante en Moscú, me bastaban para que mis amigos dijesen: “¿Cómo has podido encontrar esta casa rusa?”. Sólo me faltaba pintar un retrato de mi madrina, vistiéndola de princesa rusa, ponía una foto del zar junto a la de mi padre, y completaba la historia de exiliados que estaba escribiendo.

—¿Dónde encontraste la inspiración para tantas historias?

"Construí en este libro un escenario de selva india, las danzas de las bayaderas, mis cuentos orientales y todos los mercadillos de Calcuta"

—A mis actores los encontré en el casting de la cultura europea —Rilke, Zweig, Coco Chanel, Paul Morand, Marcel Proust, Lord Byron, Liszt, Tolstoi, Mozart, Oscar Wilde— y pude construir con ellos una larga saga (ahí está mi novela Luz de vísperas). Esta ha sido mi ingenua respuesta a los fabulosos mundos que construyeron mis colegas latinoamericanos en sus obras geniales. Mi viacrucis consistió en que ellos podían rodar sus exteriores en Colombia o en Perú, fantaseando la fabulosa naturaleza de Macondo o la vida en una hacienda del Cauca, entre aldeas de soledad, sierras impenetrables, una selva tupida y una naturaleza divina donde nunca se sabe si silba un pájaro, canta la lluvia o habla un alquimista. Y yo, menos afortunado, tuve que levantar mi literatura imaginativa con las vajillas rotas y los muebles apolillados de una cultura, ayer suntuosa y exquisita, que agonizaba en mi vieja Europa. Todo tuve que restaurarlo y barnizarlo con los colores de un mundo evanescente y romántico que no olía a mango ni a banana, inventándome un barroco sin selva pero con perfume de café y de palo cortado que se apagaba con la decadencia europea y con la ignorancia ruin de los que debían haber sabido mantener esa memoria. Con los cuatro valses de balneario que aún sabía tocar al piano y con esos cachivaches prestados me inventé un barroco modernista de fotos amarillas y periódicos viejos. Tapicé mi sillón del color rojo que tenían las banquetas de mi café de París y pinté de blanco las ventanas rotas de Shakespeare and Company en las que soplaba el frío del invierno de París que helaba los libros. Eso me servía para inventarme un reino en el Himalaya. Con unas lámparas holandesas, sedas de Fortuny —ya un poco marchitas— y sifones de gaseosa podía decorar la veranda de la princesa. Y de la casa barcelonesa en la Gran Vía 658 donde nací aproveché los delirios modernistas de las vidrieras, los balcones de hierro forjado, las golondrinas que vuelan en las columnas de la puerta y el sol de mi infancia. Así construí en este libro un escenario de selva india, las danzas de las bayaderas, mis cuentos orientales y todos los mercadillos de Calcuta. Arrastrando mis manuscritos de casa en casa, de país en país, de tren en tren, rompiendo páginas, recomponiendo historias, buscando escenarios, pasaron sesenta años, y este libro acabé ambientándolo en la India. El protagonista de El Maestro de Amor es un joven nacido en un reino del Himalaya que lo abandona todo, familia, privilegios de casta y todas esas comodidades, seguridades, exigencias y protecciones que nos impiden aprender a amar, y nos convierten en víctimas de la peor de las ignorancias: someternos como conejos a lo que cierta escuela sebosa y grasienta que escribe filosofía en billetes de banco llama “vida práctica”. ¿Por qué es obligatorio, preceptivo y práctico seguir esa vida de vuelo corto, y no es más práctico cambiarla por otra más aireada, más limpia, más prometedora y muy distinta?

—Cuéntanos: ¿qué es para ti la vida, y cuál es su sentido? 

—Buscar y sembrar, hacer y aprender, hasta llegar —como las niñas que jugaban en mi tiempo a la rayuela— a la casilla de amar, que es la recompensa de todo. Entonces se cuenta veinte y vuelta a empezar… Un juego de quehaceres y quesoñares. Viví desgraciadamente en un tiempo de existencialistas plañideros, señoritos rebeldes y rancios racionalistas que pretendían vivir pensando en “ser”, sin preocuparse por “hacer”. Recuerdo bien el desdén con el que la gente más sacrificada y trabajadora de los barrios obreros de París miraba a los niños de Mayo del 68, tutelados por profesores —no maestros— que los incitaban a una revolución estéril, sin frutos ni obras: incendios, amenazas, proclamas, como una nostalgia de Víctor Hugo en las barricadas de 1871… Siempre me han aburrido las malas réplicas, sobre todo las revoluciones de Hollywood en que los extras tienen cara de estar manejando la guillotina sólo porque el productor les paga dos horas y el bocadillo del desayuno. Los hombres y mujeres que luchaban por la reconstrucción de Europa, en fábricas y en empleos inestables e inseguros —el mundo de ruinas y restricciones en el que nací— miraban a esos bailarines del caos como a irresponsables, goliardos insensatos y arrogantes que incendiaban y escupían sobre la vida de la gente laboriosa, porque no habían aprendido la primera lección de la vida en sociedad civilizada; o sea, hacer, resistir y trabajar en pacto y en comunidad ordenada para construir y crear. La enseñanza social del mundo trabajador —lo que los europeos aprendimos en la ruina de las guerras— comenzó entonces a ser socavada y corrompida por una utopía de “vencedores”, que debía ser dirigida por una supuesta “clase superior” de intelectuales y una “clase gobernante” que se formaba desde su juventud en la clientela de los propios partidos que nos han secuestrado la universalidad del voto abierto y la cultura de la democracia.

—Has conocido una vida sin pretensiones, pero al mismo tiempo te mueves en lo exquisito. ¿Cómo lo has logrado? 

"Cuando era joven me escandalizaba ver que mis maestros en el oficio de escribir murieron arruinados o en precario"

—Me conoces bien. No tengo propiedad ninguna, vivo de alquiler, pago con mis trabajos la cama donde duermo y el plato donde como, a menudo ayudado por manos de caridad y amistad. Me encanta la estética moral de Jesús de Nazaret —no la de ciertos hipócritas que se las dan de cristianos—, aquel joven rabino que reclamaba a sus discípulos “perfumarse cuando ayunan”. Soy feliz en mi Cuaresma, aunque los años me pesan ya y, en mi oración, le pido a Dios que no me deje desfallecer, y que me permita morir con “figura feliz”, y bien dispuesto siempre a ayudar. Es lo que aprendí en el camino de los mil trabajos, en mis carencias y enfermedades y en los muchos días que me regaló la vida. Renací de una muerte súbita, y sobreviví a dos muertes como gato, gracias a mis médicos. Sé apretar los labios. Y sólo lamento poder ser escándalo de los que creen que para tener hay que robar, y para hacer hay que exigir un objetivo rentable, y para amar hay que recibir, en vez de dar y dar y dar. Cuando era joven me escandalizaba ver que mis maestros en el oficio de escribir murieron arruinados o en precario. La vida del escritor, como la de tantos trabajadores honrados, encierra una bella y extraña enseñanza que no se aprende en el camino de la riqueza. Hacer para morir creyendo. Porque es curioso que, si la fe no lleva al hacer, el hacer lleva a la fe. Nuestras obras más o menos logradas nos hacen comprender que “alguien o algunos” nos las han regalado. Agradezco a Dios que me diese fuerzas para los cientos de horas que dejé en el estudio, para las incontables labores que hice para sobrevivir, para resistir en esos oficios que me permitían comer y levantar el ánimo en una vida de resistencia y alegría. Permanecía luego hasta la madrugada escribiendo mis libros y preparando mis clases y charlas. Fumé demasiado, pero me resucitaron. Conseguí escapar de los que intentaron hacerme daño, y aguanté los golpes que me alcanzaron, y estoy convencido de que algún extraño geniecillo me protegió de destinos peores. Creo que los enemigos, cuando no llegan a matarnos, nos fortalecen. Soy aficionado al boxeo y mi entrenador, David, me enseña a no perder la guardia, a girar la cintura, a perfilar el cuerpo y a recuperar el equilibrio.

—¿La felicidad es calma, exuberancia, logros…?  

—El corazón es el reloj de la vida. Nada es más preciso ni debe estar mejor reglado. Cuando el corazón se altera cae en la fibrilación y en la agonía de la muerte. Sé de lo que hablo. Me producen ternura los tramposillos que, en vez de aprender la duda y la crítica, se hacen pasar por “científicos” y predican que la razón no se equivoca, y atribuyen gratuitamente al corazón la locura y el desvarío. ¿Qué corazón tienen? ¿De qué corazón están hablando? La danza, la música, el arte, todo lo que es belleza es medida y ritmo, cuerda y acorde, concordia; en una palabra, corazón. Bienaventurados los que se sienten necesitados de paz, hambrientos de alma, sedientos de alegría, pobres de corazón, porque ellos —en esa humilde conciencia— buscarán la riqueza de amar. El problema de la cultura del bienestar (no confundamos la riqueza material con el anhelo de la belleza) es que el mundo moderno prefiere la comodidad al esfuerzo. ¡Qué aburrimiento!  Y qué horror esa necesidad de vivir en una fiesta continua, como si la vida fuese un carnaval. La felicidad no es una borrachera sino una lucidez pacífica y llena de belleza y armonía. Las musas también saben mover el culo y los dioses tienen caderas, pero no sólo de salsa y perreo vive la humanidad, y la más ardiente pasión es aún más intensa que la lujuria cuando se convierte en soneto. Por eso nos sentimos felices en la lectura, en la música, en el paseo, en la conversación, en la buena compañía, en toda experiencia de amor, de tranquilidad, de paz compartida y de belleza. La delicadeza de las formas y del gusto es fundamental para la felicidad. La dejadez y el abandono, el ruido, la suciedad y la barbarie son la antítesis de la felicidad. ¡En una extraña regresión del hambre al exceso, creo que volvemos a las caricaturas de los gordos del siglo XVIII, hartos de aquella cocina que llamaban “a la financiera”: el cinturón desabrochado sobre la barriga y un babero!

—Y la tristeza, ¿de qué está hecha?

  —La tristeza es una carencia del sentido de la valoración. Es muy habitual entre los que creen que la crítica es la búsqueda de un error y la sentencia de una condena. Santo Tomás me enseñó, por el contrario, que “las cosas se definen por lo mejor que hay en ellas”. Cuando tenía que calificar en un examen a mis alumnos les dedicaba el tiempo que necesitasen para “indagar lo que sabían”, y me horrorizaban los compañeros que preguntaban una y otra vez hasta encontrar lo que los alumnos “no sabían”. Lo primero que nuestro alumno no sabe es lo que nosotros no sabemos y no hemos sabido enseñarle. Lo peor de la “tristeza crítica” es que se convierte en una rutina y una mala costumbre. Hay otra tristeza que es más personal y no proviene de juzgar a los otros, sino de juzgarse y acorralarse a sí mismo. La tristeza se pega y se apega, se paga y apaga, y se une enseguida al miedo que los más pusilánimes sienten cuando temen perder propiedades y seguridades. La tristeza está llena de grandes preguntas y malas respuestas. La alegría es justo lo contrario. Saber llegar y saber irse. Saber amar y saber estar solo. Jugar sabiendo que, si no haces trampas, una vez ganarás y mil veces perderás —aunque habrás jugado, que es siempre un regalo—. Sin educar el corazón en el desprendimiento es imposible llegar a la felicidad, porque todo está destinado a la entropía y a la muerte, y el afán de guardar conduce, tarde o temprano, al sufrimiento. La tristeza está hecha de posesión y poder. La felicidad está hecha de agradecimiento: no necesita respuestas porque uno ya sabe a qué final conducen todas las preguntas.

—¿Cuál es mejor reposo para el espíritu?

—Amar o estar solo. Son dos reposos, pero hay que aprender a amar y aprender a estar solo, las dos asignaturas más difíciles de la vida, porque nos enlazan directamente con la vida y la muerte. La paz está reservada a los que aprenden a amar en el respeto de la libertad ajena y a los que saben apartarse de los falsos enamoramientos que nos hacen dependientes de voluntades ajenas y nos roban nuestra sagrada soledad.

—¿Cuál es la mayor virtud de un ser humano, y su mayor defecto?

"El que se equivoca siguiendo a su corazón puede vencer siempre a la tentación y corregir su error"

—Virtudes y defectos son distintos en cada ser humano y —a mi parecer— no son balances antagónicos, como proponían algunos moralistas dogmáticos. Igual que luces y sombras se mezclan en todo cuadro de la realidad, hay una penumbra sutil que funde y separa a virtudes y defectos. A menudo nuestra mejor virtud se esconde en la parte dolorosa de nuestro mayor defecto: el que nos quema. Se libera de la penumbra o de la oscuridad cuando —sin violencia ni represión— encontramos en nosotros una fe, un anhelo, un horizonte, un deseo y una fuerza positiva que nos llenan de esperanza y nos compensan con creces de la pulsión contraria que creíamos insuperable en nuestra condición humana. No se alcanza el Cielo de un salto. Es mejor cultivar cualidades sencillas y menores que todos tenemos. La cobardía que hace a un ser egoísta puede convertirse en generosidad cuando descubrimos en nosotros la alegría de creer y confiar. Los defectos no sobreviven a nuestra victoria sobre el miedo. Por eso el maestro Pablo de Tarso nos dejó la lección más grande que pueda darse: “Nadie es tentado más allá de sus fuerzas”. El que se equivoca siguiendo a su corazón puede vencer siempre a la tentación y corregir su error. El que yerra siguiendo como un buey las modas o a las influencias de un mal consejero no encontrará la forma de liberarse del nudo que le hicieron. Lo que para uno es fácil para otro puede ser imposible. Por eso mismo creo que debemos dar vida a nuestros propios sentidos, aprender a conocernos y a escucharnos, aceptar el reto de nuestras emociones, medir las debilidades de nuestro cuerpo y las ansias y necesidades de nuestra alma y, sobre todo, no caer en la tentación ajena, ni dejarse tentar por deseos y ambiciones que pertenecen a otros.

—¿Qué te evoca la figura de una madre, y de un padre?

—Lo que más admiro en un ser —sea del género que sea— es que lleve en su personalidad la autenticidad, la finura, la sutilidad, la gracia, la compasión y el sentido de la belleza. O sea, el espíritu. Diría que la madre representa en todas las culturas el espíritu (en hebreo rúah, que es femenino) y el pathos (el sentimiento, la comunicación, la memoria, la emoción). Afortunados los que tienen una madre que les enseña, con el aprendizaje del amor, la virtud suprema de la compasión humana. El padre representó para mí la formación de mi personalidad, la educación en el estudio, el abrigo, el amparo y una clara exigencia de sinceridad. Personalmente creo que las mujeres me enseñaron una visión de la vida más amplia que la educación racionalista, limitada por el raciocinio seco, que los hombres —salvo excepciones— enseñaban en mi tiempo a los hijos varones. Y debo decir que, más allá de lo que me aportó mi buena madre, aprendí mucho de mujeres más liberadas. Habían hecho la experiencia de sus vidas en el aprendizaje duro de ser maestras en un mundo que las trataba con injusticia y a veces sin piedad. Habían tenido que fortalecerse en la lucha por la libertad, y estaban dotadas de unas facultades distintas y especiales, como una fe auténtica y diferente de la que me enseñaba la piedad burguesa. Debió ser algo así la fe, la valentía y la lealtad de corazón de Magdalena. Aprendí también de ellas el valor de la intuición y la percepción instintiva del detalle que poseían hasta límites increíbles. No sé si ese don se lo debían a Penélope, a las madres tejedoras del Neolítico, o a la virgen Atenea, que nos dio el poder de ver en la noche. Tenían a menudo una aptitud admirable para el gusto y la sensualidad: el color, el perfume, el tacto… En la evolución animal las mujeres conservaron más aptitudes sensuales, por ejemplo el olfato, como puede atestiguar cualquier otorrino. Creo que “la escuela de las mujeres” me hizo sensible al cuidado personal, al orden espiritual —no a la organización masculina, que es más militar y, sin duda, importante para la disciplina, aunque no tanto para embellecer y adornar las cosas—. No soporto la dejadez, el exhibicionismo de la ignorancia y la brutalidad. No es siempre justo llamar “machistas” a esas actitudes. Por desgracia también hay mujeres educadas en esa violencia que ciertos bestias llaman “autenticidad”. Tan peligrosos son los que se sienten más hombres caricaturizando la figura del macho como las que se sienten más hembras parodiando hasta el ridículo la imagen de la mujer. Y lo peor es que hay “culturas” que avasallan a las mujeres en esa ignominia criminal. Admiro mucho a los padres que por circunstancias de la vida han tenido que educar a sus hijos sin presencia de una madre, y los han llevado a la sabiduría y a la estética, a la sensualidad refinada y al sentido social para crear civilizaciones que nos enseñaron Atenea y todas las diosas madres. Y lo mismo a la inversa.

—¿Temes a la muerte?  

"He vivido siempre en esperanza, y supongo que el final de cada vida es una prolongación de nuestra fe y nuestra esperanza"

—Ya he dicho que tuve suerte cuando mis médicos consiguieron hacerme regresar a la vida, después de un infarto que me llevó al otro mundo. Tras la angustia y el punzante dolor desde el pecho a la garganta, perdí el conocimiento, me sometieron a maniobras de reanimación —todas las imaginables—, y ya luego únicamente guardo memoria de una inmensa paz delante de un espacio de luz vibrante. Sólo recuerdo placer y una sensación de espera. He vivido siempre en esperanza, y supongo que el final de cada vida es una prolongación de nuestra fe y nuestra esperanza, como la inercia de una flecha cuando llega al final de su vuelo. Su meta depende de la fuerza y el objetivo a los que apuntó el arquero. Años después sufrí un aneurisma de aorta muy grave y, nuevamente, me operaron y el médico salvó mi vida. Rosa, la misma enfermera que me había atendido en el primer accidente me acompañó en el segundo (¡misteriosa casualidad!). “Hace veinte años —me dijo— llegaste aquí en plena juventud y te hiciste amigo de todas nosotras por tu ánimo, tu buen humor y tus fantasías —en el delirio de los medicamentos que me daban yo estaba convencido de que el box de la UCI era una cabaña en el Caribe con un ventilador en el techo—. Ahora eres mayor, y te siento cansado de muchos caminos. Y si quieres compartir tu dolor con una amiga aquí tienes mi hombro. Abrázame, que los dos sabemos llorar”.

—Eso que has dicho es hermoso. ¿Crees en Dios?

—En mi novela Luz de vísperas hay un personaje, el gitano Dimitri, que llega huyendo con su nietecita desde un pueblo rumano que ha sido incendiado en la Primera Guerra Mundial. Es un hombre extraño que lee a Nietzsche y lo interpreta de forma muy diferente a como lo entienden los eruditos. Parece un aldeano sencillo sin más pretensiones, pero es un maestro artesano que restaura iconos. Y cuando relata su vida, explica que el momento más especial de su vida era cuando los monjes entraban en la iglesia cantando el Phós Hilarion (Luz gozosa), a la hora de vísperas. Subido en el andamio permanecía silencioso y quieto mientras restauraba el icono de la Virgen, como si volase entre las lámparas doradas, los cirios encendidos y las imágenes del iconostasio. La oración de los monjes y los fieles subía por todo su cuerpo y le llenaba de fe. Ya ves que yo me subí desde muy joven al andamio de mi oficio y me dediqué a restaurar todas las cosas que, en los tiempos en que nací —el final de la Segunda Guerra Mundial— veía maltratadas o rotas, olvidadas o arrinconadas. Veía trabajar a mi alrededor a mujeres y hombres que tenían que reconstruir los restos que quedaban de nuestra Europa. Había más mujeres que hombres, porque los jóvenes habían muerto en la guerra, también en España, en la guerra civil. Trabajaban con entrega y con ansia de volver a rehacer sus hogares y sus vidas. Y como le ocurrió al abuelo Dimitri en mi novela, yo encontré mi fe en el himno de esfuerzo, dedicación y amor que me llegaba en ese clamor humano. Ese hacer y hacer, amar y amar, luchar y luchar, sin otro sentido que levantar la vida y la dignidad de los seres, me llegaba hasta el “andamio” donde yo intentaba dar vida a mis personajes con el olor de los óleos y la tinta de mi pluma. Como una respuesta a todo lo que nos faltaba —porque lo habíamos destruido en guerra— me inventaba filigranas de platero. Ese fue mi oficio. Y por eso digo que el “hacer” y el “hacer bien” llevan a la fe. El Dios en el que creo es el que encontré en la humanidad que espera, lucha, se da la mano en el trabajo de buscar, crear y restaurar, se ayuda en la compasión y en la misericordia, y en la ingenuidad de creer que “amar bien” es ya, sin más exigencia, “ser bien amado”. El espíritu es eso, y así no se consume nunca, porque se multiplica al dar, y agradece al recibir.

—Vamos al tema de tu próxima novela, el amor. Cuéntanos qué es para ti en sus diferentes facetas.

—He hablado tanto que no quiero repetirme. He vivido, como casi todo el mundo, algunos amores. Me ha costado aprender lo que es el amor, y lo he confundido a veces con el deseo. He sido arrastrado en la juventud por mi carácter pasional y enamoradizo. Me he justificado con las tonterías de las mariposas —mejor sería decir la química maravillosa y fatal de la atracción del sexo—. He vivido amor y desamor, ardor y cansancio. Nunca he engañado a nadie, pero he asumido el riesgo de confesar mis infidelidades a quien amaba y agradecerle el mismo respeto a quien dejaba de amarme. Y al cabo de los años, pienso que el mejor amor es una forma de la amistad. Nace unida a la atracción sexual, pero puede sublimarse en una complicidad que lleva a compartir también el dolor, las carencias, los horizontes, los desengaños, hasta la muerte. Y en un extremo, en algunos casos bien conocidos en la literatura y en la historia, los amantes compartieron voluntariamente el momento de la muerte. A mis años no veo ya romántica esa concesión —salvo en casos particulares que no son de mi incumbencia— y pienso que la muerte es un momento sagrado de soledad y nadie debe alterárselo a otro ser humano, menos si es el ser el que amamos y hemos amado en libertad. Tengo la idea de que no somos hijos de este mundo, pertenecemos a otro reino, ninguna vida nos pertenece. Si hemos tenido el regalo de compartir una vida, amándonos en libertad debemos asumir la hora de su liberación. Esa es la boda más sagrada de dos personas que se separan en su última hora de amor. El sacramento del consentimiento en soledad y en silencio.

—Hablemos de valentía, y de su reverso. ¿Qué piensas al respecto? 

—Todos los horrores provienen de una cobardía: la mentira, el crimen, la maledicencia, la violencia, el abuso, el robo… Parece comprobado que incluso los pobres suicidas, abrumados por un dolor insoportable, comienzan a manifestar su violencia sobre los objetos y, a veces, sobre otras personas, antes de aplicarla sobre sí mismos. Ser valiente sin motivo puede ser una chulería. Pero el valor alcanza su dimensión más noble cuando se despierta en nosotros por lealtad, por misericordia, o por amor.

—Y la enfermedad, ¿qué nos enseña?  

—A fortalecernos en la lucha y a aprender la resistencia, a comprender a los desamparados, a sentirnos hermanos de la misma condición humana, a valorar la fragilidad y la fugacidad de la vida, y a ver que —ante la enfermedad y la muerte— los seres humanos tienen a veces dimensiones de valor, de amor y de dignidad tan grandes que hacen a las almas infinitas.

—Si viajaras en el tiempo, a quién te gustaría conocer.

"Esos encuentros son los que me fascinan, esos días azules y ese sol de mi infancia cuando me sentía un niño perdido"

—Me gustaría conocer a aquel niño que —según cuenta una fábula que podría ser orientalista como mi libro— se aparecía a los viejos fatigados y ya algo desencantados, en una encrucijada de la Vía Apia. Esos encuentros son los que me fascinan, esos días azules y ese sol de mi infancia cuando me sentía un niño perdido, brillante en los estudios pero extraviado a menudo en sueños y visiones, en romances y teatros, en lugares y escenarios que muchos de mis compañeros consideraban “irreales”. No he tenido hijos, pero creo que he sabido ser padre de los que me buscaron como tutor, consejero o maestro, siempre aceptando mi ignorancia y mis limitaciones. He enseñado a leer y a escribir a muchos niños y niñas. Y en mi última hora me gustaría encontrarme a un niño —hay muchos perdidos en el mundo y no es un deseo tan irrealizable— que me dijese: “Busco a mis padres, tengo sed, creo que me he perdido”. Para mí sería un sueño feliz ser padre en una nueva aventura. Días felices y, otra vez, las vidrieras modernistas de mi casa barcelonesa —¡la India donde soñé mis libros!— y el sol de la infancia…

—¿Qué hay que aprender a mirar y cómo? 

—No olvido la melodía del tigre que oía en mi alma cuando escribía las vidas, y buscaba los personajes y relatos de mi libro, reviviendo mis sentimientos y recuerdos, y adornándolos con fantasías de literatura y de arte. Sabía tocar esa música en mi flauta: “Mirar las cosas como si fuese la primera vez, y verlas por última vez”. Y, a veces, al acabar cansado mi jornada me duermo todavía en ese ensueño de Scheherezade que escuché en mil noches, y ahora ya temo que sólo me quede una. Si los lectores de El Maestro de Amor leen algunos de mis relatos acompañados por la música de Rimski-Kórsakov quizás conseguirán que nunca se acabe el ensueño en sus noches.

—¿Qué es la literatura para ti? ¿En qué consiste la magia de una buena obra? 

—La literatura ha sido mi vida. Viví para escribir y escribí para vivir. He visto de cerca la muerte porque me entregué demasiado para escribir. En esa tarea he llegado a creer que es mejor dar que recibir. Por eso espero que Dios me ayude a terminar de entregar mi vida en esa magia que tú llamas “una buena obra”.

—¿Desde qué lugar escribes? No me refiero necesariamente a un lugar físico…

—Ya lo ves: “más para allá que para acá”. Como el personaje de mi libro, nací con la extraña condición de entrar en trance cuando volaba un reflejo sobre mi cuna o me contaban un cuento, o escuchaba una música, o acompañaba a mi padre en un viaje o veíamos juntos una película como Jennie, que me transportaba a mis visiones y encantamientos. “¡Vuelve, hijo, vuelve!”, me decía mi padre pasándome la mano por los ojos con la paciencia y el amor que ponía en mis rarezas. “A este niño tendríamos que llevarlo al médico”, decía mi madre, que era muy práctica. Un amigo de la familia —un profesor alemán que escribía libros de medicina— me miraba como si fuese un espécimen singular de idiota y comentaba: “Eso que le ocurre a su hijo es un trastorno de epilepsia”. Menos mal que no me hicieron el psicoanálisis, porque si me hubiesen explicado el secreto científico de mi trastorno no podría haber sido escritor y no tendrían mis lectores este Maestro de Amor. Gracias por su paciencia.

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