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Una novela «de risa»: El tesoro de Juan Morales, de Antonio Hernández

Una novela «de risa»: El tesoro de Juan Morales, de Antonio Hernández

Igual que en lengua alemana —que bautizó el género para los manuales: Bildungsroman— este tipo de novela solía, en sus orígenes al menos, ser grave, sesuda y algo tristona; en nuestra lengua nació bajo el palio del humor, un humor para nada frívolo o intrascendente, un humor sabio y amargo que terminó por fraguar uno de los pilares básicos de la novela moderna: la picaresca.

Y un cóctel entre Bildungsroman y picaresca es El tesoro de Juan Morales. Básicamente, del Bildungsroman toma la intención general: el proceso de formación de un muchacho en un pueblo andaluz a mediados del siglo pasado; de la picaresca, la narración en primera persona y muchos de los perfiles de los personajes, por ejemplo el casorio del narrador-protagonista con una mujer «marcada», como Lázaro de Tormes. Igualmente habría que citar de entrada el explícito homenaje a la maravillosa La isla del tesoro de Stevenson, con la que, aparte de la del título, se dan curiosas y divertidas coincidencias.

El espacio en el que se desarrollan los acontecimientos es casi teatral, ya que la mayor parte de ellos sucede en un lugar muy concreto: la fonda de José Medina, el abuelo del narrador. Es la tal fonda un auténtico patio de Monipodio, aunque quizás más quevedesco que cervantino, donde toda forma de expresionismo y surrealismo tienen asiento. En ella conviven dos categorías de personajes, los fijos y los transeúntes, a cual más extravagante, aunque se llevan los fijos la palma, un hato de seres tullidos de alma y de cuerpo que fluctúa entre el esperpento de Valle-Inclán y las pinturas de exvotos.

"Aunque sea Antonio Hernández uno de los poetas actuales más reconocidos en lengua castellana, hay que agradecerle que no haya escrito una novela de poeta."

Al margen de la rocambolesca anécdota del tesoro —que no deja de tener su gracia—, el interés se centra en los personajes, como en cualquier novela, en realidad. Claro que sería contar y no acabar si nos pusiéramos aquí a citar siquiera a la mitad. En el lapso de tiempo relativamente corto en el que se desarrolla la historia, aparecen cuatro generaciones de posaderos, desde el fundador, José Medina, hasta su biznieto, que, por exigencias de la trama, no llevará el mismo apellido que su antecesor carnal sino el de uno de los moradores fijos de la fonda: Juan Morales, el del tesoro, contrapunto del ínclito hostelero.

Hombres, mujeres, niños, ancianos, viajantes de comercio, un médico represaliado, guardias civiles, cantaores gitanos, novilleros, poetas… y hasta un cura navarro aficionado a la fiesta desfilan en una parada tan cómica como amarga por el hospitalario local, terminando por pintar un fresco vivo y desconcertante de un pueblo de una España que pasaba del gris al «enternicolor» gracias, entre otras cosas, al cine de verano —fresca ventana abierta al mundo— que monta el mismo José Medina en una plaza de toros portátil de su propiedad también y de la que también será empresario, todo un don Juan March de lo menudo este hombre.

Aunque sea Antonio Hernández uno de los poetas actuales más reconocidos en lengua castellana, hay que agradecerle que no haya escrito una novela de poeta. Cierto que su experiencia como narrador es larga, y se nota. Suelen los poetas subirse a la parra con el estilo, ponerse estupendos, colocar la palabra tan en alto que terminan por perder toda eficacia, como vestir a un bañista de frac cuando lo que necesita es un sencillo bañador o incluso dejarlo en cueros. El estilo de El tesoro de Juan Morales recuerda la literatura clásica española, la de la picaresca y la de Cervantes, que llega hasta hoy pasando por Galdós y Cela entre tantos otros. Ajustado al tema que se trata y a la perspectiva desde la que se trata, un estilo que rezuma cierta jocosidad y que se ajusta como un guante a la narración.

"Como se decía de las geniales viejas películas del cine cómico —o se podría decir también del Buscón del inconmensurable don Francisco de Quevedo— la de Antonio Hernández es una novela «de risa»."

Pero quizás lo mejor de la novela radique, al menos para mí, en que te hace reír, a carcajadas a veces, algo muy difícil. Hacer llorar lo logra hasta el más rancio de los folletines, hasta el más torpe de los narradores; los resortes para el llanto los maneja el más tonto; con los de la risa hay que afinar, más que una habilidad es un don, un don que de manera tan misteriosa tanto abunda en Cádiz, cuna del autor. Será por lo que llevan visto desde que aparecieron los fenicios haciendo el fenicio hasta hoy con el paro más abultado de Europa y ese puente descomunal que acaban de hacerle que espanta con su grandeza. Cádiz es pura hipertrofia, igual que sus carnavales, como esta novela que solo podía haber sido escrita por un narrador del sur.

Como se decía de las geniales viejas películas del cine cómico —o se podría decir también del Buscón del inconmensurable don Francisco de Quevedo— la de Antonio Hernández es una novela «de risa». Está más que justificado el I Premio Internacional de Novela Ciudad de Torremolinos con que ha sido galardonada. A lo mejor es solo porque es difícil hacerlo, pero es una lástima que se escriban tan pocas novelas «de risa».

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Autor: Antonio Hernández. Título: El tesoro de Juan Morales. Editorial: . Venta: Amazon y Casa del libro