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Una mujer a quien amar, de Theodor Kallifatides

Una mujer a quien amar, de Theodor Kallifatides

Ya he contado que, en noviembre de 2025, fui a escuchar a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en una charla organizada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con Lídia Jorge. Compré tres libros de Kallifatides, Madres e hijos (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003), publicados en España por la editorial Galaxia Gutenberg. De forma errónea, consideré que Una mujer a quien amar era su último libro escrito y la dejé para la última de las tres lecturas. En realidad, Una mujer a quien amar es anterior a los otros dos libros, y es simplemente la última de sus obras que la editorial Galaxia Gutenberg ha publicado en España, esta vez con la traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide, que traducen del sueco, idioma en el que, de forma habitual, Kallifatides ha desarrollado su obra narrativa hasta que en Otra vida por vivir decidió cambiar a su griego natal, y se tradujo al español por Selma Ancira.

El hilo conductor principal de Una mujer a quien amar es recordar y homenajear a Olga, una amiga de Kallifatides que acaba de morir. En esta novela, nuestro narrador va a cumplir sesenta y tres años y Olga acaba de morir a los cincuenta y uno. La primera escena del libro nos muestra su funeral. «Olga era un tercio griega, un tercio rusa y un tercio sueca. Su madre era rusa; su padre, griego, y ella nació en Suecia. Amaba Grecia con pasión y soñaba con terminar sus días allí. Pero también amaba Suecia con pasión y vivió sus días aquí. Rusia no ocupaba un lugar muy importante en su vida más allá de que idolatraba a Dostoyevski y Chéjov» (pág. 8).

"Olga va a ser una de las personas con las que va a poder hablar en griego en Suecia y, por tanto, conseguir retener su esencia más íntima en el país extranjero"

Kallifatides, en estas tres novelas que he leído, habla de sí mismo y, por tanto, al leerlas seguidas he tenido la sensación de estar leyendo distintos capítulos de la misma novela, porque el narrador es siempre el mismo y también lo son su mirada y su enfoque sobre lo narrado. En esta ocasión, Kallifatides nos va a hablar de sus primeros años en Suecia, después de haber emigrado allí desde su Grecia natal. Así sabremos que al llegar al país empezó a vivir en una habitación de seis metros cuadrados y a trabajar en una pastelería. También nos hablará de la época en la que, recién acabada su carrera de Filosofía, empezará a trabajar en un internado, hablando en sueco e inglés, idiomas que por entonces no acababa de dominar.

Desde el día del entierro de Olga, Kallifatides va a retroceder en el tiempo, sobre todo a dos líneas temporales: en primer lugar, a los meses previos a la muerte y la evolución de la enfermedad de la amiga y, en segundo lugar, a una época más remota en la que conoció a Olga, cuando ella tenía unos diecinueve años y él treinta. Acabaremos sabiendo que llegaron a acostarse juntos, pero aquella fue una relación sentimental breve que no fructificó, principalmente porque ella acababa de salir hacía poco de una mala experiencia de pareja y la relación se convirtió en una amistad que perduró hasta el momento de la muerte de ella. «Cómo acabamos en su estudio, cómo continuamos hasta la cama, cómo fue acostarnos, lo había olvidado. Solo recordaba su cuerpo esbelto, desnudo sobre la colcha negra, pero lo recordaba más como un cuadro que como una experiencia» (pág. 31). Olga va a ser una de las personas con las que va a poder hablar en griego en Suecia y, por tanto, conseguir retener su esencia más íntima en el país extranjero.

"Como ya ocurría en Madres e hijos, se vuelve a hablar de las relaciones familiares, y de nuevo aparece el personaje de la madre y el hermano que quería inventar una máquina para dar bofetadas cuando uno dijera una tontería"

También nos hablará de la época en la que conocerá a la que luego será su mujer, una sueca de tendencia política liberal, cuando él era un «comunista convencido».

Kallifatides nos vuelve a hablar de Farosund, el pueblo en una isla en el que su mujer y él compraron una casa. En la página 85 leemos un hermoso párrafo sobre esto: «Por primera vez escogí Farosund en lugar de Atenas. No me di cuenta inmediatamente de lo que significaba aquello. Solo después de una semana aproximadamente caí en la cuenta de que había dado un paso más en mi acercamiento a Suecia. Ya tenía incluso un refugio aquí. Un lugar en el que la soledad era apacible y el silencio suave. Allí podía sentarme a hombros del mundo y mecer los pies sobre la playa de la vida, los valles del amor y los barrancos del odio».

Una mujer a quien amar habla más de Suecia que las otras dos novelas que he leído de Kallifatides, aunque en una escena se describe un encuentro familiar en Grecia, la primera vez en la que la familia de él conoce a la madre de Kallifatides en Atenas, cuando la madre tenía ochenta y seis años. Es un dato que me ha resultado algo extraño. Como ya ocurría en Madres e hijos, se vuelve a hablar de las relaciones familiares, y de nuevo aparece el personaje de la madre y el hermano que quería inventar una máquina para dar bofetadas cuando uno dijera una tontería. En un libro se narra una historia, en otro se recuerda o se vuelve a narrar desde otra perspectiva. Son historias que se solapan y nos hablan de la capacidad humana para evocar distintos recuerdos o realidades, dándoles nuevos significados. Es verdad que después de leer tres libros seguidos del autor, como he hecho yo, se puede tener una cierta sensación de repetición, o de estar leyendo —como ya he apuntado— la misma novela, pero en cualquier caso, sería una larga novela con más de una repetición; algo que no acaba de tener una relevancia negativa, en cualquier caso.

"Los libros de Kallifatides, en realidad, son agradables de leer, ligeros sin ser superficiales. Son libros poéticos y ligeramente nostálgicos sobre la condición humana"

El tono de Una mujer a quien amar es en apariencia ligero, en su capacidad para saltar de un tema a otro, o dejarse llevar por las digresiones narrativas, pero siempre —como también ocurría en los otros dos libros— hay un esqueleto narrativo, un tema central (en este caso, el de evocar a Olga, en los distintos momentos en los que el autor la ha conocido) que hace que la historia avance y se sostenga. Las novelas de Kallifatides no se cimentan sobre la tensión narrativa, sino sobre la poesía de la mirada sobre lo observado y las continuas reflexiones sobre el entorno y la capacidad que tienen nuestras decisiones y el tiempo para moldear nuestra identidad. En alguna página se habla, por ejemplo, sobre lo estudios filosóficos y me ha resultado interesante leerlo: «La filosofía había abdicado. Se dedicaba a los análisis técnicos de teoremas, concepto y afirmaciones. Se dedicaba a los problemas epistemológicos. No eran cosas sin importancia, al contrario. Pero la cuestión de cómo hemos de vivir se abandonó a toda clase de charlatanes. Curas, terapias, piedras mágicas, astrólogos, fanáticos, idiotas: todos ellos tienen hoy por mercado el mundo entero, porque la gente busca un sentido, un contexto» (pág. 126). Me gustaría señalar que en este párrafo se puede ver, cuando dice que esos problemas epistemológicos sí tienen importancia, que Kallifatides no quiere polemizar ni dar, en sus libros, opiniones radicales. Los libros de Kallifatides, en realidad, son agradables de leer, ligeros sin ser superficiales. Son libros poéticos y ligeramente nostálgicos sobre la condición humana. Son libros que sustituyen la tensión narrativa por la amabilidad y la página confortable. Como reproche menor podría señalar que al final la figura de Olga, la mujer a la que se iba a homenajear en este libro, queda un poco desdibujada y Kallifatides vuelve a hablar sobre todo de sí mismo. En cualquier caso, Una mujer a quien amar es un buen libro.

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